martes, 8 de agosto de 2017

De cuando fui a una piscina municipal y de las cosas asombrosas que allí acaecieron

Hace un par de semanas fui a una piscina pública.
Dicho así no es gran cosa. Mucha gente va a diario a piscinas públicas y no presume de ello. Como mucho hacen fotos de sus piernas y dicen cosas como aquí sufriendo o qué bien el verano.
Pero para quien me conoce bien sabe que es un hecho extraordinario que yo haya ido de forma voluntaria, sin coacción (¡Si no vas te rajaremos el muñeco de Jason!) y de forma libre a una piscina. Se sorprenden, jalean y se ríen de un servidor porque yo en ese espacio, pues como que no (y aquí otra muestra de mi verbo florido y basta retórica... acabar una frase con un "como que no". Claro que sí, como manda Jovellanos, leñe).

Total, que fui. Con A., Niño Lobo (que está entrando en la preadolescencia y pronto tendré que buscarle un nuevo nombre), Niña Zombi y la recién llegada Niña Dragón. Bajo un sol de justicia, caminando cual familia de dothrakis en el exilio de la Madre de Dragones por un yermo paraje, dejamos Igualada y nos fuimos a las piscinas de Vilanova del Camí. Camino del Rec parriba o pabajo, que ahora no me ubico.

Creo que esto es una imagen de las piscinas, pero no estoy muy seguro.

Llegamos, pagamos la entrada y buscamos sitio a la sombra. Los niños se despojaron de ropaje y en bañador se lanzaron como animales rabiosos al agua. La nena pequeña, igual. A sus dieciséis meses y sin conocer el miedo, hacia la piscina seguida de la hermosa A., cuerpo y presencia imponentes. Y un servidor, tras pasar por los vestuarios para ponerse EL bañador (solo tengo uno y es azul y feo y como con flores o algo que parecen flores, pero podrían ser elefantes o teteras), se quita la camiseta y un resplandor estalla en la piscina. Como si mil ángeles hubieran enseñado a la vez sus posaderas. Como mármol de carrara limpito limpito. Como el suelo recién fregado que te lo miras y dices, pero qué bien ha quedado. Un estallido de luz que venía de mi piel blanca, inmaculada, impoluta. 364 días que el sol no había tocado mis redondeces, mis turgencias y curvas que ya quisiera para sí algún póster central. El sol se reflectaba en mi cuerpo y rayos cegaron a un par de incautas ancianas que miraron a ese buen mozo de huesos anchos y bien comido. Sus cansados ojos no estaban preparados para ese resplandor níveo coronado por la marronez sensual tirando a provocadora y turbadora de unos pezones, mira, bien hechos.

Vamos, que me quité la camiseta y fui al agua con la nena pequeña. Todo eran risas y juegos en la piscina para bebés. El agua caliente por el sol y la orina de tantos críos pequeños algo asalvajados. Ella con sus pasos torpes y risa contagiosa por estar dentro del agua chapoteando con su padre. Felices. Había sido una buena idea esto de venir con los nenes a la piscina y todo eso de la sonrisa del niño como pago de bla, bla, bla.

Hasta que apareció él.
Él.
El niño con la pelotita.


