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jueves, 30 de julio de 2020

Crónica tardía de un Sant Jordi (otra vez) más raro que el otro

Ha pasado una semana y ya casi nadie se acuerda. No es de extrañar. El Sant Jordi de verano como se ha conocido popularmente ha sido un experimento que no solo desafiaba a la naturaleza y a dios con arrogancia y chulería, si no que era algo que a pocos les hacía ilusión. Hablaba con libreros, representantes editoriales, editores y otros infraseres que poblamos el mundillo cultural (o pseudocultural en algún caso) y había un desanimo, pocas ganas y mucho "pues se hará", "ya veremos", "por favor, qué pereza". 

Al final, tras muchos días de si sí o si no, de noticias contradictorias, de amenazas de suspensión, de señores disfrazados de virus correteando por las calles con la chorra fuera, de correos electrónicos con lo que teníamos que hacer los libreros para asegurar que los visitantes a las paradas cumplieran con las normas higiénicas, de profecías cumplidas por entender mal una palabra del conjuro (esa jota que se pronuncia como ese, lo típico), el Sant Jordi de verano, la Noche de flores y libros, el Falso Sant Jordi se celebró. 

Se hizo, se vio y, sí, dio pereza.
Pero se hizo.


¿Y cómo fue?
A ver, mis previsiones eran catastróficas, pero es que soy de natural apocalíptico. Mi visión del mundo y de la gente es una mezcla entre The walking dead y La escopeta nacional, con música horrible y comida que cuando llega a la mesa está fría y encima no es lo que habías pedido. Reconozco que mis ánimos estaban por los suelos, que estaba en un pozo oscuro con reminiscencia murakamianas llenas de lentitud, pedantería, tontería, páginas de más y deseos desesperados de gustar al lector occidental (no me gusta Murakami así que imaginaos la pesadilla). 


No me apetecía este Sant Jordi, no quería este Sant Jordi y no quería estar en una parada rodeado de gente y vigilando si se ponen alcohol, que no se arrejunten mucho, que lleven bien puesta la mascarilla y otros pesadísimos etcéteras que nos acompañaran durante años. Solo imaginaba que ese día se convertiría en una pesadilla de gente amontonada, disparos, helicópteros volando bajo y disparando bazokas, toses, flemas, mutaciones, marines espaciales aniquilando a la población de Igualada por la gloria del Emperador, gente borde y maleducada, ratas gigantes saliendo de las cloacas para preguntar cuál es el libro más vendido, autores locales de malos modos increpando a los libreros porque no encontraba su libro y...

Sí, más o menos así.

Así que siendo esas mis expectativas, el día no fue mal del todo.
Parada abierta a partir de las seis con un calor puro de verano cruel. Poca gente. Paseantes, algún curioso, pocos niños. Ventas tímidas y pasar las horas. Avisar de que la gente se pusiera alcohol en las manos fue un continuo y aguantar las miradas recriminatorias de los encargados de salud pública por tener a dos personas cerca, también. Lo del autor local molesto se cumplió (¡¿dónde está mi libro?! ¡¿cómo es que no habéis traído MI libro sobre el coronavirus!?). 

- ¡Usted es el autor del único libro del coronavirus que hay en las librerías! 
Muertitos nos hemos quedado, caballero.

Poca venta, mucho calor, demasiados libros. Por lo menos vinieron algunos de mis clientes favoritos con los que pude hablar de literatura juvenil, terror o novela negra y criticar la obsesión con los más vendidos como si eso fuera indicador de calidad o prestigio literario.


En teoría teníamos que estar en la parada de seis de la tarde hastas las once y medía de la noche. Las optimistas previsiones que hicieron tipos listos de bata blanca y gafas de pasta que dicen cosas como "según mis datos" o "todos los vectores infradimensionales apuntan a una recriminación acelerada del índice retractil" auguraban una riada de gente inundando el paseo, comprando libros y rosas y haciendo que la fiesta durara hasta bien entrada la madrugada entre botellas descorchadas de cava, carreras de abuelas y espectaculares números musicales sardanísticos.

El típico, y cansino, despiporre igualadino cada vez que hay una fiesta.

Nada de esto se cumplió y a las diez empezamos a recoger con prisa y sin pausa para irnos a tomar un bocadillo y quejarnos de cómo había ido el día (a los libreros lo de la queja se nos da de maravilla) y compartir algunas anécdotas poco suculentas, pero que distraen.

Y cuando le has cortado el cuello, tía.
Lo puedo ver mil veces y siempre me hace gracia.

Vino, se hizo y se olvidó. 
Ahora a concetrarse en la apasionante temporada de texto y soñar con las vacaciones... tiempo para leer, escribir, ver películas chorras y alguna buena, juegos de mesa con los nenes, arrumacos con A. y esquivar con poca elegancia las insinuaciones de ir un día a la playa. Y olvidar que por culpa de este segundo Sant Jordi queda menos de un año para el próximo y se querrá hacer a lo grande, para compensar. Pero a eso ya nos enfrentaremos cuando toque... ahora haremos como que no existe.

domingo, 17 de mayo de 2020

De cómo ha ido esta primera semana de trabajo y de lo raro de cojones que ha sido todo

Se acabó el confinamiento estricto y poco a poco volvemos a eso que se ha dado en llamar "nueva normalidad" y que para mí es una mala mezcla de distopía ballardiana, cine pseudointelectual político de los sesenta y comedia berlangiana; un nuevo mundo donde lo terrible e inquietante se mezcla y confunde con lo ridículo y absurdo y oscuramente cómico.

Esta semana pasada he vuelto a la librería.
Las puertas se han abierto y vuelvo a colocarme tras al mostrador a la vida llena de quejas continúas del librero. Por supuesto, volvemos, pero de forma rara y extraña y sin la libertad para babear y estornudar que teníamos antes. Amén de todos los nuevos artículos que debemos llevar para atender al público.

A punto de abrir las puertas de la librería.

Los protocolos para entrar o salir de la librería son nuevo y difíciles de asimilar. Solo puede entrar un cliente por trabajador y un cliente por núcleo familiar. Mascarilla obligatoria y nada de tocar los libros; nada de rozar de forma cursi la portada, esconder el libro que se quiere detrás de otro para que nadie se lo lleve, meter la nariz entre los libros y decir eso de que los libros huelen bien, nada de frotarse la entrepierna con los volúmenes de la obra completa de Josep Pla por aquello de la erótica de la palabra escrita, nada de hacer que Los miserables mordisqueen los pezones...

Pero antes de entrar, más protocolos. Ojo, que me parecen bien. Que no hemos estado encerrados tanto tiempo para que por orgullo mal entendido se joda el invento, pero esto no quita que se ralentice y acabado el día de la sensación de haber atendido a menos personas, pero haber trabajado el triple.

Hasta nuevo aviso, prohibido hacer esto en las librerías.
Y quitarse la camisa. Queda raro.

Empezamos vigilando que los clientes guarden la distancia de seguridad y guarden turno de forma ordenada y sin los machetazos que tan alegremente se pegan los igualadinos en los supermercados o en las reuniones familiares. Comprobamos que llevan la mascarilla puesta de forma correcta y que se desinfectan las manos con un jabón que proporcionamos, y de gran efectividad porque a parte de matar a los posibles virus, limpia la piel muerta, abrillanta las uñas y deja al sol trozos de carne que jamás lo han visto. Ante los lloros de los clientes siempre decimos lo mismo, mientras no salga hueso puede ponerse jabón. Tras esto los clientes se desnudan y pasan a las salas de descontaminación donde se les administra una ducha de compuestos químicos que en su mayor parte es cianuro, potasío, mercurio rebajado a un treinta por ciento y basalto de amoxicinina para dejar los rizos de forma natural. Se frota a los clientes con escobas hipodérmicas y luego se les somete a radiaciones ultravioletas, a una limpieza anal completa y se les proporciona trajes de contención con oxígeno para cinco minutos.

En la zona de descontaminación antes estaba la sección de ensayo político.
Nadie la echa de menos.

En este punto entran  Hans y Bernadette; los nuevos trabajadores de la librería que el gremio ha impuesto para vigilar que los clientes cumplan las normas, que los libreros cumplimos las normas, que los libros cumplan las normas y que ellos cumplan las normas. Son majos. Duros, expeditivos, violentos, narcisistas, pero majos.

A Hans le gustan los libros donde salgan robots y disparar porque sí en las rodillas, "hace un ruido muy divertido... tiene algo que ver con el tipo de articulación". A Bernadette los libros de historia antigua y la tortura intracraneal. Una tarde de estas, mientras me ayudaban a limpiar la sangre que había dejado un cliente que nos comentó que le parecía bien que todo el mundo llevara mascarilla, pero que a él no le pasaba nada y por eso no la llevaba nunca, me explicaron que se conocen de hace mucho años cuando de niños coincidieron en la antigua Stasi, donde estudiaron espionaje y negociación con prisioneros; los acabaron despidiendo de un trabajo que les gustaba y llenaba por "ser demasiado bordes con los clientes y no pedir por favor que delataran a sus madres".

