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viernes, 24 de abril de 2020

Crónica de un Sant Jordi confinado.

Y llegó el 23 de abril. Sant Jordi.
Luce el sol y se presenta un día esplendido; no hace frío por lo que a las diez ya andaría correteando cual ninfa  en camiseta, ni demasiado calor por lo que el rojo de la cara con el que acabaría entraría dentro de unos estándares normales. No amenaza lluvia y la jornada se alargará hasta las diez de la noche cuando cansados y felices devolvemos las últimas cajas a la librería y vamos a cenar algo guarro.

Los cojones.

Porque por si no lo sabíais estamos confinados por un quítame de ahí un virus. Sí, ya lo sé que os pilla por sorpresa, pero ahora no da tiempo a explicarlo. Si miráis algún periódico despúes de las páginas de cultura hablan de eso. O en la tele si tenéis suerte podéis pillar una tertulia sobre el virús.
Total, al grano.
Que no ha habido Sant Jordi.

Ni cajas, ni libros, ni parada, ni gente, ni agobios, ni preguntas de cuál es el más vendido, ni estudiantes haciendo desganados un trabajo, ni intentos de robo, ni sol, ni agoreros diciendo que qué, aguantará el día u os lloverá, ni los tres saludos de Alcalde, ni Juanjo a primera hora saludando, ni señoras que piden más descuento porque otros años le habíamos hecho más descuento que ellas se acuerda y qué voy a saber yo de qué descuento le hacíamos, ni clientes favoritos que vienen a la parada a que le recomiendes algo porque si no recomiendas tú es menos Sant Jordi, ni la satisfacción del jefe al ver que tras tanto trabajo todo va sobre ruedas, ni los autores firmando esperando que venga alguien a pedirles que les estampe un garabato en su libro por caridad, ni A. espectacularmente atractiva y hermosa poniendo orden a base de sonrisa y machete en el caos que es la sección infantil, ni anécdotas, ni imbéciles, ni gente maja, ni...

Así que hoy me he levantado desconcertado y triste. Deambulaba por casa como alma en pena con exceso de mala poesía romántica y me encontraban llorando por los rincones convertido en un amasijo de carne patética, triste y humillada. Porque yo cuando lloro olvido la dignidad que no tengo ni de puta coña y surge de mi el trozo de ser repugnante que en verdad soy, todo flatulencias, mocos, estertores e hipidos molestos que te hacen levantar la mano así como en un gesto de... me contengo que si no te meto. Niña Dragón me miraba entre fascinada y asustada mientras me golpeaba con un palo.

- Mami, papa está más tonto que ayer.
- Sí, cariño.
- Pobre. ¿Qué le pasa?
- Es Sant Jordi, Niña Dragón y si no tiene su dosis de parada y mala leche se convierte en... eso.
- ¿Le puedo pegar un rato más?
- Sí, claro, un poco más y te vas a quemar la cama de tu hermano que va siendo hora de que se despierte.


Y no he mejorado.
Nada.
Al final A. se ha cansado y para que dejará de suspirar de tal forma que empañaba la colección de estatuas ecuestres que tenemos en el pasillo, me ha improvisado una parada de libros en el comedor / biblioteca / salón de juegos / galería de arte donde tengo una copia de la obra maestra Perros jugando al póker.

Dicho y hecho. Me ha obligado meterme en la ducha y a vestirme con alguna otra cosa que las zapatillas viejas y el pijama raído al que le he enganchado un símbolo de la flota estelar de Star Trek con precinto marrón. Y en unos minutos ya me tenéis con parada en casa, con cara de librero hastiado y atendiendo a clientes imaginarios con un asomo de sonrisa y recomendando lo mejor de lo mejor.


Así que de esta forma he pasado el día de Sant Jordi. He malcomido un bocadillo detrás de la parada. De vez en cuando venía A. o los nenes y me compraban un libro o dos. Se ponían un sombrero y hacían ver que eran otras personas exigiendo más descuento o si tenía el libro ese que han dicho en TV3 que era el más vendido, pero el segundo por la izquierda o si me quedaba alguno de aquel que tenía en la tienda hace tres años, pero que no se acuerda de si era un libro o un ornitólogo. Ha sido más relajado que otros años, no tan agobiante ni tan cargado de gente, pero ha servido para que recupere un poco la dignidad (sí, ya sé que no he tenido nunca) y me quitara el mono de un Sant Jordi encerrado en casa pensando que quizá hagamos uno de verdad en julio o en octubre o vete a saber cuándo.

- ¿Y no hay anécdotas jugosas?
- Bueno, ha venido poca gente y a parte de mis amigos imaginarios, y estos no leen, poca cosa. Me he intentado robar un libro a mí mismo, pero me ha acabado dando vergüenza así que lo he dejado mientras me pedía perdón y me decía que no volviera a acercarme a mí mismo. Pero antes de Sant Jordi...
- ¿Qué? ¿Antes de Sant Jordi, qué?

Listos.
Los listos que gobernarán el mundo.

Listos que se han quedado confinados juntos pensando como tener el libro de Sant Jordi el mismo día porque si no les da algo, ¡LES DA ALGO!

