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jueves, 30 de julio de 2020

Crónica tardía de un Sant Jordi (otra vez) más raro que el otro

Ha pasado una semana y ya casi nadie se acuerda. No es de extrañar. El Sant Jordi de verano como se ha conocido popularmente ha sido un experimento que no solo desafiaba a la naturaleza y a dios con arrogancia y chulería, si no que era algo que a pocos les hacía ilusión. Hablaba con libreros, representantes editoriales, editores y otros infraseres que poblamos el mundillo cultural (o pseudocultural en algún caso) y había un desanimo, pocas ganas y mucho "pues se hará", "ya veremos", "por favor, qué pereza". 

Al final, tras muchos días de si sí o si no, de noticias contradictorias, de amenazas de suspensión, de señores disfrazados de virus correteando por las calles con la chorra fuera, de correos electrónicos con lo que teníamos que hacer los libreros para asegurar que los visitantes a las paradas cumplieran con las normas higiénicas, de profecías cumplidas por entender mal una palabra del conjuro (esa jota que se pronuncia como ese, lo típico), el Sant Jordi de verano, la Noche de flores y libros, el Falso Sant Jordi se celebró. 

Se hizo, se vio y, sí, dio pereza.
Pero se hizo.


¿Y cómo fue?
A ver, mis previsiones eran catastróficas, pero es que soy de natural apocalíptico. Mi visión del mundo y de la gente es una mezcla entre The walking dead y La escopeta nacional, con música horrible y comida que cuando llega a la mesa está fría y encima no es lo que habías pedido. Reconozco que mis ánimos estaban por los suelos, que estaba en un pozo oscuro con reminiscencia murakamianas llenas de lentitud, pedantería, tontería, páginas de más y deseos desesperados de gustar al lector occidental (no me gusta Murakami así que imaginaos la pesadilla). 


No me apetecía este Sant Jordi, no quería este Sant Jordi y no quería estar en una parada rodeado de gente y vigilando si se ponen alcohol, que no se arrejunten mucho, que lleven bien puesta la mascarilla y otros pesadísimos etcéteras que nos acompañaran durante años. Solo imaginaba que ese día se convertiría en una pesadilla de gente amontonada, disparos, helicópteros volando bajo y disparando bazokas, toses, flemas, mutaciones, marines espaciales aniquilando a la población de Igualada por la gloria del Emperador, gente borde y maleducada, ratas gigantes saliendo de las cloacas para preguntar cuál es el libro más vendido, autores locales de malos modos increpando a los libreros porque no encontraba su libro y...

Sí, más o menos así.

Así que siendo esas mis expectativas, el día no fue mal del todo.
Parada abierta a partir de las seis con un calor puro de verano cruel. Poca gente. Paseantes, algún curioso, pocos niños. Ventas tímidas y pasar las horas. Avisar de que la gente se pusiera alcohol en las manos fue un continuo y aguantar las miradas recriminatorias de los encargados de salud pública por tener a dos personas cerca, también. Lo del autor local molesto se cumplió (¡¿dónde está mi libro?! ¡¿cómo es que no habéis traído MI libro sobre el coronavirus!?). 

- ¡Usted es el autor del único libro del coronavirus que hay en las librerías! 
Muertitos nos hemos quedado, caballero.

Poca venta, mucho calor, demasiados libros. Por lo menos vinieron algunos de mis clientes favoritos con los que pude hablar de literatura juvenil, terror o novela negra y criticar la obsesión con los más vendidos como si eso fuera indicador de calidad o prestigio literario.


En teoría teníamos que estar en la parada de seis de la tarde hastas las once y medía de la noche. Las optimistas previsiones que hicieron tipos listos de bata blanca y gafas de pasta que dicen cosas como "según mis datos" o "todos los vectores infradimensionales apuntan a una recriminación acelerada del índice retractil" auguraban una riada de gente inundando el paseo, comprando libros y rosas y haciendo que la fiesta durara hasta bien entrada la madrugada entre botellas descorchadas de cava, carreras de abuelas y espectaculares números musicales sardanísticos.

El típico, y cansino, despiporre igualadino cada vez que hay una fiesta.

Nada de esto se cumplió y a las diez empezamos a recoger con prisa y sin pausa para irnos a tomar un bocadillo y quejarnos de cómo había ido el día (a los libreros lo de la queja se nos da de maravilla) y compartir algunas anécdotas poco suculentas, pero que distraen.

Y cuando le has cortado el cuello, tía.
Lo puedo ver mil veces y siempre me hace gracia.