El cometido de Hans y Bernadette es acompañar, y vigilar, a los clientes para que de verdad no toquen nada porque, sí, llamadnos desconfiados, no nos fiamos de su palabra. Quizá dice poco a nuestro favor, pero después de ver a un cliente que nos había prometido no tocar nada meterse un dedo en la nariz y luego ponerse con el mismo dedo a repasar los libros buscando "algo que me llame, no sé, algo así como que me llame por mi nombre y me diga, léeme", mejor asegurarnos. Y a mí me cuesta mucho llamar la atención porque tras estos meses todos estamos tensos y nerviosos, pero a Hans y Bernadette no les cuesta nada hacerlo ni ponerse bordes ni arrancar un brazo ni hacérselo tragar a alguien mientras les cobra con tarjeta.

La gente viene con ganas a la librería y en su mayor parte son comprensivos con las nuevas normas de seguridad, distancia e higiene. Pese a todas las incomodidades intentamos hacernos la vida más fácil unos a otros y entendemos que para todos ha sido complicado. Luego están "los listos"; aquellos, como he dicho antes, que intentan explicarte porque las normas no se han hecho para ellos, por qué están por encima de nosotros y por qué ellos pueden entrar en pareja, pero el resto debe esperar en la puerta. Amén de explicarte todo lo que haces mal y tratarte con ese punto de suficiencia que roza la mala educación.

El listo que me ha llamado joputa y que dice que la mascarilla se la ponga mi puta madre que pase.

Y frustra y cabrea y ves que todo eso de que saldremos de esta mejores y más unidos son estupideces y que el ser humano sigue igual, si no más, egoísta, insolidario, cretino y crecido. Y acabas muy harto de todo ello, la verdad. Y yo solo he estado una semana en una librería. De verdad no quiero pensar qué ha debido ser para una cajera de supermercado. ¿Se puede haber estado trabajando estos dos meses con esa presión y la omnipresente estupidez humana y conservar un poco de fe?

A veces me quedo así, traspuesto en el trabajo pensando si todo esto merece la pena y tiene algún sentido.

¿Notaba a faltar la librería? Sí y no. Tenía ganas de volver a trabajar, de volver a los libros y ver y charlar con los clientes, pero a la vez me daba apuro el mundo de fuera y ser figurante en este nuevo mundo que se está formando (¡malditos tiempos interesantes!). Además, esto de estar en casa con la familia durante tantos días ha estado bien. He leído poco, pero a gusto y me he visto casi setenta películas. Tener tiempo para no hacer nada y dejar para mañana sin remordimientos escribir un poco, hablar de tal película o adelantar la partida de rol. He tenido la suerte de no haber sufrido el síndrome de "aprovechar el tiempo". Pero sí, volver a la librería está bien. Los imbéciles, las avalanchas de novedades (¡más de cuatrocientos libros en junio y julio, pero estamos pirados Grupo Planeta de los cojones!), la incertidumbre, no, a todo eso no quería volver, pero a estar rodeado de libros y al día a día, sí. La librería vuelve a estar abierta y que siga así treinta años más.

Sí, estamos abiertos... hasta las ocho... sí, lo tenemos... no, no hacemos descuento de Sant Jordi.

PS. Se me ha olvidado comentar lo de la familia vikinga que nos ha crecido en la sección de poesía, pero lo dejo para otro día porque esto me ha quedado demasiado largo. Tenemos nuestros más y nuestros menos, que no compartan el botín de los saqueos me cabrea lo suyo, pero creo que llegaremos a entendernos.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Una serie de preguntas así lanzadas al aire

¿Cómo puede una persona mantener su fe en la humanidad o en un futuro mejor si se encuentra un día la mesa de novedades llena de gargajos verdes o escupitajos menos intensos, pero no por ello menos asquerosos?

¿O que alguien con una vida, con su respiración, sueños, risas y amigos se dedique a pegar chicles en las contraportadas para por el mismo precio, joder dos libros?

¿Cómo puede alguien que un día fue niño y sintió el amor de unos padres y el cariño de unos abuelos pisar una mierda de perro y entrar en una librería para limpiarse con los libros?

¿Cómo puede alguien que ama a sus hijos y les está enseñando a ser empático, generoso, proteger a los marsupiales andinos dejar que uno de sus retoños orine en la sección de ciencias y no decir nada a libreros?

¿Acaso no sabe que en las librerías hay lavabos y que dejamos que los niños los utilicen si hay emergencias? ¿O acaso se ha creído la leyenda urbana que dice que los libreros vamos por el mundo sondados?

Cosas que han pasado en la librería donde trabajo o en alguna librería amiga.

¿Llegará el día que pueda sentarme y leer en la librería?

jueves, 27 de abril de 2017

Crónica con unos días de retraso de un Sant Jordi en domingo

Como hemos vuelto al blog, volvemos a las crónicas de Sant Jordi; una fiesta que después de no sé cuántos años se ha convertido en mi memoría en un único día del libro amenizado con escenas de lluvia.

Domingo 23 de abril de 2017.
Siete de la mañana.
Suena el depertador y el librero se caga en la madre que parió a todos los despertadores del mundo. Con la rabadilla un poco adolorida por culpa de la carga de cajas de la noche anterior, intenta levantarse. No puede. Un gato duerme encima de su pecho como bruja que quisiera arrebatarle el aliento. Lo aparta con cuidad no vaya a despertarse el animalico y para el lavabo. El típico primer pipí de la mañana (y puede que el último hasta la noche... cuando llega Sant Jordi el librero se pone en plan circuito cerrado y ningún fluido abandona su cuerpo porque literalmente ese día no tiene tiempo ni para echar una gota).

Se viste frikoso, tentacular y estiloso y para la cocina a hacerse un té. A medio pasillo un bebé de catorce meses lo intercepta con alguno de sus primeros y balbuceantes pasos y exige su atención y que le entretenga.
- Es que no tengo tiempo, cariño.
Le da igual. Es un bebé y no tiene tiempo para esas monsergas. Alza los brazos y con mirada autoritaria exige que lo lleve con él a la cocina y le abra el cajón del menaje para que pueda repartirlo por el suelo. Es su rutina de ejercicio todas las mañanas y no puede permitir que un gordo friki cualquiera por mucho que sea su padre se la interrumpa.

Cocina. Desayuno rápido. Esquiva de menaje. Coger al bebé a cuello y llevarlo con A. Comunicarle a A. que me voy, hasta luego. A. hace un ruido que puede ser asentimiento, queja o invocación, se alza la camiseta del pijama y el bebé, en un movimiento rápido que algo tiene de portal dimensional, pasa de estar en brazos de su padre en pecho de su madre en milésimas de segundo.

El librero comprueba que lo tiene todo y para la plaza de Cal Font.


Donde siempre y la hora de siempre.
Cuando llega algunas paradas de librerías ya han empezado a montarse. Como todos los años, la librería donde trabaja se comporta como una diva. Llega última y, si puede, se va primera. A las ocho en punto empezamos el montaje. Llega la furgoneta, se descargan caballetes, mesas y cajas de libros. Muchas cajas. Y todas llenas de libros, claro. Este año llevamos unos 2500 ejemplares a la parada. Bastante menos que otros años, pero lo suficiente para que el librero sienta una ligera punzada en la espalda por el esfuerzo y su manía de coger las cajas de forma totalmente incorrecta. A las nueve y media, parada montada y primeras ventas.


Algo que parece una revista, pero que no sabemos exactamente qué es (quien lo vendió no se acuerda y no lo hemos logrado identificar), una novela de amoríos y achuchones  y la primera petición de "lo más vendido".
- Acaba de empezar el día, no sé lo que será lo más vendido.
- Anda que no lo sabéis. Si está pactado. Si sois todos unos mafias.
No sé si se refiere a los libreros, a los tipos con gafas, a los bordes con camisetas lovecraftianas o a los reptilianos que dominan el mundo del libro igualadino. Y si es este último caso, no sé cómo se ha podido enterar y como sigue vivo. Tendré que informar a la Branquea Epsilon de posibles filtraciones.





Hace un muy buen día. Sol, cielo despajado, el bendito calor. En poco tiempo la plaza se anima y a partir de las once y media se desata el infierno. Una mañana como nunca antes. Gente y más gente, compradores lanzados buscando su libro (o libros) entre las paradas. Al ser domingo, la gente se anima más por la mañana. Los refuerzos vienen (entre ellos derrochando lisura, A.) y el librero se encuentra siendo el centro de todo. Clientes que le llaman, compañeros que le reclaman, gente que alza el brazo, chilla, llama por su nombre, etc. Jorge, Jorge, perdona, este libro, Jorge, perdona, tenemos este libro, está el libro de, Jorge, Jorge, Jorge. El librero acaba estallando y a un grito de "callaos todos", silencia a un cliente y tres colaboradores. Establece el orden y a ver sí, el libro es este, no no lo tenemos, míralo en la lista.

