domingo, 26 de abril de 2015

Pequeña crónica de cómo fue otro maldito Sant Jordi

Han pasado tres días y ya me veo con ánimos para el épico relato de lo que aconteció en la plaça de Cal Font el pasado 23 de abril, diada de Sant Jordi, día del libro o "el día".

Si tuviera que ser un cronista exacto, para entender todo lo que ocurrió ayer tendría que empezar la narración volviendo la mirada a mediados de enero cuando el primer comercial editorial nos pidió hacer un servicio de novedades "pensando ya en Sant Jordi". Un recorrido por un par de meses de visitas de comerciales, novedades literarias, repaso de fondo editorial, hacer pedidos razonables buscando el equilibrio entre lo que se pide y las previsiones de ventas, apuestas que salen bien y otras de títulos que se clavan, basura que se vende como si fuera el último libro de la creación y joyas que se perderán entre las pilas de libros, pedidos que no llegan, cajas que se pierden, pedidos duplicados y recortes de pedido por las cortas tiradas de editoriales en algunos títulos que se preveen los más vendidos, preguntas de cuáles serán estos y cajas, cajas, muchas cajas, más cajas y todavía más cajas de libros, libros, muchos libros, siempre libros.


Pero no. Si me voy tan atrás esto acabará convirtiéndose en una novela por entregas que acabarán engrosando mi maravillosa obra inconclusa. Y aunque los lectores se pierden viajes espaciales, batallas navales, orgías multitudinarias y un par de chistes sobre editores realmente buenos, empezamos por donde tenemos que empezar, en un 23 de abril de 2015 con un despertador que suena, un librero que se despierta y piensa eso de "oh, venga ya, en serio en Sant Jordi" y se levanta entre somnoliento y resignado para ir a hacer una meadita que inaugura el día más duro del año.

Duchita y vestirse. A. va detrás de él y en poco están los dos preparados. Comida para los gatos e intentar huir de su mirada acusadora de los dos bichos que saben que los dejaremos tirados todo el día. A las ocho llegamos a la Plaça de Cal Font, el lugar donde todos los años se instalan las paradas de libros y rosas. La plaza ya está llena de libreros, floristas y colaboradores que van montando sus respectivas paradas y de algunos curiosos que sobrevuelan los primeros libros que van saliendo de las cajas. Llegamos al lugar designado, al poco llega el jefe con la furgoneta y empezamos a montar. Caballetes, mesas, telas, y libros, libros, siempre libros.
Demasiados libros.

Cada año el mismo propósito de traer menos libros a la parada, pero cada año se nos va de las manos. Casi cuatro mil libros que tenemos que meter en las mesas. Y, claro, no caben. Empieza el puzzle y las varias estrategias para meterlos. ¿Por qué hemos traído este? ¿De verdad era necesario otro de cocina? ¿Cuántos libros de Stilton caben en una caja? ¡Me cago en las putas sagas, trilogías, tetralogías y en las madres que las parió a todas y en las historias que en pudiéndose explicar en treinta páginas utilizan cuatro volúmenes!

La primera venta se hace cuando la parada está a medias, la caja no está montada y no encuentro las monedas de euro para el cambio. Un ensayo económico y un libro de reflexión política. Disculpas por el caos de la parada y un gesto de que no importa, de que era ahora o en todo el día no podría escaparse para comprar. Sobre las nueve y media, parada montada. Primera fase cumplida.


Y los libreros, preparados. Cuatro se quedan en parada, cuatro se van para la tienda. Todo va sobre el horario previsto.

Empiezan a llegar los colegios. Filas de niños con sus voces picudas que lo tocan, retocan y toquetean todo (ya sé que me repito, pero es que son muchos niños) acompañados de sus maestros. Miran, compran libros para clase, los profes dejan que los niños elijan (¡Frozen! ¡Dinosaurios! ¡Monstruos!), pero algunos tienden a manipular el recuento de votos para llevarse a clase ese libro sobre la fotosíntesis o un apasionante relato de un burrito y su sombrero.

