jueves, 30 de abril de 2009

Pues nada, me voy a Lleida a hacer de jurado en el 20a Fira de Teatre de Titelles. Como jurado... yo... un tipo sin criterio y fácilmente corruptible y sobornable... pero ellos me han escogido y tendrán que sufrir las consecuencias.

Así que nada, en cuatro días hablamos y os explico cómo ha ido todo. Viendo el programa de jurado que me ha pasado la organización lo que puedo adelantar es que será cansado. Sólo espero pasarlo bien, ver buen teatro, reírme y si conozco a una titiritera, pues nada, qué se le va a hacer.

Os dejo uno de los mejores números de marionetas de toda la historia. Quizá no sea muy purista, pero a mí me hace gracia. Nos vemos el lunes.



Postescriptum

III concurso Mil matices de gris. ¿Quién fue el primer invitado/a en el programa original de los Teleñecos emitido en el maravilloso año que tantas cosas hermosas vio nacer de 1977? Y pido, no solo el nombre, sino un breve curriculum.

miércoles, 29 de abril de 2009

Ritmo, ritmo y una alegría

Prácticamente sin tiempo. Tengo una fecha de entrega dentro de dos días y son cinco los cuentos para corregir, devoluciones en la tienda, lectura vertiginosa de El poder del perro, no duermo bien y tengo que preparar una maleta de ropa para irme mañana a Lleida.

Por éstos y otros motivos no actualizo hoy con mi acostumbrada diarrea verbal. Sólo una canción que resume el ritmo que llevo estos días.



Y es un buen ritmo.

P.S. Por cierto, la canción me llego vía blog de Helene Hanff.

Coda añadida unos minutos después

Hay alguien ahí fuera que me quiere. De verdad. Visitando el muy intersante blog Librosfera me encuentro con esto:


Jane Auste y zombies. Juntos. Dos de mis mayores obsesiones reunidas en un mismo volumen. Se exige y se pide desde ya una traducción. O que alguna muchacha con un buen nivel de inglés me lo vaya traduciendo mientras vaciamos una botella de vino. O con un mal nivel de inglés. O sin nivel.

Jane Austen y zombies. Cuesta tan poco hacerme feliz.

lunes, 27 de abril de 2009

A la normalidad

Pues eso, después de Sant Jordi volvemos a la normalidad. La tienda vuelve a su cauce después de la diada y de los dos días posteriores en los que la gente todavía tenía esa fiebre consumista de libros. La parada está desmontada, todos los libros fuera de su caja y llega el duro y pesado trámite de decidir que se devuelve y que nos quedamos. Ahora se presenta un mes y medio tranquilo hasta que empiece la campaña de cuadernos de verano y libro de texto (sí, los libro de texto empiezan a aparecer en junio).

Y empiezo a planificar las vacaciones.

- Una semana en mayo. Viaje/proyecto aún no concretado. Veremos en qué acaba y si la economía acompaña. Confio que podamos cuadrar agendas. Echo de menos Madrid.
- Una semana en agosto. Si nada lo impide me voy para Valladolid a pasar unos días con una buena amiga.
- Dos semanas en octubre. Sin planes. ¿Alguna propuesta?

Y este fin de semana me voy a Lleida. Bueno, en verdad me voy el jueves y vuelvo el domingo. ¿Motivo? El festival de títeres que cada año se celebra en esta ciudad. Y no como espectador, sino que me han invitado como miembro del jurado que otorga los premios. Interesante, ¿verdad? Me esperan cuatro días de teatro, compañías, marionetas, títeres, risas, decisiones y paseos. La verdad es que me apetece mucho y más si uno es un enamorado del teatro de marionetas. Si os podéis escapar intentad ir a Lleida a disfrutar de buenos espectáculos para toda la familia. Más de treinta espectáculos venidos de todo el mundo. Os dejo un enlace a la Fira de Teatre de Titelles de Lleida. Y siempre os podréis encontrar por la calle con un miembro del jurado superatractivo, soltero y fácilmente corruptible.

sábado, 25 de abril de 2009

Aventuras y desventuras de un librero en Sant Jordi (continuación y final)

El librero se va a comer. Se sienta y nota como todo el cansancio que ha ido acumulando durante las semanas previas al día empieza a repartirse por el cuerpo. Pide una cerveza para empezar. Y una ensalada contundente (con jabugo, foie y varias hojas verdes). Una segunda cerveza y para acabar un carajillo de ron. Un par de cigarrillos y conversación con los compañeros libreros que comparten el descanso sobre el desarrollo de la jornada.