Una locura. La sección de infantil desaparece por las hordas de familias que se acercan. Nunca habíamos vendido tantos libros para niños a una velocidad igual. Cuando a las once y media viene A., que cada año acaba adueñándose de esa sección, solo encuentra espacios vacíos. Por primera vez tengo que decir a algún cliente que los libros de esa edad que pide se han acabado. Todos. Lo mismo ocurre con juvenil, con fantasía, con novela general. Con libro práctico, no. Ni cocina, ni ensayo, ni economía... el año que viene habrá que traer menos libros de esas temáticas.

Y al poco... la señora mayor.
Como en todas las buenas historias, y en la mayoría de las malas, siempre hay una señora mayor.
- Perdona, niño. Oye... perdona.
- Lo siento, estoy atendiendo a esta chica.
- Pero es que yo quiero preguntar algo.
- Estoy atendiendo.
- Pero es que quiero preguntarte algo.
- Señora, va esta chica y después va esta señora. Cuando acabe con ellas, estoy por usted.
- Si quieres puedes atender a la señora, me puedo esperar.
- No, vas tu primero.
La señora espera entre refunfuños.
- Dígame.
- Quiero un libro para mi nieto de policías que vayan en moto. En coche no, en moto.
- No tengo ninguno.
- De policías en moto.
- Sí, no tengo ninguno.
- Pero yo quiero uno.
- Pero no tengo.
- Pues vamos a ver cómo lo arreglas porque mi nieto, que es muy listo, quiere un libro de policías en moto y tengo que llevárselo.
- Tengo alguna novela de detectives para niños.
- ¿Van en moto?
- No, suelen ir a pie y en una de las novelas pillan un taxi.
- Si no salen policías en moto, no. ¿Tendrás para hoy?
Y así un rato largo. El trabajo se acumula y esta señora sinceramente cree que si insiste mucho, hasta que el librero pida que le disparen para ahorrarse tanto sufrimiento, por arte de magia aparecerá un libro de policías en moto para su nieto.

Y yo con poco tiempo solo puedo conseguirle algo así.

¿Dónde tenemos los libros de robótica en ingles? ¿El libro del que hablaban hoy en la tele? ¿El libro más vendido? ¿Algo para un adolescente sin violencia, ni sexo, ni chicas, ni palabrotas? (¿y en serio quiere que a un adolescente esto le interese?). Viene a vernos la misma chica que cada año nos pregunta dónde tenemos libros sobre una cámara fotográfica concreta y el señor que cada año va preguntando por todas las paradas si tenemos libros de cruz de caravaca. Adolescentes que se agrupan donde tengo la gran variedad de libro juvenil que llevo y discuten virtudes y defectos de las novelas, reseñas que han leído, libros que quieren leer y novelas que consideran que debería haber traído. Y tras un grupo viene otro y otro y otro. O adolescentes con sus padres buscando un libro y llevándose cuatro. Y luego dicen los viejos que los jóvenes no leen ni tienen interés. Como se nota que no conocen, o quieren conocer, a ninguno. Pero de esto ya hablaremos.

Como todos los años, el librero se quema los brazos y la cara. El calor aprieta y parece que la gente no tenga casa ni sitio donde ir. La plaza está a reventar. Mini entrevista a media mañana para un diario local y la consabida pregunta de los más vendidos. Muy harto de esa obsesión con una ridícula lista de libros más vendidos que parece ser el objetivo único y último del día de Sant Jordi. En vez de la celebración de la lectura y el libro, es el festejo del más vendido, del más popular. La lista que se publica al día siguiente es deprimente. De los más vendidos, un puñado no hay por donde cogerlos y un par son directamente malos libros. Pero los medios hacen mucho y si desde grandes grupos, radios y televisones se machaca que ese título se va a vender mucho, lectores medio zombis sin mucho criterio se lanzan a comprarlo aunque no sepan ni quien lo escribe ni de qué va (lo siento, cada año que pasa soy más radical con este tema).

Por suerte no solo se buscan los más vendidos y la variedad de libros vendidos y buscados en Sant Jordi es mucho mayor de lo que pueda parecer en la aburrida lista de los más vendidos.

Los pies, doloridos. La espalda, machacada. Algo de mareo por el sol y el subidón de azúcar por casi un litro de zumo de melocotón. Dolor de cabeza de tanto llamar por el nombre e ir de un lado para otro.


Eso sí, en ningún momento se pierde la elegancia tentacular.

Un señor pide sumar él los libros porque no se fía de lo que le digo.
El padre que por sus santos huevos, palabras textuales, le compra a su hijo un libro de Los Cinco "porque este me gustaba a mí de pequeño y te gustará a ti".
La visita de una de las jóvenes lectoras preferidas de librero que acaba llevándose un par de libro "porque confío en ti".
El placer cruel que supone ver la cara de decepción que pone los que buscan los libros más vendidos y decirles que estos se han acabado.
Recomendar a Shirley Jackson, Donald Ray Pollock, Joan-Lluís Lluís, El club de las canguros, los cómics de Raina Telgemeier, los cuentos de Aitor Solar, Sentinels y Dragon Girl de Martín Piñol, siempre Terry Pratchett y otros muchos libros, novelas e historias que se recomiendan con mayor o menor acierto, pero desde la honestidad.
Kamasutras especiales.
Libros para quien no le gusta leer y es un poco tonto.
Un libro que han dicho en la radio y que iba de algo así como de un hombre al que le pasan cosas y es de filosofía, pero sin dibujos.
Lo que quieras, total no lo va a leer.
El paseo de Alcalde y sus dos vueltas a la plaza. Cuando se le planteó la posibilidad de una tercera o una cerveza no lo dudó. La rubia tira mucho.
Visita de Niña Dragón con los abuelos a los que a golpe de encanto les saca un libro.
Visita de Niño Lobo y Niña Zombi que vienen a buscar sus cómics de Ms. Marvel y Detective Conan respectivamente.
Visitas de conocidos y amigos.

El día acaba pasando. 
Tantos nervios, tantos preparativos (desde enero con esta mierda), tanta caja, libros, novedades, nervios, pedidos, etiquetas, decisiones y lecturas para un día. Que sí, que es bonito, especial y todo lo que se quiera, pero, joder, que es un día. Extenuante, cansado y agotador.

A las nueve menos cuarto de la noche, llamada del jefe y a recoger la parada. Quien a las nueve no ha comprado un libro es que no se lo merece. En menos de veinte minutos y a una velocidad casi imposible, recogemos la parada. Se carga la furgoneta y a la librería. Se llevan muchos menos libros de vuelta (lo que es bueno) y cuando dos días después se haga el recuento de parada, se darán cuenta que se ha vendido más de la mitad de los libros.

Salir de la tienda y para casa. Agarrarse a la pequeña como si no hubiera un mañana y soltarla para ir a buscar unos bocadillos para cenar. El cansancio aparece y ni A. ni yo podemos casi movernos. Nos ponemos un capítulo de una serie ligera y a cenar.

Y pensar que al día siguiente empezará el post Sant Jordi. Devoluciones, reposiciones, balances y gente que el día de Sant Jordi le dio pereza salir a la calle y exige el descuento porque sí. Estos argumentos tan desarrollados son encantadores. 

Otro Sant Jordi. Un buen Sant Jordi. No pasará a la historia. Tranquilo y sin muchos incidentes; como me gustan. Ya sé que a quien lee esto prefiere machetes, accidentes, ninjas, concursos de camisetas mojadas, clientes bordes, mordiscos, defecaciones siderales, muertes por asesinatos, caídas tontas, bailes exóticos en barras calientes, motoristas salvajes que buscan el amor verdadero y batallas épicas entre aqueos y trogloditas, pero este año no tiene nada esto. Ha sido casi agradable y tranquilo. 
Lo siento.
A lo mejor el siguiente es peor. Y más divertido.


 Un par de imágenes del ambiente de la plaza sacadas de InfoAnoia.

jueves, 20 de abril de 2017

A tres días...

A tres días de Sant Jordi.

Aquí Sant Jordi to valiente aplastando a una lagartija con una enfermedad cutánea.

Tres días para mi ¿doceavo?, ¿treceavo?, ¿quincoajesivotresmilyunnabo Sant Jordi? No sé, son muchos ya. Y tengo una ilusión... Otro año de madrugar, cajas, libros, caballetes, maderas, montar a toda prisa y demás historias apasionantes que tanta gracias os hace. Y esta año al caer en domingo será raro. ¿Vendrá más o menos gente? Mi apuesta es que se concentrará más al mediodía y a partir de las seis de la tarde... hasta que empiece el fútbol más o menos. Porque me han dicho que hay fútbol y que juega alguien contra alguien haciendo algo, pero desconecté de quien me lo explicaba. Con el fútbol me pasa lo mismo que cuando me explican algo de reparaciones (ver entrada anterior) o cuando me dan una dirección.

Aun tengo libro que etiquetar y meter en cajas. Tengo que preparar todo el material que llevaré a la parada. Infiltrar títulos minoritarios que recomendaré con un punto de violencia aunque haya una voz interior que me dice que para qué si la gente solo pedirá lo de siempre aunque haya cambiado de portada y la última mierda que diga la tele que se vende. Ultimar detalles y toda ese trajín que tanta pereza me da.

