jueves, 21 de mayo de 2015

Glen Orbik. Ilustrador. 1963-2015

El pasado 11 de mayo falleció Glen Orbik, ilustrador con especial querencia al pulp y a los superhéroes. Me gustaba su arte, su estilo, su forma de componer la página y, sobre todo, sus mujeres malas, malísimas, hermosas y con el arma a punto para meter en problemas al que se ponga por delante. Realmente, en el género negro las malas son las mejores.

Portada para la novela Choke Hold de Christa Faust.
No la he leído. De la autora conozco A la cara, estupenda novela negra ambientada en el mundo del cine porno editada en España por la imprescindible EsPop Ediciones.

Portada para Joyland, novela de Stephen King ambientada en una feria y que más que una historia de intriga es una buceo en el pasado y el paso de la juventud a la madurez.

Portada para la novela de Christa Faust Money Shot que aquí se publicó con el título de A la cara.

Maravilloso Hulk

Portada para el cómic de Anne Steelyard.
Aventuras exóticas que no conozco.




Mucho más, en su página web oficial

domingo, 17 de mayo de 2015

Cosas de primos

Entra un señor en la librería.
Alto, con traje a medida, serio. Unos cincuenta largos y con pinta de ser uno de esos tipos expeditivos que saben lo que quieren y que lo consiguen con cuatro gritos a un subalterno. Se planta en medio de la librería y espera que alguien se dirija a él. Lo que hago.
- Buenos días - digo con mi mejor tono de librero congestionado por una mortal mezcla de resfriado y alergía.
- Buenos días - efectivamente, una voz grave acostumbrada a mandar y a que de ella dependan miles de destinos.
- ¿Le puedo ayudar? ¿Busca algo?
- Sí - contesta -. Estoy buscando el libro que ha escrito mi primo hermano.


Silencio.


Él cruza los brazos esperando que le acerque el libro de su primo hermano y yo me quedo esperando que me diga de quién se trata. Dos fuerzas titáticas enfrentadas en la librería. Y segundo de silencio que se alargan y amenazan con perpetuarse.

Mientras tanto en el universo, durante esos segundos de silencio, un imperio ha alcanzado su más alta cota de esplendor e inicia su inevitable decadencia, miles de seres acaban de nacer y algunos de morir, pasan coches por la carretera, un tipo parado en un semáforo consigue arrancarse uno de esos mocos duros que molestan, pero que se resisten a su destino de acabar pegados en la parte más ignota de la guantera, alguien ha acabado de escribir el libro que podría cambiarlo todo y lo guarda en un cajón, unos cuantos esfínteres dejan caer su carga, por todas partes personas, criaturas, seres, conos de energía, hormigas gigantes y seres indescriptibles en este idioma por falta de consonantes, se enamoran, piden créditos, abordan cargueros espaciales, entran en foros con seudónimo para spoilear las últimas novedades holográficas, un tipo que escribe un blog se levanta un momento para servirse otro café, a alguien le faltan cinco céntimos para llegar a pagarse un bollo con canela, se pone música, alguien canta, alguien canta mal, los zotrones consiguen los planes de la base secreta de los milentos e inician un contraataque que les llevará a la victoria y que conducirá a un sector de la galaxia al oscurantismo hasta que el elegido nazca, pero para eso sus padres todavía tienen que conocerse y al principio se odiarán a muerte, pero ya sabemos todos como acaban estas historias, se nace, crece, reproduce, fosilizita, explota, conduce y muere. Segundos que son vidas enteras en rincones inexplorados, que contienen todo lo mejor y lo peor que puede dar cualquier critatura viva. Segundos que se perderán, que cambian dimensiones, que resultan fundamentales para algunos universos y que son el momento de más tedio en algunos estudiantes.

Segundos fundamentales, que en una librería de Igualada dos personas que se veían por primera vez y que seguramente no volverían a encontrarse, los invirtieron en contemplarse en silencio. Uno esperando el libro de su primo hermano y el otro preguntándose quién coño es ese primo hermano.

Al final, el silencio se hace insoportable.

- ¿Y su primo hermano es...?
- ¡Pues Fulanito Menganito Chochopito! ¡El que ha publicado hace unas semanas un libro! Deberías saberlo. Es tu trabajo saber quién publica un libro y quién no.

