viernes, 8 de agosto de 2008

Un café para Amanda

Bueno, pues aquí estoy. ¿Cómo estás? Me alegra mucho que hayas podido pasarte por aquí, Amanda. ¿Qué te apetece? Un café. Pues marchando.

jueves, 7 de agosto de 2008

Elogio de la risa

El tipo que tenéis aquí al lado tocando un violonchelo con los pies y sentado encima de un tambor (aunque mal mirado podría ser una barrica de vino) es una de las personas que más aprecio en esta vida. ¿Quién es? Jacques Offenbach, músico. Sí, soy consciente que nunca lo he conocido y que lleva muerto unos 128 años, pero eso no es un inconveniente para toda la compañía que me ha hecho en buenos y malos momentos (nada mejor que su cruel sátira de las relaciones humanas para esos momentos en que te parten el corazón), lo que me ha emocionado otros pasajes de su obra y, sobre todo, lo que me ha llegado a hacer reír.

Pero hagamos una presentación un poco más formal. Gente que lee, Jacques Offenbach. Jacques Offenbach, gente que lee.

Este señor es músico. Nació en Colonia (Alemania), el 20 de junio de 1819, y murió en París, el 5 de octubre de 1880. Compuso conciertos para violonchelos, operetas en un acto, en dos, en tres y en cuatro. Operas bufas y una gran ópera. En mi particular panteón de deidades de la música lírica es uno de los doce grandes dioses que se sientan a la diestra de Beethoven y se beben su vino y levantan las faldas de las cocottes. Junto a él hay gente como Rossini, Mozart, Verdi, Boïeldieu, Strauss y tantos otros. Pero Jacques Offenbach es uno de los más queridos y admirados. ¿Y por qué? Bueno, la razón es muy tonta. Me hace feliz.

Prácticamente toda la obra de Offenbach se inscribe dentro del género cómico. Sus operetas son joyas de orfebrería donde se unen algunas de las mejores melodías del siglo XIX, momentos musicalmente hermosos, paródicos, críticos al sistema en el que vivía y del que vivía (el Segundo Imperio de Napoleon III), en ocasiones cruel, compasivo con ciertos sujetos del género humano (jóvenes poetas, desarraigados, pobres y artistas) y sin compasión con los ricos, los militares y cualquier atisbo de poder. Su música es popular, divertida y poco pretenciosa. La escribía para que gustara, para que la gente la cantara, para ganar dinero y vivir bien. Era divertido, ingenioso, tenía talento, le gustaba su trabajo, pero ni entonces ni ahora Jacques Offenbach está lo suficientemente reconocido. Y creo que se debe al hecho de que gran parte de su obra sea comedia. Entonces, como ahora, la comedia está infravalorada. Títulos como Orfeo en los infiernos, La bella Helena, Los cuentos de Hoffman, Les brigands, La vie parisienne, Fantasio, etc. merecerían ser cuidados, guardados y escuchados hasta la saciedad como cura contra lo peor que tiene el ser humano dentro precisamente porque con su música denunció todo esto: los convencionalismos, la hipocresía de la sociedad, la doble moral, los intolerantes, la corrupción de los poderosos, la arbitrariedad de la justicia y todo esto con una música brillante y chispeante y muy divertida. Y, además, Offenbach tuvo una virtud que ningún otro compositor puede decir que tenga: nunca fue aburrido.

Y para muestra un botón. Un fragmento de su obra Orfeo en los infiernos. Os pongo en contexto. El matrimonio entre Orfeo y Euridice no pasa por su mejor momento. Ella se aburre muchísimo. Engañada o dejándose engañar por el dios de los infiernos muere y se va a vivir al Infierno esperando encontrar la alegría y la marcha que le falta a su matrimonio. Aunque Orfeo es feliz al ver a su mujer muerta, la presión de la opinión pública (los convencionalismos de la sociedad) le hacen ir al Olimpo a pedir, de mala gana, que le devuelvan a su mujer. Zeus accede a los ruegos de Orfeo y decide ir al Infierno a por Euridice aunque su única intención es beneficiarsela. Euridice se aburre en el Infierno porque no es la mitad de animado de los que ella imaginaba. Zeus llega a la habitación de Euridice, se enamora (por no decir que se pone cachondo perdido) y ayudado por Cupido hace una de sus famosas metamorfosis para meterse en la cama de la "virtuosa" esposa de Orfeo. A continuación, el duo de amor entre Euridice y Zeus convertido en... bueno, mejor lo veis. Cantan los maravillosos Laurent Nouri y Natalie Dessay.



