domingo, 13 de mayo de 2012

Portada

Hoy iba a hacer una entrada sobre empezar una semana de vacaciones o una nueva entrega de los papeles de Peppino o una reflexión de naturaleza ontológica sobre... no sé... algo. Algo bonito, divertido, agradable, que mueva a la sonrisa y la complicidad para compensar una semana entera de no actualización. Pero el hombre propone, dios dispone e internet despista. Y navegando navegando me encuentro con la portada (real) de un libro que vuelve a hacer maldecir el no saber inglés. Y, claro, como os aprecio taaanto, no puedo evitar (ni quiero) compartirlo con vosotros.


La chica que amaba los dildos de caballo (traducción aproximada) de Peter de Sade. 

Definida en su sinópsis como una "brutal y desagradable historia de sexo".

Un tipo fabrica dildos gigantes réplicas exactas de los penes de caballos de tiro. Su mujer se los mete por su secretum en un espectáculo web. Pero la desgracia cae sobre esta bella pareja cuando ella muere en un accidente de aéreo. Todo parece que ha acabado, pero el espectáculo debe continuar. Así que el tipo se casa de nuevo y tiene la intención de que su nueva, y virginal, esposa sea la nueva estrella del show. Pero para eso ante debe hacerla crecer, extenderse y dilatar para dar cabida a nuevas sensaciones.

Si a alguien le interesa, se puede adquirir un ejemplar aquí.

domingo, 6 de mayo de 2012

Lecturas


Bueno, ¿antes o después de la lectura?

viernes, 4 de mayo de 2012

Será un tópico...


... pero alguno tópicos son preciosos.

Dibujo de Andrew Hickinbottom. Podéis ver más ejemplo de su obra aquí.

jueves, 3 de mayo de 2012

Uno de los grandes odios

Hoy vengo a hablar de un gran odio. De los viscerales, de los que convierten a un triste, aburrido y pacífico librero con cara de Sant Jordi pasó y para el texto faltan unas semanas, en un tipo despeinado, armado con una escopeta / sierra eléctrica / peine quemado que se lanza por los hipermercados chillando a voz en grito "estoy muy loco" y mutilando inocentes botellas de refresco. Algo que me hace ir en menos de cinco segundos de "te quiero mucho, soy muy feliz" a "me cago en la puta hostia mierda que mamasteis todos joder joder joder". Hoy vengo a hablar de nuestro querido enemigo: el cable.


Y, por extensión, del odio injustificado, irracional y violento que albergo hacia Lord Kelvin, por haber inventado en 1958 el cable flexible.

El listo.

Ya sé que odiar a Lord Kelvin es injusto y que los inventos no tienen un padre único (a excepción de la gravedad); son producto de la colaboración, la herencia de conocimientos y el robo y apropiación ilegítima de descubrimientos (díselo a Edison que era un experto en inspirarse en trabajo ajeno), pero en Lord Kelvin resumo toda la frustración e impotencia por un objeto que no ha hecho la vida más fácil, que se dedica a retorcerse y complicarse porque sí y del que dependemos.

Sí que ha hecho la vida más fácil, dirán algunos. Permiten que la electricidad llegue a casi todos los sitios, facilita la construcción, las comunicaciones y bla bla bla. Pendejadas. Es lo que ALGUIEN quiere que creamos... Si llegan a todos lados es para controlarnos, ponernos de mal humor y fomentar otra dependencia hacia un objeto.

Cables para el ordenador, para la tele, para el teléfono, para los libros electrónicos (una de las razones por las que no tengo un bicho de esos es que no quiero que mis horas de placer lector dependan de una batería y de un cable. ¿Suena a excusa para no adaptarme a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías? Sí, lo es), para la batidora y tostadora, para los enfermos en los hospitales, para los monstruos eléctricos, etc. Y acompañados de regletas que solo sirven para llenarse de polvo y proporcionar un origen al enredo. ¿Cuántas horas de mi vida desperdiciadas desliando los cables de los cascos del discman, buscando la batería de un aparato que tampoco necesito tanto, investigando cuál es la forma más fácil de desliar esos cuatro cables que nadie a mezclado? La naturaleza misteriosa que lleva a los cables a enredarse entre ellos hasta límites y la frustración que experimento cada vez que tengo que mover un mueble y empiezo a arrastrar cables que juraría que había arreglado cinco minutos antes. Los recuerdos de la época en que trabajaba  de técnico teatral y tanto cable hecho mierda que arreglar después de los espectáculos.


Me pone de mal humor. Los cables me ponen de mal humor. No me gustan y yo no les gusto a ellos. Lo sé. Lo noto en su forma de enredarse entre ellos y acumular polvo. No me gustan de la misma forma que no me gusta hacer una cafetera, ver una cucharilla dentro de un vaso / taza o los delfines (algún día hablare de los pijos señoritingos del mar). Puede que sea injusto, es irracional y no tiene justificación, pero es lo que hay. Forma parte del encanto de persona que soy.

martes, 1 de mayo de 2012