jueves, 27 de agosto de 2020

Donde vuelvo con los libros. 2 reseñas como dos soles.

Hay malas costumbres que no llegan a irse del todo.

La pedicura intracutánea, aterrorizar a campistas con una máscara, machete y ganas de carne fresca y escribir comentarios de recientes lecturas. No me gusta, lo había dejado, pero de vez en cuando recaigo y me pongo a pensar que tal libro si le hago reseña, que tal otro si escribo sobre él a lo mejor encuentra lector, que si... Mierda y mil veces mierda porque me dije que no volvería a las andadas y aquí estamos de nuevo. Y más si, como es el caso, se trata de literatura juvenil.


Alguien me comentó en alguna red social (no recuerdo dónde) que Dare me (¿por qué no se ha traducido el título? Un Rétame queda la mar bien...) no le había gustado porque no había ningún personaje simpático. Otra lectora me comentó algo parecido, que en la novela de Megan Abbott no se había podido identificar con ningún personaje y eso le había provocado mucho rechazo. A mí me ocurre lo contrario, que absolutamente todos los personajes sean egoístas, egocéntricos, crueles, víctimas y verdugos y que la autora no haya jugado la baza fácil de la identificación es lo que me atrapó. Eso y que esté ambientada en el cruel universo de las animadoras de instituto; submundo que me gusta y al que estoy dedicando un ciclo en mi blog de cine.

Dare me es un thriller psicológico; una entrenadora nueva llega al instituto y revoluciona el equipo de animadoras a base de trabajo y exigencia ganándose la enemistad de una y la admiración de otras. Se entra en un juego de poder, secretos y venganza que, naturalmente, acabará conduciendo a la tragedia. Y a la diversión, claro, porque gran parte de la gracia de la novela es ver cómo se construye poco a poco la trama y como se pavimenta el camino hacia un inevitable final en el que todo saldrá mal. Muchos silencios, muchas palabras por decir, muchísima manipulación, claro, y todo explicado por un narrador muy poco fiable y que distorsionara lo sucedido para ajustarlo a su mundo.

Megan Abott es una escritora muy hábil, como ya demostró en una novela anterior que publicó la imprescindible Es POP Edicines, Reina del crimen, y su gusto por los narradores "olvidadizos", los personajes turbios, la violencia soterrada que acaba estallando y las tramas complejas. No busca ponerle las cosas fáciles al lector ni trata el género juvenil con condescendencia (como sí hacen otros muchos autores de literatura "adulta" cuando se ponen a escribir para jóvenes) y arma su novela con contundencia narrativa y literaria.

Dare me es un thriller ambientado en un instituto y protagonizada por las reinas de éste, las animadoras. Hace un análisis preciso del nivel de exigencia física, del sacrificio que supone ser una animadora, de los personajes que deben inventarse (ahora eres una animadora) y de todas las renuncias. Un grupo complejo, ambiguo donde dota de vida y voz propia a los personajes esquivando los estereotipos, pero donde se la juega con el trío protagonista. 

Abby y Beth son las reinas abejas de las animadoras y mantienen una relación de amistad compleja, dura, llena de silencios y manipulaciones donde no sabes quién es cruel con quién ni quién es el manipulado. Esta amistad se pone a prueba con la llegada de Colette, la nueva entrenadora, otro personaje turbio y complicado. Las relaciones de poder que se establecen entre las tres es el armazón de la novela y lo que hace que ésta sea tan adictiva. 

Reconozco que esperaba poco de ella y me ha dado mucho. Dare me ha sido una gratísima y compleja lectura y la que provocó que me entraran muchas ganas de volver a leer literatura juvenil después de un tiempo alejado de ella porque solo encontraba lo de siempre y explicado de la misma forma.

Y si a alguien le da pereza el libro, en Netflix podéis encontrar una serie basada en la novela. No se conforma con ser una traslación, si no que hace crecer el mundo, le da más complejidad y protagonizada por una fascinante Marlo Kelly como Beth. Le sobran filtros azules, cámara lenta e hieratismo a alguno de los actores, pero es entretenida y cruel. A mí me vale.


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Pero si ha habido una sorpresa en las lecturas juvenil que he hecho últimamente es Muertes perfectamente evitables de Deirdre Sullivan que ha publicado La Galera Editorial. Es una de esas historias que sin saber muy bien por qué tocan cuerdas y fibras precisas y acaban haciédolas tuyas y explicándote. Suena cursi, lo sé, pero con novelas que me han gustado mucho me cuesta explicarme. 

Que recuerde un mazazo emocional parecido tendría que retroceder a la lectura de La temporada de accidentes de Moïra Fowley-Doyle. 

Deirdre Sullivan. Como me ocurrió con Moïra Fowley-Doyle y Maggie Stiefvater, mientras leía su novela solo quería pedirle matrimonio y que me rechazara.

