miércoles, 6 de julio de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
La fascinante y nunca suficientemente ponderada historia de las viejas espías inglesas lesbianas que viven en els Hostalets de Pierola
¿A qué viene este prólogo y que tiene que ver con el título de esta entrada? Bueno. Primero la historia.
La librería está llena de personajes peculiares. Tenemos al Pelucas, un tipo con un desorden maniaco-compulsivo que le hace mirar todas y cada una de las páginas de un libro antes de comprarlo y que llega a pedir la retirada de toda una edición porque hay una línea en la portada que parece una arruga y eso le pone nervioso. Tenemos al Yo tengo un millón de amigos con e-book que es un señor nada respetable que siempre que viene chilla y se indigna y nos ofende y nos injuria y nos repite que nunca tenemos los libros que quiere y que si los tenemos son muy caros y que como puede ser y que él tiene amigos con e-books que se descargan quinientos libros al día y gratis y que vergüenza y que así queremos llevar un negocio, cobrando la cultura.
Y tenemos a las Hermanas Inglesas, unos personajes que aparecen por navidad arrastrando sus raidos abrigos de punto, sus carros de la compra y su olor a muerte que se acerca despacio. Entran, deambulan mascullando por lo bajo, desordenan todo lo que pueden y a la hora y media salen de la tienda con su compra de tarjetas de felicitación y libros de matemáticas. Todos los años el mismo ritual. Paseo, tarjetas de felicitación y matemáticas. Según me contó una compañera de trabajo son hermanas, viven en els Hostalets de Pierola y tienen un montón de perros.
Esta es la historia. Pero, claro, antes de la historia yo tenía mi historia. O si queréis. La leyenda. Porque para mí estas dos viejas que nos visitaban cada año por navidad con sus carros chirriantes y su olor duro y rancio a mucha vida por detrás, eran dos luchadoras, dos espías inglesas lesbianas que huyendo de su pasado y de los nazis acabaron viviendo entre perros entrenados para matar en Els Hostalets de Pierola.
Quizá tuviera una visión algo romántica de ellas pero siempre que abrían la puerta de la tienda y las veía caminando en angulo de noventa grados, con sus gorros calados hasta las mandíbulas imaginaba un Londres de 1941 acosado por la bombas. Elly corre entre los escombros. Entre sus manos lleva una cartera con valiosa información que le ha podido arrebatar a Henry, un doble agente que trabajaba para los nazis, un chico que era de su confianza hasta que descubrió a la víbora fascista que vivía en su pecho. Oye entre el sonido de las bombas y el derrumbe de los edificios como la siguen. Como Henry y sus secuaces teutones se acercan cada vez más hasta que Elly no tiene más remedio que esconderse en un convento donde conocerá a Harriet, una joven huerfana que vive con unas simpáticas monjitas que hacen unos pasteles que están... vamos... ummm... Allí entre miedos, risas, abrazos, besos y sorprendentes traiciones de alguna de las hermanas, Elly y Harriet se enamoraron.
Pero en esos momentos, con la sombra de Hitler destruyendo Europa, hay cosas más importantes que su amor. Elly escapa del convento una noche porque no quiere poner más en peligro a Harriet, pero esta la sigue. Después de una discusión y una reconciliación, consiguen entregar el maletín y su valioso contenido al alto mando. Henry muere después de una cruenta lucha y desbaratan los planes del malvado oficial de las SS Hemil Kartofen, megaespia malvado que quería esclavizar a los habitantes de York gracias a su fascinante espectáculo de sombras doradas. A partir de ese momento Elly y Harriet se convertirán en la pareja de espías enamoradas favorita del MI6 y su vida serán misiones y más misiones donde se enfrentarán a científicos malvados de las Antillas, la cabeza de Hitler y sus cansinos chistes, ejercitos de zombis gobernados por Mututa Tambú, maestro vudú y dueño de una fábrica de colchonetas de Estepona. Pelearán con krakens, con mutaciones diabólicas de confundir los genes de mamuts con velocirraptores, volverán a encontrarse con la cabeza de Hitler y con el cerebro de Henry dentro de un gorila de seis metros. Vivirán apasionantes aventuras en el music-hall bajo el nombre artístico de Pulgita y su muñeca de tamaño natural. No habrá isla tropical con secta que quiere reistaurara el reich, ni desierto con base secreta, ni ciudad con dirigentes corruptos y mutados, que no verá como estas dos hermosas espías inglesas lesbianas desbaratan sus planes y consiguen un mundo más justo y libre.