Y primer encuentro.
Señora que se acerca con paso seguro, pero corto con papelito en la mano.
- Vengo a recoger este encargo.
- Los encargos se tienen que pasar a buscar por la tienda, no los traemos a la parada.
- Es que he ido a la tienda y estaba cerrada.
- Es raro, porque hace tiempo que se han ido para allá.
- He ido a las ocho y media y estaba cerrada.
- Bueno, se abre a las nueve y media.
- Pero es que a las nueve y media no me va bien y por eso he ido antes.
- Pero antes está cerrado.
- Ya sé que estaba cerrado, ¿crees que no me he dado cuenta? Y lo mal que me ha ido.
- Pero no es que no es el horario.
- Pero he pensado que ya que era Sant Jordi abriríais antes porque pasar a esta hora no me iba nada bien que tengo cosas que hacer.
- Pues lo siento, peor los encargos se tienen que ir a retirar a la tienda.
- ¿Ahora me haces volver allí? Con el día que tengo... si es que no queréis hacer las cosas bien.
- Pero es que los encargos no los tenem... es igual... feliz diada.
- Sí, ya.

El día es luminoso, el sol pega con fuerza y voy notando que la cara se ilumina, calienta y empieza a enrojecerse, al igual que la calva (aclaro, no estoy calvo, voy rapado por que me mola parecerme a uno de esos guerreros budistas rechonchos de las leyendas eróticas niponas), hay buen ritmo de trabajo sin agobios. La gente curiosea, pregunta (no, no hay libros de cómo fabricar instrumentos prehistóricos para niños), busca, rebusca, toca, desordena, pregunta (no, no hemos traído libros de filosofía en francés), pide títulos concretos, pide consejo o pide al azar (dame un libro con premio, cualquiera, da igual, si todos son lo mismo, el más fino). Breve entrevista en la radio de la ciudad con las pregunta de cómo va el día, qué se vende, cuáles son las previsiones, si lo pasamos bien, si soy consciente de lo atractivo que me pongo en Sant Jordi, pregunta tendenciosa que me hace una gracia terrible y que esquivo con elegancia (creo) y vuelta a la parada.

Como todos los años, A. se adueña de la zona infantil y hace y deshace a su antojo recomendando libros, convenciendo a padres y abuelos de las bondades de tal álbum ilustrado, de las fantásticas aventuras de un secador mágico o que tal distopia que parece lo de siempre, es diferente. El resto de colaboradores se defienden bien cobrando, atendiendo y pregutándome.

Porque yo soy el master de los másteres de la parada, el rey, el jefe, el encargado, el padrino, el que manda, el que corta el bacalao, el que dice tú aquí y tú allá, el Tony Soprano, el Yoda, el Heisenberg de la parada, Nick Furia cuando estaba con los Aulladores no en su versión Ultimate, si no en la segunda guerra mundial con el puro y la metralleta. Soy el que manda en la parada y el que sabe (o intenta) saber de memoria dónde están todos los libros, si los hemos traído, qué queda en la librería y el que recomienda libros entretenidos, para mi mujer, para mi pareja, para mi hermano o para alguien a quien no le gusta nada, pero nada, pero nada de nada leer. Y, según A., ese día me veo genial. En la parada, me crezco.

Esta es una representación de cómo me pongo el día de Sant Jordi.
La pelirroja es como representación de A. en su día a día.

Llega el mediodía y la gente se va a comer. Yo me conformo con un bocadillo mal comido en la parada y un refresco mientra atiendo, hago albaranes y recomiendo. El mediodía se pasa en un suspiro se acaban los primeros libros, pero sigo pensando que hemos traído demasiados libros. Llegan las cinco, viene el resto de colaboradores, unos para la tienda, otros se quedan en parada y empieza... oh, sí, las tres horas y media que dan miedo. La franja del terror de Sant Jordi. De seis a ocho y media.