Pero todo eso será el domingo y hoy es hoy.

Y hace un año no escribí ninguna crónica de Sant Jordi por lo que lo haré ahora muy brevemente intentando capturar el momento. Traer al presente un instante del pasado e intentar pintarlo con todos sus colores y afeites a la semejanza del gran poeta aleman Gustav von Samenbach cuando escribió Allí donde el dolor escuece donde recreaba la tortícolis que le produjo contemplar durante seis horas los monumentales pechos de piedra de una caraitide llamada Helga que conoció en un viaje por Tebas, Ciudad Real.

Básicamente el Sant Jordi pasado fue como los otros Sant Jordi con el único detalle distintivo de que llovió.
Mucho.


- Oooh, qué poético,
Los cojones.
- ¿Qué?
Los cojones del santo padre.
- Pero el día gris, las parejas enamoradas paseando bajo la lluvia con la rosa en la mano, los suspiros aleteando por toda la plaza, la magia de un día llena de agua refrescante, libros, rosas...
Lo vuelvo a decir. Los cojones.
Los pies mojados, los libros mojados, las cajas mojadas, los libreros mojados, los plásticos mojados y retirados por clientes mojados con paraguas mojados que quieren ver los libros y, sí, los mojan. Niños mojados con manos mojadas que quieren coger libros que no estaban mojados y enseñarlos a sus mojados progenitores que les dirán que no y devolverán el ahora sí mojado libro a la pila de libros mojándolos todos.
Maravilloso, vamos.
Un día lleno de magia, sí.

Y no recuerdo nada más. Ni gente, ni anécdotas. Solo lluvia y ganas de cerrar el chiringuito e irme a casa con A. a cenar el ya tradicional kebab de la noche de Sant Jordi.

El domingo, Sant Jordi. Como todos los años estaré en la Plaça de Cal Font de Igualada. Llevaré mi habitual atractivo robusto y una camiseta de Chtullhu. Si me queréis, traedme una zumito o algo de comer. Nada de café ni alcohol, que ya no uso de eso. Si no me queréis, no vengáis a verme. ¿Para qué vamos a pasar un mal rato los dos?

Prometo pasar la tradicional reseña del día de Sant Jordi y prometo que ese día lo pasaré bien y mi atractivilidad se multiplicará por un millón. Pero los días de antes y después, me quejo.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Que 10 años no es nada...

Ayer o mañana se cumplieron o se cumplirán diez de trabajo como librero.


Para estar seguro tendría que levantarme de la silla, apartarla, acariciar a Sigilo, caminar, acariciar a Zarpa, abrir la puerta del que muy pronto dejará de ser mi despacho, buscar una carpeta, abrirla, cerrarla porque no he encontrado lo que busco, mover papeles, entretenerme con una vieja libreta llena de cuentos, cerrarla, seguir buscando, estornudar por el polvo, y esto qué hace aquí, seguir buscando, encontrarme con viejas fotos, algún cadáver, restos de comida, algo de nostalgia que expulso del pueblo con brea y plumas... todo para ver si por casualidad encuentro la hoja de vida laboral que mandan cada año y ver la fecha en la que empecé a trabajar. Pero como todo esto me da una pereza horrible, pues nada, a la hipótesis que para eso está y si tantos científicos la han utilizado será por algo.

10 añitos ya. Y para que fue... sí, hace 10 años... que acompañé a mi buen, pero insoportable amigo Jordi a comprarse un libro de música y me dio por preguntar entre la marabunta al que sería mi jefe si necesitaban a alguien. Y me dijo, deja tu currículim y lo dejé y me llamó y empecé a trabajar. Ya sé que como historia le faltan ninjas, destete, monstruos, caníbales y números musicales con pasteleros troskistas, pero en ocasiones la realidad no viene con acompañamiento de setenta músicos.


2005. Reinaba sin discusión en las ventas Dan Brown y Ruiz Zafón. El libro de buenos sentimientos con niño que se puso de moda fue El curioso incidente del perro a medianoche (trono que después han ocupado El niño con el pijama de rayas y Wonder). Libros del asteroide empezó su andadura y recuerdo que uno de los primeros libros que tuve que colocar fue Las dos inglesas y el amor. El libro electrónico era un rumor. Muchos se quejaban de lo caro que eran los libros y de que los jóvenes no leen y están todo el día con las pantallitas. Hay cosas que no cambian. No conocía a A. Estaba a un año de ir por primera vez de viaje a La Habana y encontrarme con uno de esos sitios donde iría a morir y dónde me tendrías que buscar (otro es Las Vegas y hay un par más que me guardo en secreto). Aun trabajaba como gerente y chico para todo en un teatro y hacía teatro amateur como actor y esperando una oportunidad como director. Iba cada semana al cine (Igualada tenía dos cines) y leía mucho.


Y la gente.
Aunque mi experiencia como recepcionista y chico de la limpieza en unas piscinas municipales me había hecho pillar mucha tirria a los nadadores, y trabajando en un teatro había provocado que me mirara con reticencia a los músicos y actores (es que son muy raros, en serio), diez años como librero en una librería general donde se vende desde el último best seller, filosofía, autoayuda atlántica y cuántica, libros infantiles, derecho, filosofía, cartas de ángeles custodios, cocina, novelas así sería de pensar y leer mucho, fantasía, tiros y tetas, etc., han provocado que odie al mundo. Así en general. De entrada, odio. Luego, a lo mejor, me relajo y no me molesta (mucho) que respires. Sobre todo en esa temporada de texto que extiende sus tentáculos desde finales de junio hasta finales de octubre.


Recuerdo a la señora que buscaba un libro de hace dos años sobre un chico que quiere a una chica y que la portada era azul (sí, me ha pasado lo de la portada azul).
El señor que preguntó si vendíamos cuerda.
El señor que preguntó si vendíamos collares de perro.
La señora que quería todos los libros del mismo tamaño y altura, pero de diferentes colecciones porque quería decorar la habitación de su hijo.
El señor que intentó agredirme porque eso de la ley antitabaco le estaba quemando mucho.
La señora que después de insultarme se quejó de que tenía poca empatía y parecía que su encargo me importaba poco.
El chico que quería cambiar un libro de texto medio forrado, roto y con el nombre puesto alegando que ya no hacía el curso y que el libro no estaba tan mal.
El señor que creía que Shakespeare era un tipo de medicina alternativa.
La señora que me preguntó si El diaro de Ana Frank tenía final feliz.
El chico que buscaba Las raciones extraordinarias de Poe en cocina.
Y muchas, muchas, muchas más.


Diez años como librero y espero que sean muchos más, la verdad. A pesar de ser un trabajo tan cansado (y sí, ya sé que hay trabajos más duros, exigentes y desagradables, ya lo sé. Imagino que ser clasificador de heces para los servicios secretos de un país dictatorial no tiene que ser muy motivador, pero cada uno se queja de lo que conoce, leche), es un buen trabajo. Incluso pese a la gente. Tienes la esperanza de que entre tanto libro que recomiendas, encuentres un lector de verdad que busque algo más allá del libro de moda, de la novela de intriga cutre de la temporada, de la redacción escolar con ínfulas de Paul Auster que los críticos han aupado y convertido en fenómeno de un par de meses. Un buen libro, un buen lector. Y de vez en cuando, pasa. Un libro que recomiendas a alguien y cambia la vida de ese lector ya sea para envenenarlo, ya sea para reconciliarlo.






En estos años he hecho amistad con un puñado de clientes. He odiado y he sido odiado por otro puñado. Se dice que soy un buen librero, un gilipollas, que sé de lo que hablo, un borde, simpático, serio, agradable... Creo que con los años he perdido algo de frescura e ilusión, pero he ganado experiencia, claro. Espero estar otros diez, veinte, treinta años como librero vendiendo lo que no me gusta y recomendando como un desesperado aquello que creo debe conocerse y leerse con la esperanza de que una o dos personas se arriesguen y me hagan caso. Permitir descubrir y dejar que me descubran lecturas.


Ordenar, devolver, colocar, abrir cajas, cerrar cajas, volver a ordenar. Hacer los servicios de novedades, las reposiciones, los encargos, reclamar encargos que no llegan, volver a reclamarlos, controlar los libros que llegan, reclamar algún error, colocar los libros. Quejarse. Leer un par de capítulos sueltos. Comenar las novedades. Buscar un libro. Atender. Recomendar libros de secciones de las que no se tiene ni idea (¿un buen libro sobre bolsa? ¿algo de derecho? ¿la mejor guía para contactar con los ángeles?) diciendo que no se tiene ni idea. Hacer presupuestos. Atender cien mails diarios. Llamadas telefónicas. Mucho encargos (una media de cincuenta al día). Ordenar albaranes. Ordenar facturas. Hacer previsión de pagos. Actualizar precios. Recibir paquetes. Hacer devoluciones (mirar, decidir, albaranar, encajar y devolver). Atender. Buscar libros y no encontrarlos. Ordenar. Equivocarse (decir que un libro no está y está, no recordar un título, decir que un libro está agotado y no estarlo, no conocer a un autor que se tiene delante, a veces pasarse de listo). Barrer. Quitar el polvo. Decidir si hoy suena música o no. Mucho trabajo. Un buen trabajo, aunque no da tiempo de vestirse de tweed, tomarse un té y leer a Jane Austen con un gato en el regazo.