Pero el tiempo pasa y la guerra fría se acaba y matar nazis ya no es tan divertido y los comunistas dejan de ser una amenaza y Elly y Harriet se convierten en dinosauros de otra época. Deciden colgar la pistola, el bolígrafo metralleta, la pinza del pelo explosiva y las frases sarcásticas y mudarse a Els Hostalets de Pierola, un pueblo tranquilo que les gustó mucho cuando estuvieron allí luchando contra el hermano gemelo y más malvado de Henry que planeaba hacer construir en las montañas de Montserrat un teatro de ópera donde se programaría Wagner las veinticuatro horas del día. Allí se aficionaron a la cría de perros asesinos y a las matemáticas puras y siguieron viviendo un amor cada vez más reposado y tranquilo. Y cada navidad cogen el autobús que las lleva a Igualada y en una librería compran más matemáticas y tarjetas de navidad para felicitar a todos aquellos espías de los viejos tiempos que todavía viven.
Y le expliqué mi teoría a mi compañera de trabajo. Y ella, después de fliparlo una vez más con la de mierda que tengo en la cabeza, me explicó la verdad. Que eran inglesas, que eran hermanas y coleccionaban perros. Y punto. Que todo lo demás eran imaginaciones mías. No pude evitar sentir un punto de tristeza. E hice lo único que un ser humano puede hacer en estas situaciones. Negar la realidad y refugiarse en la imaginación y en la leyenda.
Como los periodistas de la película de Ford, yo también prefiero la leyenda a la historia. Y cuanto más demencial sea la leyenda y más monstruos y espías y efectos especiales tenga, pues mejor.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Sueltos y sin bozal
(léase con voz grave y profunda)
Cuando los ves por la calle son una pareja normal. Normal en el sentido más normal de la palabra. Ella es medio mona, agradable, de bonita voz y muy simpática. Pero con esa simpatía que oculta algo. Ya sabéis, esas personas siempre abiertas (no seáis mal pensados), siempre con la sonrisa, con la amabilidad, con la broma, con el "buenos días" y las "gracias" emergiendo de sus finos labios. Y tanta simpatía deja en el paladar un regusto a papel. Él es más serio. Mucho más serio. Nunca dice nada y deja que ella hable de todo. Podría ser atractivo con otro peinado, otra actitud y otro vestuario, pero no deja de tener sus fans. Suele dar la mano marcando siempre la distancia de quien manda en verdad. Es una pareja normal con sus dime y diretes y sus cosas. Como lo son todas las parejas, vamos. No practican canibalismo incestuoso, no asisten a misas negras en sótanos, no coleccionan figuras de Lladró. Normales.
Y adoran a los perros. Sobre todo a sus perros, claro. Tienen cinco o seis de tres razas diferentes. Ella suele llamarlos "mis niños" o "mis hijos". Él considera que son lo mejor que podía haberles pasado en su vida. Suelen juzgar a las personas por las fiestas que les hacen a sus perros o por la actitud que cogen éstos cuando ven a algún desconocido. Son el baremo de su vida social. Si a uno de sus perros no le cae bien una persona, dejan de tratar a esa persona. Da igual que sea amigo de hace años, familiar o repartidor de congelados. Los cuidan, los llevan de paseo en carrito de bebé si es necesario para que no se cansen, los disfrazan en carnaval, celebran su cumpleaños con una gran fiesta, miles de reportajes fotográficos en prados bañados por el sol otoñal. Cuando alguno de sus perros se pone triste por quien sabe que motivo, no importan las facturas del psicólogo canino. Nada es demasiado por rectificar ellos su comportamiento o por encontrar ese trauma que le sucedió cuando era un cachorro. Vamos, que adoran a sus perros.