Y sí, ambas tienen muchos puntos en común, Irlanda, familias complejas, brujería, toneladas de ambigüedad y un acercamiento diferente y esquivo al fantástico. La historia de dos hermanas en un pueblo nuevo está cargada de aristas y ambigüedad, gracias a un narrador poco fiable y que los elementos fantásticos pueden ser o no y no dejan de ser traslaciones de lo que les ocurre a las protagonistas funcionando como contrapunto y sombra.

De ritmo tranquilo, donde la historia y los personajes crecen poco a poco y donde el lector debe acostumbrarse a este discurrir lento. No hay grandes momentos épicos ni revelaciones, todo es más tranquilo... e inquietante. Porque es una novela de secretos y el lector asiste como se desvelan poco a poco y cambian la historia. Pero algo inquietante y turbio discurre por todas la páginas, una violencia implícita que no proporciona una lectura tranquila. Ritmo lento, pero no tranquilo. Algo no funciona en ese pueblo y Deirdre Sullivan consigue trasmitirlo muy bien al lector por medio de la mirada de Madeleine. No es una lectura cómoda.

Esto es lo que busco en una novela; no quiero el terreno conocido y cómodo donde sé qué me voy a encontrar. Quiero novelas que me reten y me expliquen otros mundos y otras dimensiones. Muertes perfectamente evitables busca abrir otros caminos en el género y encarar los temas de otra forma. ¿Por qué explicar lo mismo? Hay una voluntad literaria en la forma en que está escrita la novela, el narrador parcial, la ambigüedad, el gusto por una prosa lírica, evocativa, descriptiva, crear escenas de onirismo y fantasía (los paseos nocturnos de Madeleine, su romance...), coquetear con el terror y tener como referente Siempre hemos vivido en el castillo. En esa tradición literaria se adhiere Deirdre Sullivan; ese gótico rural con pequeños destellos de paganismo. Y hablar de "temas importantes" sin que en ningún momento suene a sermón, lección o se coman lo que es importante, la literatura.


Para mí Muerte perfectamente evitables se ha convertido en una novela importante; una de esas que no sabes por qué te explican y con las que doy la tabarra en la librería insistiendo en ella. Vale la pena acercarse a este universo. Y perdonad las cursilerias.

jueves, 30 de julio de 2020

Crónica tardía de un Sant Jordi (otra vez) más raro que el otro

Ha pasado una semana y ya casi nadie se acuerda. No es de extrañar. El Sant Jordi de verano como se ha conocido popularmente ha sido un experimento que no solo desafiaba a la naturaleza y a dios con arrogancia y chulería, si no que era algo que a pocos les hacía ilusión. Hablaba con libreros, representantes editoriales, editores y otros infraseres que poblamos el mundillo cultural (o pseudocultural en algún caso) y había un desanimo, pocas ganas y mucho "pues se hará", "ya veremos", "por favor, qué pereza". 

Al final, tras muchos días de si sí o si no, de noticias contradictorias, de amenazas de suspensión, de señores disfrazados de virus correteando por las calles con la chorra fuera, de correos electrónicos con lo que teníamos que hacer los libreros para asegurar que los visitantes a las paradas cumplieran con las normas higiénicas, de profecías cumplidas por entender mal una palabra del conjuro (esa jota que se pronuncia como ese, lo típico), el Sant Jordi de verano, la Noche de flores y libros, el Falso Sant Jordi se celebró. 

Se hizo, se vio y, sí, dio pereza.
Pero se hizo.


¿Y cómo fue?
A ver, mis previsiones eran catastróficas, pero es que soy de natural apocalíptico. Mi visión del mundo y de la gente es una mezcla entre The walking dead y La escopeta nacional, con música horrible y comida que cuando llega a la mesa está fría y encima no es lo que habías pedido. Reconozco que mis ánimos estaban por los suelos, que estaba en un pozo oscuro con reminiscencia murakamianas llenas de lentitud, pedantería, tontería, páginas de más y deseos desesperados de gustar al lector occidental (no me gusta Murakami así que imaginaos la pesadilla). 


No me apetecía este Sant Jordi, no quería este Sant Jordi y no quería estar en una parada rodeado de gente y vigilando si se ponen alcohol, que no se arrejunten mucho, que lleven bien puesta la mascarilla y otros pesadísimos etcéteras que nos acompañaran durante años. Solo imaginaba que ese día se convertiría en una pesadilla de gente amontonada, disparos, helicópteros volando bajo y disparando bazokas, toses, flemas, mutaciones, marines espaciales aniquilando a la población de Igualada por la gloria del Emperador, gente borde y maleducada, ratas gigantes saliendo de las cloacas para preguntar cuál es el libro más vendido, autores locales de malos modos increpando a los libreros porque no encontraba su libro y...