Vino, se hizo y se olvidó. 
Ahora a concetrarse en la apasionante temporada de texto y soñar con las vacaciones... tiempo para leer, escribir, ver películas chorras y alguna buena, juegos de mesa con los nenes, arrumacos con A. y esquivar con poca elegancia las insinuaciones de ir un día a la playa. Y olvidar que por culpa de este segundo Sant Jordi queda menos de un año para el próximo y se querrá hacer a lo grande, para compensar. Pero a eso ya nos enfrentaremos cuando toque... ahora haremos como que no existe.

domingo, 17 de mayo de 2020

De cómo ha ido esta primera semana de trabajo y de lo raro de cojones que ha sido todo

Se acabó el confinamiento estricto y poco a poco volvemos a eso que se ha dado en llamar "nueva normalidad" y que para mí es una mala mezcla de distopía ballardiana, cine pseudointelectual político de los sesenta y comedia berlangiana; un nuevo mundo donde lo terrible e inquietante se mezcla y confunde con lo ridículo y absurdo y oscuramente cómico.

Esta semana pasada he vuelto a la librería.
Las puertas se han abierto y vuelvo a colocarme tras al mostrador a la vida llena de quejas continúas del librero. Por supuesto, volvemos, pero de forma rara y extraña y sin la libertad para babear y estornudar que teníamos antes. Amén de todos los nuevos artículos que debemos llevar para atender al público.

A punto de abrir las puertas de la librería.

Los protocolos para entrar o salir de la librería son nuevo y difíciles de asimilar. Solo puede entrar un cliente por trabajador y un cliente por núcleo familiar. Mascarilla obligatoria y nada de tocar los libros; nada de rozar de forma cursi la portada, esconder el libro que se quiere detrás de otro para que nadie se lo lleve, meter la nariz entre los libros y decir eso de que los libros huelen bien, nada de frotarse la entrepierna con los volúmenes de la obra completa de Josep Pla por aquello de la erótica de la palabra escrita, nada de hacer que Los miserables mordisqueen los pezones...

Pero antes de entrar, más protocolos. Ojo, que me parecen bien. Que no hemos estado encerrados tanto tiempo para que por orgullo mal entendido se joda el invento, pero esto no quita que se ralentice y acabado el día de la sensación de haber atendido a menos personas, pero haber trabajado el triple.

Hasta nuevo aviso, prohibido hacer esto en las librerías.
Y quitarse la camisa. Queda raro.

Empezamos vigilando que los clientes guarden la distancia de seguridad y guarden turno de forma ordenada y sin los machetazos que tan alegremente se pegan los igualadinos en los supermercados o en las reuniones familiares. Comprobamos que llevan la mascarilla puesta de forma correcta y que se desinfectan las manos con un jabón que proporcionamos, y de gran efectividad porque a parte de matar a los posibles virus, limpia la piel muerta, abrillanta las uñas y deja al sol trozos de carne que jamás lo han visto. Ante los lloros de los clientes siempre decimos lo mismo, mientras no salga hueso puede ponerse jabón. Tras esto los clientes se desnudan y pasan a las salas de descontaminación donde se les administra una ducha de compuestos químicos que en su mayor parte es cianuro, potasío, mercurio rebajado a un treinta por ciento y basalto de amoxicinina para dejar los rizos de forma natural. Se frota a los clientes con escobas hipodérmicas y luego se les somete a radiaciones ultravioletas, a una limpieza anal completa y se les proporciona trajes de contención con oxígeno para cinco minutos.

En la zona de descontaminación antes estaba la sección de ensayo político.
Nadie la echa de menos.

En este punto entran  Hans y Bernadette; los nuevos trabajadores de la librería que el gremio ha impuesto para vigilar que los clientes cumplan las normas, que los libreros cumplimos las normas, que los libros cumplan las normas y que ellos cumplan las normas. Son majos. Duros, expeditivos, violentos, narcisistas, pero majos.

A Hans le gustan los libros donde salgan robots y disparar porque sí en las rodillas, "hace un ruido muy divertido... tiene algo que ver con el tipo de articulación". A Bernadette los libros de historia antigua y la tortura intracraneal. Una tarde de estas, mientras me ayudaban a limpiar la sangre que había dejado un cliente que nos comentó que le parecía bien que todo el mundo llevara mascarilla, pero que a él no le pasaba nada y por eso no la llevaba nunca, me explicaron que se conocen de hace mucho años cuando de niños coincidieron en la antigua Stasi, donde estudiaron espionaje y negociación con prisioneros; los acabaron despidiendo de un trabajo que les gustaba y llenaba por "ser demasiado bordes con los clientes y no pedir por favor que delataran a sus madres".

