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domingo, 21 de enero de 2018

En una librería, momia argentinas...

Hace un par de días murió Dorothy Malone.
Y con ella murió parte de mi educación cinéfila. Una de esas presencias que definen como espectador y como persona. Porque fue una de esas imágenes que junto con Ava Gadner en La condesa descalza, Debra Paget en La tumba india o Eleanor Parker en Scaramouche convirtieron el visionado de una película en algo más que vivir aventuras y pasar un buen rato. Algo más turbador, oscuro y excitante.


Lo que hizo en El sueño eterno fue magia. Pilla un personaje anódino y muy secundario, una comparsa para engrandecer la figura de rompebragas de Marlowe, y con un par de miradas, un juego de lengua y puro físico, hace uno de los mejores personajes secundarios de la historia del cine, devora a Bogart y me propinó una de las mayores bofetadas. Esto es bueno, pensé de pequeño, esto es lo que quiero encontrarme en una librería.

La mejor y más perturbadora librera de la historia del cine.
Sigo buscando la Acme Book Store.

viernes, 3 de enero de 2014

Erotismo y nata

No soy mucho de mezclar comida con erotismo, pero Natalie Wood en La carrera del siglo me pierde.

Cubierta de nata


y sin ella

martes, 4 de junio de 2013

Piniculas de fin de semana

Los domingos suelen ser días de cine. A. y yo nos quedamos atrapados en el sofá y alternamos películas con capítulos de la serie que en esos momentos estemos viendo. Por la mañana solemos comprar alguna en un mercadillo de segunda mano y por la tarde/noche nos lanzamos a un festival cinematográfico. Este fin de semana A. no ha estado en casa (ya habéis leído en la entrada anterior que estaba de colonias), pero películas no han faltado.

El diablo y yo (Angel on my shoulder), Archie Mayo, 1946


Una muy agradable comedia con los grandes Paul Muni y Claude Rains repartiéndose el carisma de la película. Un ganster de segunda llega a un acuerdo con el mismo diablo: venganza a cambio de arruinar la carrera de un juez honesto. Naturalmente los planes del diablo no saldrán bien cuando por medio se mete una buena mujer (Anne Baxter), un grupo de críos (siempre por medio los mocosos) y el descubrimiento de un puñado de buenos sentimientos.


Divertida y agradable. De aires caprianos. Dirigida por el muy correcto Archie Mayo en su última película. Buenas e irónicas interpretaciones de esos dos monstruos, fotografía envolvente y algunas imágenes (el diablo apareciendo detrás del árbol, el asesinato de Paul Muni, etc.) muy conseguidas. Un rato fantástico.

Por cierto, me encanta este cartel que corre por estos mundos:


Y no, la buena de Anne Baxter no sale de esta guisa. La verdad, si el cielo tentará con estos recursos, el diablo lo tendría muy difícil.

Broadway Danny Rose, Woody Allen, 1984


No es de las más conocidas ni de las mejores, pero creo que es de las que más me gustan. No es un pedazo de maravilla como Interiores, Delitos y faltas Misterioso asesinato en Manhattan entre otras, pero es una película con la misma magia de Días de radio (me encanta de esta película ese diálogo que tienen los chavales sobre su actriz favorita y uno de ellos menciona a Dana Andrews. "Pero si es un hombre", replica otro. "¿Y se llama Dana?", responde el primero). una comedia de tintes melancólicos con un punto de tristeza amarga detrás de tanto buen chiste. Mia Farrow nunca ha estado más guapa, los artistas son todos adorables y es un homenaje precioso a ese cómico o actor que nunca será famoso, nunca tendrá éxito o encontrará a alguien que le guste lo que hace, pero que sigue luchando, soñando y buscando su pequeña parcela.