Sí, más o menos así.

Así que siendo esas mis expectativas, el día no fue mal del todo.
Parada abierta a partir de las seis con un calor puro de verano cruel. Poca gente. Paseantes, algún curioso, pocos niños. Ventas tímidas y pasar las horas. Avisar de que la gente se pusiera alcohol en las manos fue un continuo y aguantar las miradas recriminatorias de los encargados de salud pública por tener a dos personas cerca, también. Lo del autor local molesto se cumplió (¡¿dónde está mi libro?! ¡¿cómo es que no habéis traído MI libro sobre el coronavirus!?). 

- ¡Usted es el autor del único libro del coronavirus que hay en las librerías! 
Muertitos nos hemos quedado, caballero.

Poca venta, mucho calor, demasiados libros. Por lo menos vinieron algunos de mis clientes favoritos con los que pude hablar de literatura juvenil, terror o novela negra y criticar la obsesión con los más vendidos como si eso fuera indicador de calidad o prestigio literario.


En teoría teníamos que estar en la parada de seis de la tarde hastas las once y medía de la noche. Las optimistas previsiones que hicieron tipos listos de bata blanca y gafas de pasta que dicen cosas como "según mis datos" o "todos los vectores infradimensionales apuntan a una recriminación acelerada del índice retractil" auguraban una riada de gente inundando el paseo, comprando libros y rosas y haciendo que la fiesta durara hasta bien entrada la madrugada entre botellas descorchadas de cava, carreras de abuelas y espectaculares números musicales sardanísticos.

El típico, y cansino, despiporre igualadino cada vez que hay una fiesta.

Nada de esto se cumplió y a las diez empezamos a recoger con prisa y sin pausa para irnos a tomar un bocadillo y quejarnos de cómo había ido el día (a los libreros lo de la queja se nos da de maravilla) y compartir algunas anécdotas poco suculentas, pero que distraen.

Y cuando le has cortado el cuello, tía.
Lo puedo ver mil veces y siempre me hace gracia.

Vino, se hizo y se olvidó. 
Ahora a concetrarse en la apasionante temporada de texto y soñar con las vacaciones... tiempo para leer, escribir, ver películas chorras y alguna buena, juegos de mesa con los nenes, arrumacos con A. y esquivar con poca elegancia las insinuaciones de ir un día a la playa. Y olvidar que por culpa de este segundo Sant Jordi queda menos de un año para el próximo y se querrá hacer a lo grande, para compensar. Pero a eso ya nos enfrentaremos cuando toque... ahora haremos como que no existe.

jueves, 18 de junio de 2020

Donde hago un repaso superficial a LOS JUEGOS DEL HAMBRE porque con una niña de cuatro años que quiere jugar y un gato pesado que tiene hambre uno no puede ponerse muy profundo, la verdad

En un momento en el que parece que todo regresa ya sea camuflado de remake, reinicio, homenaje o copia, una mañana el siempre inquieto mundillo de la literatura juvenil se despertó con dos noticias inesperadas. 

1. Suzanne Collins, autora de Los juegos del hambre anunciaba una precuela de la saga.
2. Stephanie Meyer, autora de Crepúsculo anunciaba la publicación de otra novela ambientada en su mundo de vampiros brillantes y lobos sin pelo; algo así como la historia desde el punto de vista de él.

Hubo muchos tweets, muchas reacciones y observé dentro del minúsculo mundo donde me muevo que una nueva entrega de Los juegos del hambre se recibía con frialdad y mucha reticencia, pese a ser tres novelas buenas y solventes y Suzanne Collins una mas que buena escritora. En cambio, el anuncio de ese Crepúsculo desde el punto de vista del chico se recibió con alegría y aplausos a pesar de ser una serie que hasta muchos de sus más fieles defensores consideran más bien floja. 

¿Por qué estas reacciones? Supongo que de nuevo juega el factor nostalgia. Crepúsculo fue para muchas personas su inicio en el mundo de la lectura y el motivo por el que abrieron un blog y vivieron aquella breve edad de oro de las bitácoras literarias.

Leí las noticias y las olvidé casi al momento, ya me las encontraré en algún servicio de novedades, pensé.

Llegó el confinamiento y entré en una crisis lectora de proporciones monstruosas. La mezcla de nervios, tensión social, incertidumbre e imbéciles con altavoces hicieron que durante un par de semanas no pudiera leer absolutamente nada; cada libro cogido se caía de las manos, todo me aburría y agobiaba hasta que encontré la solución, relectura. Y releeí todo lo que pude. De Hammet a Perec. Cosas de Virginia Woolf y ensayos de cine. Y Los juegos del hambre. Las tres novelas. En cinco días.