De unos tres o cuatro años. Mirada aviesa y taimada. Con el típico movimiento mandibular del que se ha metido entre pecho y espalda tres sobres de azúcar y seis redbulls mezclados con cocacola y estimulante testicular para caballos. Se me pone justo al lado y mirándome con los ojos enloquecidos del que se ha escapado de un sanatorio mental aprovechando un apagón durante una tormenta eléctrica, me dice:
- Tengo una pelota.
- Pues vale - digo yo.
Y sigo a lo mío, que en ese momento es evitar que en su entusiasmo, Niña Dragón se ahogue.
- Mira mi pelota - insiste poniéndose justo delante de mí.
- Que sí, muy bonita, pero aparta que no me dejas estar por el bebé.
- Pelota.
- Ajá.
Y me la tira a la cara.
Sin mediar provocación. Si haberle enseñado los huevos diciendo que eso es lo que comió su madre anoche. Sin hacer gestos obscenos o reírme de él. Nada.
A la cara.
Falló, claro.
- Vigila, que casi me das.
- Con la pelota.
- Sí, con la pelota. Casi me das.
Va a buscar la pelota y se vuelve a poner demasiado cerca. Yo andaba nervioso por estar vigilando a un bebé de dieciséis meses que no intuye peligro y al que le encanta el agua. Si me ponía de pie, el agua me llegaba a las rodillas por lo que estaba medio sentado en la piscina, desplazándome con las manos y poniendo freno a la cría con las piernas para que no se fuera ella sola, como se suele decir, a lo hondo.
El niño de la pelotita se separa un poco de mí y pienso que se ha dado por vencido.
Me concentro en Niña Dragón.
La pelota pasa rozándome la nariz.
- Te he tirado la pelota a la cara.
- ¿Quieres parar con la pelotita, niño? - dije en un tono irritado mezcla de Cassen y López Vázquez.
El niño va a buscar la pelota y vuelve.
- ¿Por qué no te vas a jugar a otro sitio?
No dice nada. Solo sonríe. Sostiene la pelota en sus pequeñas manos y me sostiene la mirada. Su sonrisa se hace más grande y perversa. Su ojos que dejan de serlo para convertirse en lagos helados que esconden animales muertos y putrefactos. Mira a Niña Dragón y le tira la pelota a la cara.
A la niña.
Dieciséis meses.
A mala leche y a hacer daño.

Resulta curioso comprobar en las propias carnes como la civilización nos ha domesticado. Como siglos de convivir con el prójimo y aguantar sus malos olores, su afición a las marchas militares, las lavadoras a las cuatro de la mañana o cantos desgañitados de éxitos musicales de los noventa han calmado a la bestia iracunda y violenta que todos llevamos dentro. Lo comento porque mi primer impulso al ver que el niño le lanzaba la pelota a Niña Dragón fue pillarlo por el cuello, meterle la mano en la boca hasta alcanzar el estómago y darle la vuelta para que sus entrañas se tostaran al sol.

No lo hice, claro.
Y más teniendo en cuenta que no dio a Niña Dragón que siguió feliz en el agua.
Por poco. Muy poco, pero no le dio.

- ¿Quieres largarte? Deja en paz al bebé o te tragas la puta pelota.

El niño se reía mientras recuperaba su pelota y volvía con ella a apuntar a Niña Dragón. ¿Qué debe hacer uno ante esta situación? Hay quien apuesta por dejar que los niños resuelvan sus conflictos solos, pero en este caso no hay igualdad. Hablamos de un bebé de dieciséis meses contra un niño de cuatro años. La violencia no es la solución. ¿Hablar con él para que lo entienda? ¿Qué se puede hacer cuando te encuentras cara a cara con un crío tocapelotas que viene a joder y a molestar?
No llegué a resolver la duda porque la abuela del niño vino a la piscina diciéndole algo así como deja al señor en paz y vente conmigo que a mí sí me puedes tirar la pelota.

Pudimos continuar el baño en la piscina, pero ya no estaba tranquilo. Veía niños y pelotas por todas partes y ni siquiera los ritos amorosos de los adolescentes me hacían gracia... bueno, mentira, ver los abismos de idiotez que llegan los muchachos para que el grupito de chicas les conceda una mirada es divertido..., pero ya no tenía el encanto de otras veces.

Cuando se lo expliqué a A. me dijo que seguramente el niño tenía una falta grave de atención y era la única forma que tenía de comunicarse con el exterior. Lo que yo me pregunto es, ¿es la falta de atención lo que le convirtió en un gilipollas o no le hacen caso porque siempre ha sido un gilipollas?

El día acabó sin más incidentes. Los nenes se lo pasaron muy bien, Niña Dragón disfrutó horrores, se puso ciega de helado y se pegó una siesta de premio, A. pudo bañarse tranquila y jugar con los mayores porque otros ojos estaban por la pequeña y yo disfruté del tiempo de estar con los mayores y con la pequeña. Y puse el contador a cero. Pueden pasar otras tantas décadas antes de volver a la piscina y ponerme mi bañador azul de cosas.

