domingo, 1 de junio de 2014

Hispania Fantastic

Hace unas semanas, en uno de esos detallazos ante los que uno se queda sin habla (cosa que A. agradece de vez en cuando), me llegó un paquete del amigo Carlos que contenía un cd.

Hispania fantastic de Josetxo Goia-Aribe (saxofón) acompañado por Baldo Martínez (contrabajo), Antonio Bravo (guitarra) y Lucía Martínez (baterías y percusiones).



La ilusión es grande. Las ganas de escucharlos, enorme. Y más cuando uno sigue siendo uno de esos fetichistas del objeto, la caja, el libreto, la fotos, la información. Así que lo pongo en el equipo y a escuchar. ¿Qué me encuentro? Con un disco de jazz.
- Y ahora dirás eso de que no entiendes de jazz, pero...

Pues no. Porque no necesito decirlo. Igual que no lo digo si hablo de un disco de pop, uno de canción francesa o una vieja cinta de canciones y chistes verdes. Y ahora, con tu permiso, sigo.

Me encuentro con un disco de jazz que bebe de música tradicional española, música de pueblo, de la fiesta, la verbena y el encuentro en la plaza. Un disco elegante, repleto de sentido del humor, de juego e ironía. Una música que busca otra mirada a ese territorio que llaman España que agota tanto. Una mirada lúdica y luminosa que se traduce en sonoridades ricas, juguetonas, terrenales que buscan el espíritu, lo acarician, pero vuelven a la tierra a jugar. Aires de libertad y humor. Supongo que por eso el bonito nombre de Hispania en vez de ese tan agotador de España.

Un muy buen disco que me abre el apetito y las ganas de más, mucho más jazz.



Carlos, esto clama venganza, claro. Tiempo al tiempo.

sábado, 31 de mayo de 2014

Otras colonias

Lo comenté el año pasado, pero este año han vuelto a hacerlo. Un grupo de padres de la clase de Niña Zombi se caen la mar de bien y hacen esa cosa tan inquietante y tan malrollera de querer hacer cosas las familias juntas. El año pasado se fueron no sé cuanta gente a una casa de colonias con los críos a hablar, hacer actividades y mucha juerga, juegos y risas. Y este año, repiten. Y como son las segundas partes en el siglo XXI, amplían. Más días, más juegos. Otra casa de colonias.


Dos días de cuentos, risas, juegos, gincanas, pruebas, historias de terror, correteos, alguna que otra pelea, lloros, reconciliaciones, dormir en el suelo, mal dormir por las noches, sobredosis de cervezas.

Cinco de las madres y dos de los padres preparados para dar inicio a una gincana inspirada en  Battle Royale. A., como no podía ser menos, hará de Takeshi Kitano.

Los niños con esa expresión de tenemos una idea y la llevaremos a cabo.

Naturalmente, como podéis imaginar, este año tampoco voy. Del año pasado a este ni mi sociabilidad se ha visto incrementada, ni mis ganas de ir a una casa de colonias a mal dormir y estar escuchando durante más de cuarenta y ocho horas los gritos entusiastas de una docena de críos corriendo asalvajados por el campo. Sí, las madres del grupo se quedan otro año con las ganas de ver mi famoso baile sensual homoerótico con pinceladas gore y referencias posmodernas y los padres se quedan sin la incomodidad de verme ejecutándolo.

Sí, lo sé mamis, dejad de fantasead.

Y no, no me quedo con las ganas ni pienso, jó, me podría decidir a última hora y aparecer para darles un buen susto.


Por mucho que A. diga que si fuera me lo pasaría bien, intuyo que quedarme en casa viendo un par de pelis de monstruos y tetas, juguetear con el ordenador portatil nuevo (el antiguo sufrió un ligero percance y este lo adquirimos con sacrificio, pero buen humor) y leer una buena novela satírica también se puede considerar un buen fin de semana. Además, cuando estoy en una casa en mitad del campo, no puedo dejar de imaginar que todo aquello se convertirá en un slasher y mi fin de semana acaba convertido en una odisea de paranoia convencido que otra vez me toca ser final girl. O psicópata invencible, según el día. Sea como sea, es agotador.