Las leí por primera vez cuando salieron publicadas. Creo que el primer volumen lo compré el mismo día que nos llegó a la tienda. Y me gustaron. Fue una lectura que recuerdo ágil, divertida y llena de matices y contradicciones. Nunca hablé de ellas en mi extinto blog de libros porque consideraba que había demasiadas reseñas y una más no aportaba nada.

Con esta segunda lectura me pasó exactamente lo mismo. Aguantan sorprendentemente bien y está llena de detalles que me encantan. Me gusta que se inscriba en la tradición literaria y cinematográfica de "la caza del hombre", desde el Malvado Zaroff  (1932) a Battle Royale (1999 la novela, 2000 la película), Blanco Humano (1993) o la australiana Turkey Shoot (1982).

Salvajada violenta y divertídisima de prisioneros sobreviviendo a pruebas demenciales mientras los guardias los quieren matar entre risas.

Me gusta mucho que sea una trilogía terriblemente triste y pesimista cuyo tema central es la manipulación que se ejerce desde diferentes centros de poder hacia una adolescente. Y entiendo que muchos lectores se sintieran traicionados por un final que apuesta por ser totalmente anticlimático y que arrebata la gloria o un éxtasis de justicia. La violencia solo deja muertos y la guerra convierte a buenas personas en verdugos y asesinos. Muchos querían leer un final fácil y heróico, complaciente y Suzanne Collins se lo arrebató dejando un enorme poso de amargura y cicatrices. A mí esto me gustó en su primera lectura y me gustó mucho más en la que he hecho ahora. Katniss convertida sucesivamente en símbolo y luego desechada por incómoda. 

Y me gustó Katniss como protagonista porque es compleja, se equivoca, es prejuiciosa, puede ser adorable y odiosa en un par de páginas, no cae bien a todo el mundo y se equivoca; no es la protagonista absolutamente perfecta que proliferaron en muchas otras trilogías del momento (y de ahora).

Sí, es demasiado larga (todos los libros son demasiados largos) y el triángulo amoroso chirría (todos suelen chirriar), pero son cositas que no molestaron en la relectura. Así que cuando llegó a la tienda Balada de pájaros cantores y serpientes se vino a casa.


¿Y qué tal? Pues la verdad es que bien; no entiendo la reticencia. Suzanne Collins es buena y lo suficientemente inteligente como para no querer repetir lo mismo con otras palabras. Se ambiente sesenta y cinco años en el pasado y explica cómo eran los primeros Juegos del Hambre y el lento proceso de algo que odiaban todos en Panem menos el gobierno acabó siendo un espectáculo de masas televisivo. Como se manipula a una sociedad para que los valores cambien de forma tan drástica y como un joven y ambicioso Snow, futuro presidente y villano principal, participa en todo esto y vende su alma. 

La novela funciona; sí, es demasiado larga y el tercer acto se atraganta un poco, pero bien, es entretenida, tiene ideas potentes e interesantes, ves los juegos desde otro punto de vista y los mecanismos del poder y descubres cómo se forja un villano. Y sigue siendo triste, cruel y pesimista con un final anticlimático que tiene todos los números de no gustar a un montón de personas. No hay sitio ni para buenos sentimientos ni para buenas personas.

Y ya está. No sé qué más decir. Había olvidado lo que llegué a odiar escribir sobre libros.

domingo, 17 de mayo de 2020

De cómo ha ido esta primera semana de trabajo y de lo raro de cojones que ha sido todo

Se acabó el confinamiento estricto y poco a poco volvemos a eso que se ha dado en llamar "nueva normalidad" y que para mí es una mala mezcla de distopía ballardiana, cine pseudointelectual político de los sesenta y comedia berlangiana; un nuevo mundo donde lo terrible e inquietante se mezcla y confunde con lo ridículo y absurdo y oscuramente cómico.

Esta semana pasada he vuelto a la librería.
Las puertas se han abierto y vuelvo a colocarme tras al mostrador a la vida llena de quejas continúas del librero. Por supuesto, volvemos, pero de forma rara y extraña y sin la libertad para babear y estornudar que teníamos antes. Amén de todos los nuevos artículos que debemos llevar para atender al público.

A punto de abrir las puertas de la librería.

Los protocolos para entrar o salir de la librería son nuevo y difíciles de asimilar. Solo puede entrar un cliente por trabajador y un cliente por núcleo familiar. Mascarilla obligatoria y nada de tocar los libros; nada de rozar de forma cursi la portada, esconder el libro que se quiere detrás de otro para que nadie se lo lleve, meter la nariz entre los libros y decir eso de que los libros huelen bien, nada de frotarse la entrepierna con los volúmenes de la obra completa de Josep Pla por aquello de la erótica de la palabra escrita, nada de hacer que Los miserables mordisqueen los pezones...