Y quien es familia de quien, sí, tiene razón.

Le doy el libro, pregunta si hay algún descuento por ser familia directa del autor, lo paga enfurruñado (no, no hay descuento) y se va.

jueves, 14 de mayo de 2015

Tres historias sobre viajes en el tiempo

Me gustan los viajes en el tiempo. Eso es algo que quien más o menos lee estas tontás que cada vez escribo con más tiempo intermedio lo sabe. Así que hace un par de fines de semana, aprovechando que A. y los nenes se iban a esas inquietantes colonias anuales con otras familias y donde se pasan un fin de semana de juegos y borracheras, me enclaustré en casa para una maratoniana sesión de películas y series. Fueron catorce maravillosas horas. Entre las historias que vi, tres fueron sobre viajes en el tiempo. Y todas muy diferentes.

Detention, Joseph Kahn, 2011

Lo que a priori parecía un slasher más donde alguien con máscara mata animadoras, se convirtió en una enorme fiesta con la que disfruté horrores. Se habla de ella como "comedia de horror", pero no es eso. Y sí, pero es mucho más. Porque Detention se alza como un homenaje a los años noventa como imaginario pop, una apuesta firme y consciente por la comedia de instituto (por la que reconozco que tengo debilidad) y una mezcla de slasher, viajes en el tiempo, mutaciones, cambios de cuerpo, parodia que se extiende desde El club de los cinco hasta las torture porn con la saga Saw a la cabeza pasando por Donnie Darko o Ponte en mi lugar.

Una realización que recuerda a los mejores video clips, un sentido del humor rápido y referencial, locura, buenos actores conscientes de lo que están interpretando y una velocidad endiablada. Eso sí, no es una propuesta para todo el mundo. Entendería a lo que no le vieran la gracia. Que no es mi caso, porque ya estoy deseando volver a verla.


Frequently Asked Questions about time travel, Garret Carrivick, 2009

Tres amigos, un pub, una guapa desconocida, Bonnie Tyler y fugas temporales en los lavabos. 
Una muy agradable y divertida comedia inglesa sobre tres tipos normales tirando a patéticos metidos en una aventura que les viene demasiado grande. Frikismo, referencias, paradojas temporales, mucha cerveza y una reflexión sobre la amistad y la madurez. 

Tiene ideas muy interesantes (como los asesinos de celebridades... gente que viaje en el tiempo para matar a personas que admiran en el mejor momento de sus carreras porque no pueden soportar el declive de sus estrellas) y un tono que me recuerda a la Ealing y a los mejores capitulos de la etapa anterior del Doctor Who.


Safety not guaranteed, Colin Trevorrow, 2012

Si vi esta pelícua fue exclusivamente porque en ella salía Aubrey Plaza (conocida por ser April en la maravillosa serie Parks and Recreations), una actriz por la que cada día siento más debilidad. 

Pensaba que era una comedia y no. Tres periodistas investigan un extraño anuncio en un periódico donde se solicita un compañero para un viaje en el tiempo. Y lo que parecía que podía ser una comedia irónica se convierte en una película terriblemente triste (y, en ocasiones un poco aburrida) sobre la soledad, el amor perdido y esa horrible sensación de no pertenecer a la época correcta. Mucho silencio y a la vez mucha palabra. Y mucha tristeza.

¿Me gustó? Sí. Los actores están todos muy correctos, tiene momentos muy conseguidos y consigue que el espectador sienta la tristeza de unos personajes y ese pequeño atisbo de esperanza.  Sí que tienes momentos irónicos o divertidos, pero predomina un ambiente gris y esa terca e inútil voluntad de sus personajes de recuperar lo que se perdió (un amante, la juventud, la familia...) y su negativa a aceptarlo. Y esta negativa que para alguno de ellos es inmadurez y no aceptación del paso del tiempo, para otros es su salvación y el acicate necesario para la imaginación y lo imposible.

Realmente muy interesante.

domingo, 26 de abril de 2015

Pequeña crónica de cómo fue otro maldito Sant Jordi

Han pasado tres días y ya me veo con ánimos para el épico relato de lo que aconteció en la plaça de Cal Font el pasado 23 de abril, diada de Sant Jordi, día del libro o "el día".