Vuelta a la parada. El sol cae fuerte y sin compasión. El librero empieza a adquirir un tono rojizo en brazos y cara. Y un sutil mareo. Definitivamente es el sol estampando su fuerza en toda la coronilla.

La tarde se desliza tranquila. Algún colegio más que vuelve loco al librero llegando a cobrar a tres personas a la vez y sin equivocarse en los cambios. Se escapa un momento de tranquilidad y se compra un libro en una de las paradas a un euro. Encuentra dos novelas en un volumen de Erskine Caldwell. Feliz y dichoso por el hallazgo. Se suma a los dos álbumes ilustrados que le han regalado dos ángeles y a dos libros traídos de Nueva York por un gran amigo. Cinco libros en un Sant Jordi. No está mal. No se acerca los treinta que compró un año, pero aquel año no era librero. Vuelve a su sitio. Un poco de agua. Llegan los refuerzos de la tarde. Tres se van a la tienda y los demás se quedan en la parada. Mira a su alrededor. Está sólo con seis mujeres.

Le gusta la idea.

Fotografia tomada del diario electrónico Anoiadiari.cat

A partir de las seis de la tarde empieza lo bueno. Ya no hay colegios. La gente empieza a salir de sus trabajos y todos se reúnen en la plaza para conseguir su rosa y su libro. El librero y una de sus compañeras libreras se convierten en los únicos que saben qué libros hay en la parada. Una pregunta tras otra del equipo de apoyo. Tenemos tal, hay pascual, dónde está patatín, se ha acabado patatán, un libro para una persona que no le gusta leer, novela negra, algo así como Los buscadores de conchas pero en Roma, Kafka a la plancha, metafísica para niños, libro de tapas azules pero no sabe nada más, libro de economía donde sale algo rojo, teneís patatín. Y las respuestas, no, sí, aquí, no sé, creo que no, por allá, se ha acabado, mira en las cajas de reposición, hay que ir a la tienda a buscar más, creo que nos han robado un libro, falsa alarma, se ha acabado, te he dicho que se ha acabado. El librero empieza a perder la cabeza. Le llaman cada dos o tres segundos por el nombre. Nunca tantas mujeres le han llamado tanto y le han necesitado.

Empieza el tira y afloja con una de las muchachas de apoyo. Ella se acerca, parpadea y le dice Tengo ganas de ti. Y se ríe. El librero le dice que de acuerdo, cuando haya menos gente. Que se refiera al libro de Moccia es lo de menos. La misma muchacha pide el Catmasutra y tres o cuatro novelas más con la palabra amor o deseo. El librero pasa de ser Jorge a ser calculín o computarín por tener todos los títulos de parada memorizados y poderlos localizar al instante.

El librero intenta cobrar lo menos posible y se dedica a la tarea de reponer existencias, aconsejar, encontrar e intentar ordenar. Menos la sección infantil. A partir de las cinco esa sección vive dominada por manos infernales y personas que han olvidado cualquier vestigio de humanidad y de la sagrada ley de las abuelas, cuando cojas una cosa déjala donde la has encontrado. La seccion infantil se convierte en un pandemonium de libros fuera de sitio, mezclados y remezclados donde si metes la mano para intentar un mínimo orden corres el riesgo de perderla.

Empiezan a llegar clientes que buscan los mismos libros; casualmente los que se han acabado. Eso solo quiere decir que esos libros se han acabado en toda la plaza. Ya tenemos a los ganadores de este año.

Por allí, por allá, aquí, no te ha dicho nada más, quizá, a lo mejor en tienda queda alguno, el que hace olores es éste, no saldrá hasta el 23 de junio, no, le digo que no lo tengo que no ha salido todavía, ya pero no puedo hacer nada, de tres en tres no, tú primero, no me has descontado a mí, mira que eres graciosa, no, libros de astrofísica no tenemos, ¿en latín?, creo que no, me estás buscando y me vas a encontrar, no te rías, sí, estoy bailando salsa, dime, se ha acabado, aquí, creo que dice que es este, no el título no es Radiografía de un momento ni Momento congelado en el instante ni va sobre el 11-M, seguro, hola, gracias, sí, aquí, allí, es éste, se ha acabado, cómo estáis, mira estresado pero muy en el fondo es divertido, sí que es guapa, dónde, aquí, no tengo ni puta idea, seguro, ¿seguro?, cómo odio a ese tipo pelocacerola de los cojones, por qué parece que todas las mujeres que me gustan nacen con novio, se ha acabado, en serio, es éste, de qué estás hablando, lo que yo te diga, si no quieres, no tengo sobre grandes lo siento, lo vendían con un periódico, sabes aquel libro que dije que se había acabado, sí, pues mira que ha aparecido en esta caja. ¡¡¡Es que esta gente no tiene casa!!!