Por responsable decisión, las librerías de mi ciudad...

- ¡Es un pueblo!
- Y nunca pasa nada.

..., vale, lo que queráis. Sigo. Las librerías decidieron de forma conjunta no hacer repartos casa a casa ni hacer envíos para minimizar contagios y riesgos. Se hacen vales de regalo o se aceptan encargos que se recogerán cuando todo vuelva a una apariencia de normalidad entre otras cosas. Así se ha anunciado por activa y por pasiva en todas las redes sociales todas las librerías. Desde ayuntamiento y organismos oficiales se ha anunciado lo mismo. Entidades han colaborado para difundir el mensaje. Espérate. Encarga. Recoge después. Hemos hecho enormes anuncios que hemos difundido lleno de letra gorda y en colores y llenos de dibujos.

Y la gran mayoría lo entiende y participa en el juego de este extraño, raro y triste Sant Jordi sin libros en la calle y paradas imposibles de mirar por la acumulación de cuerpos en un mismo lugar. Te llegan ánimos, mucho cariño, dibujos dedicados, recuerdos y una cantidad inmensa de "nos veremos pronto en la librería" o "os añoramos, libreros".

Qué tiempos aquellos la ansiada aglomeración de las siete de la tarde buscando el libro.

Pero no tenéis ni idea de la cantidad de gente que en esas mismas redes sociales con un cartel que anunciaba que no estábamos abiertos ni hacíamos reparto ni envíos nos preguntaban debajo mismo de ese cartel si estábamos abiertos o si hacíamos reparto o envíos. Personas que te decían que entendían todo eso, pero que ellos sí que podrían pasar a buscar un libro, ¿no?, porque ellos son clientes no comos los demás que son, no sé, flanes. Una persona nos propone que como solución hagamos encargos y luego llevemos todos esos paquetes al super o a la farmacia y que sean lugar de recogida de ¿400? ¿500¿ ¿2000? libros. O por los menos el suyo. Alguien nos dice que esto de tener cerrado es un "caprichito" nuestro y que no queremos vender y que qué nos costaría venderle a él un libro, leche. Nos mandan un mensaje a las diez de la noche del día 23 pidiendo que llevemos un libro urgente a su casa porque sí. Que si no queremos vender y todo eso.

Y el factor que los une a todos es una imposibilidad de ir más allá de su propio ombligo y creer que su libro es el único que se vende ese día. No creerse que hay más gente en el mundo que quiere un libro ese día para regalar, para sí mismo, para meterlo en la lavadora, para hacerse el listo en instagram, para no leerlo nunca, para leerlo esa misma noche, para lo que sea. ¿Qué les cuesta llevar MI libro al supermercado que está abierto y que en estos días de confinamiento no vive en un estrés eterno y perpetuo y no les importará ser punto de recogida de MI libro porque YO soy importante y el resto del mundo pues como que no? ¿Tantísimo cuesta entender las dificultades de este día?

Exijo MI libro de Sant Jordi

Por suerte es lo de menos y la gran mayoría de las personas viven este días como lo que es, una fiesta. Este año triste, rara, diferente, pero una fiesta. Y como en todas siempre hay pesados, borrachos, psicópatas sociales, idiotas e imitadores de humoristas.

En la parada de casa el día fue bastante tranquilo. A ver, ya me esperaba que la afluencia de gente fuera menor que otros años por el confinamiento y todo eso, pero algo me vendía a mi mismo y tuve tiempo para leer algo, lo que otros años ni de coña. De forma extraña no hubo ningún tipo de mutante que quisiera entrar en casa para devorarme o llevarme a otra dimensión porque soy el elegido (otra vez). Lo único fue que Niña Dragón empieza a coquetear con el satanismo e invocó un demonio canibal, pero quién soy yo para decirle nada si de mayor quiere ser tirana universal y archihechicera. Que vaya practicando invocaciones y atadura a ver si así me retira de trabajar y puedo llegar cumplir mi sueño de ser un mantenido. ¿Y Niño Lobo y Niña Zombi? ¿Qué ha sido de ellos, os preguntaréis algunos? Corretean, poco, por casa. Se pasan las horas encerrados en su cuarto. Os podéis imaginar... la adolescencia.

¿Y cómo se presenta el futuro?
Me niego a caer en pesimismos aunque la angustia esté encaramada a mi espalda y me susurre cosas como que me estoy poniendo como un cerdo para la matanza o que esto va para muy largo.

Los libreros los tenéis muy joooodiiiiido...

No nos los podemos permitir.

¿E Igualada? ¿Cómo lleva el confinamiento?
Bien. Ahora que ya se puede entrar y salir de la ciudad sin riesgo que disparen y que el próximo domingo los nenes ya podrán salir a la calle a dar un paseo, la ciudad respira un tanto mejor. Ir a comprar es extraño y estresante, ves a la misma gente que cada día va a comprar un cartón de vino, un bollo de pan o un plátano para echar el paseo mientras se protegen el cuello con la mascarilla . Los que se disfrazan de perro (a partir del domingo se disfrazarán de bebé gigante desarrollado por ingesta masiva de yogur) y los que imitan a los árboles. 