Los profesionales (The professionals), Richard Brooks, 1966


No me preguntéis por qué, pero todavía no la había visto. Y hace nueve días la encontré perdida entre un montón de dvd's porno (Fiesta de rabos, Lo que cabe por detrás, Lluvia de leche y títulos igual de sugerentes y emotivos) y sin dudarlo me la llevé a casa. Y en la tarde de domingo la vi. ¿Por qué no la había visto antes? Por supuesto me encantó. ¿Por qué? Porque es un western y es quizá mi género favorito junto con la comedia y el género negro. Es una película de tipos duros con una misión y esos tipos duros son Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan y Woody Strode. Sale Jack Palance como mexicano. Metralletas, desiertos, amistad, sudor como no había visto desde Grupo salvaje, violencia, reflexiones políticas, desencanto, melancolía, cinismo y el romanticismo del que no le queda nada salvo unos pocos ideales.

Y Claudia, claro.


Puro mito. Diosa. Uno de mis amores cinematográficos desde que de bien pequeño vi La pantera rosa. Luego la risa y el vals en El gatopardo, la idealización de La chica de la maleta, el descenso del tren de Hasta que llegó su hora, la soledad en Rocco y sus hermanos, la frivolidad de No hagan olas... sea como sea, Claudia.


Los profesionales es una apoteosis de belleza, de miradas infinitas, de sensualidad y qué bien le queda el sudor. Y sí, esta es la entrada de un admirador irredento y de un enamorado. Ni objetividad ni monsergas.


Y Río Bravo no la he visto este fin de semana, pero me apetecía colgar esta canción.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Erotismo y fetiche

Era bien pequeño cuando vi por primera vez Desde Rusia con amor (From Rusia with love, Terence Young, 1963). Creo que la alquiló mi padre en una de sus razias indiscriminadas de videoclub a las que se dedicó durante un tiempo y a las que agradezco gran parte de la basura cinematográfica que alberga mi cerebro. La vi con deletie porque se trataba de un James Bond, motivo que con tan pocos años de edad era más que suficiente.



Si aun recuerdo tan vivamente aquel primer visionado es por lo extraño que me sentí cuando apareció por primera vez en pantalla Daniela Bianchi y por la turbación que me produjo esta imagen en concreto:


Supongo que ese preciso instante fue origen y principio de un pequeño fetichista.

martes, 4 de noviembre de 2008

Sobre mitos y erotismo III

Preámbulo

A cinco días de las vacaciones. Solo cinco días y podré levantarme tarde un lunes. Empezaba a pensar que nunca llegaría ese día. Y a ocho de largarme doce días a La Habana a ver a los amigos y no hacer nada. Noviembre ha empezado duro... veremos como acaba.

Años cuarenta - Gene Tierney

Sigamos con la lista que le prometí a Jordi. Años cuarenta. Años oscuros con la segunda guerra mundial, el inicio de eso tan tranquilizador que era la guerra fría, la caza de brujas del senador McCarthy dando sus primeros coletazos, una dictadura consolidada en España, se crea la ONU, India consigue su independecia. Y el cine empieza una de sus épocas más doradas. El neorrealismo en Italia y la evasión en América. Ana Magnani protagoniza en Roma, citta aperta (Roberto Rossellini, 1945) la imagen de la pieta más dolorosa de la historia del cine. Lana Turner resume a todas las malas mujeres de la historia del cine en El cartero siempre llama dos veces (The postman always rings twice, Tay Garnett, 1946). De Suecia desembarca Ingrid Bergman para aportar una mirada triste y su belleza. Marlene continúa su camino para convertirse en una diosa, y una jovencísima Lauren Bacall se apoya en el quicio de una puerta y pide fuego... pocas veces la pantalla se ha visto invadida por tanto erotismo por una simple frase.
- ¿Sabes silbar?

Pero mi amor es para otra actriz. Y es amor eterno. Es mi mito cinematográfico y erótico por encima de todos los demás.