Pero la naturaleza es cruel y ella un día siente la llamada. No es que quiera meterse a monja, sino que piensa que esta llegando el momento de ser madre. Lo comenta con él, pero recibe cierta hostilidad. Un hijo, ahora, cuando su vida es perfecta y armoniosa. ¿Y como lo recibirán los perros? Ella piensa y le da la razón. Quizá un embarazo sea demasiado traumático para sus nenes. Todo eso de las hormonas, los cambios físicos y de humor puede desestabilizar el delicado equilibro en el que viven los canidos. Hablan y hablan y sopesan y sopesan. Y al final, después de dar de comer a sus perros y suspirar mientras éstos se quedan dormidos, deciden que lo mejor es la adopción. Además, ahora se lleva mucho.
Y dicho y hecho. Adopción. Niña, claro. Chinita o negrita, que suelen ser las que más lo agradecen. Papeles, dinero, tiempo, viajes y conversaciones con sus perros para prepararlos para el cambio. Un nuevo ser vivirá con ellos y enseñan la fotografía de la niña elegida para que se acostumbren a su cara. Viajes, más papeles, más dinero, más palabras y al final la niña entra en casa.
¿La felicidad?
Bueno, la niña es mona. Es guapa y no tiene marcas. Pero... a ver, que es una niña normal. Divertida y simpática. No hace nada inquietante. No arranca las plumas a los pajaritos y luegos los corta con unas tijeras. No dice palabras sueces ni habla en arameo cuando se va a dormir. No se han encontrado con una niña de dieciocho años con deudas con la mafia rusa que les extirpa los órganos mientras duermen. Es una niña normal y corriente que ha encontrado un nuevo hogar, pero... pero... pero están pensando en devolverla. Sí. La paternidad no es lo que se habían imaginado. Y, además, sus perros no acaban de acostumbrarse a la intrusa. Y están sufriendo. Demasiada inestabilidad provocado por lloros. Y él y ella tienen que tomar una decisión.
Y en cuestiones del corazón, a veces hay prioridades.
viernes, 24 de octubre de 2008
Una de las grandes preguntas
- ¿A quién te tirarías antes? ¿A Aznar o Rajoy? Y no vale elegir muerte.
En una de estas conversaciones surgió una pregunta que hasta el momento no ha encontrado respuesta. Y movido por esta duda que nos atormenta, he decidido plasmar aquí el contexto y la pregunta para ver si entre todos podemos llegar a alguna conclusión.
Antes de empezar un par de advertencias:
1. La conversación que estáis a punto de leer es una reconstrucción. No es literal. Transcribir una conversación entre Jordi y yo de forma literal supondría una cantidad tal de interrupciones, paréntesis, claudatores, notas a pie de página y bibliografía que harían la lectura muy farragosa.
2. El sexo de los protagonistas se puede variar dependiendo de los gustos de cada uno.
¿De acuerdo? Pues allá vamos.
Noche de verano en Igualada. Al día siguiente ninguno de los dos tiene que ir a trabajar. Pongamos que es... miércoles, por ejemplo. Por culpa de la agradable temperatura, la copiosa cena y un par de cervezas, la conversación se ha alargado más de la cuenta y ha degenerado a temas tan procaces como la puerilidad de la filosofía de raíz hegeliana, la historia de la hípica azteca o la decadencia del imperio persa. Y uno de los dos, sin previo aviso, saca el tema.
- ¿Te dejarías atar por una desconocida?
- Ni de coña.
- Pero está muy buena.
- No, vamos, ni de coña.
- No me lo creo.
- En serio, ni de coña.
- Vale, imagina lo siguiente. Estás en un bar, en el Ou mismo, y empiezas a hablar con una desconocida.
- Eso es imposible que pase.
- Pues una desconocida empieza a hablar contigo. Es divertida, ingeniosa, rápida, malhablada...
- ¿Está buena?
- Muy buena... no, mejor, es mona... monísima... como XXX, ya sabes, la que trabaja en XXX.
- Joder, es preciosa. YYY dice que no es guapa.