Después de ver esto, ¿alguien puede seguir pensando que toda la ópera es aburrida?

Y para finalizar, como alguien dijo la obra de Offenbach cumple la función de remediar la estupidez de la vida, darle un descanso a la razón y estimular la actividad mental. Vamos, que si escuchas a Offenbach seréis más inteligentes y mejores persona. Así que ya lo sabéis.

lunes, 4 de agosto de 2008

Entre las páginas de un libro

Uno de mis grandes vicios son los libros de segunda mano. En mis anaqueles quizá tenga tantos libros de segunda mano como libros nuevos y la colección va aumentando gracias a donaciones de personas que quieren tirar los libros de sus bibliotecas (y que yo adopto o dono a la biblioteca del teatro), de gente que me da libros que ya han leído o de libros descatalogados que ocupan un precioso espacio en la librería. Nunca he tenido ningún problema con esos volúmenes viejos, gastados, de páginas amarillentas o manchadas de café y tapas rotas. Al contrario, ejercen en mí una sosegada fascinación. Siempre es lo mismo. Cojo el libro entre mis manos, acarició con placer fetichista la desgastada portada, abro con cuidado las páginas y me pregunto en qué manos ha estado este libro, qué historias ha ido absorbiendo y guardando entre sus páginas, cómo era la persona que una vez compró este libro, si le gustó o no y cómo ha llegado ese libro a un cesto enorme de saldos a un euro en una librería de viejo. El libro convertido en el mejor y más hermético guardián de la memoria.


Supongo que esta pasión por el libro usado empezó de niño cuando me convertí en heredero de los tebeos antiguos de mis primos mayores. No solo Mortadelos o Carpantas se hicieron de mi propiedad con las páginas garabateadas con bolígrafo, sino que recibí números antiguos de Hazañas bélicas y números de Cimoc, revista de cómic para adultos que supuso mi primera toma de contacto con la fantasía heroica, la ciencia ficción y las mujeres ligeras de ropa (¡benditas lecturas imprudentes!).

Con el tiempo la fascinación por los libros antiguas no ha hecho más que aumentar. Me encanta perderme en los puestos de saldos, revolver entre viejas novelas rosa, melodramas baratos o antiguos bestsellers de prestigio y encontrar una novela de Saul Bellow que no tengo en una edición de los años setenta o esa novela negra publicada en su tiempo por La cua de palla que tantas ganas tenía de leer. Pero con lo que de verdad soy feliz es cuando encuentro algún ejemplar escrito. Una firma en la página de respeto, una dedicatoria que pide que no abandone nunca ese libro (¿y cómo llegó hasta ese cesto?), otra que pide perdón por un regalo de cumpleaños atrasado, frases subrayadas o comentarios en poemas que solo ha podido hacer un estudiante (y la emoción de encontrar una nota personal entre tanto análisis métrico), un ticket del metro, una entrada del cine, etc.

Aunque lo mejor que he encontrado ha sido una servilleta.

Era Sant Jordi. Yo aún no trabajaba en la librería y la fiesta del libro todavía me gustaba y conservaba su magia. La costumbre de todos los años era llegar temprano a la Plaça de Cal Font (lugar de encuentro de las paradas de libros y rosas en Igualada), desayunar con tranquilidad en L'Agulla y dirigirme seguro a las paradas de libros usados. Precio, un euro. Solía llevarme a casa entre veinte y treinta ejemplares. Poesía de Jorge Guillén, el teatro completo de Gil Vicente, una edición inglesa de una novela de Jane Austen para la colección, dos novelas negras, Saul Bellow, Espriu y un ejemplar de Calders firmado por su anterior dueño, entre otras muchas cosas. Con el trabajo hecho me sentaba en una terraza, pedía una cerveza y mientras miraba pasar la gente admiraba mi compra. Abro uno por uno los libros, leo frases, leo páginas, me pregunto cuál leeré primero, alguno se que no lo leeré nunca, pero ya lo tengo.