El cometido de Hans y Bernadette es acompañar, y vigilar, a los clientes para que de verdad no toquen nada porque, sí, llamadnos desconfiados, no nos fiamos de su palabra. Quizá dice poco a nuestro favor, pero después de ver a un cliente que nos había prometido no tocar nada meterse un dedo en la nariz y luego ponerse con el mismo dedo a repasar los libros buscando "algo que me llame, no sé, algo así como que me llame por mi nombre y me diga, léeme", mejor asegurarnos. Y a mí me cuesta mucho llamar la atención porque tras estos meses todos estamos tensos y nerviosos, pero a Hans y Bernadette no les cuesta nada hacerlo ni ponerse bordes ni arrancar un brazo ni hacérselo tragar a alguien mientras les cobra con tarjeta.

La gente viene con ganas a la librería y en su mayor parte son comprensivos con las nuevas normas de seguridad, distancia e higiene. Pese a todas las incomodidades intentamos hacernos la vida más fácil unos a otros y entendemos que para todos ha sido complicado. Luego están "los listos"; aquellos, como he dicho antes, que intentan explicarte porque las normas no se han hecho para ellos, por qué están por encima de nosotros y por qué ellos pueden entrar en pareja, pero el resto debe esperar en la puerta. Amén de explicarte todo lo que haces mal y tratarte con ese punto de suficiencia que roza la mala educación.

El listo que me ha llamado joputa y que dice que la mascarilla se la ponga mi puta madre que pase.

Y frustra y cabrea y ves que todo eso de que saldremos de esta mejores y más unidos son estupideces y que el ser humano sigue igual, si no más, egoísta, insolidario, cretino y crecido. Y acabas muy harto de todo ello, la verdad. Y yo solo he estado una semana en una librería. De verdad no quiero pensar qué ha debido ser para una cajera de supermercado. ¿Se puede haber estado trabajando estos dos meses con esa presión y la omnipresente estupidez humana y conservar un poco de fe?

A veces me quedo así, traspuesto en el trabajo pensando si todo esto merece la pena y tiene algún sentido.

¿Notaba a faltar la librería? Sí y no. Tenía ganas de volver a trabajar, de volver a los libros y ver y charlar con los clientes, pero a la vez me daba apuro el mundo de fuera y ser figurante en este nuevo mundo que se está formando (¡malditos tiempos interesantes!). Además, esto de estar en casa con la familia durante tantos días ha estado bien. He leído poco, pero a gusto y me he visto casi setenta películas. Tener tiempo para no hacer nada y dejar para mañana sin remordimientos escribir un poco, hablar de tal película o adelantar la partida de rol. He tenido la suerte de no haber sufrido el síndrome de "aprovechar el tiempo". Pero sí, volver a la librería está bien. Los imbéciles, las avalanchas de novedades (¡más de cuatrocientos libros en junio y julio, pero estamos pirados Grupo Planeta de los cojones!), la incertidumbre, no, a todo eso no quería volver, pero a estar rodeado de libros y al día a día, sí. La librería vuelve a estar abierta y que siga así treinta años más.

Sí, estamos abiertos... hasta las ocho... sí, lo tenemos... no, no hacemos descuento de Sant Jordi.

PS. Se me ha olvidado comentar lo de la familia vikinga que nos ha crecido en la sección de poesía, pero lo dejo para otro día porque esto me ha quedado demasiado largo. Tenemos nuestros más y nuestros menos, que no compartan el botín de los saqueos me cabrea lo suyo, pero creo que llegaremos a entendernos.

lunes, 23 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento. Parte IV

Igualada tiene un serio problema.
Sí, vale, esta todo eso del confinamiento, la falta de camas en el hospital, la escasez de recursos médicos, el agotamiento físico y mental del equipo humano del hospital, el aumento de muertos, una población llevada al límite psicológico por no poder salir a la calle... sí, vale todo esto. Pero tenemos un problema más grave y urgente.
Los actores.
Y los igualadinos y habitantes de la conca d'Odena en general saben perfectamente de lo que estoy hablando. 
De ellos.


Por si el resto de lectores de estas sencillas y veraces crónica no lo saben, este fin de semana se tendría que celebrar en Igualada una edición más de la Mostra d'Igualada, una feria de teatro infantil y juvenil. Durante unos días la ciudad se llena de compañías teatrales que vienen a enseñar sus últimas creaciones, programadores que buscan material para sus teatros y familias que se quejan de que no hay entradas en ninguna parte.