La buena noticia es que el programa piloto del ayuntamiento de Igualada para la conquista y exploración del espacio exterior va viento en popa. Pronto, en alguna luna, habrá una nueva sociedad igualadina que mantenga la llama de tradiciones tan nuestras como la cabalgata de reyes (que es mu bonita y si alguien dice lo contrario las abuelas te devoran el hígado) o el quedarse seis horas plantados en el mismo sitio decidiendo dónde se va.

La selección de los voluntarios ha sido ardua y difícil, pero se han seguido los mismos criterios que para la eleción del rey negro en la cabalgata de Reis; a saber, sesudos análisis psicológicos, pruebas físicas extenuantes, voluntad de hierro, capacidad demostrada de perpetuar la especie igualadina con los mejores genes y los más guapos, ardor sexual incomparable para hacer del viaje un lugar lleno de intrigas, cachondez y misterio, simpatía, honestidad y voluntad de hacer del mundo un lugar mejor y más dado a la alegría y a cabalgar desnudos hacia la puesta de sol.

Imagen filtrada de las pruebas finales con algunos de los candidatos

Me estuve planteando el presentarme a las pruebas e irme a explorar el espacio y ser un héroe y todo eso, pero me han dicho que no habrá cines ni Filmin y como que me da palo.
- ¿Entonces qué haremos diez años en la nave antes de llegar a destino?
- Pues hablar entre vosotros, conoceros, hacer puzzles de gatitos con lazos, mantenimiento de la nave...
- Uf, paso, paso.
- ... pelear con vampiros espaciales si los hay, establecer contacto con otras especies, alguna conspiranción milenaria y llevar el nombre de Igualada por todas partes recordando una y otra vez que la festa dels Tres Tombs igualadina es la más antigua del MUNDO así dicho en mayúsculas.
- Lo dicho, paso paso.
- Pero tus genes son tan valiosos y tú en tu redondez tan atractivo y lleno de sersualidad peligrosa de mujé mala de cine negro que nos serías muy útil como conejillo sexual de indias. ¡Hasta tenemos el disfraz!
- Que no, que no, que aquí me necesitan más. Que si me voy los de la Partida del Lunes se quedan sin libros y no lo puedo permitir.

Y eso que el diseño final de los trajes estaba bien.

Más o menos esto fue lo que dio Sant Jordi de sí.
Lo mejor es que no llovió y que desmontar la parada fue un momento.
Y que los mutantes de las alcantarillas nos dieron un respiro.

Pero aquí estamos, igualadinos.
Y tenemos un vestido blanco nuevo.

jueves, 27 de abril de 2017

Crónica con unos días de retraso de un Sant Jordi en domingo

Como hemos vuelto al blog, volvemos a las crónicas de Sant Jordi; una fiesta que después de no sé cuántos años se ha convertido en mi memoría en un único día del libro amenizado con escenas de lluvia.

Domingo 23 de abril de 2017.
Siete de la mañana.
Suena el depertador y el librero se caga en la madre que parió a todos los despertadores del mundo. Con la rabadilla un poco adolorida por culpa de la carga de cajas de la noche anterior, intenta levantarse. No puede. Un gato duerme encima de su pecho como bruja que quisiera arrebatarle el aliento. Lo aparta con cuidad no vaya a despertarse el animalico y para el lavabo. El típico primer pipí de la mañana (y puede que el último hasta la noche... cuando llega Sant Jordi el librero se pone en plan circuito cerrado y ningún fluido abandona su cuerpo porque literalmente ese día no tiene tiempo ni para echar una gota).

Se viste frikoso, tentacular y estiloso y para la cocina a hacerse un té. A medio pasillo un bebé de catorce meses lo intercepta con alguno de sus primeros y balbuceantes pasos y exige su atención y que le entretenga.
- Es que no tengo tiempo, cariño.
Le da igual. Es un bebé y no tiene tiempo para esas monsergas. Alza los brazos y con mirada autoritaria exige que lo lleve con él a la cocina y le abra el cajón del menaje para que pueda repartirlo por el suelo. Es su rutina de ejercicio todas las mañanas y no puede permitir que un gordo friki cualquiera por mucho que sea su padre se la interrumpa.

Cocina. Desayuno rápido. Esquiva de menaje. Coger al bebé a cuello y llevarlo con A. Comunicarle a A. que me voy, hasta luego. A. hace un ruido que puede ser asentimiento, queja o invocación, se alza la camiseta del pijama y el bebé, en un movimiento rápido que algo tiene de portal dimensional, pasa de estar en brazos de su padre en pecho de su madre en milésimas de segundo.

El librero comprueba que lo tiene todo y para la plaza de Cal Font.


Donde siempre y la hora de siempre.
Cuando llega algunas paradas de librerías ya han empezado a montarse. Como todos los años, la librería donde trabaja se comporta como una diva. Llega última y, si puede, se va primera. A las ocho en punto empezamos el montaje. Llega la furgoneta, se descargan caballetes, mesas y cajas de libros. Muchas cajas. Y todas llenas de libros, claro. Este año llevamos unos 2500 ejemplares a la parada. Bastante menos que otros años, pero lo suficiente para que el librero sienta una ligera punzada en la espalda por el esfuerzo y su manía de coger las cajas de forma totalmente incorrecta. A las nueve y media, parada montada y primeras ventas.