Gente ha habido durante todo el día, pero durante ese espacio de tiempo la plaza se llena a reventar, la parada se colapsa, las manos se multiplican y el orden se convierte en un estado idílico al que es imposible aspirar. 


Y, de repente, mi mundo se convierte en

Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando los billetes de cinco, Jorge, ¿Dónde...?,Jorge, ¿Libros sobre el circo? Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, ¿Qué me recomiendas para mi marido? Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¡Algo para un niño de cinco años? ¿Dónde...?,Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge... 

Mientras se van intercalando los diferentes autores que vienen a firmar y hay que hacer malabarismos con la sillas porque algunos se han tomado con algo de relajo la hora que le tocaba.

Entre todo esto, pequeñas victorias, anécdotas y momentos. 
Como conseguir que un novio no reciba como libro de Sant Jordi la última novela de Paulo Coehlo si no Canciones de amor a quemarropa, las risas al escuchar a una chica decirle a su amiga que se comprara antes Eleanor & Park que la novela del machirulo gilipollas ese de After, la felicidad de la chica de Zaragoza por los libros que le recomendé, las continuas muestras de afecto de gente a la que acerté con mis recomendaciones el año pasado, la visita de una de mis lectoras favoritas con la que maté un par de minutos hablando de lo último que hemos leído, una breve entrevista para un diario digital que me regala mis primeras declaraciones entrecomilladas (se puede ver esa frase aquí), asistir estupefacto a las lágrimas de una adolescente al decirle que After 1 se había acabado, la delirante conversación de dos chavales quejándose de que El libro Troll tenía demasiada letra y quién iba a ser el listo que se leyera todo eso, que todavía alguien preguntara por El código DaVinci o Crepúsculo, un tipo que buscaba libros de coaching para niños de tres o cuatro años o si no tenía de coaching, de empresa para esos mismos niños, una pregunta si tenemos libros que enseñen a ser buen novio, otro que tenga frases de esas chulas para decirles cosas bonitas a las niñas, algo para mi madre donde maten mucho, las miradas cómplices de A. por las que valen la pena miles de días como éste, un libro como 50 sombra de Grey, pero en bueno y sin sexo y etcéteras, etcéteras, etcéteras...


Y la gente que regatea el precio, que aprieta para que le hagas más, que exige un trato preferente porque compra un libro al año, como dijo uno, y te lo compro a ti como podría comprarlo a otro. Y los adultos que sueltan la correa de niños con manos y cara llenas de chocolate y los dejan sueltos para que toqueteen los libros, los desordenen, los tiren al suelo, arranquen los plásticos y a lo que me vi obligado a disparar tranquilizantes para rinocerontes. Los repetidos ataques de ninjas venidos de dimensiones paralelas donde Sant Jordi es la fiesta de los croissants y todo el mundo habla con un ridículo acento francés. Las obsesión por la lista de los más vendidos como si eso fuera la garantía de algo y decenas de personas preguntando por lo mismo, en el mismo orden y sin querer saber nada más, perdiéndose maravillosas novelas solo porque alguien en una televisión no ha dicho de ellas que son las más vendidas.

A las ocho y media empieza la afluencia a aflojar y sobre las nueve, cuando la luz del día se ha ido y la que queda es una porquería artificial que no alumbra nada, empezamos a quitar etiquetas y a recoger la parada. Duele el cuello, la espalda y los tobillos están machacados. Llega algún rezagado buscando algún libro de última hora. Agotado, cansado, harto, satisfecho, pensando en todo lo que queda (desmontar la parada, ir a la tienda, descargar todo y empezar el control de venta, las devoluciones, qué nos quedamos, las reposiciones...) y deseando que este año no acabe como todos, en una pelea con esos hunos que siempre vienen tarde, borrachos y cabreados porque el día del libro tendría que ser en Sant Jeroni que es el patrón de los libreros y no en Sant Jordi, que es un asesino de dragones.