Si tuviera que ser un cronista exacto, para entender todo lo que ocurrió ayer tendría que empezar la narración volviendo la mirada a mediados de enero cuando el primer comercial editorial nos pidió hacer un servicio de novedades "pensando ya en Sant Jordi". Un recorrido por un par de meses de visitas de comerciales, novedades literarias, repaso de fondo editorial, hacer pedidos razonables buscando el equilibrio entre lo que se pide y las previsiones de ventas, apuestas que salen bien y otras de títulos que se clavan, basura que se vende como si fuera el último libro de la creación y joyas que se perderán entre las pilas de libros, pedidos que no llegan, cajas que se pierden, pedidos duplicados y recortes de pedido por las cortas tiradas de editoriales en algunos títulos que se preveen los más vendidos, preguntas de cuáles serán estos y cajas, cajas, muchas cajas, más cajas y todavía más cajas de libros, libros, muchos libros, siempre libros.


Pero no. Si me voy tan atrás esto acabará convirtiéndose en una novela por entregas que acabarán engrosando mi maravillosa obra inconclusa. Y aunque los lectores se pierden viajes espaciales, batallas navales, orgías multitudinarias y un par de chistes sobre editores realmente buenos, empezamos por donde tenemos que empezar, en un 23 de abril de 2015 con un despertador que suena, un librero que se despierta y piensa eso de "oh, venga ya, en serio en Sant Jordi" y se levanta entre somnoliento y resignado para ir a hacer una meadita que inaugura el día más duro del año.

Duchita y vestirse. A. va detrás de él y en poco están los dos preparados. Comida para los gatos e intentar huir de su mirada acusadora de los dos bichos que saben que los dejaremos tirados todo el día. A las ocho llegamos a la Plaça de Cal Font, el lugar donde todos los años se instalan las paradas de libros y rosas. La plaza ya está llena de libreros, floristas y colaboradores que van montando sus respectivas paradas y de algunos curiosos que sobrevuelan los primeros libros que van saliendo de las cajas. Llegamos al lugar designado, al poco llega el jefe con la furgoneta y empezamos a montar. Caballetes, mesas, telas, y libros, libros, siempre libros.
Demasiados libros.

Cada año el mismo propósito de traer menos libros a la parada, pero cada año se nos va de las manos. Casi cuatro mil libros que tenemos que meter en las mesas. Y, claro, no caben. Empieza el puzzle y las varias estrategias para meterlos. ¿Por qué hemos traído este? ¿De verdad era necesario otro de cocina? ¿Cuántos libros de Stilton caben en una caja? ¡Me cago en las putas sagas, trilogías, tetralogías y en las madres que las parió a todas y en las historias que en pudiéndose explicar en treinta páginas utilizan cuatro volúmenes!

La primera venta se hace cuando la parada está a medias, la caja no está montada y no encuentro las monedas de euro para el cambio. Un ensayo económico y un libro de reflexión política. Disculpas por el caos de la parada y un gesto de que no importa, de que era ahora o en todo el día no podría escaparse para comprar. Sobre las nueve y media, parada montada. Primera fase cumplida.


Y los libreros, preparados. Cuatro se quedan en parada, cuatro se van para la tienda. Todo va sobre el horario previsto.

Empiezan a llegar los colegios. Filas de niños con sus voces picudas que lo tocan, retocan y toquetean todo (ya sé que me repito, pero es que son muchos niños) acompañados de sus maestros. Miran, compran libros para clase, los profes dejan que los niños elijan (¡Frozen! ¡Dinosaurios! ¡Monstruos!), pero algunos tienden a manipular el recuento de votos para llevarse a clase ese libro sobre la fotosíntesis o un apasionante relato de un burrito y su sombrero.

Y primer encuentro.
Señora que se acerca con paso seguro, pero corto con papelito en la mano.
- Vengo a recoger este encargo.
- Los encargos se tienen que pasar a buscar por la tienda, no los traemos a la parada.
- Es que he ido a la tienda y estaba cerrada.
- Es raro, porque hace tiempo que se han ido para allá.
- He ido a las ocho y media y estaba cerrada.
- Bueno, se abre a las nueve y media.
- Pero es que a las nueve y media no me va bien y por eso he ido antes.
- Pero antes está cerrado.
- Ya sé que estaba cerrado, ¿crees que no me he dado cuenta? Y lo mal que me ha ido.
- Pero no es que no es el horario.
- Pero he pensado que ya que era Sant Jordi abriríais antes porque pasar a esta hora no me iba nada bien que tengo cosas que hacer.
- Pues lo siento, peor los encargos se tienen que ir a retirar a la tienda.
- ¿Ahora me haces volver allí? Con el día que tengo... si es que no queréis hacer las cosas bien.
- Pero es que los encargos no los tenem... es igual... feliz diada.
- Sí, ya.