Entre los libros que compré ese año estaba una novela de John Dos Passos llamada La primera catástrofe (tiempo después descubrí que el título original era 1919 y que se trataba de la primera parte de su trilogía USA) Ahora mismo la tengo delante de mí. Es una edición de bolsillo de la editorial Planeta de octubre de 1977, tapa de cartón, un barco naufragando en portada, páginas que han pasado del amarillo al marrón y la impresión de que fue un libro que se empezó a leer, pero nunca se acabó. Abro las páginas, las paso, ojeo y leo alguna frase Lo que le gustaba a Eveline era quedarse hasta altas horas bebiendo vino del Rin con agua de seltz y entre dos páginas me encuentro una servilleta con algo escrito. Es una de esas servilletas que cada vez se ven menos en los bares, de esas que parecían tener una pátina de aceite en su superficie, muy finas, casi trasparentes que daban la sensación de manchar más que limpiar. Y tiene algo escrito. La emoción me puede y me embarga. ¡Algo escrito! Y parece que es algo personal. Leo.

Tengo la cabeza como vacía. Como si una nube se hubiera aposentado en ella y campase a sus anchas. Es decir: vacía de ideas sobre las que escribir, pero llena de algo espeso y sin nombre, algo que soltase a ratos truenos y algún rayo.
A veces llueve. También el agua hace germinar alguna idea sobre esta tierra desolada y pedregosa. De todas maneras no dura mucho. Como el árbol que da la flor de Ibiscus que se marchita y muere (árbol y flor) en veinticuatro horas, así mueren mis ideas tras una efímera vida.
Por eso llevo encima cuaderno y bolígrafo. Esta medida no sirve tampoco pues escribo más lento de lo que pienso y la mitad se pierde. Tengo una gran tendencia a idealizar personas y situaciones y encima cuando escribo aún idealizo y suavizo más las cosas.

Y ya está. Esto es todo lo que había escrito. Mi emoción no tenía límites. ¿Quién escribió eso en una servilleta? ¿Quién era esa persona? ¿Por qué dice que siempre lleva una cuaderno encima, pero esto lo escribe en la servilleta del bar donde estaba, seguramente desayunando? ¿Qué es todo eso de la falta de ideas? Estaba muy feliz. Había encontrado un trocito de una vida dentro de un libro, una persona que había escrito algo personal que no esperaba que nadie leyera y años después alguien lo encuentra en un puesto de libros usados y le da quizá más lecturas y trascendencia que las que tiene en verdad. Mi parte favorita es cuando habla de su tendencia a idealizar a las personas. Me sentí muy cerca de un absoluto desconocido. La pregunta que me obsesiona es como llegó la servilleta al libro y el libro al puesto y a mí. ¿Qué tuvo que pasar por medio para que este trocito de intimidad se perdiera?

Y estos hallazgos que encuentro en los libros, esos trocitos de otras vidas que de repente pasan a pertenecerme, esos viajes de una biblioteca a un mercado hacen que me pregunte que pasará con mis libros el día que muera. Naturalmente desconozco la respuesta. Pero sí sé lo que me gustaría que pasara: que las personas que quiero, mi familia, mis mejores amigos (Montse, Jordi, Aurora, Laurita, Ana), los recién conocidos (paranoicos, Amanda, Lidia) fueran a mi cuarto y se repartieran civilizadamente mis libros para que se lleven un trocito de lo que fui con ellos. Con los libros que nadie quiera me gustaría que los vendieran en alguna plaza a precios irrisorios y con lo que se sacaran se tomaran unas cervezas y llenaran la tarde con conversaciones frívolas, con bromas de mal gusto y alguna que otra canción. Y me gustaría que una muchacha comprara esa tarde mi ejemplar destrozado de Rayuela y lo leyera tranquilamente tomando un vino y escuchando a Miles Davis y se llegara a preguntar cómo ha llegado a sus manos ese libro usado, sucio, roto, con alguna mancha de café, las páginas dadas, un libro vivo que ha sido leído, releído, pensado, amado y odiado, y se preguntara cómo sería esa persona que entre muchas frases subrayadas, subrayó un poco más fuerte que las otras

Y así uno puede reírse, y creer que no está hablando en serio, pero sí se está hablando en serio, la risa ella sola ha cavado más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra.

sábado, 2 de agosto de 2008

Yo también te quiero

Les dejo un corto que habla un poquito de mi vida. Por lo menos, de algo que suele pasar demasiado a menudo en mi vida.


viernes, 1 de agosto de 2008