Gene Tierney (Nueva York, 20 de noviembre de 1920 - Houston, 6 de noviembre de 1991) . La mujer más hermosa de la historia, un rostro perfecto comparable con la Capilla Sixtina o la Novena sinfonía (y aunque sé que quizá algunos puedan decir que exagero, Jordi estará de acuerdo conmigo). Reino en los años cuarenta y trabajó con los mejores (Lubitsch, Preminger, Lang, von Stenberg, William A. Wellman, Mankiewicz en la más que adorable El fantasma y la señora Muir) y dejó su huella en la generaciones posteriores.

Domingo por la tarde de hace unos años. Desde hace semanas La2 programa películas de cine clásico y yo, enfermo por el blanco y negro, las veo todas. De esta manera han llegado a mí clásicos de toda la vida aunque con una especial fijación por el cine negro. Me pongo cómodo en el sofá, un café delante sin saber que lo que voy a ver me va a cambiar la vida. Empieza la película. Una música envolvente.

Laura de Otto Preminger.

Una de las mejores películas que he visto. Una muchacha ha muerto asesinada en su apartamento. Un tiro a bocajarro. Un detective de policía muy duro es el encargado de investigar. Ella es, claro está, Gene Tierney. Él es Dana Andrews, uno de esos actores a los que quiero como si fueran de la familia . Un montón de sospechosos (entre los que está Vincent Price en su etapa de galán), secretos, medias verdades, traiciones y obsesiones. Y siempre un omnipresente cuadro de Laura, la fallecida, iluminándolo todo y obsesionando cada vez más al detective. Y una noche de tormenta, una muchacha con un chubasquero amarillo.

Puñetazo en el estómago y amor para siempre. Nunca había visto mujer más hermosa. Pequeña, de ojos grandes y tristes, labios carnosos, elegancia infinita cuando enciende un cigarrillo y lo aplasta en el cenicero después de dos caladas (es una actriz de esa época del cine donde se sabía fumar en pantalla). Combinación de fragilidad y fortaleza, de manos inquietas, de un cuerpo precioso más basado en el equilibrio y la armonía que en la rotundidad.

Lo único que puedo decir de Gene Tierney es que la adoro. Como lei en un blog hace tiempo, si el mundo fuera la mitad de hermoso que ella, éste sería una lugar maraviloso. Su mirada de gata y su voz un poco grave. Verla caminar, preparar un café, hablar por teléfono, reírse... derrochaba lujuria y estilo. Puedo decir sin avergonzarme que Gene Tierney ha sido una de esas actrices que con el simple gesto de encenderse un cigarrillo y mirar han provocado en mi millones de fantasias.

Os dejo una escena de El diablo dijo no (Heaven Can Wait, Ernst Lubitsch, 1943). Posiblemente sea mi favorita de la película. En ella veréis una de la facetas de Gene Tierney, ese encanto y esa magia que desprendía su rostro y sus ojos. La otra faceta, la mujer dura y despiadada de Que el cielo la juzgue o la onírica protagonista de Laura, dejo que las descubráis vosotros.


martes, 14 de octubre de 2008

Sobre mitos y erotismo II

Preámbulo

Un día de esos plagado de gilipollas. Supongo que una vez al mes los dejan salir para que los que trabajamos de cara al público no nos hagamos ilusiones y lleguemos a creer que el mundo es un lugar maravilloso lleno de gente amable.

Pero pasemos a cosas más agradables. Continuo con la lista de mis mitos eróticos cinematográficos ordenados por décadas tal como me lo pidió Jordi. Así que si en la anterior entrada nos encontrábamos en lo que llamaron "los felices años veinte", ahora nos adentramos en lo que serían los duros treinta, el verdadero inicio del siglo XX.

Años treinta. Carole Lombard.