Este año se canceló por el asunto del coronavirus y se pospone a un mejor momento. Con lo que no contaban los organizadores es que una compañía había decidido venir varios días antes para ponerse en sintonía con las fuerzas telúricas de la ciudad y ver si en la plaza donde actuaban la energía era limpia o tenían que traer un exorcista cuántico para limpiar de impurezas y astillas el lugar. Además, querían pasar unos días en l'Anoia disfrutando de personas, gastronomía y paisajes; no por algo a este pequeño rincón de mundo se la conoce como la Toscana catalana.

¿Problema? Llega el virus, se confina la ciudad, esta compañía no puede salir y se queda en la calle porque la familia que los iba a acoger a cambio de risas durante la cena no quiere saber nada de ellos. Vagan por la calles sin saber dónde meterse. El hotel de la ciudad no los quiere por las pintas que llevan, los niños les lanzan piedras desde los balcones (en Igualada es tradición que a los niños pequeños la noche de Reyes les traigan un cargamento de piedras para que durante el año puedan lanzarlas a todos aquellos que parezcan "de fuera") y con hambre y frío porque descubren que las risas no calientan el cuerpo acaban degenerando convirtiéndose en un problema. Acechan bajo los puentes con sus disfraces y maquillaje y atracan a los desafortunados que van del supermercado a casa, de la farmacia a casa, del aquelarre a casa. Roban medicación, comida, ropa interior amenazando con hacer un espectáculo de mimo o la rutina del payaso y la escalera.

Y no tienen gracia.

Porque están desesperados y su comedia se tiñe de sarcasmo y cuando ven que nadie ser ríe sus ojos se vidrian y todo espectador es un crítico y, bueno, lo típico; canibalismo sin pedir permiso, violencia en tonos pastel y muchos chistes sobre cambiar pañales cuando viene la suegra.

Este grupo de actores abandonados a la buena de dios se está convirtiendo en un problema muy grave. Igualada está acostumbrada a unas dosis de canibalismo y violencia digamos, normales, tranquilas, las típicas de una ciudad de provincias, pero ahora, por culpa de este grupo está aumentando de forma exponencial. 

Captura de una story de Instagram que hicieron dos de las víctimas para inmortalizar el momento en el que los Actores empiezan a devorarles las piernas sin salsa de romesco ni nada.

Y ni el ayuntamiento, ni el govern de la Generalitat, ni el Gobierno central, ni la Federación Unidas de Planetas están haciendo nada. Exigimos un grupo táctico anti actores abandonados o un contrato vinculante que les lleve a hacer una gira por otras tierras. Pero a nuestras peticiones solo responden con silencio y alguna que otra pedorreta.

Al final los ciudadanos de Igualada hemos optado por tomarnos la justicia por nuestra mano y acabar con esos mal llamados actores. Hemos elegido en una asamblea hecha en el templo subterráneo que tenemos consagrado a Afrodita a tres de los mejores para que se enfrenten a ellos en una justa teatral interpretando la Médea de Séneca.


Ya os diré cómo acaba todo.

En casa estamos bien dentro de lo bien que podemos estar tras diez días encerrados y los que quedan por venir.  Tanto Nil como Noa van a la suya viviendo día a día. Niña Dragón está feliz al tener a sus padres y a sus hermanos en casa para jugar, pintarnos, hacer galletas y fuertes de mantas. A. sufre por todos y tiene sus momentos, pero siempre los supera; es más fuerte de lo que ella piensa. Yo he empezado a pintar en las paredes con mis heces una imagen que se repite una y otra vez en sueños

Algo así, pero con más tetas. Y tres narices. Y en rojo. Y con blondas. Muchas blondas.

una figura que se llama mi amiga y que si le hago caso en todo y no pregunto nos ayudará a salir de ésta. Solo unos sacrificios y ver mucho cine italiano. A mí ya me va bien consagrar mi vida a una deidad pagana porque con esto del encierro no me concentro y me cuesta leer y ver una peli. A ver si así aprovecho para hacer algo útil.