Algo que parece una revista, pero que no sabemos exactamente qué es (quien lo vendió no se acuerda y no lo hemos logrado identificar), una novela de amoríos y achuchones  y la primera petición de "lo más vendido".
- Acaba de empezar el día, no sé lo que será lo más vendido.
- Anda que no lo sabéis. Si está pactado. Si sois todos unos mafias.
No sé si se refiere a los libreros, a los tipos con gafas, a los bordes con camisetas lovecraftianas o a los reptilianos que dominan el mundo del libro igualadino. Y si es este último caso, no sé cómo se ha podido enterar y como sigue vivo. Tendré que informar a la Branquea Epsilon de posibles filtraciones.





Hace un muy buen día. Sol, cielo despajado, el bendito calor. En poco tiempo la plaza se anima y a partir de las once y media se desata el infierno. Una mañana como nunca antes. Gente y más gente, compradores lanzados buscando su libro (o libros) entre las paradas. Al ser domingo, la gente se anima más por la mañana. Los refuerzos vienen (entre ellos derrochando lisura, A.) y el librero se encuentra siendo el centro de todo. Clientes que le llaman, compañeros que le reclaman, gente que alza el brazo, chilla, llama por su nombre, etc. Jorge, Jorge, perdona, este libro, Jorge, perdona, tenemos este libro, está el libro de, Jorge, Jorge, Jorge. El librero acaba estallando y a un grito de "callaos todos", silencia a un cliente y tres colaboradores. Establece el orden y a ver sí, el libro es este, no no lo tenemos, míralo en la lista.

Una locura. La sección de infantil desaparece por las hordas de familias que se acercan. Nunca habíamos vendido tantos libros para niños a una velocidad igual. Cuando a las once y media viene A., que cada año acaba adueñándose de esa sección, solo encuentra espacios vacíos. Por primera vez tengo que decir a algún cliente que los libros de esa edad que pide se han acabado. Todos. Lo mismo ocurre con juvenil, con fantasía, con novela general. Con libro práctico, no. Ni cocina, ni ensayo, ni economía... el año que viene habrá que traer menos libros de esas temáticas.

Y al poco... la señora mayor.
Como en todas las buenas historias, y en la mayoría de las malas, siempre hay una señora mayor.
- Perdona, niño. Oye... perdona.
- Lo siento, estoy atendiendo a esta chica.
- Pero es que yo quiero preguntar algo.
- Estoy atendiendo.
- Pero es que quiero preguntarte algo.
- Señora, va esta chica y después va esta señora. Cuando acabe con ellas, estoy por usted.
- Si quieres puedes atender a la señora, me puedo esperar.
- No, vas tu primero.
La señora espera entre refunfuños.
- Dígame.
- Quiero un libro para mi nieto de policías que vayan en moto. En coche no, en moto.
- No tengo ninguno.
- De policías en moto.
- Sí, no tengo ninguno.
- Pero yo quiero uno.
- Pero no tengo.
- Pues vamos a ver cómo lo arreglas porque mi nieto, que es muy listo, quiere un libro de policías en moto y tengo que llevárselo.
- Tengo alguna novela de detectives para niños.
- ¿Van en moto?
- No, suelen ir a pie y en una de las novelas pillan un taxi.
- Si no salen policías en moto, no. ¿Tendrás para hoy?
Y así un rato largo. El trabajo se acumula y esta señora sinceramente cree que si insiste mucho, hasta que el librero pida que le disparen para ahorrarse tanto sufrimiento, por arte de magia aparecerá un libro de policías en moto para su nieto.

Y yo con poco tiempo solo puedo conseguirle algo así.

¿Dónde tenemos los libros de robótica en ingles? ¿El libro del que hablaban hoy en la tele? ¿El libro más vendido? ¿Algo para un adolescente sin violencia, ni sexo, ni chicas, ni palabrotas? (¿y en serio quiere que a un adolescente esto le interese?). Viene a vernos la misma chica que cada año nos pregunta dónde tenemos libros sobre una cámara fotográfica concreta y el señor que cada año va preguntando por todas las paradas si tenemos libros de cruz de caravaca. Adolescentes que se agrupan donde tengo la gran variedad de libro juvenil que llevo y discuten virtudes y defectos de las novelas, reseñas que han leído, libros que quieren leer y novelas que consideran que debería haber traído. Y tras un grupo viene otro y otro y otro. O adolescentes con sus padres buscando un libro y llevándose cuatro. Y luego dicen los viejos que los jóvenes no leen ni tienen interés. Como se nota que no conocen, o quieren conocer, a ninguno. Pero de esto ya hablaremos.