Pero antes de entrar, más protocolos. Ojo, que me parecen bien. Que no hemos estado encerrados tanto tiempo para que por orgullo mal entendido se joda el invento, pero esto no quita que se ralentice y acabado el día de la sensación de haber atendido a menos personas, pero haber trabajado el triple.

Hasta nuevo aviso, prohibido hacer esto en las librerías.
Y quitarse la camisa. Queda raro.

Empezamos vigilando que los clientes guarden la distancia de seguridad y guarden turno de forma ordenada y sin los machetazos que tan alegremente se pegan los igualadinos en los supermercados o en las reuniones familiares. Comprobamos que llevan la mascarilla puesta de forma correcta y que se desinfectan las manos con un jabón que proporcionamos, y de gran efectividad porque a parte de matar a los posibles virus, limpia la piel muerta, abrillanta las uñas y deja al sol trozos de carne que jamás lo han visto. Ante los lloros de los clientes siempre decimos lo mismo, mientras no salga hueso puede ponerse jabón. Tras esto los clientes se desnudan y pasan a las salas de descontaminación donde se les administra una ducha de compuestos químicos que en su mayor parte es cianuro, potasío, mercurio rebajado a un treinta por ciento y basalto de amoxicinina para dejar los rizos de forma natural. Se frota a los clientes con escobas hipodérmicas y luego se les somete a radiaciones ultravioletas, a una limpieza anal completa y se les proporciona trajes de contención con oxígeno para cinco minutos.

En la zona de descontaminación antes estaba la sección de ensayo político.
Nadie la echa de menos.

En este punto entran  Hans y Bernadette; los nuevos trabajadores de la librería que el gremio ha impuesto para vigilar que los clientes cumplan las normas, que los libreros cumplimos las normas, que los libros cumplan las normas y que ellos cumplan las normas. Son majos. Duros, expeditivos, violentos, narcisistas, pero majos.

A Hans le gustan los libros donde salgan robots y disparar porque sí en las rodillas, "hace un ruido muy divertido... tiene algo que ver con el tipo de articulación". A Bernadette los libros de historia antigua y la tortura intracraneal. Una tarde de estas, mientras me ayudaban a limpiar la sangre que había dejado un cliente que nos comentó que le parecía bien que todo el mundo llevara mascarilla, pero que a él no le pasaba nada y por eso no la llevaba nunca, me explicaron que se conocen de hace mucho años cuando de niños coincidieron en la antigua Stasi, donde estudiaron espionaje y negociación con prisioneros; los acabaron despidiendo de un trabajo que les gustaba y llenaba por "ser demasiado bordes con los clientes y no pedir por favor que delataran a sus madres".

El cometido de Hans y Bernadette es acompañar, y vigilar, a los clientes para que de verdad no toquen nada porque, sí, llamadnos desconfiados, no nos fiamos de su palabra. Quizá dice poco a nuestro favor, pero después de ver a un cliente que nos había prometido no tocar nada meterse un dedo en la nariz y luego ponerse con el mismo dedo a repasar los libros buscando "algo que me llame, no sé, algo así como que me llame por mi nombre y me diga, léeme", mejor asegurarnos. Y a mí me cuesta mucho llamar la atención porque tras estos meses todos estamos tensos y nerviosos, pero a Hans y Bernadette no les cuesta nada hacerlo ni ponerse bordes ni arrancar un brazo ni hacérselo tragar a alguien mientras les cobra con tarjeta.

La gente viene con ganas a la librería y en su mayor parte son comprensivos con las nuevas normas de seguridad, distancia e higiene. Pese a todas las incomodidades intentamos hacernos la vida más fácil unos a otros y entendemos que para todos ha sido complicado. Luego están "los listos"; aquellos, como he dicho antes, que intentan explicarte porque las normas no se han hecho para ellos, por qué están por encima de nosotros y por qué ellos pueden entrar en pareja, pero el resto debe esperar en la puerta. Amén de explicarte todo lo que haces mal y tratarte con ese punto de suficiencia que roza la mala educación.

El listo que me ha llamado joputa y que dice que la mascarilla se la ponga mi puta madre que pase.

Y frustra y cabrea y ves que todo eso de que saldremos de esta mejores y más unidos son estupideces y que el ser humano sigue igual, si no más, egoísta, insolidario, cretino y crecido. Y acabas muy harto de todo ello, la verdad. Y yo solo he estado una semana en una librería. De verdad no quiero pensar qué ha debido ser para una cajera de supermercado. ¿Se puede haber estado trabajando estos dos meses con esa presión y la omnipresente estupidez humana y conservar un poco de fe?

A veces me quedo así, traspuesto en el trabajo pensando si todo esto merece la pena y tiene algún sentido.