Así que fin de semana tranquilito en casa mientras en otra parte, un grupo de adultos cansados y resacosos aguantan a un grupo de acelerados críos con ganas de juerga.

jueves, 29 de mayo de 2014

Cositas que uno oye en la librería

Colocando unos albaranes en la carpeta. Una mañana tranquila y muy lluviosa que puede resumir a la perfección lo deprimente que es el mes de mayo una vez se acaban las devoluciones de Sant Jordi. Poca gente, muchas novedades que languidecen en estanterías y mesas, las miras puestas en esa época tan terrible que es el libro de texto, días donde sale lo peor del librero y los clientes. El librero entretiene la mañana imaginando que la librería es un enorme vestuario lleno de coristas nerviosas por salir a actuar haciendo los últimos ajustes a un minúsculo vestido de baile. Justo cuando las coristas le piden ayuda, se abre la puerta. El librero gira la cabeza y observa a quien entra. Un chico joven y sonriente que deja en la calle a una chica joven algo más seria.
Los saludos de rigor y el chico pregunta por una novela que le han recomendado. El librero dice que sí, claro que la tiene y va a buscarla. El chico habla y habla sobre los motivos de querer leer esa novela y que para él, si el libro tiene muchas páginas se agobia. Pero por suerte esta novela tiene pocas páginas y gran parte es una introducción. El chico paga, da las gracias y se despide del librero. Sale a la calle. Llueve y él y la chica se quedan resguardados esperando que escampe o se decidan a correr no muy tristes entre la lluvia. Eso, y que hablan muy fuerte, permite al librero escuchar lo que dicen.
- ¿Qué te has comprado? - pregunta ella.
- Un libro.
- ¿Un libro?
- Sí, un libro.
- ¿Tú? ¿Un libro? ¿En serio?
- En serio, un libro. ¿Qué pasa?
- Nada, que me sorprende que te gastes dinero en esas cosas.
- Me apetecía leer algo.
- Sí, ¿pero un libro?
- ¿Qué pasa?
- Nada, nada. Solo que ahora va a resultar que estoy liada con un intelectual y no sé si eso me gusta...

En otra ocasión un grupo de chicas paseaban por la librería. Tocaban, comentaban, leían y reían. Mucho. Cada vez que pasaban por delante de los libros dedicados a un popular grupo músico vocal de cinco muchachos con peinados así como de jóvenes y que cantan cosas con letras, música y mucho sentimiento y ritmo y ah ah ah, para luego ponerse flojitos y arrulladores como ih, ih, ih y con los que el librero solo encendería una hoguera, con los que cantan, no con los libros, claro. Pues las chicas, quería decir, chillan y saltan delante de los libros y dicen qué guapo, qué guapo, le haría un hijo. Dos de ellas son algo más calmadas y hablan con muchas esdrújulas mientras las otras saltan.
- Me encantan los libros.
- Sí.
- Y que quieres que te diga. Prefiero los libros de papel a los pdfs.
- ¡¿Qué dices?!
- En serio, tía.
- Lo que yo decía, tía, a veces tienes un ramalazo hipster que dan ganas de chillar.

Y hace poco un señor se mostró indignado. Este pensó si la indignación se debía que alguien había encontrado su excusado particular, pero se sintió aliviado al comprobar que no. El señor en cuestión se indignaba contra el aire sin dirigirse a nadie en particular. Clamaba, bufaba y mascullaba entre dientes con aire impotente ante la sección de historia. Sus "como puede ser", "es indignante", "es que vamos" iban desparramándose por la librería. Tras algunos minutos de arengar al vacío, dirige por fin su indignación al librero. ¿El motivo? Su estupor al comprobar que la saga Caballo de Troya no estaba en historia si no en ficción y que si así es como en esta librería entendíamos de libros y de historia, apaga y vámonos. Y ahora, se preguntó el librero, cómo le explicó a este señor lo de los viajes en el tiempo.

Dos amigos hablando y uno le dice al otro.
- En mi tiempo libre estudio exorcismos.
Y esa sensación de que no es una broma o el final de un chiste.

Aquel señor que quería impresionar a su amiga con sus sabiduría libresca. Empieza a hablar de literatura de consumo y acaba con la sentencia.
- Leer cómics, ciencia ficción o fantasía es como leer, no sé, 50 sombra de Grey. Algo sencillo, rápido, de literatura baja, sin calidad, pero entretenido. Para leer sabiendo que no hay que ser muy listo para escribir eso.
El silencio que siguió a las declaraciones hizo evidente que cualquier esperanza de algo más murió en ese mismo instante.

- Porque si te compró el cuadernito de sumas me regalarás un bolígrafo, ¿no? ¿No? Pues el cuaderno te lo metes por donde te quepa.

miércoles, 21 de mayo de 2014

El director y la actriz

Joan Bennet y Fritz Lang en el rodaje de Perversidad.