Como todos los años, el librero se quema los brazos y la cara. El calor aprieta y parece que la gente no tenga casa ni sitio donde ir. La plaza está a reventar. Mini entrevista a media mañana para un diario local y la consabida pregunta de los más vendidos. Muy harto de esa obsesión con una ridícula lista de libros más vendidos que parece ser el objetivo único y último del día de Sant Jordi. En vez de la celebración de la lectura y el libro, es el festejo del más vendido, del más popular. La lista que se publica al día siguiente es deprimente. De los más vendidos, un puñado no hay por donde cogerlos y un par son directamente malos libros. Pero los medios hacen mucho y si desde grandes grupos, radios y televisones se machaca que ese título se va a vender mucho, lectores medio zombis sin mucho criterio se lanzan a comprarlo aunque no sepan ni quien lo escribe ni de qué va (lo siento, cada año que pasa soy más radical con este tema).

Por suerte no solo se buscan los más vendidos y la variedad de libros vendidos y buscados en Sant Jordi es mucho mayor de lo que pueda parecer en la aburrida lista de los más vendidos.

Los pies, doloridos. La espalda, machacada. Algo de mareo por el sol y el subidón de azúcar por casi un litro de zumo de melocotón. Dolor de cabeza de tanto llamar por el nombre e ir de un lado para otro.


Eso sí, en ningún momento se pierde la elegancia tentacular.

Un señor pide sumar él los libros porque no se fía de lo que le digo.
El padre que por sus santos huevos, palabras textuales, le compra a su hijo un libro de Los Cinco "porque este me gustaba a mí de pequeño y te gustará a ti".
La visita de una de las jóvenes lectoras preferidas de librero que acaba llevándose un par de libro "porque confío en ti".
El placer cruel que supone ver la cara de decepción que pone los que buscan los libros más vendidos y decirles que estos se han acabado.
Recomendar a Shirley Jackson, Donald Ray Pollock, Joan-Lluís Lluís, El club de las canguros, los cómics de Raina Telgemeier, los cuentos de Aitor Solar, Sentinels y Dragon Girl de Martín Piñol, siempre Terry Pratchett y otros muchos libros, novelas e historias que se recomiendan con mayor o menor acierto, pero desde la honestidad.
Kamasutras especiales.
Libros para quien no le gusta leer y es un poco tonto.
Un libro que han dicho en la radio y que iba de algo así como de un hombre al que le pasan cosas y es de filosofía, pero sin dibujos.
Lo que quieras, total no lo va a leer.
El paseo de Alcalde y sus dos vueltas a la plaza. Cuando se le planteó la posibilidad de una tercera o una cerveza no lo dudó. La rubia tira mucho.
Visita de Niña Dragón con los abuelos a los que a golpe de encanto les saca un libro.
Visita de Niño Lobo y Niña Zombi que vienen a buscar sus cómics de Ms. Marvel y Detective Conan respectivamente.
Visitas de conocidos y amigos.

El día acaba pasando. 
Tantos nervios, tantos preparativos (desde enero con esta mierda), tanta caja, libros, novedades, nervios, pedidos, etiquetas, decisiones y lecturas para un día. Que sí, que es bonito, especial y todo lo que se quiera, pero, joder, que es un día. Extenuante, cansado y agotador.

A las nueve menos cuarto de la noche, llamada del jefe y a recoger la parada. Quien a las nueve no ha comprado un libro es que no se lo merece. En menos de veinte minutos y a una velocidad casi imposible, recogemos la parada. Se carga la furgoneta y a la librería. Se llevan muchos menos libros de vuelta (lo que es bueno) y cuando dos días después se haga el recuento de parada, se darán cuenta que se ha vendido más de la mitad de los libros.

Salir de la tienda y para casa. Agarrarse a la pequeña como si no hubiera un mañana y soltarla para ir a buscar unos bocadillos para cenar. El cansancio aparece y ni A. ni yo podemos casi movernos. Nos ponemos un capítulo de una serie ligera y a cenar.

Y pensar que al día siguiente empezará el post Sant Jordi. Devoluciones, reposiciones, balances y gente que el día de Sant Jordi le dio pereza salir a la calle y exige el descuento porque sí. Estos argumentos tan desarrollados son encantadores. 

Otro Sant Jordi. Un buen Sant Jordi. No pasará a la historia. Tranquilo y sin muchos incidentes; como me gustan. Ya sé que a quien lee esto prefiere machetes, accidentes, ninjas, concursos de camisetas mojadas, clientes bordes, mordiscos, defecaciones siderales, muertes por asesinatos, caídas tontas, bailes exóticos en barras calientes, motoristas salvajes que buscan el amor verdadero y batallas épicas entre aqueos y trogloditas, pero este año no tiene nada esto. Ha sido casi agradable y tranquilo. 
Lo siento.
A lo mejor el siguiente es peor. Y más divertido.


 Un par de imágenes del ambiente de la plaza sacadas de InfoAnoia.

jueves, 20 de abril de 2017

A tres días...

A tres días de Sant Jordi.

Aquí Sant Jordi to valiente aplastando a una lagartija con una enfermedad cutánea.