CONTINUARÁ...

viernes, 20 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento. Parte III

En el edificio de enfrente hay atrapado un runner.
Lo veo todas las mañanas al salir al balcón para respirar un aire sorprendentemente limpio. Lo veo ponerse sus mallas, las bambas, el reloj atómico, una camiseta ajustada y una cinta al pelo. Da dos saltitos y empieza a correr alrededor de su mesa de comedor que, al vivir solo, es de tamaño "venía con la primera entrega". Tras dos horas dando vueltas se detiene de improviso y se pone a llorar.
Y así cada día.
Es un espectáculo entre patético, divertido y triste, pero muy entretenido.
Está a un paso de hacer una locura; ir a las carreras ilegales nocturnas que se organizan en ciertas calles de Igualada bajo el calor de los focos y siempre con el miedo de una aparición sorpresa del Equipo Táctico Anti Runner. Algunas noches los veo pasar por debajo de casa mientras orino desde el balcón (¡qué pasa! me da palo ir hasta el baño); corriendo, sudando, huyendo de una poli armada con tobilleras reflectantes y pulsometro oficial.


La civilización occidental se está desmoronando y lo que peor me sabe es que no podré ver el Star Trek de Tarantino.

No sé que día del confinamiento es. Sexto o séptimo.
Ayer A. salió a comprar avituallamiento. Suele ir ella porque a mí me da palo ponerme los pantalones para ir a la calle y que A. necesita pasear y el aire en la cara. Cuando volvió me explicó que la cosa está descontrolada. Los dos supermercados que tenemos cerca de casa están controlados por la banda de los 80's Remember Back; un grupúsculo que existía en Igualada y del que nos reíamos todos que exigía utilizando la pesadez infinita violenta que los ochenta volvieran por ley, que la película más divertida de la historia es Los Cazafantasmas y que la canción de La historia interminable es buena, en serio, solo tienes que escucharla con el corazón.

Estos días han cobrado fuerza por el descontrol de las fuerzas de orden y están imponiendo en Igualada una dictadura de nostalgia impostada y alegre inmadurez. Antes de entrar en cualquier comercio te someten pruebas y preguntas sobre cultura popular de la década de los ochenta. Por suerte son limitaditos y las respuestas se suelen resumir en "Bill Murray", "Gonnies" y "Cindy Lauper".


En el supermercado todo más o menos bien. No había carne, congelados ni esmalte de uñas porque corre el rumor por redes que algunos científicos de alguna parte han descubierto que forrarse el estómago de esmalte de uñas y bicarbonato mata al virus. Pero ha conseguido un paquete de merluza, arena de gatos y medio paquete de pilas. Con eso tiramos una semana aunque para asegurar esta noche haré una incursión a casa del vecino para robarle todos los alimentos que pueda; he actualizado mi disfraz de ninja orondo y estoy preparado para la acción.

En casa estamos bastante bien considerando la situación crítica del exterior, la incertidumbre por el futuro y por los conocidos. Tanto Nil como Noa pasan el día encerrados en su habitación; uno viendo animes de luxaciones abdominales, la otra entrando cada dos horas en al web del instituto por si hay deberes nuevos. Niña Dragón lo pasa entre disfraces, pinturas y nos ha presentado a tres amiguitas suyas que no sabíamos que vivían con nosotros.

Ricitos, Pulserita y Colitas.
Total, donde comen siete comen diez.

- ¿Y cómo es que no las habíamos visto hasta ahora, cariño?
- Porque vivían encerradas en la habitación que encontró mami.

Nota, Alicia ha empezado a hacer reformas en casa y detrás de una estantería que no recordábamos tener ha encontrado una habitación llena de juguetes, muñecos de porcelana sobre la Inquisición inglesa y latas de orejones. Dale unos días a A. y te monta un programa de reformas sin necesidad de inquietante hermana gemela o colaboradores escandalosos.

- ¿Y qué quieren tus amigas?
- Se quedan a vivir con nosotros.
- Pero no sabemos si les gustan los macarrones.
- Comen mientras duermes.
- ¿Y qué comen?
- A ti.
- Bueno, que se queden. Mientras no hagan ruido y me dejen ver pelis españolas de los setenta no habrá problema.
- Dicen que vaya a jugar con ellas al cuarto.
- Sí, sí.
- Que hay una puerta que va al infier...
- Que sí, que vale.

Ya sé que puede parecer raro, pero la situación en Igualada es muy extraña estos días y ya no me sorprende nada.

Ah, y hoy he hablado por videollamada con mi madre.
Creo que el confinamiento también la está afectando.


Aunque la veo bien, la verdad. Es bueno que tenga un hobbi, sea cual sea.