- Es que YYY es imbécil y de mujeres no entiende una mierda.
- Si dijo que Nicole Kidman no es guapa.
- Menudo gilipollas. Nicole Kidman es una diosa, ¡una diosa!
(Interrupción hablando de diosas del cine)
- Bueno, que la desconocida es encantadora y os entendéis de maravilla.
- Y está buena.
- Sí, pesado. Y, joder, que la conversación fluye como si hiciera tiempo que os conocierais. Y os gusta la misma música, los mismos libros, las mismas películas.
- Eso sería un rollo. Cambialo.
- Pues en música no coincidís, pero ves que te puede enseñar muchos grupos de esos raros que te gustan.
- Vale.
- Pues nada, que entre vosotros dos hay una química especial, una tensión sexual e intelectual como no habías notado con nadie. Entonces salís del bar y te invita a ir a su casa.
- Y yo voy.
- Y tú vas porque si no serías idiota. Y seguís hablando. Entonces ella dice que va a hacer un café y si la puedes ayudar, y la acompañas a la cocina y entre lo romántica que es la luz de fluorescente...
- Romantiquísima.
- ... y el olor del café os empezáis a enrollar.
- Me parece bien.
- Y estáis un rato ahí dale que te pego y entonces dice que vayáis a la cama.
- Una idea estupenda.
- Se desnuda, pero no del todo... y está muy buena.
- Vale, me lo imagino.
- Como Rachel Weisz.
- Imposible, si fuera Rachel Weisz ya me habría colapsado.
- Vale... pues como XXX, o como ZZZ, la camarera de ZZZ.
- Perfecto.
- Tú estás cachondo perdido. Y en el punto álgido te dice si te puede atar.
- Ni de coña.
- Calla. Y te ata.
- ¡Qué no!
- ¿No te dejarías atar por Rachel Weisz?
- Por Rachel Weisz me dejaría hacer de todo, pero hemos quedado que no es ella.
- Pues te ata.
- ¡Qué no, joder!
- Hostias, te ata y punto. Has bebido, estás cachondo y eres un hombre.
- Ante esos argumentos...
- Pues eso, que te ata.
- ¿Con qué?
- Con una cuerda.
- Joder...
- Pero de las suaves. Atado de pies y manos. Y no puedes moverte, pero estás... pitón perdido, vamos.
- Entiendo... y el gesto sobraba.
- Y ella está ahí, chupándote, lamiendo y tal y llega un momento que dice que ahora vuelve.
- Y yo me quedo allí atado.
- Sí. Pensando qué va a pasar.
- Pues que echaré el polvo de mi vida.
- O en tu madre.
- No jodas por favor.
- Entonces ella vuelve. En pelota picada. Y en una mano lleva un pollo negro vivo.
- ¿Un pollo?
- Sí, un pollo. Le arranca la cabeza de un mordisco, te echa la sangre encima y dice que este polvo está dedicado a Satanás, único dios verdadero.
- O sea, yo estoy atado de pies y manos en casa de una desconocida que me está tirando la sangre de un pollo al que le ha arrancado la cabeza de un mordisco y está llamando a Satanás.
- Exacto, y aquí viene la pregunta, querido lector, ¿cómo reaccionarías en un caso así?
domingo, 17 de agosto de 2008
Esto no es una historia de amor
A partir de aquel día sólo hay coqueteos, palabras que se cruzan, esas miradas perdidas que se encuentran en los ojos del amado, esos suspiros regalados a la luna y que ésta, hechicera de la noche y protectora de los enamorados, transforma en mariposas nocturnas que vuelan hasta el oído del enamorado y allí tórnanse suspiros de nuevo para que éste sepa, asomado a la ventana como está, que alguien está enamorado y piensa en él haciendo detener los péndulos de los relojes. Y un día, un maravilloso día, los corazones se abren y las bocas se juntan en un maravilloso beso que resume en él toda la historia de la humanidad. Fue en el portal de la casa de ella después del ballet, el primer beso, dulce, tímido, inocente, los labios que se unen buscando un poco del alma del otro, besando más allá del beso, de la carne, de los labios, besan más allá, besan un alma, son dos almas que se encuentran y se responden en un puente haciendo dos de uno o viceversa.