Imagen de la plaza de Cal Font de Igualada el día de Sant Jordi sobre las siete de la tarde. La foto la he tomado prestada del blog Vols llegir?

A las nueve se empiezan a quitar las etiquetas de los libros y a volver a encajar. Poco a poco la plaza se va quedando vacía y un beatífico silencio cae sobre la noche igualadina. Sólo quedan los últimos rezagados. Los que estaban en parada se reúnen en parejas y tríos y empiezan a comentar las anécdotas del día. Se guardan libros en cajas y a las nueve y media aparece la furgoneta. Los libros se guardan en las cajas sin orden ni concierto, se recogen las senyeras y la tela, se pliegan las mesas, se carga todo en la furgoneta y a las diez y media miras la plaza vacía de compradores. Sólo quedan los libreros de otras paradas recogiendo cada uno lo suyo.

Camino a la librería. Fumarse un cigarrillo y hablar y reír. Lo mejor sin duda del día de Sant Jordi es la gente con la que compartes la parada. El buen clima, las risas y la complicidad que se crea. La furgoneta ya está esperando y se descarga. Al día siguiente toca vaciarlas, contar las existencias, volver a colocarlas en tienda o devolverlas. Pero eso será el día 24.

Este 23 de abril se acaba. La furgoneta está vacía. El librero se despide de la gente hasta el sábado cuando se encuentren para cenar. Enfila su camino hasta la plaza de ayuntamiento donde le esperan unos amigos. Se mete en el cuerpo medio litro de cerveza, un plato combinado y una copa de ron. Charla con los amigos hasta altas horas de la noche venciendo el cansancio, el dolor de cabeza, los pies destrozados, la cara quemada. Los mira en silencio mientras pelean entre ellos y piensa que ha sido una suerte haberlos conocido. Se despiden bailando el stromboli por la calle.

Llega a casa pasadas la una de la madrugada. Está feliz y cansado. Ha sido un buen día. Lo que no sabe es que acabará siendo un gran día. Enciende el ordenador. Hay correo.

viernes, 24 de abril de 2009

Aventuras y desventuras de un librero en Sant Jordi

El librero se levanta a las seis y media de la mañana. Bueno, mentira. Diez minutos más tarde porque deja que el despertador de dos avisos. El sueño pegado en la cara y se dirige a una ducha rápida que le quite la modorra de encima. Misión imposible. Sigue con sueño. Ropa cómoda, pero hacendosa. Siendo el muchacho previsor que siempre ha sido, se agencia unos pantalones cómodos. Revisa todo bien para que no se reproduzca el incidente del botón. Una camiseta de manga corta porque prevé el sol. Sale de casa con la sensación de ir al patibulo. Es demasiado temprano y el día acaba de empezar.

Se salta dos bares abiertos pensando en uno que está más cerca de la librería. Entra. No hay camarero. Sólo hay dos borrachos a las siete y diez de la mañana que hablan de la guerra en Irak y la entrada de España en la OTAN. El librero prefiere no desayunar a tener que soportar semejante cúmulo de tópicos, malos argumentos y confusiones espacio temporales. Sale a la calle. Se enciende el primer cigarrillo del día. Mira a los lados y se lanza al camino y a encontrar un bar. Afortunadamente para él, cerca de la plaza de Cal Font encuentra una panadería abierta donde sirven cafés. Un café con leche, por favor. ¡Qué bien sienta la cafeína!

El librero llega a la librería a las siete y media en punto. Es el primero en llegar. Abre la reja, se quita la chaqueta, sale a la calle y se enciende un cigarrillo. Saca unas pocas fotos de los bártulos y trastos que harán surgir una parada de libros en el espacio que el ayuntamiento de Igualada ha asignado. Tiene la impresión de que llevan menos cajas que el año pasado, pero es que el año pasado fue demasiado. Reflexiona sobre el día que se avecina y debe reconocer que no odia el día de Sant Jordi. Que es un exagerado y que le encanta adoptar ese personaje. El día de Sant Jordi es hermoso con tantas flores y libros. El día se anuncia soleado y sabe que estará especialmente ingenioso porque el estrés siempre le agudiza la mente. Odia los preparativos, los largos meses de compra, las decisiones, las cajas. El día en sí, es estupendo.