Poco podía imaginar que unas semanas después volvería a enfundarme el bañador para ir a la playa a pasar el día. Pratchett y Theron benditos, la paternidad ha hecho estragos en mí.

jueves, 27 de julio de 2017

No escribo porque estoy en campaña de texto y me deja hecho un asquito

Siento el silencio.
Es lo que tiene estar secuestrado felizmente por un bebé de casi dieciocho meses.
Y lo que tiene la temporada de texto, que te deja agotado y hecho un guiñapo al acabar el día y lo que menos me apetecía era ponerme a escribir en cualquiera de los blogs. Solo quería llegar a casa, quitarme los zapatos y leer o ver algo mínimamente inteligente y que me trate como una persona.

¿Y qué tal la temporada de texto?
Pues como todos los años.
Agotadora.
Pero te encuentras personajes interesantes.
Desde el abuelo que grita a los cuatro vientos que tiene disfunción erectil y que está orgulloso de ello, hasta la lectora que se emociona porque encuentra la última novela de Concha Perea. Desde el niño al que compran su primero libro hasta quien te agradece una recomendación hecha.

Y ella.
Acompañada de su hija que le enseña un libro que quiere.
- ¿Quieres este libro?
- Sí.
- Como no te vea leer cada noche no te compro otro mierda libro en tu puta vida. Ni en mi puta vida. Cada noche. Como no te vea leer cada noche te la cargas y no te compro otro libro en tu puta vida. ¿Lo oyes? En tu puta vida.

Y así es como alguien motiva a sus retoños a leer.
Por San Pratchett y Santa Theron, que yo no sea nunca sí.

jueves, 22 de junio de 2017

Cuatro días de asueto...

... y la intención es hacer muchas cosas, pero...
... entra el factor niña (y dejo los puntos suspensivos que esto no es una novela de Albert Espinosa).

Por x motivos tengo cuatro días festivos seguidos, lo que no es muy usual. Y siempre hago planes.

- Acabar de rever la segunda temporada de Twin Peaks antes de ponerme con la tercera.
- Ver alguna de las películas de cine negro de serie B que tengo guardadas para cuando encuentre hora y media.
- Leer y hacer que esa maldita pila de libros pendientes mengue un poco.
- Cocinar algo nuevo.
- Paseos tranquilos.
- Ordenar la casa que está hecha un pequeño desastre, pero, claro, con siete seres vivos aquí dentro qué queremos.
- Colgar los pósters nuevos por la casa. Decidir qué se cuelga y dónde se cuelga. El de Wonder Woman es fijo, los otros tenemos que decidirlo.
- Leer algo que supere las ochocientas páginas. Me da igual si es fantasía, drama social en Nueva York, terror de susto y no quiero seguir leyendo o clásico del XVIII con sus doncellas acosadas, sus galanes egoístas y su estilo epistolar (sí, hace tiempo que pienso en releer Pamela. Mira tú, con la de cosas que hay para leer).
- Otras cosas que vayan surgiendo.

Pero, claro, todo estoy topa con una férrea resistencia llamada niña de dieciséis meses que camino a punto de aprender a correr y todo lo que está a mi alcance es para tocar y qué divertido que es esto de pintarme en la barriga.

Todos los bonitos planes destruidos por una bebé que no entiende que mi té es mi té, no su té y que no tiene edad para beber té y que lo dejes, coño.