CONTINUARÁ...

domingo, 15 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento. Parte I

Tiempos extraordinarios exigen medidas extraordinarias.
Dos años y poco picos después reabro el blog de matices porque así lo exige mi conciencia y la Historia, esa que se escribe con la primera en mayúscula como diciendo aquí vengo yo marcando presencia. ¿A qué se debe esta reapertura?
Como podéis imaginar todo esto se debe a ese pequeño visitante llamado coronavirus y como son su presencia a reventado todas las previsiones de lo que iba a ser 2020, la vida y todo.
En mi pequeña parcela de mundo así ha sido.

Vivo en Igualada, ciudad del interior de Catalunya fundada hace un porrón de tiempo por Ramses II (aunque las historiografías oficial, no oficial, inventadas e interesadas se nieguen a aceptar este hecho incuestionable porque lo digo yo) y punto de encuentro de fuerzas telúricas, caminos reales y a principios del siglo XX, una abundancia preocupante de clubs de alterne y casas de señoritas teniendo en cuenta que la población era, digamos, ajustada.


A causa de la irrupción del coronavirus en nuestra realidad, Igualada se convirtió en apenas unos días en zona cero por la cantidad de contagios que en poco tiempo se habían producido con foco en el hospital y unas horas después en ciudad confinada. Nada puede salir del perímetro de las ciudades de Igualada, Santa Margarida de Montbui, Vilanova del Camí y Ódena. Solo pueden entrar suministros de primera necesidad. Los comercios empezaron a cerrar, las calles se abandonaron especialmente tras el cierre de bares, restaurantes y cafeterías. Poco a poco Igualada fue volviendo a ser esa ciudad fantasma, sosa y aburrida con la que crecimos en los ochenta. Y ordenaron cerrar todo lo que no fuera de primera necesidad y a vuestra puta casa. 

Imagen del férreo control policial a las afueras del barrio financiero de Igualada.

Y aquí entro yo.
Porque tras tres días confinado y sin encontrar nada que leer pese a la cantidad absurda de libros que tengo que he decidido que dedicaré mi tiempo, esfuerzo y horas muertas ha escribir lo que de verdad está acaeciendo en la ciudad, las cosas maravillosas y extraordinarias que se suceden, los eixemplos heróicos y dignos de asombro de los habitantes de tan digna ciudad .

Igualadinos de bien preparados para el confinamiento
Fuente: Agencia Pititus PhotoAssi

Lo que explicaré aquí será un relato veraz de estos duros días de confinamiento y cómo sobrevivimos tirando de ingenio, humor, paciencia y armas termonucleares de bolsillo. Porque los medios os engañan, no explican ni muestran la verdad de lo que está pasando y yo, como caballo de Troya que siempre ha estado dentro de las murallas y que ha viajado poco es mitad vago, mitad dejado, propongo explicar la verdad. O mi verdad en todo caso porque ésta es una musa esquiva y fugitiva cual rabano impregnado de crema de manos y aceita de coches.

Sí, estamos abastecidos. Sí, las tiendas de alimentación, farmacia y furgonetas en callejones con drogas, órganos y mascotas exóticas funcionan con normalidad pese a aglomeraciones y adictos al papel higiénico y a la arena de los gatos. Lo que los medios no están explicando ni recogiendo en ningún sitio es como Igualada se ha convertido en una mega cúpula del trueno, en unos juegos del hambre aburguesados donde la supervivencia es la única ley, donde la violencia es la única solución y donde la gente no pide las cosas por favor cuando te golpena con un tió que han rescatado del armario de la navidad.

Nadie explica cómo Igualada se ha dividido en clanes que pelean entre ellos. Como de las alcantarillas han surgido mutantes que quieren recuperar un exterior que una vez fue suyo. Como se han abierto las puertas de conventos que creíamos cerrados y monjas palmípedas se ha adueñado de las calles mientras adoran A Los Que Moran En Las Sombras Un Poco A La Izquierda y proclaman el fin de los tiempos a ritmo de merengue y bolas de billar.

Son muy chungas. 
Pero tienen un sentido del ritmo envidiable.

Nadie habla de las monstruos antidilovianos con antiparras que han surgido de las procelosas aguas del río Anoia ni de la banda de los CLOWNS, inquietantes actores, poetas y músicos amateurs que recorren la ciudad contraviniendo las órdenes "porque a ellos nadie los manda" arrancando con tenazas si es necesario sonrisas a la gente que se cruzan con ellos porque la risa es la mejor medicina y hace de Igualada un lugar mejor.

El típico miembro de los CLOWNS pidiendo que le tires de un dedo.