Y por primera vez en mucho tiempo se saben felices, dichosos, porque ya no se saben solos. Empiezan a salir cogidos de la mano por parques bañados del color pastel del anochecer, con divertidos perros con enormes lazos correteando entre las flores, con niños de enormes orejas persiguiendo a los inocentes pajarillos, con el sol ocultándose tras la colina, ¿recuerdas aquella colina, amor, aquella colina donde nos dijimos adiós prometiendo entre sollozos que nunca nos olvidaríamos, donde tatuamos nuestros nombres en la corteza de un ciprés y prometiendo, las manos entrelazadas y los labios anhelantes, encontrarnos en Viena cuando el reloj de medianoche simbolice un nuevo giro del mundo, una nueva vuelta a la rueda a la que todos irremediablemente estamos atados?, el sol, rojo por la envidia y el esfuerzo, las manos entrelazadas, los cabellos al viento, las bocas entreabiertas sorbiendo el amor en cada una de sus demostraciones, sabiéndose especiales y diferentes a esas otras parejas que se aman. Los rayos del sol se cuelan coquetos entre los rubios rizos de esta nueva Venus de amor a los ojos de su Adonis. Comparten los batidos, los paseos en barca por el parque
Sin embargo, un día hay un estúpido malentendido provocado por una confusión; un número de teléfono que el viento, celoso, se lleva entre miles de papeles y sueños; una equivocación absurda, entender mal una hora o el nombre de un bar, doblar una esquina cuando tenía que seguir recto hasta la mar y allí, sentada en una terraza, bebiendo un delicioso té de frutas, con un simple chal cubriendo sus marfileños hombros, la espera ese ángel de bondad que le arrebata el sueño por las noches; por haber olvidado hablarle de su anterior matrimonio; por la injustificada intromisión de la madre de él, mujer severa, pero de buen corazón, quizá demasiado rígida en los temas tocantes a su hijo, excesivamente protectora con una niño que ante sus impotentes ojos ya es todo un hombre con pelo en partes del cuerpo que ella dejo de ver a los siete años. O todo, simplemente, lo ha provocado las artimañas de una ex novia pérfida que ha vivido todos esos años en el extranjero perfilando y poniendo a punto una cruel venganza contra la mujer que hizo que el hombre que tenía bajo su hechizo sexual descubriera la felicidad. Y esa mala mujer, ese ángel de venganza falto de amor, esa hija de Eva, con la inestimable ayuda de un grupo de secuestradores internacionales de herederos y ladrones de joyas egipcias, consigue con sus artimañas que la joven pareja se rompa después de una violenta discusión entre sollozos, reproches y lágrimas.
Ella recibe una radiante mañana un extraño sobre marrón sin remitente. Abre el sobre y comprueba para su sorpresa que son unas fotografías donde su amado aparece abrazado a su ex-novia sin percatarse por culpa de los nervios y las lágrimas que van cerrándole los ojos que no es más que un burdo montaje; una parodia cruel de un encuentro sexual en un vertedero, y esa misma noche, en un restaurante francés, cuando él, armándose de valor, está a punto de pedirla en matrimonio, ella le recrimina una mentira que cree verdad y huye del restaurante dejando tras de sí el fatal halo de su perfume, un corazón destrozado y una inmensa cuenta por pagar.