El día es luminoso, el sol pega con fuerza y voy notando que la cara se ilumina, calienta y empieza a enrojecerse, al igual que la calva (aclaro, no estoy calvo, voy rapado por que me mola parecerme a uno de esos guerreros budistas rechonchos de las leyendas eróticas niponas), hay buen ritmo de trabajo sin agobios. La gente curiosea, pregunta (no, no hay libros de cómo fabricar instrumentos prehistóricos para niños), busca, rebusca, toca, desordena, pregunta (no, no hemos traído libros de filosofía en francés), pide títulos concretos, pide consejo o pide al azar (dame un libro con premio, cualquiera, da igual, si todos son lo mismo, el más fino). Breve entrevista en la radio de la ciudad con las pregunta de cómo va el día, qué se vende, cuáles son las previsiones, si lo pasamos bien, si soy consciente de lo atractivo que me pongo en Sant Jordi, pregunta tendenciosa que me hace una gracia terrible y que esquivo con elegancia (creo) y vuelta a la parada.

Como todos los años, A. se adueña de la zona infantil y hace y deshace a su antojo recomendando libros, convenciendo a padres y abuelos de las bondades de tal álbum ilustrado, de las fantásticas aventuras de un secador mágico o que tal distopia que parece lo de siempre, es diferente. El resto de colaboradores se defienden bien cobrando, atendiendo y pregutándome.

Porque yo soy el master de los másteres de la parada, el rey, el jefe, el encargado, el padrino, el que manda, el que corta el bacalao, el que dice tú aquí y tú allá, el Tony Soprano, el Yoda, el Heisenberg de la parada, Nick Furia cuando estaba con los Aulladores no en su versión Ultimate, si no en la segunda guerra mundial con el puro y la metralleta. Soy el que manda en la parada y el que sabe (o intenta) saber de memoria dónde están todos los libros, si los hemos traído, qué queda en la librería y el que recomienda libros entretenidos, para mi mujer, para mi pareja, para mi hermano o para alguien a quien no le gusta nada, pero nada, pero nada de nada leer. Y, según A., ese día me veo genial. En la parada, me crezco.

Esta es una representación de cómo me pongo el día de Sant Jordi.
La pelirroja es como representación de A. en su día a día.

Llega el mediodía y la gente se va a comer. Yo me conformo con un bocadillo mal comido en la parada y un refresco mientra atiendo, hago albaranes y recomiendo. El mediodía se pasa en un suspiro se acaban los primeros libros, pero sigo pensando que hemos traído demasiados libros. Llegan las cinco, viene el resto de colaboradores, unos para la tienda, otros se quedan en parada y empieza... oh, sí, las tres horas y media que dan miedo. La franja del terror de Sant Jordi. De seis a ocho y media.

Gente ha habido durante todo el día, pero durante ese espacio de tiempo la plaza se llena a reventar, la parada se colapsa, las manos se multiplican y el orden se convierte en un estado idílico al que es imposible aspirar. 


Y, de repente, mi mundo se convierte en

Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando los billetes de cinco, Jorge, ¿Dónde...?,Jorge, ¿Libros sobre el circo? Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, ¿Qué me recomiendas para mi marido? Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¡Algo para un niño de cinco años? ¿Dónde...?,Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge... 

Mientras se van intercalando los diferentes autores que vienen a firmar y hay que hacer malabarismos con la sillas porque algunos se han tomado con algo de relajo la hora que le tocaba.