En los años treinta se estableció definitivamente el panteón de diosas cinematográficas. Estamos hablando de la época de eclosión de figuras imprescindibles como Greta Garbo paseando su soledad por todas las épocas, la fresca belleza de Paulette Goddard o la irrupción de la gran Marlene Dietrich con su esquiva belleza, su voz grave y su mirada de voy a traerte muchos problemas, nene. Lana Turner hace sus primeras películas, pero de momento es una actriz que empieza (lo de incendiar pantallas vendría después). Joan Crawford paseaba su desprecio a diestro y siniestro siendo la menos sutil de las mujeres fatales y de Inglaterra desembarcó una pequeña actriz que vendría a cambiar para siempre la historia del cine: Vivien Leigh.

Pero de todas ellas yo me quedo con una pequeña mujer nacida un 6 de octubre de 1908 (este año se cumple su centenario) en Indiana bajo el nombre de Jean Alice Peters, pero que para la historia sería Carole Lombard.

¿Y por qué? Era una mujer guapa, pero no espectacular. Elegante, sofisticada, con bonita voz. No tenía un físico rotundo que mareara por sus curvas. No protagonizo ninguna escena que elevara la temperatura corporal de las salas. No utilizo su cuerpo como arma sexual ni aparecía vestida de frac seduciendo con voz grave (¡divina Marlene!). Pero tenía algo que dentro de mi mundo resulta de lo más erótico que pueda existir:

Sentido del humor (¡já! ¿que os pensabais? ¿qué esto iba a ser un desfile de tetas y culos? No, señores. Soy algo más profundo que eso... no mucho más, vale, pero un poquito sí).

Carole Lombard y Robert Montgomery posando llenos de glamour en una pausa de rodaje de Mr. & Mrs. Smith (1941) de Alfred Hitchcock

Lo siento, el sentido del humor lo encuentro muy erótico. Una mujer divertida, malhablada, irónica, faltona, un poco cruel, con el sentido del ridículo extirpado en el momento de nacer, payasa, etc. Alguien de risa fácil, con la que reír dentro y fuera de la cama. Y Carole Lombard era una de estas mujeres. Se cuenta que era una de las personas más divertidas y antidivas de Hollywood. Y malhablada. Muy malhablada. Además, fue la única actriz que trató de tú a tú al maestro Hitchcock. Y por esto él la adoraba.

¿Momentos?

Varios. La cruel parodia que hacía de Greta Garbo en Al servicio de las damas (My Man Godfrey 1936) de ese desconocido mago del humor que era Gregory La Cava, cuando intentaba seducir a William Powell. Los ataques de hipocondría en La reina de Nueva York (Nothing Sacred, 1937) de William A. Wellman y con guión de Ben Hetch y Dorothy Parker (no acreditada). Y toda la película, cada una de las escenas en las que aparece o se la nombra en Ser o no ser (To be or not to be, 1942) de Ernst Lubitsch como la adorable Maria Tura.

Era una cómica nata, una payasa sin contemplaciones, un ángel venido a la tierra para hacer reír. Una mujer guapísima y elegante. Cuando veo alguna de sus películas (y no las veo poco, por cierto) no puedo dejar de sentir ese punto de erotismo que tiene la comedia. Porque una mujer riendo siempre será más atractiva y erótica que cualquier trágica.

Y un par de apuntes biográficos. Se casó dos veces. Una con William Powell, del que se divorció dos años más tarde pero con el que le unió una fuerte amistad, y con el macho entre machos de la época Clark Gable formando uno de esos matrimonios de ensueño. Murió en un estúpido accidente aéreo a la edad de 33 años.

La comedia todavía la echa de menos.


Escena de la película de 1932 No man of her own donde formó pareja por primera y única vez con Clark Gable. Como comprenderéis, el hecho de que en esta película sea librera hace ganar algunos puntos... y siempre los mágicos estantes altos.

jueves, 2 de octubre de 2008

Sobre mitos y erotismo

Preámbulo

Al menos una vez por semana quedo con mi buen amigo Jordi para cenar. Solemos ir al Guffo, a Cal Roure o a Kaelia (si es sábado y luego hay cine) para pasar un buen rato, comer y dejarnos una pasta sin muchos remordimientos. Hablamos mucho, nos ponemos al día de la semana y cotilleamos de conocidos y desconocidos. Al acabar la cena vamos al cine y tras la película un largo paseo por Igualada. Si ese día no hay cine, el largo paseo es aún más largo. Estos recorridos por la ciudad suelen ser uno de los mejores momentos de la semana.