¿Notaba a faltar la librería? Sí y no. Tenía ganas de volver a trabajar, de volver a los libros y ver y charlar con los clientes, pero a la vez me daba apuro el mundo de fuera y ser figurante en este nuevo mundo que se está formando (¡malditos tiempos interesantes!). Además, esto de estar en casa con la familia durante tantos días ha estado bien. He leído poco, pero a gusto y me he visto casi setenta películas. Tener tiempo para no hacer nada y dejar para mañana sin remordimientos escribir un poco, hablar de tal película o adelantar la partida de rol. He tenido la suerte de no haber sufrido el síndrome de "aprovechar el tiempo". Pero sí, volver a la librería está bien. Los imbéciles, las avalanchas de novedades (¡más de cuatrocientos libros en junio y julio, pero estamos pirados Grupo Planeta de los cojones!), la incertidumbre, no, a todo eso no quería volver, pero a estar rodeado de libros y al día a día, sí. La librería vuelve a estar abierta y que siga así treinta años más.

Sí, estamos abiertos... hasta las ocho... sí, lo tenemos... no, no hacemos descuento de Sant Jordi.

PS. Se me ha olvidado comentar lo de la familia vikinga que nos ha crecido en la sección de poesía, pero lo dejo para otro día porque esto me ha quedado demasiado largo. Tenemos nuestros más y nuestros menos, que no compartan el botín de los saqueos me cabrea lo suyo, pero creo que llegaremos a entendernos.

viernes, 24 de abril de 2020

Crónica de un Sant Jordi confinado.

Y llegó el 23 de abril. Sant Jordi.
Luce el sol y se presenta un día esplendido; no hace frío por lo que a las diez ya andaría correteando cual ninfa  en camiseta, ni demasiado calor por lo que el rojo de la cara con el que acabaría entraría dentro de unos estándares normales. No amenaza lluvia y la jornada se alargará hasta las diez de la noche cuando cansados y felices devolvemos las últimas cajas a la librería y vamos a cenar algo guarro.

Los cojones.

Porque por si no lo sabíais estamos confinados por un quítame de ahí un virus. Sí, ya lo sé que os pilla por sorpresa, pero ahora no da tiempo a explicarlo. Si miráis algún periódico despúes de las páginas de cultura hablan de eso. O en la tele si tenéis suerte podéis pillar una tertulia sobre el virús.
Total, al grano.
Que no ha habido Sant Jordi.

Ni cajas, ni libros, ni parada, ni gente, ni agobios, ni preguntas de cuál es el más vendido, ni estudiantes haciendo desganados un trabajo, ni intentos de robo, ni sol, ni agoreros diciendo que qué, aguantará el día u os lloverá, ni los tres saludos de Alcalde, ni Juanjo a primera hora saludando, ni señoras que piden más descuento porque otros años le habíamos hecho más descuento que ellas se acuerda y qué voy a saber yo de qué descuento le hacíamos, ni clientes favoritos que vienen a la parada a que le recomiendes algo porque si no recomiendas tú es menos Sant Jordi, ni la satisfacción del jefe al ver que tras tanto trabajo todo va sobre ruedas, ni los autores firmando esperando que venga alguien a pedirles que les estampe un garabato en su libro por caridad, ni A. espectacularmente atractiva y hermosa poniendo orden a base de sonrisa y machete en el caos que es la sección infantil, ni anécdotas, ni imbéciles, ni gente maja, ni...

Así que hoy me he levantado desconcertado y triste. Deambulaba por casa como alma en pena con exceso de mala poesía romántica y me encontraban llorando por los rincones convertido en un amasijo de carne patética, triste y humillada. Porque yo cuando lloro olvido la dignidad que no tengo ni de puta coña y surge de mi el trozo de ser repugnante que en verdad soy, todo flatulencias, mocos, estertores e hipidos molestos que te hacen levantar la mano así como en un gesto de... me contengo que si no te meto. Niña Dragón me miraba entre fascinada y asustada mientras me golpeaba con un palo.

- Mami, papa está más tonto que ayer.
- Sí, cariño.
- Pobre. ¿Qué le pasa?
- Es Sant Jordi, Niña Dragón y si no tiene su dosis de parada y mala leche se convierte en... eso.
- ¿Le puedo pegar un rato más?
- Sí, claro, un poco más y te vas a quemar la cama de tu hermano que va siendo hora de que se despierte.


Y no he mejorado.
Nada.
Al final A. se ha cansado y para que dejará de suspirar de tal forma que empañaba la colección de estatuas ecuestres que tenemos en el pasillo, me ha improvisado una parada de libros en el comedor / biblioteca / salón de juegos / galería de arte donde tengo una copia de la obra maestra Perros jugando al póker.