Surgen otros, sí, como lo de ir mañana a la piscina (ya os contaré. Y sí, odio la piscina), pero de los que me he propuesto me gustaría cumplir uno, solo uno. Creo que no es pedir demasiado. Aunque antes tendré que pedir permiso a la nena si le va bien o prefiere volver a mirar el dichoso cuento de En Pinxo i la orquesta; apasionante historia de un perro vestido de rojo que acompaña a una orquesta para un concierto secreto en el bosque. No sé qué sentido tiene reunir a toda una orquesta en un bosque porque el libro no da más detalles. Ignoro si viven en un mundo donde la música de Saint-Saens está prohibida o si es una secta extraña de músicos templarios, no sé. Seguro que en la próxima media hora volverá a leerlo.


domingo, 11 de junio de 2017

Reseña de After o mejor dicho, un comentario a propósito de una lectura que me hizo sentir sucio y no en el sentido de uuuuuh

Primer libro del Qué leo, qué reseño 2017

Ya leí After.
¿Qué tal fue?
¿Cómo explicarlo?
Como si una civilización alienígena parasitaria decidiera que había llegado la hora de expandir su territorio mediante el asesinato, el saqueo, la matanza y la nula atención a cualquier tipo de norma sanitaria o higiénica y, tras rebozarse en todas las heces que ha encontrado en su camino por la galaxia, incluida la mierda de gargonte, que como todo el mundo sabe, es la mierda más contaminante y vomitiva de la galaxia y sus cuatro dimensiones paralelas colindantes capaz de hacer llorar de dolor y vergüenza a los más desalmados traficantes de mangos prepúberes y bragas usadas de monjas palmípedas coleccionistas de patatas fritas con forma de Elvis. Digo que estos alienígenas, después de abusar y reproducirse y sin haberse bañado en siglos por lo que su cuerpo no es más que una costra inmensa de tiritas con sangre reseca, mocos con personalidad y doctorados en medicina y literatura comparada, secreciones pustulantes de colores desconocidos usados solo en paletas de texturas en películas mangas prohibida en los siete reinos, hallaran un habitat perfecto en mi cerebro y tras horadar mi cráneo con una máquina perforadora, montaran una fiesta que tiene más de orgía diabólica que de alegre celebración entre amigos, llenaran mis cavidades cerebrales de esputos sangrantes y tras provocarse varios cortes con discos viejos de Ennio Morriconne se lanzaran a mantener relaciones sexuales con mis neuronas mientras les dicen a qué te lo estás pasando bien, nena, y explican chistes de curas y loros irlandeses.
Como esto, pero peor.
Mucho peor.

Como podréis imaginar después de esta pequeña descripción de cómo mis otroras cuerpo y mente quedaron reducidos a un amasijo de carne temblorosa y gimoteante con la ropa interior sucia, esto no pretende ser una reseña tranquila, ponderada y pretendidamente imparcial. Esto último nunca he pretendido serlo. Ni aquí ni en mi anterior blog. Lo primero y segundo será imposible dada la naturaleza misma de la novela. No solo lo que trata, si no como lo trata. Y me voy a centrar únicamente en el primer libro. No he leído ni voy a leer los otros cuatro (cuatro libros más...) por lo que si en los siguientes volúmenes los protagonistas sufren un cambio copernicano y se convierten en lápices de colores con poderes o hay una revelación final que hace que toda la saga se vea con otros ojos, mala suerte. Me centro en lo que he leído.

Esto lo comento porque si alguien quiere utilizar el argumento para rebatir esta especia de reseña de que como no me he leído el resto de las partes no puedo opinar, que se lo ahorre. No lo considero válido. Se puede comentar un libro por él mismo (como la segunda parte de una pentalogía fílmica o el número quince de un cómic) sin necesidad de establecer relaciones con su entorno. ¿Qué éste puede aportar más datos? Es posible, pero en este caso juzgo a After por él mismo.