Y acabamos el día A. y yo en casa comiendo un kebab a las once, con los gatos cabreados con nosotros por no estar adorándolos todo el día, ella preciosa con las pilas cargadas por haber estado entre libros, gente y niños y yo cansado, agotado, sin fuerzas por haber estado todo el día entre libros, gente y niños. Otro Sant Jordi a la espalda. A pesar de lo mucho que me queje, es un buen día, pero como cansa el jodío.

Quedan 364 días para el siguiente.

miércoles, 1 de abril de 2015

Si a Miles ya le pasaba...


... qué no nos va a pasar a nosotros, pobres mortales.

Y eso que él no vivió la invasión de teléfonos móviles en conciertos, teatros y cines. Seguramente más de un espectáculo habría acabado en pelea.

Gracias Carlos por compartir conmigo las palabras de Davis. ¿Dónde aparecen estas declaraciones?

domingo, 22 de marzo de 2015

Falta un mes...

... para esto.

Foto del Sant Jordi del 2014.
O media mañana o media tarde, no me acuerdo. 
Que un experto en posición del sol nos ilumine.

y, a parte darme una pereza épica, no me siento preparado.
Ya hemos empezado a empaquetar los libros que llevaremos a la parada, recibir centenares de cajas y quejarnos mucho, mucho, pero mucho, mucho, mucho.
Si no existiera esta fiesta la tendríamos que inventar, sí, pero la queja forma parte del oficio de librero. Si no me creéis, id a vuestra librería habitual y preguntad cualquier cosa y veréis.

jueves, 19 de marzo de 2015

Combate casi épico

Ayer en la tienda asistí a un épico combate...


Bueno, matizo, a los prolegómenos de lo que podría haber sido un épico combate entre:

En la acera, un señor de unos sesenta años con una pésima dentadura con los ojos desorbitados, mascullando, maldiciendo y con los puños alzados (pruebas evidentes que de que había entrado en furia y no contralada)

Enfrente, un muchacho de poco más de treinta años, transportista en una agencia de libros, metro noventa y que lleva más de doce años cargando paquetes y cajas de un lado para otro.

¿El motivo? Un quítame de ahí ese camión que tengo que pasar y no quiero subirme a la acera ni esperarme.

¿Y yo? En medio.

Estamos ya de lleno en la vorágine de Sant Jordi. Pedidos, libros, muchos libros, demasiados libros que llegan en cajas. Y esas cajas, a pesar de lo que cuentan tradiciones y leyendas, no aparecen por arte de magia ni las traen los elfos de Sant Jordi. Esforzados transportistas se levantan a las cuatro de la mañana y empiezan a repartir cajas repletas de libros por toda Cataluña. Aquí treinta cajas, allí, quince. Allí, veinte. Y solo de un proveedor. Porque otro transportista traerá veinte cajas más de otro proveedor y...

Ayer tocó Anaya. Veintiséis cajas llenas de libros. Tanto el jefe como yo nos abalanzamos con la plataforma para ayudar al transportista. Descargar uno solo esas cajas es una putada. Entre tres, la putada se reparte y es más rápido. Total, que en el mismo momento en el que el camión aparca y sale el camionero, empiezan los pitidos del coche que tiene detrás.

Hay que reconocer que la calle donde está la librería no es agradecida. Es estrecha y de mucho paso. No hay sitio para aparcar y los camiones grandes lo tienen difícil, pero entre todos y con un poco de paciencia, vamos haciendo. El transportista, entres hostias y joderes mascullados que rebelan que lleva unas cuantas horas con esta mierda, hace señas al coche para que pase por el lado subiéndose un poco en la acera. El señor que está dentro del coche hace ese gesto tan internacional de en un movimiento rápido, con un mano doblar el codo del otro brazo mientras este cierra la mano en un puño, se agita levemente mientras en una conjunción de ojos y mandíbula se insinúa algo así como te lo voy a meter por el culo como me vuelvas a decir lo que tengo que hacer.