Dicho y hecho. Me ha obligado meterme en la ducha y a vestirme con alguna otra cosa que las zapatillas viejas y el pijama raído al que le he enganchado un símbolo de la flota estelar de Star Trek con precinto marrón. Y en unos minutos ya me tenéis con parada en casa, con cara de librero hastiado y atendiendo a clientes imaginarios con un asomo de sonrisa y recomendando lo mejor de lo mejor.


Así que de esta forma he pasado el día de Sant Jordi. He malcomido un bocadillo detrás de la parada. De vez en cuando venía A. o los nenes y me compraban un libro o dos. Se ponían un sombrero y hacían ver que eran otras personas exigiendo más descuento o si tenía el libro ese que han dicho en TV3 que era el más vendido, pero el segundo por la izquierda o si me quedaba alguno de aquel que tenía en la tienda hace tres años, pero que no se acuerda de si era un libro o un ornitólogo. Ha sido más relajado que otros años, no tan agobiante ni tan cargado de gente, pero ha servido para que recupere un poco la dignidad (sí, ya sé que no he tenido nunca) y me quitara el mono de un Sant Jordi encerrado en casa pensando que quizá hagamos uno de verdad en julio o en octubre o vete a saber cuándo.

- ¿Y no hay anécdotas jugosas?
- Bueno, ha venido poca gente y a parte de mis amigos imaginarios, y estos no leen, poca cosa. Me he intentado robar un libro a mí mismo, pero me ha acabado dando vergüenza así que lo he dejado mientras me pedía perdón y me decía que no volviera a acercarme a mí mismo. Pero antes de Sant Jordi...
- ¿Qué? ¿Antes de Sant Jordi, qué?

Listos.
Los listos que gobernarán el mundo.

Listos que se han quedado confinados juntos pensando como tener el libro de Sant Jordi el mismo día porque si no les da algo, ¡LES DA ALGO!

Por responsable decisión, las librerías de mi ciudad...

- ¡Es un pueblo!
- Y nunca pasa nada.

..., vale, lo que queráis. Sigo. Las librerías decidieron de forma conjunta no hacer repartos casa a casa ni hacer envíos para minimizar contagios y riesgos. Se hacen vales de regalo o se aceptan encargos que se recogerán cuando todo vuelva a una apariencia de normalidad entre otras cosas. Así se ha anunciado por activa y por pasiva en todas las redes sociales todas las librerías. Desde ayuntamiento y organismos oficiales se ha anunciado lo mismo. Entidades han colaborado para difundir el mensaje. Espérate. Encarga. Recoge después. Hemos hecho enormes anuncios que hemos difundido lleno de letra gorda y en colores y llenos de dibujos.

Y la gran mayoría lo entiende y participa en el juego de este extraño, raro y triste Sant Jordi sin libros en la calle y paradas imposibles de mirar por la acumulación de cuerpos en un mismo lugar. Te llegan ánimos, mucho cariño, dibujos dedicados, recuerdos y una cantidad inmensa de "nos veremos pronto en la librería" o "os añoramos, libreros".

Qué tiempos aquellos la ansiada aglomeración de las siete de la tarde buscando el libro.

Pero no tenéis ni idea de la cantidad de gente que en esas mismas redes sociales con un cartel que anunciaba que no estábamos abiertos ni hacíamos reparto ni envíos nos preguntaban debajo mismo de ese cartel si estábamos abiertos o si hacíamos reparto o envíos. Personas que te decían que entendían todo eso, pero que ellos sí que podrían pasar a buscar un libro, ¿no?, porque ellos son clientes no comos los demás que son, no sé, flanes. Una persona nos propone que como solución hagamos encargos y luego llevemos todos esos paquetes al super o a la farmacia y que sean lugar de recogida de ¿400? ¿500¿ ¿2000? libros. O por los menos el suyo. Alguien nos dice que esto de tener cerrado es un "caprichito" nuestro y que no queremos vender y que qué nos costaría venderle a él un libro, leche. Nos mandan un mensaje a las diez de la noche del día 23 pidiendo que llevemos un libro urgente a su casa porque sí. Que si no queremos vender y todo eso.

Y el factor que los une a todos es una imposibilidad de ir más allá de su propio ombligo y creer que su libro es el único que se vende ese día. No creerse que hay más gente en el mundo que quiere un libro ese día para regalar, para sí mismo, para meterlo en la lavadora, para hacerse el listo en instagram, para no leerlo nunca, para leerlo esa misma noche, para lo que sea. ¿Qué les cuesta llevar MI libro al supermercado que está abierto y que en estos días de confinamiento no vive en un estrés eterno y perpetuo y no les importará ser punto de recogida de MI libro porque YO soy importante y el resto del mundo pues como que no? ¿Tantísimo cuesta entender las dificultades de este día?