¿De qué va esto? After no deja de ser la enésima revisión del tópico de chica buena conoce a chico malo y empiezan una tormentosa relación. No podemos decir que es una vuelta de torno a tan conocido cliché porque en esta novela lo único que se hace es perpetuar todos los motivos del subgénero sin aportar nada nuevo. Tessa es una buena chica; buena estudiante, buena hija, buena novia, buena en todo. Acabado el instituto se va a la universidad, un antro de perdición lleno de chicos atractivos que te miran así como de lado, fiestas, drogas y pelanduscas tatuadas y con hierro en la cara. Allí conocerá a Hardyn, el malo más malote de todos los malotes y, claro, entrarán en una espiral de amor y pasión que los llevará a conocer el cielo y el infierno en una misma escena plagada de clichés. Una relación estructurada en la cantinela de guardería "los que se pelean se desean" y fundamentada en dos pilares:

- él no puede comprometerse porque está así como raro con la vida por algo que pasó y por eso tiene ese carácter.
- ella sufre un profundo complejo de enfermera que le hace perdonar todo lo que él haga en alas de un futuro amor y porque solo con su cariño él se curara.

Vamos, lo de siempre. Él como ventilador activo de tirar mierda porque es así, pero te quiero. Ella aceptando esa mierda porque si lo quiero mucho y me lo trago todo, él se abrirá a mí y seremos mu felices. Una relación tóxica que hiede a maltrato psicológico a un paso del físico presentada como el culmen del romanticismo.

Y a diferencia de lo que he leído en otras partes de que los personajes son tan repugnantes el uno con el otro porque solo es ficción, una novela, y presenta un relación tóxica para ver como evoluciona, mi teoría es que para la autora (en esta caso, en mi opinión, la voz narrativa del narrador se confunde en muchas partes con la voz de la autora) realmente cree que esto es una relación romántica. Esta novela es una fantasía, un juego imaginativo con la imagen pública de alguien conocido (como la novela que escribí con catorce años con Michelle Pfeiffer de protagonista... y sí, aun la tengo guardada y no, no la leeréis nunca). Lo repite una y otra vez a lo largo de la novela, si se pelean tanto y son tan malos uno para el otro es porque son especiales y su amor es especial. Te insulto porque te quiero y, además, eso lo hace especial. Como el amor de Catherine y Heatcliff o de Elizabeth y Darcy.

(Nota al margen: mira, por esto no paso. Debería haber una ley que prohibiera la utilización de Cumbres borrascosas, Jane EyreOrgullo y prejuicio en este tipo de novela. Y más cuando se demuestra por los comentarios que aparecen en las novelas que sencillamente los personajes / narradores / autores no han entendido nada de lo que iban esas novelas. Dejad en paz a las Brontë y a Jane Austen.

Un día sus cadáveres volverán a este mundo y devorarán a todos aquellos que han utilizado el nombre de su obra en vano. E incluyo a Tess de Thomas Hardy. ¿A qué escribo un cuento sobre esto?).

Además la novela me ha parecido un inmenso canto al ego masculino. Desde la misma base de justificar todas y cada una de las execrables acciones de Hardin, hasta las vergonzantes escenas de sexo donde todo acaba en un "Pero qué bien que follo, ¿verdad nena?". Por cierto, ¿qué obsesión con el tema de la inocencia y virginidad de Tessa, ¿no? Ella, alma cándida y espiritual jamás tocada por nadie (ni por ella), que solo ha visto un pene de refilón en una foto y que descubre los placeres de la carne de la mano de alguien mayor, más experimentado y que no le importa que sea algo torpe. Al contrario, le pone más su inocencia y que nadie a parte de él la haya tocado (sorprendente doble moral, él es un follatodo y no pasa nada. Aparece un personaje femenino follatodo y es una furcia que mira lo que hace con su cuerpo y no se respeta).

A veces parece que el valor que Tessa tiene para Hardin es el valor de su pureza e inocencia. La mujer parece reducida a algo bonito y valioso que hay que proteger de un mundo malo y corrupto que la echara a perder. Y, claro, nadie mejor que un tipo malote para protegerla. El tema de la virgnidad de Tessa se convierte en epicentro de la novela y protagonista de la revelación final; una novela sobre el valor de la virginidad no como decisión personal de una mujer, si no como eso lo ven y lo valoran los hombres.

Escenas sexuales mál explicadas donde él domina, donde lo importante es el placer que recibe él o admirar lo bien que da placer. No me pareció una relación de igualada si no una relación donde hay que dejar claro una y otra vez que él es lo más.