Sin embargo, él no se resiste a perder al único amor que ha conocido en su triste y aburrida vida de presidente ejecutivo de la multinacional más prospera del planeta y con la ayuda de un simpático gitano que le robó la cartera en un mercado y con el que acabó haciéndose íntimo después de mil peripecias a cada cual más graciosa, consigue desmantelar la trama internacional de tráfico de estupefacientes, joyas de arte, niños robados y órganos equinos y da su merecido a los rufianes y malvados y devuelve a los recién nacidos a sus padres, quienes agradecidos por tan noble gesto rebautizan a sus hijos con el nombre de tan afable bienhechor, mientras su exnovia llora arrepentida en manos de la policía y sólo recibe de él un lo nuestro no tiene futuro, y en un aeropuerto, en un puerto, delante de un taxi, en una puesta de sol sobre un campo de amapolas, en la plantación de algodón de ella, en un puente de Venecia, en un café de estación, en la puerta de su casa, en la fábrica de armamento donde ella trabaja, el día de su graduación, en el aniversario de sus padres, en la boda de una amiga, en un partido de fútbol, en el funeral de un amigo común, en una estación de tren, en un embarcadero, en la cocina del restaurante donde ella ha ido a cenar con un nuevo pretendiente, en un museo, en la iglesia interrumpiendo su boda, entre fuegos de artificio, en un parque de atracciones, o en el interior de un refugio antinuclear, se rompe el malentendido que aún había entre los dos, suena la música de Turandot, de
Un día, un hermoso día, deciden irse a vivir juntos para dar forma a su amor. Los problemas desaparecen, se descubre que ella en verdad es hija de un noble polaco que tuvo que salir de Polonia durante la ocupación alemana y que había dejado a su única hija y heredera en un convento de monjas para su educación, pero un accidente de hípica provocó un ataque de amnesia focal en el conde y olvidó que tiene una hija que vivirá sola hasta que conozca el amor, porque gracias a ese amor, a ese sentimiento puro y claro que entre los dos florece, ella recuperará a su padre porque, ¡oh admírense lectores!, ella acompaña a su amado a un viaje de negocios como preludio de lo que será su viaje de bodas; y en el hotel donde se alojan, mientras él ultima los detalles del contrato que provocará el nacimiento del mayor campo de golf de todo el mundo en terrenos desaprovechados de la selva amazónica, ella baja al bar del hotel y tomarse un Shirley Temple y sonreír a los desconocidos llenándolos con la magia que le ha dado el amor. Sentada a la barra entabla una conversación con un venerable anciano que le cuenta que hace poco tuvo una fractura de pelvis y se golpeó la cabeza con el pico de una mesa de formica justo donde hace muchos años se golpeó en un accidente de hípica y recordó que tenía una hija en un convento esperándole, fue en su busca, pero nada, ella ya no estaba allí, hacia años que una familia de malabaristas callejeros la habían adoptado, su niña ya era mocita y se había olvidado de que una vez tuvo un padre que la adoraba, por la que llora cada noche agarrado a su fisioterapeuta, recordando cada detalle que compartieron y la marca de nacimiento que ella tenía en el muslo. ¿Qué marca?, pregunta ella conteniendo el aliento, porque, ¿podrá ser?, ¿puede ocurrir el milagro? La cabeza de una gacela. Ella se hecha a llorar, el anciano piensa que él ha cometido alguna impertinencia, pero no, ella llora de felicidad y se abraza al anciano diciéndole que ella era aquella niña contagiando al anciano que sólo quería morir las lágrimas y la vida que él creía acabada. Justo en este instante entra en escena él, el amado, el artífice involuntario del milagro, el elegido de los dioses para consumar la felicidad, porque sí, el anciano es la persona con la que iba a firmar el contrato y pide explicaciones, le cuentan con todo detalle lo pasado y que ahora todo es futuro, y las lágrimas se agolpan a sus ojos persiguiendo a la emoción como los galgos tras una liebre. Y mientras los tres se abrazan, resuenan en el bar los aplausos de los testigos, admirados y agradecidos por haber podido asistir a tan grato milagro. La ex-novia muere decapitada después de haberse arrepentido de sus pecados y haber borrado con sus lloros la flor de lis que llevaba prendida del pecho.
Y a nuestra pareja solo le queda la felicidad en estado tan puro como una manzana de cristal en las manos de una musa. Esa pareja creada para ensalzar con su amor al mundo y a la naturaleza , después de pasar un infierno para conseguir estar juntos hasta el final de los tiempos, se reúnen en su nuevo hogar y sus vidas se tornan una eterna puesta de sol, un eterno beso en el balcón recortando el sol sus figuras y proyectándolas por toda la ciudad en un eterno estado de excitación sexual.