Hablamos de todo un poco, pero lo que suele predominar son largas conversaciones sobre sexo. Y sobre cine. Y sobre sexo y cine. Porque ya va siendo hora, Jordi, que reconozcamos un par de verdades sobre nosotros mismos; somos unos salidos y unos mitómanos. En una de estas charlas, entre una pregunta psicópata sobre a quién me tiraría antes (preguntas que ya darán para una futura entrada), y si me dejaría atar por una completa desconocida que estuviese, en palabras de Jordi, "buena que te cagas", lanzó la pregunta de cuáles eran mis mitos eróticos de la historia del cine.
- Pero ordenados por décadas.
- ¿Desde cuál?
- Años veinte. Uno por década.
- Puedo hacerlo.

Y aquí está el resultado de esa petición. Durante las próximas semanas iré dando noticia de esos mitos cinematográficos que han alimentado algunas fantasías y que hacen que una película gane puntos. ¿Qué es frívolo? Mucho. ¿Qué no aporta nada? Absolutamente nada. ¿Qué puede ser considerado machista? No lo creo, pero acepto correr el riesgo. Pero lo que nadie me puede negar es que puede ser muy divertido y esclarecedor.

Allá vamos.

Años veinte. Louise Brooks.

Como todo el mundo descubrí a esta actriz por la obra maestra de George Wilhelm Pabst La caja de Pandora (Pandora's Box, 1929). Ya había oído hablar de esta pequeña actriz americana y la había visto en alguna fotografía, pero no había visto ninguna película suya. Un día paseando por un Fnac vi que habían editado la película de Pabst y para casa. La vi una noche un par de semanas después.

Fue amor a primera vista. Aunque en seguida supe que me había enamorado de la chica equivocada.

Louise Brooks en la película de Pabst es el origen y máxima expresión del mito de la femme fatal, esa mujer de sexualidad desbordante que irremediablemente condena a todos los hombres que se acercan a ella al fracaso, a la locura y a la muerte. Inconsciente, caprichosa, manipuladora, cruel, encantadora y adorable. Con final trágico, como no, y a manos del único hombre que trata bien. La película es un impagable estudio psicológico de personajes, de hallazgos técnicos (fue una de las primeras películas en dotar de carga significativa el primer plano), con una interpretación naturalista (sobre todo la de Louise Brooks) que la alejaba de los manierismos tan en boga en el cine mudo.

Pero no estamos aquí para hablar de cine. Estamos para hablar de erotismo. Y Louise Brooks tiene mucho de eso. El peinado a lo garçonnes que tan de moda puso, los enormes ojos y la mirada picara, un cuerpo equilibrado, bonitas piernas, pechos pequeños, una gracia en pantalla, una belleza innegable. Y una espalda...


Lo reconozco, soy un fetichista de las espaldas. Y la de Louise Brooks es de esas que me pierden. Como una sonrisa directa y franca que puede provocar colapsos nerviosos y que la tierra deje de girar. O su forma de beber un sorbo en una copa o de pintarse los labios (¿por qué este simple gesto puede resultar tan increíblemente erótico? Y más cuando no es que sea un fan de carmín...)

¿Se puede decir que Louis Brooks es mi tipo de mujer? Digamos que es uno de mis muchos tipos. Cuando hayan aparecido todos será el momento de sacar alguna conclusión.


Escena de La caja de pandora (Lulu) de G.W. Pabst, 1929
Su mirada de desprecio y superioridad me puede.