Entre todo esto, pequeñas victorias, anécdotas y momentos. 
Como conseguir que un novio no reciba como libro de Sant Jordi la última novela de Paulo Coehlo si no Canciones de amor a quemarropa, las risas al escuchar a una chica decirle a su amiga que se comprara antes Eleanor & Park que la novela del machirulo gilipollas ese de After, la felicidad de la chica de Zaragoza por los libros que le recomendé, las continuas muestras de afecto de gente a la que acerté con mis recomendaciones el año pasado, la visita de una de mis lectoras favoritas con la que maté un par de minutos hablando de lo último que hemos leído, una breve entrevista para un diario digital que me regala mis primeras declaraciones entrecomilladas (se puede ver esa frase aquí), asistir estupefacto a las lágrimas de una adolescente al decirle que After 1 se había acabado, la delirante conversación de dos chavales quejándose de que El libro Troll tenía demasiada letra y quién iba a ser el listo que se leyera todo eso, que todavía alguien preguntara por El código DaVinci o Crepúsculo, un tipo que buscaba libros de coaching para niños de tres o cuatro años o si no tenía de coaching, de empresa para esos mismos niños, una pregunta si tenemos libros que enseñen a ser buen novio, otro que tenga frases de esas chulas para decirles cosas bonitas a las niñas, algo para mi madre donde maten mucho, las miradas cómplices de A. por las que valen la pena miles de días como éste, un libro como 50 sombra de Grey, pero en bueno y sin sexo y etcéteras, etcéteras, etcéteras...


Y la gente que regatea el precio, que aprieta para que le hagas más, que exige un trato preferente porque compra un libro al año, como dijo uno, y te lo compro a ti como podría comprarlo a otro. Y los adultos que sueltan la correa de niños con manos y cara llenas de chocolate y los dejan sueltos para que toqueteen los libros, los desordenen, los tiren al suelo, arranquen los plásticos y a lo que me vi obligado a disparar tranquilizantes para rinocerontes. Los repetidos ataques de ninjas venidos de dimensiones paralelas donde Sant Jordi es la fiesta de los croissants y todo el mundo habla con un ridículo acento francés. Las obsesión por la lista de los más vendidos como si eso fuera la garantía de algo y decenas de personas preguntando por lo mismo, en el mismo orden y sin querer saber nada más, perdiéndose maravillosas novelas solo porque alguien en una televisión no ha dicho de ellas que son las más vendidas.

A las ocho y media empieza la afluencia a aflojar y sobre las nueve, cuando la luz del día se ha ido y la que queda es una porquería artificial que no alumbra nada, empezamos a quitar etiquetas y a recoger la parada. Duele el cuello, la espalda y los tobillos están machacados. Llega algún rezagado buscando algún libro de última hora. Agotado, cansado, harto, satisfecho, pensando en todo lo que queda (desmontar la parada, ir a la tienda, descargar todo y empezar el control de venta, las devoluciones, qué nos quedamos, las reposiciones...) y deseando que este año no acabe como todos, en una pelea con esos hunos que siempre vienen tarde, borrachos y cabreados porque el día del libro tendría que ser en Sant Jeroni que es el patrón de los libreros y no en Sant Jordi, que es un asesino de dragones.

Y acabamos el día A. y yo en casa comiendo un kebab a las once, con los gatos cabreados con nosotros por no estar adorándolos todo el día, ella preciosa con las pilas cargadas por haber estado entre libros, gente y niños y yo cansado, agotado, sin fuerzas por haber estado todo el día entre libros, gente y niños. Otro Sant Jordi a la espalda. A pesar de lo mucho que me queje, es un buen día, pero como cansa el jodío.

Quedan 364 días para el siguiente.

miércoles, 1 de abril de 2015

Si a Miles ya le pasaba...


... qué no nos va a pasar a nosotros, pobres mortales.

Y eso que él no vivió la invasión de teléfonos móviles en conciertos, teatros y cines. Seguramente más de un espectáculo habría acabado en pelea.

Gracias Carlos por compartir conmigo las palabras de Davis. ¿Dónde aparecen estas declaraciones?

domingo, 22 de marzo de 2015

Falta un mes...

... para esto.

Foto del Sant Jordi del 2014.
O media mañana o media tarde, no me acuerdo. 
Que un experto en posición del sol nos ilumine.

y, a parte darme una pereza épica, no me siento preparado.
Ya hemos empezado a empaquetar los libros que llevaremos a la parada, recibir centenares de cajas y quejarnos mucho, mucho, pero mucho, mucho, mucho.
Si no existiera esta fiesta la tendríamos que inventar, sí, pero la queja forma parte del oficio de librero. Si no me creéis, id a vuestra librería habitual y preguntad cualquier cosa y veréis.