Mi librera favorita.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Fin de la temporada de texto, pero no

Advertencia: esta es la típica entrada quejica de todos los años por los libros de texto.

Hoy empiezan las clases.
Alumnos de colegios e institutos vuelven a sus aulas a recibir enseñanzas y conocimientos para convertirse en lo mejor y más granado de un futuro lleno de esperanza e ilusión donde reinara la justicia, la paz, la armonía y el wifi libre y gratuito que no emite ondas radiactivas mutágenas.



Como decía siempre Newton para justificar cualquier cosa, en condiciones ideales la temporada de texto en las librerías se habría acabado. Todos los alumnos tendrían sus libros, las editoriales hubiera cumplido con los plazos y habrían hecho todos los libros nuevos, servidos las ediciones anteriores a buen ritmo y sin atropellos, los colegios e institutos habrían pasado las listas con los ISBN correctos, no habría equivocaciones o cambios de última hora, ningún instituto (y no miro a nadie...) habría puesto en las listas ediciones descatalogadas que sí o sí tienen que llevar los alumnos y la excusa de que ya no se editan no valen, los libreros habrían cumplido con las previsiones de compra y entrega, no se habrían equivocado de curso, olvidado apuntar el encargo, mantendrán el buen humor y conseguirán que no se formen largas e inacabables colas. Todo funciona como una maquinaria bien engrasada; un reloj de funcionamiento preciso, atómico, que nos conduce hacia un mañana soleado donde todos somos amigos.

Mentira.

La temporada de texto puede oficialmente haber acabado, pero los libros siguen allí. En la librería, o en las editoriales haciéndose, o perdidos en algún almacén remoto de charcutería. Muchas personas creen que la temporada de texto dura quince días. Del uno al catorce vamos apurados, pero luego, descansamos. Mentira. La temporada de texto empieza a finales de junio y se alarga hasta finales de octubre cuando el último rezagado se lleva el último cuadernito de inglés y nos podemos desabrochar los pantalones y decir a la mierda.

Sí, el colegio puede haber empezado, pero aun hay trabajo. Libros que no se han recogido, encargos que no han llegado, cambios de escuela de última hora, errores por parte de instituto / alumno / librero y ya veremos cómo lo arreglamos, editoriales que sirven primero a todo el mundo dejando para lo último a las librerías (y te lo dicen así, y pidiendo comprensión, de que es normal servir primero a un centro comercial donde los libros están al lado de los televisores y los helados que a una librería y más si ésta está en provincia y no en capital), broncas absurdas por entregar un libro que se ha pedido (esto pasó el sábado) y oír una, y otra, y otra, y otra, y otra vez que los libros son caros. O que para qué comprar 16 cuadernos si a final de curso solo se han hecho 6. O por qué un libro si solo hacen esa asignatura media hora a la semana. O... y lo cuentan al librería que lo entiende y comprende, pero han sido más de cuatro mil lotes de texto y oyendo a familias de todos los colegios diciendo lo mismo y buscando unas explicaciones que no podemos dar.

Ahora vienen los cambios, subsanar errores, rezagados, lecturas obligatorias, academias de inglés, clases de repaso... queda mucho trabajo por hacer y mucho por sufrir y quejarse. Una temporada de trabajo necesaria para la subsistencia de muchas librerías, pero que no gusta a casi nadie. ¡Ay, texto! ¿qué poder tienes para conseguir que añore los meses de preparación de Sant Jordi!

miércoles, 15 de julio de 2015

Enterrado en vida, pero no de la forma positiva

Estoy desaparecido, lo sé.
No es por falta de ganas de entrar aquí, es por falta de fuerzas.
Y no, no es el calor. Me encanta el calor. Sobre todo si es húmedo y pegajoso. El sudor, las pocas fuerzas, la inclemencia de cruzar una calle a las tres de la tarde, la almohada empapada...
Lo que ocurre es que llevo todo el mes enterrado en vida y no de la forma chula, ya sabéis, por haber ido a un pequeño pueblo pesquero y encontrarse con que sus habitantes forman parte de una singular secta pagana que se dedica a enterrar vivos a los turista y alimentarnos con costras de pan endurecido a la espera de la resurrección de su dios y señor Alablabapo, señor de la oscuridad y de los cajones que no cierran bien. Ya me gustaría ya que fuera eso.
El motivo es diferente bastante más prosaico.
Vivo enterrado en libros de texto.


Atrapado desde finales de junio hasta finales de octubre en la época más desagradecida y áspera del año. Sí, necesaria, pero eso no quita que sea un incordio y una tortura.

Así que espero que después de mover cantidades ingentes de libros de texto, abrir cajas, controlar albaranes, mover los lotes, controlar cincuenta paquetes que acaban de dejar, volver a mover los lotes, ordenar los libros y etcéteras, no me ponga a escribir. No es excusa, pero no se me ocurre otra.

A no ser que salgan ninjas, que esas gustan.

domingo, 22 de marzo de 2015

Falta un mes...

... para esto.

Foto del Sant Jordi del 2014.
O media mañana o media tarde, no me acuerdo. 
Que un experto en posición del sol nos ilumine.

y, a parte darme una pereza épica, no me siento preparado.
Ya hemos empezado a empaquetar los libros que llevaremos a la parada, recibir centenares de cajas y quejarnos mucho, mucho, pero mucho, mucho, mucho.
Si no existiera esta fiesta la tendríamos que inventar, sí, pero la queja forma parte del oficio de librero. Si no me creéis, id a vuestra librería habitual y preguntad cualquier cosa y veréis.

jueves, 19 de marzo de 2015

Combate casi épico

Ayer en la tienda asistí a un épico combate...


Bueno, matizo, a los prolegómenos de lo que podría haber sido un épico combate entre:

En la acera, un señor de unos sesenta años con una pésima dentadura con los ojos desorbitados, mascullando, maldiciendo y con los puños alzados (pruebas evidentes que de que había entrado en furia y no contralada)

Enfrente, un muchacho de poco más de treinta años, transportista en una agencia de libros, metro noventa y que lleva más de doce años cargando paquetes y cajas de un lado para otro.

¿El motivo? Un quítame de ahí ese camión que tengo que pasar y no quiero subirme a la acera ni esperarme.

¿Y yo? En medio.

Estamos ya de lleno en la vorágine de Sant Jordi. Pedidos, libros, muchos libros, demasiados libros que llegan en cajas. Y esas cajas, a pesar de lo que cuentan tradiciones y leyendas, no aparecen por arte de magia ni las traen los elfos de Sant Jordi. Esforzados transportistas se levantan a las cuatro de la mañana y empiezan a repartir cajas repletas de libros por toda Cataluña. Aquí treinta cajas, allí, quince. Allí, veinte. Y solo de un proveedor. Porque otro transportista traerá veinte cajas más de otro proveedor y...

Ayer tocó Anaya. Veintiséis cajas llenas de libros. Tanto el jefe como yo nos abalanzamos con la plataforma para ayudar al transportista. Descargar uno solo esas cajas es una putada. Entre tres, la putada se reparte y es más rápido. Total, que en el mismo momento en el que el camión aparca y sale el camionero, empiezan los pitidos del coche que tiene detrás.

Hay que reconocer que la calle donde está la librería no es agradecida. Es estrecha y de mucho paso. No hay sitio para aparcar y los camiones grandes lo tienen difícil, pero entre todos y con un poco de paciencia, vamos haciendo. El transportista, entres hostias y joderes mascullados que rebelan que lleva unas cuantas horas con esta mierda, hace señas al coche para que pase por el lado subiéndose un poco en la acera. El señor que está dentro del coche hace ese gesto tan internacional de en un movimiento rápido, con un mano doblar el codo del otro brazo mientras este cierra la mano en un puño, se agita levemente mientras en una conjunción de ojos y mandíbula se insinúa algo así como te lo voy a meter por el culo como me vuelvas a decir lo que tengo que hacer.