Ese momento en que ella justifica que un tipo quisiera abusar de ella diciendo que claro, él iba borracho y ella estaba dormida en su cuarto.

Una visión del amor en el que éste es violento, duele, provoca infelicidad, insomnio, angustia, ganas de matar y estrangular, celos incontrolables, control de teléfonos, amigos, vestimenta, explosiones de mal humor o alegría injustificadas. Pero eso sí, nuestro amor es especial.

Todo esto, y mucho más, me lo he encontrado en casi seiscientas páginas de la peor literatura. Porque After es una novela machista, tóxica, envenenada y, encima, está mal escrita.

Conceptos básicos como economía narrativa (se mal describe todos y cada uno de las acciones de los protagonistas y no aportan nada), pobreza lingüística, repetición constante de la misma estructura (se ven, se admiran, se pelean, follan, se pelean, se reconcilian y vuelta a empezar), una caprichosa y aleatoria organización de los capítulos (creo que esto se debe a que la novela parece que está escrita por teléfono y a lo que salga sin plan, estructura o idea de lo que se estaba haciendo), pobreza en una caracterización mínima de los personajes principales y despreocupación de esto con los secundarios; personajes estos que se contradicen de capítulo a capítulo y que están solo por las necesidades de la trama aunque eso volatilice la construcción del personaje que se hizo dos capítulos atrás.

Una novela pobre y torpe que necesitaba de forma urgente un trabajo de edición y que alguien tomara decisiones. Como quitarle las cuatrocientas páginas que le sobran. Seamos sinceros, esta historia se explicaría mejor y diciendo lo mismo en ciento ochenta páginas.

Y encima, si con todo esto no bastara, After es una novela muy aburrida. Puedes ser torpe, estar mal escrito, adjetivar de más y sin sentido, pero no aburras. Al final mi lectura la hice con el piloto automático puesto y deseando que todo esto se acabara cuanto antes.

Cuando acabé la lectura de After, dejé el libro a un lado y me fui a pegarme una larga ducha. No es broma. Después de leer esto me sentía sucio. Y durante dos días no pude abrir un libro por miedo a que me apareciera Hardin con su olor a menta.

Fueron dos días duros, desagradables y perdidos. Podría haber estado leyendo cualquier otra cosa, jugando que mi hija pequeña, estar con los mayores echando una partida al Símbolo arcano, ver como crece una pared o darme cabezazos contra una roca. Cualquier otra cosa. Pero al menos ahora ya la he leído y puedo decir con conocimiento de causa a todos esos padres que vienen a la librería a comprarla lo que se van a encontrar dentro. Sobre todo si para quien la compra tiene doce años. O como aquella pareja que la quería comprar para una niña que iba de hacer la comunión ("como su prima mayor la estaba leyendo y ella no quiere ser menos...").

Ya he leído After.
¿Contentos?

Ps. En concreto escribí esa novela con esta imagen de Michelle Pfeiffer.


Su personaje en la comedia de John Landis In to the night.
Tengo que ver la película de nuevo.
Y no, no verá nunca la luz.

domingo, 4 de junio de 2017

Lo que se escucha en casa

Nos ha salido una nena musical. Desde bien pequeña, la música le tranquiliza y divierte. Exige por las mañanas su ración de canciones. Y lo que más se escucha en casa desde hace semanas es esta canción:


Buen gusto el de una niña de quince meses, diréis.
Sí, por supuesto. Es mi hija.

Aunque supongo que también influye que no pongamos música infantil, nada de sintonias de dibujos animados o últimos éxitos de radio formula (¿aún se utiliza la expresión radio formula o es algo de antes de haber nacido yo?). Así que entre lo que escuchamos en casa, amplio y variado, Niña Dragón elige y su favorito es Nathaniel Rateliff.

Y si os lo estáis preguntando, su libro favorito es 


La triste y dura historia de Bumba, un chaval de barrio que quiere entrar en la banda de maleantes de su hermano mayor conocido en los arrabales como El Granos.

Pero este cuento ya lo explicaremos en otra ocasión.