Y más, muchos más. Ignotos, Afrancesados, los Cedeses, la Ganga que Moixa, Los Que Corren por las Sombras, Criaturas Asalvajadas.

Yo me he unido a la muy peligrosa banda de los LCR, Los Libreros Chungos del Rec. De momento estoy solo y en las peleas es un poco triste verme luchar a base de ironías, pero poco a poco. Sé que al final los gobernaré a todos.


De todo esto y mucho más hablaré los próximos días.
El mundo necesita conocer la VERDAD, la mía que es la buena que para algo la explico yo.
Sé que la Historia me lo agradecerá.
Nadie puede silenciar a un imbécil aburrido con un ordenador.
Y un virus menos.

CONTINUARÁ...

viernes, 13 de febrero de 2015

Relato veraz de lo que aconteció ayer 12 de febrero de 2015 en Igualada explicado por un igualadino que sobrevivió

Tras emerger del bunker, reponer las latas de judías y el agua, hacer la cama, ventilar y cerrar la puerta secreta hasta la próxima crisis, me dispongo a hacer un relato veraz de lo que ayer sucedió en Igualada, denunciar las mentiras que se han dicho, homenajear a todos los caídos y advertir al mundo de que ayer fuimos nosotros, pero mañana pueden ser ellos.

Ayer el día empezó de forma normal.
Los niños y A. para el cole. Ellos para formarse y convertirse en personas de provecho con la cara pintada por la proximidad del Carnaval, ella como madre voluntaria para acompañar a un montón de monstruos cuellicortos a una excursión. Yo, después del tradicional pipí de la mañana que celebré con canciones góticas y un extraño baile que no volveré a repetir, me fui a un panadería / cafetería a tomar un cafetito y una pasta mientras me acababa un libro y empezaba otro (es conveniente llevar siempre un mínimo de dos libros encima por si las moscas). Acabado el desayuno, fui a la biblioteca a por un tercer libro y para casa. El ambiente en las calles, normal. Ingenuo de mí esperaba que fuera un jueves de fiesta igual que todos.

Al llegar a casa me pongo a escribir una reseña para el blog de literatura que se quedó inconclusa cuando veo en twitter que una nube tóxica empieza a extenderse por Igualada. No puedo creerlo. ¿Es mi Igualada o es la Igualada de Connecticut? ¿Hay una Igualada en Connecticut? Y si la hay, ¿es una ciudad gemela a esta, pero algo diferente, no sé, que todos son rubios o escobas y comen niños y conducen ancianos? Empiezo a investigar y sí, es aquí.


Una enorme nube de color naranja se adueña del cielo igualadino. ¿A qué se debe? Empiezan los rumores. Un accidente, una explosión en el polígono de una planta química, una fuga radioactiva de una central nuclear, un terremoto imperceptible ha provocado una rotura en el continuo espacio tiempo geográfico provocando que gases de otra dimensión acaben en ésta provocando en el entorno cambio drásticos al tener una composición química y mágica completamente distinta. Sí, debe ser eso. Quizá es mi oportunidad.


Dejo lo que estoy haciendo y subo al terrado del edificio. Allí me desnudo y dejo mi apolíneo cuerpo algo dejado a merced del frío y de los gases naranjas. Aspiro y me acaricio el cuerpo de forma algo erótica deseando que esa composición química de otra dimensión entre dentro de mí, me posea, me haga suyo y me otorge superpoderes. Superfuerza, velocidad, músculos de acero, super sentido del humor, garras retráctiles, un escote poderoso, lanzar rayos... da igual, algo que me permita luchar contra el mal y partirle la cara a unos cuantos imbéciles que conozco. Pero nada. Tras unos minutos y cuando veo que mis pezones ateridos por el frío se tornar de un inquietante color azul no mutágeno, me rindo. No es el momento de adquirir superpoderes mutantes. Pero si no mutamos, ¿qué es esa nube? La respuesta llega clara y diáfana a mi mente. Y no puedo evitar esbozar una sonrisa.