Exijo MI libro de Sant Jordi

Por suerte es lo de menos y la gran mayoría de las personas viven este días como lo que es, una fiesta. Este año triste, rara, diferente, pero una fiesta. Y como en todas siempre hay pesados, borrachos, psicópatas sociales, idiotas e imitadores de humoristas.

En la parada de casa el día fue bastante tranquilo. A ver, ya me esperaba que la afluencia de gente fuera menor que otros años por el confinamiento y todo eso, pero algo me vendía a mi mismo y tuve tiempo para leer algo, lo que otros años ni de coña. De forma extraña no hubo ningún tipo de mutante que quisiera entrar en casa para devorarme o llevarme a otra dimensión porque soy el elegido (otra vez). Lo único fue que Niña Dragón empieza a coquetear con el satanismo e invocó un demonio canibal, pero quién soy yo para decirle nada si de mayor quiere ser tirana universal y archihechicera. Que vaya practicando invocaciones y atadura a ver si así me retira de trabajar y puedo llegar cumplir mi sueño de ser un mantenido. ¿Y Niño Lobo y Niña Zombi? ¿Qué ha sido de ellos, os preguntaréis algunos? Corretean, poco, por casa. Se pasan las horas encerrados en su cuarto. Os podéis imaginar... la adolescencia.

¿Y cómo se presenta el futuro?
Me niego a caer en pesimismos aunque la angustia esté encaramada a mi espalda y me susurre cosas como que me estoy poniendo como un cerdo para la matanza o que esto va para muy largo.

Los libreros los tenéis muy joooodiiiiido...

No nos los podemos permitir.

¿E Igualada? ¿Cómo lleva el confinamiento?
Bien. Ahora que ya se puede entrar y salir de la ciudad sin riesgo que disparen y que el próximo domingo los nenes ya podrán salir a la calle a dar un paseo, la ciudad respira un tanto mejor. Ir a comprar es extraño y estresante, ves a la misma gente que cada día va a comprar un cartón de vino, un bollo de pan o un plátano para echar el paseo mientras se protegen el cuello con la mascarilla . Los que se disfrazan de perro (a partir del domingo se disfrazarán de bebé gigante desarrollado por ingesta masiva de yogur) y los que imitan a los árboles. 

La buena noticia es que el programa piloto del ayuntamiento de Igualada para la conquista y exploración del espacio exterior va viento en popa. Pronto, en alguna luna, habrá una nueva sociedad igualadina que mantenga la llama de tradiciones tan nuestras como la cabalgata de reyes (que es mu bonita y si alguien dice lo contrario las abuelas te devoran el hígado) o el quedarse seis horas plantados en el mismo sitio decidiendo dónde se va.

La selección de los voluntarios ha sido ardua y difícil, pero se han seguido los mismos criterios que para la eleción del rey negro en la cabalgata de Reis; a saber, sesudos análisis psicológicos, pruebas físicas extenuantes, voluntad de hierro, capacidad demostrada de perpetuar la especie igualadina con los mejores genes y los más guapos, ardor sexual incomparable para hacer del viaje un lugar lleno de intrigas, cachondez y misterio, simpatía, honestidad y voluntad de hacer del mundo un lugar mejor y más dado a la alegría y a cabalgar desnudos hacia la puesta de sol.

Imagen filtrada de las pruebas finales con algunos de los candidatos

Me estuve planteando el presentarme a las pruebas e irme a explorar el espacio y ser un héroe y todo eso, pero me han dicho que no habrá cines ni Filmin y como que me da palo.
- ¿Entonces qué haremos diez años en la nave antes de llegar a destino?
- Pues hablar entre vosotros, conoceros, hacer puzzles de gatitos con lazos, mantenimiento de la nave...
- Uf, paso, paso.
- ... pelear con vampiros espaciales si los hay, establecer contacto con otras especies, alguna conspiranción milenaria y llevar el nombre de Igualada por todas partes recordando una y otra vez que la festa dels Tres Tombs igualadina es la más antigua del MUNDO así dicho en mayúsculas.
- Lo dicho, paso paso.
- Pero tus genes son tan valiosos y tú en tu redondez tan atractivo y lleno de sersualidad peligrosa de mujé mala de cine negro que nos serías muy útil como conejillo sexual de indias. ¡Hasta tenemos el disfraz!
- Que no, que no, que aquí me necesitan más. Que si me voy los de la Partida del Lunes se quedan sin libros y no lo puedo permitir.

Y eso que el diseño final de los trajes estaba bien.

Más o menos esto fue lo que dio Sant Jordi de sí.
Lo mejor es que no llovió y que desmontar la parada fue un momento.
Y que los mutantes de las alcantarillas nos dieron un respiro.

Pero aquí estamos, igualadinos.
Y tenemos un vestido blanco nuevo.