Tres días para mi ¿doceavo?, ¿treceavo?, ¿quincoajesivotresmilyunnabo Sant Jordi? No sé, son muchos ya. Y tengo una ilusión... Otro año de madrugar, cajas, libros, caballetes, maderas, montar a toda prisa y demás historias apasionantes que tanta gracias os hace. Y esta año al caer en domingo será raro. ¿Vendrá más o menos gente? Mi apuesta es que se concentrará más al mediodía y a partir de las seis de la tarde... hasta que empiece el fútbol más o menos. Porque me han dicho que hay fútbol y que juega alguien contra alguien haciendo algo, pero desconecté de quien me lo explicaba. Con el fútbol me pasa lo mismo que cuando me explican algo de reparaciones (ver entrada anterior) o cuando me dan una dirección.

Aun tengo libro que etiquetar y meter en cajas. Tengo que preparar todo el material que llevaré a la parada. Infiltrar títulos minoritarios que recomendaré con un punto de violencia aunque haya una voz interior que me dice que para qué si la gente solo pedirá lo de siempre aunque haya cambiado de portada y la última mierda que diga la tele que se vende. Ultimar detalles y toda ese trajín que tanta pereza me da.

Pero todo eso será el domingo y hoy es hoy.

Y hace un año no escribí ninguna crónica de Sant Jordi por lo que lo haré ahora muy brevemente intentando capturar el momento. Traer al presente un instante del pasado e intentar pintarlo con todos sus colores y afeites a la semejanza del gran poeta aleman Gustav von Samenbach cuando escribió Allí donde el dolor escuece donde recreaba la tortícolis que le produjo contemplar durante seis horas los monumentales pechos de piedra de una caraitide llamada Helga que conoció en un viaje por Tebas, Ciudad Real.

Básicamente el Sant Jordi pasado fue como los otros Sant Jordi con el único detalle distintivo de que llovió.
Mucho.


- Oooh, qué poético,
Los cojones.
- ¿Qué?
Los cojones del santo padre.
- Pero el día gris, las parejas enamoradas paseando bajo la lluvia con la rosa en la mano, los suspiros aleteando por toda la plaza, la magia de un día llena de agua refrescante, libros, rosas...
Lo vuelvo a decir. Los cojones.
Los pies mojados, los libros mojados, las cajas mojadas, los libreros mojados, los plásticos mojados y retirados por clientes mojados con paraguas mojados que quieren ver los libros y, sí, los mojan. Niños mojados con manos mojadas que quieren coger libros que no estaban mojados y enseñarlos a sus mojados progenitores que les dirán que no y devolverán el ahora sí mojado libro a la pila de libros mojándolos todos.
Maravilloso, vamos.
Un día lleno de magia, sí.

Y no recuerdo nada más. Ni gente, ni anécdotas. Solo lluvia y ganas de cerrar el chiringuito e irme a casa con A. a cenar el ya tradicional kebab de la noche de Sant Jordi.

El domingo, Sant Jordi. Como todos los años estaré en la Plaça de Cal Font de Igualada. Llevaré mi habitual atractivo robusto y una camiseta de Chtullhu. Si me queréis, traedme una zumito o algo de comer. Nada de café ni alcohol, que ya no uso de eso. Si no me queréis, no vengáis a verme. ¿Para qué vamos a pasar un mal rato los dos?

Prometo pasar la tradicional reseña del día de Sant Jordi y prometo que ese día lo pasaré bien y mi atractivilidad se multiplicará por un millón. Pero los días de antes y después, me quejo.

domingo, 26 de abril de 2015

Pequeña crónica de cómo fue otro maldito Sant Jordi

Han pasado tres días y ya me veo con ánimos para el épico relato de lo que aconteció en la plaça de Cal Font el pasado 23 de abril, diada de Sant Jordi, día del libro o "el día".

Si tuviera que ser un cronista exacto, para entender todo lo que ocurrió ayer tendría que empezar la narración volviendo la mirada a mediados de enero cuando el primer comercial editorial nos pidió hacer un servicio de novedades "pensando ya en Sant Jordi". Un recorrido por un par de meses de visitas de comerciales, novedades literarias, repaso de fondo editorial, hacer pedidos razonables buscando el equilibrio entre lo que se pide y las previsiones de ventas, apuestas que salen bien y otras de títulos que se clavan, basura que se vende como si fuera el último libro de la creación y joyas que se perderán entre las pilas de libros, pedidos que no llegan, cajas que se pierden, pedidos duplicados y recortes de pedido por las cortas tiradas de editoriales en algunos títulos que se preveen los más vendidos, preguntas de cuáles serán estos y cajas, cajas, muchas cajas, más cajas y todavía más cajas de libros, libros, muchos libros, siempre libros.


Pero no. Si me voy tan atrás esto acabará convirtiéndose en una novela por entregas que acabarán engrosando mi maravillosa obra inconclusa. Y aunque los lectores se pierden viajes espaciales, batallas navales, orgías multitudinarias y un par de chistes sobre editores realmente buenos, empezamos por donde tenemos que empezar, en un 23 de abril de 2015 con un despertador que suena, un librero que se despierta y piensa eso de "oh, venga ya, en serio en Sant Jordi" y se levanta entre somnoliento y resignado para ir a hacer una meadita que inaugura el día más duro del año.