Llega la furgoneta y con el jefe empieza a llenarla de las mesas, las cajas, los expositores y las cajas. Primero infantil y varios (que incluye los libros de cocina, deportes, economía, etc.). En el segundo viaje se llevará la novela en catalán y castellano. Llega otro de los compañeros. Entre los tres se carga la furgoneta y hacia la plaza de Cal Font. Y al llegar, empezar a montar. Se colocan las mesas, se empiezan a abrir cajas, se coloca la ropa encima de las mesas, la senyera y el librero empieza a colocar los libros. El jefe se larga a hacer el segundo viaje de cajas. Rápido, rápido. La parada tiene que estar montada en una hora como mucho. Llegan los otros compañeros de la librería, llega la segunda entrega de cajas y entre todos se consigue que la parada esté montada antes de las nueve y media. El sol ha aparecido y el librero ya se ha quedado con una camiseta verde que le sienta de maravilla (siempre le han dicho que el verde le favorece). Monta la caja con el cambio, algún bolígrafo, la libreta de incidencias, celo, sobres para regalos, bolsas de plástico y de papel, máquina de etiquetas, etc. Se hacen las primeras ventas. Es temprano y sólo los madrugadores asoman la cabeza. Oye que le llaman y se encuentra con un gran amigo, el primero de muchos, que sonríe, lanza un par de pullas y sigue su camino.

Es un hermoso día de primavera...

Se va a buscar un café con leche al bar. Allí una hermosa muchacha le sorprende por detrás. Hablan y esta muchacha le hace entrega de lo que será su tabla de salvación durante el día; un termo repleto de lo que ella dijo que era café con leche (en verdad, era un termo lleno de trifásico de bayleys por lo que el librero llevaría una marcha durante el resto de la jornada verdaderamente antológica).


Hablan un momento. La amiga del librero está exultante por tener el día libre y poder deambular entre las paradas. En un momento se tiene que encontrar con otra muchacha y entre las dos arrasar. Mientras habla de lejos oye un rumor de voces agudas que crece. Gira lentamente la cabeza y se da cuenta con horror que oficialmente Sant Jordi ha empezado.

Acaban de llegar los colegios...

Centenares de voces infantiles hablando a la vez, tocando los libros, oyendo como la profesora explica un cuento a voz en grito, empezando a desordenar la zona infantil que tanto esfuerzo nos costó dejarla tan preciosa como había quedado. Grupos de dos o tres estudiantes de instituto que repiten las mismas preguntas una y otra vez para hacer un trabajo sobre los libros que se venden, los que no y los que se recomiendan. El librero da siempre respuestas diferentes a cada grupo, bromea con ellos y se sorprende del poco sentido del humor que tienen la mayoría. Adolescentes, piensa, se toman la vida demasiado en serio. Se pregunta si él fue así alguna vez.

La mañana discurre placida entre momento de acumulación de personas. De momento hay de todos los libros, aunque como siempre no todos los libros están en la parada. Es imposible traerlo todo aunque haya personas que crean que a la parada de Sant Jordi se llevan todos los libros que hay en la librería. O todos los libros que en algún momento se han editado. Los planes generales de contabilidad, libros de texto de física cuántica, enorme tratados de arquitectura efímera, biblias ilustradas, libros recomendados por las escuelas, libros de texto, diarios y revistas, novedades de hace treinta años, lo siento pero no tienen cabida en una parada de Sant Jordi. En ellas se encontrará con las últimas novedades, algún clásico y algún capricho del librero de turno

Un cliente le pregunta por un libro de un autor catalán que había salido hablando en la radio y que había escrito un libro sobre algo. Y no, no conoce más pistas. Una chica se enfada con él porque no puede envolverle para regalo un libro; es un falta de respeto. Una mujer busca un libro y se lleva tres. Imposible elegir con los argumentos que el librero le da. Un señor pregunta dónde están los libros sobre tortugas amazónicas.

El día avanza. Hace mucho calor. El librero siente un ligero mareo que no sabe si achacar al trifásico o al sol que le da de pleno en la cabeza. Los pies empieza a doler. Las preguntas de los compañeros se le confunden. Empiezan las bromas y los insultos cariñosos con una chica que ha venido de apoyo a la parada. Lo mejor es tener buen ambiente con los compañeros y tomarlo todo con humor. Si no uno se vuelve loco. Dentro de poco irá a comer. Después la tarde... es cuando empezará lo bueno.

CONTINUARÁ