El transportista suelta otro gesto obsceno que no logré ver cuál era y suelta eso tan conocido de

- ¡Pero será gilipollas el tío!

a voz en grito provocando que el susodicho tío, gilipollas según el transportista, entre en furia y aunque pierda algún punto en defensa, lo suma a la fuerza de sus sesenta y pico años llevados de aquella manera. Sale del coche y se acerca a donde nosotros estamos descargando cajas. Con paso decidido agarra por la camiseta al transportista con un mano y alza un puño con la sana intención de estampárselo en toa la jeta porque a mí no me llama gilipollas ni mi puta madre. El transportista se zafa de la presa del conductor enfurecido, se coloca la camiseta y lanza al aire un "como me vuelvas a tocar te comes a hostias, tío mamarracho" en un ataque de rabia tan grave y fulminante que olvida las normas básicas de gramática. A esto que yo me encuentro entre los dos sin caja ninguna y sin pensar me encaro al señor enfurecido y sin tocar le pido que se calme, que no pasa nada, que ya acabamos, que no es necesario insultar ni agredir, que estamos trabajando y ahora acabamos, que nadie tiene que insultar a nadie y etcéteras. El señor enfurecido alza un puño y veo en su mirada perdida y asesina que quiere pegarme a mí,

... no soy bueno en peleas. No me gusta pelearme. Las únicas peleas que concibo son las que pasan en Las Vegas y siempre que haya barro por medio. De pequeño me pegaban mucho y aprendí a pelear de esa forma guarra que combina mordiscos, tirones de pelos, manotazos e intentos de asfixia. Eso era en el colegio. Desde entonces no me he visto metido en peleas ni quiero verme en ellas. No sé como reaccionaría si me viera en una. Y no quiero saberlo...

pero un amigo que iba con él en el coche lo detiene y se lo lleva diciéndole que no vale la pena. El transportista está más calmado y bajo la vigilancia de mi jefe y le dice al señor que ahora está un poco menos enfurecido que le ayudará a pasar al lado del camión. Todo parece que se acabará hasta que desde la librería sale el grito de un cliente que ha asistido a todo eso

- ¡¡¡¿Es qué nunca has trabajado, gilipollas?!!! Deja de pegar que todavía te va a dar un algo.

La gente no ayuda.

Porque tras eso, los ánimos se volvieron a caldear y de nuevo estuvieron a punto de llegar a las manos porque uno se sintió herido en su honor y el otro andaba muy quemado. Sea como sea, la pelea no llegó a ocurrir, el coche pasó tras seguir las indicaciones del transportista, mi jefe y yo descargamos todas las cajas, firmamos el albarán y la mañana siguió su curso.

Diez minutos de gritos, agarrones, insultos y una larga cola de coches pitando como locos en una descarga que hubiera llevado tres.

Queda inaugurada la temporada de Sant Jordi.

jueves, 12 de marzo de 2015

POR FIN NOS CONOCEMOS, SEÑOR PRATCHETT

Me acabo de enterar de la muerte de Terry Pratchett.


Ha sido el autor que más he leído (más de cuarenta libros) y uno de los que más he aprendido. Utilizar el humor como afilada herramientas, aprovechar los cabreos de la vida para hacer reír y provocar una reflexión, la libertad de pensamiento, de vida, de crítica... a desconfiar de las grandes palabras, las grandes verdades y los hombres que saben que tienen la verdad. Mundos imaginados que satirizan y retratan este...

Ahora mismo, un enorme vacío que se llenara con un profundo cabreo que utilizaré para escribir y hacer reír.

Cada vez que muere alguien dedicado a hacer reír, el mundo es un lugar más frío.

"Dale fuego a un hombre y estará caliente un día, pero préndele fuego y estará caliente el resto de su vida.", Voto a bríos

Portada


Por que el amor verdadero no conoce límites ni fronteras.

Portada descubierta gracias a Concha Perea. Gracias por compartir cosas como esta.