Duchita y vestirse. A. va detrás de él y en poco están los dos preparados. Comida para los gatos e intentar huir de su mirada acusadora de los dos bichos que saben que los dejaremos tirados todo el día. A las ocho llegamos a la Plaça de Cal Font, el lugar donde todos los años se instalan las paradas de libros y rosas. La plaza ya está llena de libreros, floristas y colaboradores que van montando sus respectivas paradas y de algunos curiosos que sobrevuelan los primeros libros que van saliendo de las cajas. Llegamos al lugar designado, al poco llega el jefe con la furgoneta y empezamos a montar. Caballetes, mesas, telas, y libros, libros, siempre libros.
Demasiados libros.

Cada año el mismo propósito de traer menos libros a la parada, pero cada año se nos va de las manos. Casi cuatro mil libros que tenemos que meter en las mesas. Y, claro, no caben. Empieza el puzzle y las varias estrategias para meterlos. ¿Por qué hemos traído este? ¿De verdad era necesario otro de cocina? ¿Cuántos libros de Stilton caben en una caja? ¡Me cago en las putas sagas, trilogías, tetralogías y en las madres que las parió a todas y en las historias que en pudiéndose explicar en treinta páginas utilizan cuatro volúmenes!

La primera venta se hace cuando la parada está a medias, la caja no está montada y no encuentro las monedas de euro para el cambio. Un ensayo económico y un libro de reflexión política. Disculpas por el caos de la parada y un gesto de que no importa, de que era ahora o en todo el día no podría escaparse para comprar. Sobre las nueve y media, parada montada. Primera fase cumplida.


Y los libreros, preparados. Cuatro se quedan en parada, cuatro se van para la tienda. Todo va sobre el horario previsto.

Empiezan a llegar los colegios. Filas de niños con sus voces picudas que lo tocan, retocan y toquetean todo (ya sé que me repito, pero es que son muchos niños) acompañados de sus maestros. Miran, compran libros para clase, los profes dejan que los niños elijan (¡Frozen! ¡Dinosaurios! ¡Monstruos!), pero algunos tienden a manipular el recuento de votos para llevarse a clase ese libro sobre la fotosíntesis o un apasionante relato de un burrito y su sombrero.

Y primer encuentro.
Señora que se acerca con paso seguro, pero corto con papelito en la mano.
- Vengo a recoger este encargo.
- Los encargos se tienen que pasar a buscar por la tienda, no los traemos a la parada.
- Es que he ido a la tienda y estaba cerrada.
- Es raro, porque hace tiempo que se han ido para allá.
- He ido a las ocho y media y estaba cerrada.
- Bueno, se abre a las nueve y media.
- Pero es que a las nueve y media no me va bien y por eso he ido antes.
- Pero antes está cerrado.
- Ya sé que estaba cerrado, ¿crees que no me he dado cuenta? Y lo mal que me ha ido.
- Pero no es que no es el horario.
- Pero he pensado que ya que era Sant Jordi abriríais antes porque pasar a esta hora no me iba nada bien que tengo cosas que hacer.
- Pues lo siento, peor los encargos se tienen que ir a retirar a la tienda.
- ¿Ahora me haces volver allí? Con el día que tengo... si es que no queréis hacer las cosas bien.
- Pero es que los encargos no los tenem... es igual... feliz diada.
- Sí, ya.

El día es luminoso, el sol pega con fuerza y voy notando que la cara se ilumina, calienta y empieza a enrojecerse, al igual que la calva (aclaro, no estoy calvo, voy rapado por que me mola parecerme a uno de esos guerreros budistas rechonchos de las leyendas eróticas niponas), hay buen ritmo de trabajo sin agobios. La gente curiosea, pregunta (no, no hay libros de cómo fabricar instrumentos prehistóricos para niños), busca, rebusca, toca, desordena, pregunta (no, no hemos traído libros de filosofía en francés), pide títulos concretos, pide consejo o pide al azar (dame un libro con premio, cualquiera, da igual, si todos son lo mismo, el más fino). Breve entrevista en la radio de la ciudad con las pregunta de cómo va el día, qué se vende, cuáles son las previsiones, si lo pasamos bien, si soy consciente de lo atractivo que me pongo en Sant Jordi, pregunta tendenciosa que me hace una gracia terrible y que esquivo con elegancia (creo) y vuelta a la parada.

Como todos los años, A. se adueña de la zona infantil y hace y deshace a su antojo recomendando libros, convenciendo a padres y abuelos de las bondades de tal álbum ilustrado, de las fantásticas aventuras de un secador mágico o que tal distopia que parece lo de siempre, es diferente. El resto de colaboradores se defienden bien cobrando, atendiendo y pregutándome.

Porque yo soy el master de los másteres de la parada, el rey, el jefe, el encargado, el padrino, el que manda, el que corta el bacalao, el que dice tú aquí y tú allá, el Tony Soprano, el Yoda, el Heisenberg de la parada, Nick Furia cuando estaba con los Aulladores no en su versión Ultimate, si no en la segunda guerra mundial con el puro y la metralleta. Soy el que manda en la parada y el que sabe (o intenta) saber de memoria dónde están todos los libros, si los hemos traído, qué queda en la librería y el que recomienda libros entretenidos, para mi mujer, para mi pareja, para mi hermano o para alguien a quien no le gusta nada, pero nada, pero nada de nada leer. Y, según A., ese día me veo genial. En la parada, me crezco.