El transportista suelta otro gesto obsceno que no logré ver cuál era y suelta eso tan conocido de

- ¡Pero será gilipollas el tío!

a voz en grito provocando que el susodicho tío, gilipollas según el transportista, entre en furia y aunque pierda algún punto en defensa, lo suma a la fuerza de sus sesenta y pico años llevados de aquella manera. Sale del coche y se acerca a donde nosotros estamos descargando cajas. Con paso decidido agarra por la camiseta al transportista con un mano y alza un puño con la sana intención de estampárselo en toa la jeta porque a mí no me llama gilipollas ni mi puta madre. El transportista se zafa de la presa del conductor enfurecido, se coloca la camiseta y lanza al aire un "como me vuelvas a tocar te comes a hostias, tío mamarracho" en un ataque de rabia tan grave y fulminante que olvida las normas básicas de gramática. A esto que yo me encuentro entre los dos sin caja ninguna y sin pensar me encaro al señor enfurecido y sin tocar le pido que se calme, que no pasa nada, que ya acabamos, que no es necesario insultar ni agredir, que estamos trabajando y ahora acabamos, que nadie tiene que insultar a nadie y etcéteras. El señor enfurecido alza un puño y veo en su mirada perdida y asesina que quiere pegarme a mí,

... no soy bueno en peleas. No me gusta pelearme. Las únicas peleas que concibo son las que pasan en Las Vegas y siempre que haya barro por medio. De pequeño me pegaban mucho y aprendí a pelear de esa forma guarra que combina mordiscos, tirones de pelos, manotazos e intentos de asfixia. Eso era en el colegio. Desde entonces no me he visto metido en peleas ni quiero verme en ellas. No sé como reaccionaría si me viera en una. Y no quiero saberlo...

pero un amigo que iba con él en el coche lo detiene y se lo lleva diciéndole que no vale la pena. El transportista está más calmado y bajo la vigilancia de mi jefe y le dice al señor que ahora está un poco menos enfurecido que le ayudará a pasar al lado del camión. Todo parece que se acabará hasta que desde la librería sale el grito de un cliente que ha asistido a todo eso

- ¡¡¡¿Es qué nunca has trabajado, gilipollas?!!! Deja de pegar que todavía te va a dar un algo.

La gente no ayuda.

Porque tras eso, los ánimos se volvieron a caldear y de nuevo estuvieron a punto de llegar a las manos porque uno se sintió herido en su honor y el otro andaba muy quemado. Sea como sea, la pelea no llegó a ocurrir, el coche pasó tras seguir las indicaciones del transportista, mi jefe y yo descargamos todas las cajas, firmamos el albarán y la mañana siguió su curso.

Diez minutos de gritos, agarrones, insultos y una larga cola de coches pitando como locos en una descarga que hubiera llevado tres.

Queda inaugurada la temporada de Sant Jordi.

sábado, 8 de noviembre de 2014

No hay velas

- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis velas?
- ¿Perdón?
- Velas.
- No, no tenemos.
- Para acompañar a los libros de regalo.
- No.
- Es que me han dicho que aquí encontraría velas.
- Pues no tenemos.
- Es que he comprado un libro y quería velas para acompañarlo, ¿sabes? Y he pensado que nada mejor que una librería para eso no.
- Pues, lo siento, no tenemos velas.
- Pero es que yo las necesito...
Y así un rato largo.
Me pregunto si realmente esta señora cree que si insiste mucho acabará consiguiendo que el librero ceda y saque una vela (o una segunda parte, o un libro de texto, o vete a saber qué) de su almacén secreto para clientes especiales y se la de haciéndole prometer que no se lo dirá a nadie. Además, ¿por qué creía que en una librería venderíamos velas? Como aquel señor que buscaba collares de perro, los adolescentes a la caza de cola industrial para esnifar o la famosa cuerda.

Entiendo su angustia, de verdad. Ella tenía un plan, una idea de regalo perfecto. Ha ido a una gran superficie y ha comprado un libro para regalar una amiga. Pero un libro es poca cosa y después de meditarlo ha decidido que una vela es el complemento perfecto. Pero, ¿dónde conseguir una vela que vaya acorde con un libro? Pues en una librería de toda la vida, claro. Y ahora se le han fastidiado los planes. No es justo.

Me recuerda a aquel señor que se enfadó tanto cuando le dijimos que no teníamos sección de adaptaciones literarias. Él creía que como librería deberíamos tener una sección con las películas y series basadas en libros. Si no recuerdo mal buscaba Orgullo y prejuicio. Quería saber de qué trataba, pero no se iba a leer 400 páginas para saberlo, ja ja, cuando en dos horas lo tenía resuelto. Al decirle que no teníamos sección de adaptaciones se indignó. Vaya vergüenza, es que no queréis vender, etcétera. Hay gente que le gusta enfadarse por tonterías. Este por lo de las películas, aquel por no tener la biografía de Aznar firmada por el expresidente, aquella por no tener La cupula de Stephen King escrita por Pérez Reverte. O la chica de la semana pasada que no entendía por qué no le cambiábamos un libro si solo lo había roto "un poco, como media portada" y con un poco de celo se arreglaba.

Por suerte están los gracias, las recomendaciones, las conversaciones sobre cine Z... si no acabarían rodando una serie de películas de terror basadas en el librero del infierno.

- ... poderlo regalar sin velas.
- Lo siento.
- Pues vaya. ¿Así que de verdad no hay velas?
- No.
- Vaya librería más rara.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Cosas del texto

- Quiero los libros del colegio de mi hijo.
- ¿Qué colegio?
- El Tal y Tal.
- ¿Qué curso hace?
- No sé, tiene diez años.
- ...
- Es que no sé. Espera un momento que se lo pregunto a mi mujer. Ahora la llamo (...). No contesta.
- ¿Qué hacemos?
- Pues me das de dos cursos y luego te devuelvo los que no sean.
- ¿Por qué no averigua qué curso hace el niño y compra esos?
- Es que ya ha empezado el colegio y va sin libros. Me podrías ayudar.
- Pero es que no los tengo.
- Pues los pides.
- Solo pediré los del curso que haga.
- Joder, ya volveré entonces. ¿Y yo qué sabía que me iban a preguntar el curso?

Y así cada día.
Es lo que tiene la temporada de texto.
Es una época cruel y desagradable para todos. Familias que tienen que pagar un dineral en libros que no utilizarán, libreros que se llevan broncas por cosas de las que no tiene la culpa (precio, editoriales que se cuelgan con las entregas, los veintisiete libros que pone un colegio en primero de primaria), para algunos alumnos de cuarto de eso y bachillerato que se ven obligados a recordar qué asignaturas de modalidad hacen...

- ¿Y qué optativas haces?
- No sé.
- ¿No sabes qué optativas haces?
- No.
- ¿Qué bachillerato?
- ¿Qué?
- ¿Que qué bachillerato haces?
- Primero.
- Ya sé que primero, digo si social, humanístico, científico...
- No sé.
- ¿No lo sabes?
- No.
- A ver. ¿Haces biología?
- No sé.
- ¿Y latín?
- Creo que no.
- ¿Puedes quitarte los cascos y apagar la música?
- ¿Qué?
- Voy a arrancarte la garganta y a graparte los dedos en el escroto.
- ¿Qué?

Nervios, encargos, precios abusivos, anulaciones, problemas en la devolución, más nervios por si el libro no llega, cambios de última hora, errores en las listas de los que nadie se responsabiliza, libreros que apuntan primero cuando es segundo, libros que se olvidan, defectuosos, libros, libros, libros...

- Para encargar los libros me tiene que dejar una paga y señal. El 50% del importe total de los libros.
- No.
- ¿No?
- No. Te diré lo que vamos a hacer.
- Diga.
- Tú me traes los libros sin preguntas y luego te pago.
- No trabajamos así. Si quieres los libros tiene que dejar la paga y señal.
- En mi vida he dejado nada a cuenta. Ni he dejado ni he pedido.
- Bueno, siempre hay una primera vez.
- Que me la pidas insinúa que no vendré a buscar los libros y que no te fías de mí. Y eso es una afrenta a mi honor.
- No estoy afrentando a nada, pero son las normas de la librería.
- Pues no cuentes conmigo.

Paseos continuos entre el almacén y el mostrador. Explicar una y otra vez que significa descatalogado o en reedición. Y sortear con una sonrisa a los que te llaman ladrón, abusador, mentiroso, a los que amenazan o aquel señor que encargo los libros en tres librerías y "el primero que me los consiga se llevará el premio gordo" y se ofendió cuando se le dijo que no se le encargaba.

- El libro está descatalogado.
- ¿Qué?
- La editorial ha descatalogado el libro.
- ¿Y eso que quiere decir?
- Que ya no lo hace.
- Estas de broma, ¿verdad? Estos es una broma y te estás quedando conmigo.
- No.
- Qué fuerte. Qué fuerte me parece, joder. Es muy fuerte lo que me dices. ¿Cómo que no está el libro?
- Es lo que la editorial nos ha dicho al pedir el libro.
- Qué fuerte. Pues haced más libros, joder.
- No los hacemos nosotros.
- Ya, seguro. Lo que pasa es que no quieres hacer más. Ese es el problema.

Por suerte son minoría. La mayor parte de los días los encargos se suceden con normalidad, no hay incidencias, se comenta entre risas y resignación, se comparten los problemas y se buscan soluciones en calma. La temporada de texto es árida, aburrida y agobiante. Y larga. Desde primeros de junio hasta mediados de octubre. Una larga travesía no por temida, necesaria.

Espero volver más por estos lares ahora que las cajas repletas de libros de texto empiezan a remitir.

jueves, 24 de julio de 2014

¿Tenéis el libro...?

- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis el libro que le vi una vez a una chica?
No dice nada más. Se queda plantada delante del librero con su sonrisa, pelo recogido, mirada franca, gafas de diseño, escote veraniego, bolso infinito.
- No sé, ¿sabes algo más del libro?
- Sí - sonríe consciente de la vaguedad de sus palabras-. Follaban.
- ¿Algo más?
- Pues me parece que al principio a ella no le gusta, pero luego sí y él es guapo.

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- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis algún libro con alguna historia?
- ¿Un libro de historia?
- No, un libro con alguna historia. De amor o de asesinos.
- Alguno tenemos.
- Pero que sea una historia que sirva para esperar. Si no es para esperar, pues no sirve.

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- Hola.
- Hola.
- ¿Tenéis uno de esos libros que enseñan a follar bien?

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- ¿Tenéis el workbook de inglés?
- ¿De qué editorial? ¿Y curso?
- De inglés y el curso no sé. Es que todo eso del colegio lo lleva más mi mujer y con cuatro hijos no querrás que me sepa dónde va cada uno, ¿no?

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- ¿Tenéis el libro que encargué?
- ¿A qué nombre se hizo el encargo?
- Al mío. ¿Ha llegado o no?

martes, 8 de julio de 2014

Cosas del fin de semana

A. y yo hemos empezado a ver la serie Justified, un policíaco construido en la gama de grises que apunta maneras y que en mí se ha ganado un seguidor por varios motivos:
- lo tranquila que es en la exposición de temas, relaciones y personajes.
- un humor algo negro y cabrón.
- el entorno. Ese ambiente del medio oeste de caravanas, pequeños traficantes, basura blanca y personajes que solo quieren irse a otra parte y olvidar que una vez estuvieron en Kentucky.
- el aire de neo western de la propuesta.
- lo entretenida que es.
- está basada en un relato corto de Elmore Leonard y eso se nota en los personajes y diálogos. El ensayo del tiroteo o la conversación de dos matones sobre por qué a uno de ellos no le gusta trabajar para un tipo de Miami son estupendo.
- los personajes femeninos, duros.


Una de las frases que ha acompañado mi vida es aquella que dice Marlene Dietrich en Testigo de cargo, "Nunca me desmayo porque no estoy segura de caer con elegancia". Ya no puedo decir que la cumpla a rajatabla. El sábado me desmayé en la tienda. No fue por una fuerte impresión, como defensa ante el ataque de un ninja de dos cabezas o producto del calor que hacía en la pista de baile y donde nadie tuvo la gentileza de romper las ventanas para que corriera un poco de fresco. Estaba yo en la tienda recomendando a una señora un libro de Percy Jackson para su zagal, cuando, de repente, un mareo, un qué se yo que la cabeza se me iba y apoyo la mano en la estantería. No me sostengo y empiezo a caer  ante el estupor y las llamadas de advertencia de las personas que estaban en la tienda. Porque, claro, puestos a desmayarse mejor hacerlo con la tienda llena. Un día mi sentido del espectáculo me va a perder.

Tumbado en el suelo, con las piernas en alto, alguien masajeando las sienes, rodeado de mujeres (por cierto, gracias a todas ellas, si hubiera tenido que depender de la capacidad de reacción del elemento masculino que había en la librería seguramente ahora mismo estaría devorado por las ratas). Y a la chica que atendía que salió disparada para traerme un refresco de azúcar y un poco de chocolate. ¿Y el motivo del desmayo? Dicen que la presión, la tensión, el azúcar, los triglicenidos, la vitamina A que se disparó, un intento de asesinato, una regeneración fallida, una posesión diabólica, un viaje astral, etc. No estamos muy seguros, pero seguramente el motivo acabará siendo el más divertido y donde pueda haber más monstruos.


Ya estamos en plena temporada de texto; el momento del año más desabrido y aburrido. Libros, cuadernos, deberes de verano, lecturas obligatorias (¡tienes que leer diez páginas al día o durante media hora seguidas, lo que pase antes!), encargos, anulaciones, discusiones, presupuestos... Lo de todos los años, pero con el cansancio de llevar ocho haciéndolo.

He estado soñando, entre otras cosas, que vivía en un edificio colmena donde traficaban con órganos, con una carta que ponía siempre dentro de un buzón, pero que volvía a mi bolsillo, con dedos finos como agujas que tocaban a Bruckner en las ramas de los árboles, con partos por delegación, cuadros que cobran vida, etcétera. El subconsciente ha estado más activo de lo acostumbrado siempre a un paso de la pesadilla, pero salvándose por la ironía de la propuesta. Siguen los movimientos de cámara, los subtítulos, la fotografía cuidada.

Y entre esto y que el domingo le vi por accidente las tetas a una vecina, que he ido pasando el fin de semana.

jueves, 29 de mayo de 2014

Cositas que uno oye en la librería

Colocando unos albaranes en la carpeta. Una mañana tranquila y muy lluviosa que puede resumir a la perfección lo deprimente que es el mes de mayo una vez se acaban las devoluciones de Sant Jordi. Poca gente, muchas novedades que languidecen en estanterías y mesas, las miras puestas en esa época tan terrible que es el libro de texto, días donde sale lo peor del librero y los clientes. El librero entretiene la mañana imaginando que la librería es un enorme vestuario lleno de coristas nerviosas por salir a actuar haciendo los últimos ajustes a un minúsculo vestido de baile. Justo cuando las coristas le piden ayuda, se abre la puerta. El librero gira la cabeza y observa a quien entra. Un chico joven y sonriente que deja en la calle a una chica joven algo más seria.
Los saludos de rigor y el chico pregunta por una novela que le han recomendado. El librero dice que sí, claro que la tiene y va a buscarla. El chico habla y habla sobre los motivos de querer leer esa novela y que para él, si el libro tiene muchas páginas se agobia. Pero por suerte esta novela tiene pocas páginas y gran parte es una introducción. El chico paga, da las gracias y se despide del librero. Sale a la calle. Llueve y él y la chica se quedan resguardados esperando que escampe o se decidan a correr no muy tristes entre la lluvia. Eso, y que hablan muy fuerte, permite al librero escuchar lo que dicen.
- ¿Qué te has comprado? - pregunta ella.
- Un libro.
- ¿Un libro?
- Sí, un libro.
- ¿Tú? ¿Un libro? ¿En serio?
- En serio, un libro. ¿Qué pasa?
- Nada, que me sorprende que te gastes dinero en esas cosas.
- Me apetecía leer algo.
- Sí, ¿pero un libro?
- ¿Qué pasa?
- Nada, nada. Solo que ahora va a resultar que estoy liada con un intelectual y no sé si eso me gusta...

En otra ocasión un grupo de chicas paseaban por la librería. Tocaban, comentaban, leían y reían. Mucho. Cada vez que pasaban por delante de los libros dedicados a un popular grupo músico vocal de cinco muchachos con peinados así como de jóvenes y que cantan cosas con letras, música y mucho sentimiento y ritmo y ah ah ah, para luego ponerse flojitos y arrulladores como ih, ih, ih y con los que el librero solo encendería una hoguera, con los que cantan, no con los libros, claro. Pues las chicas, quería decir, chillan y saltan delante de los libros y dicen qué guapo, qué guapo, le haría un hijo. Dos de ellas son algo más calmadas y hablan con muchas esdrújulas mientras las otras saltan.
- Me encantan los libros.
- Sí.
- Y que quieres que te diga. Prefiero los libros de papel a los pdfs.
- ¡¿Qué dices?!
- En serio, tía.
- Lo que yo decía, tía, a veces tienes un ramalazo hipster que dan ganas de chillar.

Y hace poco un señor se mostró indignado. Este pensó si la indignación se debía que alguien había encontrado su excusado particular, pero se sintió aliviado al comprobar que no. El señor en cuestión se indignaba contra el aire sin dirigirse a nadie en particular. Clamaba, bufaba y mascullaba entre dientes con aire impotente ante la sección de historia. Sus "como puede ser", "es indignante", "es que vamos" iban desparramándose por la librería. Tras algunos minutos de arengar al vacío, dirige por fin su indignación al librero. ¿El motivo? Su estupor al comprobar que la saga Caballo de Troya no estaba en historia si no en ficción y que si así es como en esta librería entendíamos de libros y de historia, apaga y vámonos. Y ahora, se preguntó el librero, cómo le explicó a este señor lo de los viajes en el tiempo.

Dos amigos hablando y uno le dice al otro.
- En mi tiempo libre estudio exorcismos.
Y esa sensación de que no es una broma o el final de un chiste.

Aquel señor que quería impresionar a su amiga con sus sabiduría libresca. Empieza a hablar de literatura de consumo y acaba con la sentencia.
- Leer cómics, ciencia ficción o fantasía es como leer, no sé, 50 sombra de Grey. Algo sencillo, rápido, de literatura baja, sin calidad, pero entretenido. Para leer sabiendo que no hay que ser muy listo para escribir eso.
El silencio que siguió a las declaraciones hizo evidente que cualquier esperanza de algo más murió en ese mismo instante.