Lo sabía. Ha llegado. El apocalipsis zombie que tantas veces he anunciando y del que se reían ha llegado. Las calles de Igualada en pocos minutos serán tomadas por hordas de muertos vivientes. Así que ni corto ni perezoso, bajo a casa y me armo con un rifle, un par de pistolas y granadas (A. no lo sabe, pero guardo un arsenal para estos casos con pistolas cargadas y material explosivo debajo de la cama de los niños, al lado de la caja del Lego) y vuelvo al terrado. Allí, me parapeto tras la balaustrada y empiezo a disparar contras las ancianas que van por la calle cargadas con la compra (por cierto, que a todo esto ya me he vestido, por si había alguno que sufría por el destino de mis pezones). Disparo tras disparo van cayendo eliminadas a la calle. Sé que aun no se habían convertido, pero
1. Hombre previsor vale por dos.
2. Lo hago para evitarles un futuro sufrimiento.
Tras tres docenas de disparos, me detengo y consulto las redes sociales.
Nada de zombis. Se habla de un error humano en el transporte de productos químicos y, pam, nube que no es tóxica si no corrosiva. Una torpeza. Un mal tropezón o un pilla tu por el asa, que se resbala, joder que se cae, mierda otra vez.

Ni zombies ni mutantes.
Espero que al menos esta crisis ciudadana que ha agotado las mascarillas en las farmacias y que según los periódicos ha provocado que las calles estén desiertas (aunque mirando por la ventana la gente pasea, fuma en las puertas de los bares y chafardean de tienda en tienda) dure hasta la noche y empiecen los saqueos. Tengo un par de libros en mente y hace tiempo que hablamos de un televisor nuevo. Y como tengo un Kyoto delante, pues en una carrera bajo, saqueo y me llevo una tele y una radio para la cocina que cuando estoy allí me aburro yo solo y por obligo a los invitados a quedarse y darme conversación.

La nube al final ni mata ni muta. De alerta 2 se pasa a alerta cuidadín. La gente ya puede salir a las calles, menos niños, ancianos y gente que no sepa respirar. Llamo a A. ¿Cómo estáis en el colegio? ¿Va todo bien? Me dicen que están confinados, pero que tranquilo que el ayuntamiento ha prometido bocadillos a los niños y que comerán allí. El problema es que esos bocadillos nunca llegarán (es el gran misterio de Igualada y la desaparición de 7000 bocadillos que alcalde y ayuntamiento dijeron que se estaban repartiendo) y el colegio se verá obligado a tomar medidas extremas para alimentar a todos los alumnos. ¿Empezar por P3 o por sexto? ¿Una clase tendrá suficiente alimento para todo el colegio o se verán obligados a prescindir de todo un curso? ¿Y los vegetarianos? ¿Podrán engañarlos y hacerles creer que lo que comen es lechuga y no a Pau, el de sexto que es padrino de lectura de Laia? Cuando todo parece perdido, alguien propone ir a buscar bocadillos a una panadería. A pesar de que da una pereza terrible salir y que los cuchillos ya están afilados, un grupo de inconscientes va.

Aunque no pudieron evitar que un niño de P4 tomara un tentempié.

A partir de las tres empezó a circular el rumor de que todo volvía a la normalidad, todo estaba controlado y se suspendían los saqueos.
Ni mutantes, ni zombis, ni saqueos.
Un día de fiesta desperdiciado.
Y todo por un error humano.
Aunque yo no me lo creo. He visto demasiadas películas de serie B, leído mucha prensa amarilla (ayer me empapé en los delirantes reportajes de La Vanguardia) y novelas de terror en pésimas traducciones, tengo demasiada imaginación y tiempo libre como para creerme la versión oficial. ¿Quién se fía de un político sudoroso que dice que la situación está controlada? ¿Quién me dice a mí que de verdad era una empresa química y no un laboratorio ilegal de drogas? ¿O donde se estaba experimentando para conseguir el soldado igualadino perfecto? ¿O la creación de monstruos que ahora son pequeños, pero que dentro de seis años saldrán del río Anoia y os matarán a todos porque yo ya lo sé y estaré atento a huir como un cobarde al primer bicho imposible que emerja de las aguas?


Esto es el principio. Hay más de lo que nos dicen y nos están ocultando información. Demasiada transparencia y mucho twitter... eso quiere decir que no nos lo explican todo. ¿Qué se esconde en Igualada? ¿Nitrato? ¿Ácido? ¿Existen esas palabras de verdad o son inventos de una prensa dominada por las oligarquías petrolíferas? ¿Acaso mienten las voces que oído en la tele cuando está apagada? ¿Acaso ese dinosaurio al que le sientan tan bien las hombreras me está engañando? ¿Quién puede fiarse de los políticos? Yo no. Y que sea un conspiparanoico no quiere decir que no tenga razón.

Y pasaron más cosas, muchas más cosas que vieron mis ojos, escucharon mis oidos y me dijeron las hadas majas, pero ahora no tengo mucho tiempo que tengo que irme a trabajar.

Pero recordad lo que os digo.
Esto no ha acabado.