Esta es una representación de cómo me pongo el día de Sant Jordi.
La pelirroja es como representación de A. en su día a día.

Llega el mediodía y la gente se va a comer. Yo me conformo con un bocadillo mal comido en la parada y un refresco mientra atiendo, hago albaranes y recomiendo. El mediodía se pasa en un suspiro se acaban los primeros libros, pero sigo pensando que hemos traído demasiados libros. Llegan las cinco, viene el resto de colaboradores, unos para la tienda, otros se quedan en parada y empieza... oh, sí, las tres horas y media que dan miedo. La franja del terror de Sant Jordi. De seis a ocho y media.

Gente ha habido durante todo el día, pero durante ese espacio de tiempo la plaza se llena a reventar, la parada se colapsa, las manos se multiplican y el orden se convierte en un estado idílico al que es imposible aspirar. 


Y, de repente, mi mundo se convierte en

Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando los billetes de cinco, Jorge, ¿Dónde...?,Jorge, ¿Libros sobre el circo? Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, ¿Qué me recomiendas para mi marido? Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¡Algo para un niño de cinco años? ¿Dónde...?,Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge... 

Mientras se van intercalando los diferentes autores que vienen a firmar y hay que hacer malabarismos con la sillas porque algunos se han tomado con algo de relajo la hora que le tocaba.

Entre todo esto, pequeñas victorias, anécdotas y momentos. 
Como conseguir que un novio no reciba como libro de Sant Jordi la última novela de Paulo Coehlo si no Canciones de amor a quemarropa, las risas al escuchar a una chica decirle a su amiga que se comprara antes Eleanor & Park que la novela del machirulo gilipollas ese de After, la felicidad de la chica de Zaragoza por los libros que le recomendé, las continuas muestras de afecto de gente a la que acerté con mis recomendaciones el año pasado, la visita de una de mis lectoras favoritas con la que maté un par de minutos hablando de lo último que hemos leído, una breve entrevista para un diario digital que me regala mis primeras declaraciones entrecomilladas (se puede ver esa frase aquí), asistir estupefacto a las lágrimas de una adolescente al decirle que After 1 se había acabado, la delirante conversación de dos chavales quejándose de que El libro Troll tenía demasiada letra y quién iba a ser el listo que se leyera todo eso, que todavía alguien preguntara por El código DaVinci o Crepúsculo, un tipo que buscaba libros de coaching para niños de tres o cuatro años o si no tenía de coaching, de empresa para esos mismos niños, una pregunta si tenemos libros que enseñen a ser buen novio, otro que tenga frases de esas chulas para decirles cosas bonitas a las niñas, algo para mi madre donde maten mucho, las miradas cómplices de A. por las que valen la pena miles de días como éste, un libro como 50 sombra de Grey, pero en bueno y sin sexo y etcéteras, etcéteras, etcéteras...


Y la gente que regatea el precio, que aprieta para que le hagas más, que exige un trato preferente porque compra un libro al año, como dijo uno, y te lo compro a ti como podría comprarlo a otro. Y los adultos que sueltan la correa de niños con manos y cara llenas de chocolate y los dejan sueltos para que toqueteen los libros, los desordenen, los tiren al suelo, arranquen los plásticos y a lo que me vi obligado a disparar tranquilizantes para rinocerontes. Los repetidos ataques de ninjas venidos de dimensiones paralelas donde Sant Jordi es la fiesta de los croissants y todo el mundo habla con un ridículo acento francés. Las obsesión por la lista de los más vendidos como si eso fuera la garantía de algo y decenas de personas preguntando por lo mismo, en el mismo orden y sin querer saber nada más, perdiéndose maravillosas novelas solo porque alguien en una televisión no ha dicho de ellas que son las más vendidas.

A las ocho y media empieza la afluencia a aflojar y sobre las nueve, cuando la luz del día se ha ido y la que queda es una porquería artificial que no alumbra nada, empezamos a quitar etiquetas y a recoger la parada. Duele el cuello, la espalda y los tobillos están machacados. Llega algún rezagado buscando algún libro de última hora. Agotado, cansado, harto, satisfecho, pensando en todo lo que queda (desmontar la parada, ir a la tienda, descargar todo y empezar el control de venta, las devoluciones, qué nos quedamos, las reposiciones...) y deseando que este año no acabe como todos, en una pelea con esos hunos que siempre vienen tarde, borrachos y cabreados porque el día del libro tendría que ser en Sant Jeroni que es el patrón de los libreros y no en Sant Jordi, que es un asesino de dragones.

Y acabamos el día A. y yo en casa comiendo un kebab a las once, con los gatos cabreados con nosotros por no estar adorándolos todo el día, ella preciosa con las pilas cargadas por haber estado entre libros, gente y niños y yo cansado, agotado, sin fuerzas por haber estado todo el día entre libros, gente y niños. Otro Sant Jordi a la espalda. A pesar de lo mucho que me queje, es un buen día, pero como cansa el jodío.

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