- Porque si te compró el cuadernito de sumas me regalarás un bolígrafo, ¿no? ¿No? Pues el cuaderno te lo metes por donde te quepa.

viernes, 25 de abril de 2014

Pequeña crónica de otro Sant Jordi. Y van...

El despertador suena a las seis y media.
El librero abre los ojos y pienso.
Poco y lentito, que es muy temprano.
Piensa que no puede ser. No puede ser que haya llegado otro 23 de abril cuando hace nada que cerró la última caja de devolución diciendo, ya está. Pero sí, un año con su travesía del desierto que es el mes de mayo, sus vacaciones y temporada de texto, las navidades, el inicio de un nuevo año cargado de miedos e incertidumbres, los primeros atisbos de los que será un nuevo Sant Jordi y, de repente, cajas, más cajas, muchas cajas y el 23 de abril que ya clarea por el horizonte. El librero despierta a A., echa a los gatos de encima suyo y se levanta. Se despereza, una duchita rápida, vestirse cómodo y preparado para pasar un día entre sol, libros, gente y ganas de que se acabe este día tan largo.

El librero con uniforme de faena preparado para otro Sant Jordi.

Puntuales, A y él llegan a las siete y media a la Plaça de Cal Font donde cada año se montan las paradas de libros y rosas. El jefe y uno de los refuerzos para el día ya están allí. Buenos días, buenos días, ¿preparados?, no y venga, abrir la furgoneta y empezar a sacar caballetes, tablones, sillas, los plásticos por si acaso llueve, el material, los manteles. Y las cajas, claro. Las cajas. Llenas de libros. Unos tres mil cuatrocientos y pico libros movidos de una librería a una plaza para un solo día. Cerca de cien cajas llenas hasta los topes. Y horas por delante.

Sin pausa empezamos el montaje de la parada. Abrir cajas y empezar la lucha para conseguir meter tanto libro en tan poco espacio. Cada año igual. Cada año haciéndonos la promesa de que el próximo año, menos libros. Y cada año incumpliendo la promesa. Porque no solo se pueden llevar las novedades y las grandes apuestas de favoritos. También hay que llevar libros menos conocidos, lo que nos gusta, lo que queremos descubrir, apuestas personales. Y, claro, algo de cocina, plantas, ensayo, historia, sexo... Y libros infantiles y juveniles. Oferta, oferta. Muchos libros. Demasiados libros. Como todos los años. Primeros saludos. Pasa el ex superhéroe Capitán Chistorra reconvertido en el mejor máster de rol de la historia conocido por su benevolencia con los jugadores que llevan un personaje de monje mediano, oh gran Máster te respetamos y adoramos. Buenos días, buenos días, a montar que esto es un momento. Primera venta de un libro infantil cuando aún no teníamos la caja preparada, la parada acabada ni los ánimos preparados.

Poco antes de las nueve y media, parada montada.


Primero clientes, primeros curiosos.
El cielo nublado deja paso a un radiante sol que a lo largo del día irá tostando los brazos y la cara del librero dejándole al final del día un saludable color... rojo. Primera entrevista para la radio de la ciudad. Las preguntas de cada año. No, no hay ningún favorito claro para el más vendido del día. Previsiones buenas. Sobre todo que no llueva. Es un día muy especial. Que la gente salga y recorra la ciudad, mire libros, pregunté, busque y compre el libro perfecto.

La jornada discurre con la normalidad de un día de Sant Jordi. Unos cuantos en la parada, otros en la tienda. Venta de libros. Recomendación exprés. Visita de colegios. La plaza tomada por hordas de niños pequeños que con sus picudas voces taladran la cabeza del librero. Y adolescentes armados de hojas de papel realizando encuestas. Porque cada colegio ha decidido que sus alumnos atormenten a preguntas a los libreros para hacer unos trabajos. Más vendidos, favoritos, cuánto tiempo lleva preparar Sant Jordi, recomendaciones... una y otra vez las mismas preguntas hasta que el librero se las aprende de memoria y responde antes de que le formulen nada.

Poco a poco el goteo de gente aumenta hasta que la primera marea humana ataca. Y los cuatro responsables de la parada entran en un frenesí atendiendo, cobrando, aconsejando, buscando y negando. Y nuestro protagonista empieza a ser acosado por los refuerzos de parada. ¿Dónde esta...? ¿Tenemos...? ¿Te suena...? Y el librero hace ejercicio de memoria y recuerda dónde está cada libro, si está aquí o en tienda Así durante todo el día. De aquí para allá. Un libro sobre un chica que se llaman Anna. Aquí está. Un libro divertido para una chica de quince años que no encuentra nada divertido. Que pruebe con este. Un libro de fantasía que no salgan guerras, ni monstruos, ni naves, ni elfos ni nada de eso. Una mujer atractiva y pausada que pregunta si tenemos algún libro que hable de las huestes de Satán en la tierra. En la tienda preguntan por un libro de lenguaje de signos... en ruso. Un señor pregunta dónde tenemos los libros sobre Vietnam y al decir que no tenemos ninguno se indigna y empieza un discurso sobre la degeneración de la cultura occidental si Vietnam no tiene lugar en una parada de Sant Jordi. Adolescentes que preguntan por literatura erótica, pero sin muchos penes. ¿Entre Wajdi Mouawad y Federico Moccia cuál me recomendarías? ¿De verdad tengo que responder a eso? En la tienda un chica se queja de que ya ha hecho todas las posturas sexuales de los libros que tenemos en estoc y si tenemos algo un poco más... elaborado y flexible. Y gente que busca libros de García Márquez porque se ha muerto.


Abuelas indignadas que llenan de gritos, medio insultos, malas caras y amenazas al librero por no hacerle el descuento de Sant Jordi y cuando se le explica que sí lo tiene aplicado, sonríen y dicen que no pasa nada, ha sido un malentendido. Señoras que manda a la mierda al librero cuando pide un momento, por favor. Señores que tiran libros al suelo y les dan una patada para meterlos debajo de la parada. Un par de intentos de timo con el cuento de tengo un billete de cincuenta, cámbiamelo por, no, mejor que no me lo cambies, etc. Padres que niegan comprar un libro al hijo por razones que no tienen nada que ver con la literatura. Intentos de robo.

Pero también la ilusión por ese libro de cuentos que no encontraba en toda la plaza. Gracias por la recomendación. Reencuentro con jóvenes lectoras a las que has visto crecer y has contribuido a ser lo que son. Personas que se dejan recomendar. Risas. Las tres visitas de Alcalde. Amigos que pasan y desde lejos alzan un brazo. Un café inesperado. Nuevos lectores. A. en la sección infantil reinando entre el caos. Buscar un libro y encontrarlo. Perdonar la integridad física a un buen amigo que bromea con la lluvia por llevarse dos esplendidas novelas. Ver que hay tanto por leer y tan poca vida.


Pasa el día y se nota el desgaste. Malcomer un bocadillo de bacon y queso en pan gomoso mientras se responde a las preguntas de la segunda entrevista del día. Dolor de piernas, la cara quemada y la espalda cada vez más cargada. Anochece y más gente que pasea por la plaza, rebusca, mira, curiosea, desordena, encuentra, pregunta, compra, toquetea y fotografía. Y el librero a partir de las seis de la tarde entra en una vorágine de voces que lo llaman y va de aquí para allá buscando libros, recomendaciones exprés, avisando a los refuerzos de que hay un cliente que espera, intentado ordenar las pilas, haciendo breves viajes temporales para resolver alguna crisis espacial y liderando a última hora la resistencia contra la invasión de los Zotrones de la que nadie en Igualada se enteró porque bastante tenían buscando un libro a última hora y preguntando qué libro había sido el más vendido. Todo eso aderezado con ese extraño sex-appeal que emana el librero el día de Sant Jordi. Según A., es un día en el que el librero está extrañamente atractivo. El dominio de la parada, lo simpático que está y lo raro que es eso, los movimientos fluidos, una mirada intensa del que busca, encuentra y controla.

El librero en el momento justo antes de recordar dónde está ese libro con la portada azul donde sale una chica a la que le pasan cosas.

Sobre las nueve y media, empezamos a desmantelar la parada de Sant Jordi. Se devuelven a la caja los libros. Algunos títulos acabados, otros mantienen las pilas intactas. Rostros de cansancio entre los que estaban en la parada. Ganas de dejarlo todo e irse a casa. Pero hay que desmontar la parada, volver a meterlo todo en la furgoneta, ir a la tienda y descargar. Todos con los ánimos por las nubes por un buen día, pero con las fuerzas arrastrándose por el suelo. A las once, fin. Adiós, adiós, nos vemos en la cena y para casa. Una pizza, un capítulo de doctor Who, unos mimos a los gatos y a dormir. ¿Y a soñar? ¿Con qué?

Con libros, con cajas, con gente. Sant Jordi nunca acaba.

Crónica escrita mientras sonaba los My favorite things de John Coltrane y Exile on Main St. de The Rolling Stones.