Continuando con el tópico, La Habana es una ciudad musical. Pero precisemos. Cuando decimos que para el cubano la música es importante, por favor, que no venga a vuestras mentes la típica imagen de un montón de mulatas bailando por las calles, que en cada esquina hay un grupo de son o que de todas las ventanas y puertas de la ciudad sale música execrada por un disco. No. La realidad musical cubana está mucho más allá de los tópicos que las agencias de viaje de aquí y de allá venden, siendo éstas las primeras en explotar la ecuación mulata+salsa:sexo convirtiendo un país preñado de tradición, cultura y atractivos en un receptáculo para viejos, y no tan viejos, caducos y patéticos en busca de carne joven con la que alimentar fantasías por cuatro duros (el viaje fue maravilloso, pero naturalmente hay cosas que no se pueden pasar por alto y la imagen de un viejo español comportándose como un chuloputas visitando la colonia con una niña que no llegaba a los dieciséis años a la que se le salían los ojos delante de un plato de comida, son de las que cuesta asimilar y olvidar).
Pero estamos aquí para hablar de música y no para hacerme mala sangre.
Y para contar un par de historias musicales que viví. Y no, antes de que os hagáis ilusiones, no bailé. Como ya expliqué
en otra entrada, soy incapaz de bailar (aun no he encontrado mi pareja) pese a la insistencia de Enrique (un amigo obsesionado conque aprenda a bailar
casino) y las pocas clases que me dio Aurora y su eterno reproche, "suave, suave, ¿pero es que no oyes la música?".
1. Me gusta el bolero. Se que algunos opinan que es música de viejos y pasada de moda. Y posiblemente tengan razón. Pero me gusta el bolero. Por eso Aurora y yo fuimos al "Gato Tuerto", un local donde escuchar a viejas glorias de la canción entonando viejos boleros y donde poder cantar todas esas canciones de nuestras abuelas que nos sabemos de memoria. Y fue donde comprobé que el bolero es una música que se debe escuchar dosificada. Os aseguro que en un mal momento, en una situación anímica especialmente sensible, el bolero puede ser cruel. Quiero decir, escuchar "
Cuando un amigo se va" en un contexto donde empiezas a despedirte de tu mejor amiga... pues agradable no es por mucho que guste la canción, y más como lo cantó aquella mujer... desgarrada y rota porque ella también se estaba despidiendo.

2. En este mismo local, mientras nos tomábamos Aurora una malta y yo una Bucanero, asistimos a una posesión diabólica (es la única excusa posible). Entraron poco después de nosotros una pareja de catalanes (¿cómo sabías que eran catalanes, listillo? Por que hablaban en catalán. Ah, vale. Y, además, te podría decir que eran de Barcelona por esa ausencia pasmosa de vocales neutras). Un hombre ya maduro, por no decir viejuno, y una mujer de unos cuarenta y tantos años que con la luz adecuada y muchas cervezas podía pasar por atractiva. Eso sí, el vestido era precioso (siempre según Aurora). La relación entre ellos era extraña. No se comportaban como una pareja al uso, ni como matrimonio. Llegamos a la conclusión que debía ser o jefe/secretaria, o conocidos en un congreso o algo así. Él estaba chocho perdido con ella, ella más preocupada fingiendo que se lo pasaba bien. Empezó el concierto y ellos empezaron a bailar. Bueno, decir que fue apocalíptico es ser benévolo. Él bailaba como el típico español (pantalón por encima del ombligo, paso marcial, olvido total de la existencia de algo llamado cadera y cintura, brazos en posición de púgil y bamboleo rítmico del tronco de derecha a izquierda... vamos, la conocida figura de baile llamada "Yo para ser feliz quiero un camión). Ella... bueno... hablando con Aurora llegamos a la conclusión que se le habría metido un ratón en las bragas y le estaba comiendo el clítoris. Así tendría excusa para esos movimientos estertóricos de persona que lleva instalada un desfibrilador a máxima potencia. El movimiento aleatorio de pies y brazos, la cabeza que giraba, la cadera fija y una absoluta falta de ritmo y coordinación con la música que provocó que la cantante se despistara más de una vez. Aurora la miraba fascinada por alguien que tenía tanta falta de coordinación músico-motriz. ¿Todas las gallegas bailan así?, me preguntó. Supongo que no, dije. Pero luego recordé "Mira quien baila" y las verbenas de mi ciudad y, la verdad, ya no estoy tan seguro.
3. Donde peor música cubana se escucha es sin dudarlo en los taxis. La música está tan alta que suele hacer sangrar los oídos y el género rey es, sin dudarlo un momento, el
cubaton una versión patria del reaggeton. Os aseguro que estar media hora en un taxi sin aire acondicionado, con ocho personas (una de ellas más cerca de lo que sería conveniente), con dolor de cabeza y oyendo a un tipo diciendo cosas como "chupa-chupa que a las mujeres lo que les gusta es el chupa-chupa" o a una tipa haciendo una declaración de intenciones tan profunda como "dame por atrás que tengo el bombi escocido" resulta, como mínimo, molesto. No quiero ser uno de esos que critican el reaggeton por su procacidad sexual, por su machismo o por su poco respeto con la tradición musical (críticas que se hicieron en su momento al jazz o al rock y que ahora se le hacen a él), yo lo critico porque, después de escucharlo durante largas horas en taxis, bares, restaurantes y tiendas, he llegado a la conclusión de que es una mierda. Y punto.
Y, bueno, de momento lo dejo aquí porque no me quiero alargar más. Aunque la sensación que me queda es que no he profundizado en nada, que esta entrada no es más que un prologo a lo que quiero contar... Supongo que ya volveré a la música en Cuba (hay mucho que me he dejado por decir... y, precisamente, lo más importante e interesante... como las descargas, las apasionantes mezclas que se están haciendo entre hip-hop, son y rock, mi debut como cantautor...).
Os dejo para compensar la superficialidad de la entrada, un vídeo de Benny More, el bárbaro del ritmo, uno de los grandes de la música en Cuba.