Mostrando entradas con la etiqueta Librerías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Librerías. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de julio de 2020

Crónica tardía de un Sant Jordi (otra vez) más raro que el otro

Ha pasado una semana y ya casi nadie se acuerda. No es de extrañar. El Sant Jordi de verano como se ha conocido popularmente ha sido un experimento que no solo desafiaba a la naturaleza y a dios con arrogancia y chulería, si no que era algo que a pocos les hacía ilusión. Hablaba con libreros, representantes editoriales, editores y otros infraseres que poblamos el mundillo cultural (o pseudocultural en algún caso) y había un desanimo, pocas ganas y mucho "pues se hará", "ya veremos", "por favor, qué pereza". 

Al final, tras muchos días de si sí o si no, de noticias contradictorias, de amenazas de suspensión, de señores disfrazados de virus correteando por las calles con la chorra fuera, de correos electrónicos con lo que teníamos que hacer los libreros para asegurar que los visitantes a las paradas cumplieran con las normas higiénicas, de profecías cumplidas por entender mal una palabra del conjuro (esa jota que se pronuncia como ese, lo típico), el Sant Jordi de verano, la Noche de flores y libros, el Falso Sant Jordi se celebró. 

Se hizo, se vio y, sí, dio pereza.
Pero se hizo.


¿Y cómo fue?
A ver, mis previsiones eran catastróficas, pero es que soy de natural apocalíptico. Mi visión del mundo y de la gente es una mezcla entre The walking dead y La escopeta nacional, con música horrible y comida que cuando llega a la mesa está fría y encima no es lo que habías pedido. Reconozco que mis ánimos estaban por los suelos, que estaba en un pozo oscuro con reminiscencia murakamianas llenas de lentitud, pedantería, tontería, páginas de más y deseos desesperados de gustar al lector occidental (no me gusta Murakami así que imaginaos la pesadilla). 


No me apetecía este Sant Jordi, no quería este Sant Jordi y no quería estar en una parada rodeado de gente y vigilando si se ponen alcohol, que no se arrejunten mucho, que lleven bien puesta la mascarilla y otros pesadísimos etcéteras que nos acompañaran durante años. Solo imaginaba que ese día se convertiría en una pesadilla de gente amontonada, disparos, helicópteros volando bajo y disparando bazokas, toses, flemas, mutaciones, marines espaciales aniquilando a la población de Igualada por la gloria del Emperador, gente borde y maleducada, ratas gigantes saliendo de las cloacas para preguntar cuál es el libro más vendido, autores locales de malos modos increpando a los libreros porque no encontraba su libro y...

Sí, más o menos así.

Así que siendo esas mis expectativas, el día no fue mal del todo.
Parada abierta a partir de las seis con un calor puro de verano cruel. Poca gente. Paseantes, algún curioso, pocos niños. Ventas tímidas y pasar las horas. Avisar de que la gente se pusiera alcohol en las manos fue un continuo y aguantar las miradas recriminatorias de los encargados de salud pública por tener a dos personas cerca, también. Lo del autor local molesto se cumplió (¡¿dónde está mi libro?! ¡¿cómo es que no habéis traído MI libro sobre el coronavirus!?). 

- ¡Usted es el autor del único libro del coronavirus que hay en las librerías! 
Muertitos nos hemos quedado, caballero.

Poca venta, mucho calor, demasiados libros. Por lo menos vinieron algunos de mis clientes favoritos con los que pude hablar de literatura juvenil, terror o novela negra y criticar la obsesión con los más vendidos como si eso fuera indicador de calidad o prestigio literario.


En teoría teníamos que estar en la parada de seis de la tarde hastas las once y medía de la noche. Las optimistas previsiones que hicieron tipos listos de bata blanca y gafas de pasta que dicen cosas como "según mis datos" o "todos los vectores infradimensionales apuntan a una recriminación acelerada del índice retractil" auguraban una riada de gente inundando el paseo, comprando libros y rosas y haciendo que la fiesta durara hasta bien entrada la madrugada entre botellas descorchadas de cava, carreras de abuelas y espectaculares números musicales sardanísticos.

El típico, y cansino, despiporre igualadino cada vez que hay una fiesta.

Nada de esto se cumplió y a las diez empezamos a recoger con prisa y sin pausa para irnos a tomar un bocadillo y quejarnos de cómo había ido el día (a los libreros lo de la queja se nos da de maravilla) y compartir algunas anécdotas poco suculentas, pero que distraen.

Y cuando le has cortado el cuello, tía.
Lo puedo ver mil veces y siempre me hace gracia.

Vino, se hizo y se olvidó. 
Ahora a concetrarse en la apasionante temporada de texto y soñar con las vacaciones... tiempo para leer, escribir, ver películas chorras y alguna buena, juegos de mesa con los nenes, arrumacos con A. y esquivar con poca elegancia las insinuaciones de ir un día a la playa. Y olvidar que por culpa de este segundo Sant Jordi queda menos de un año para el próximo y se querrá hacer a lo grande, para compensar. Pero a eso ya nos enfrentaremos cuando toque... ahora haremos como que no existe.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Fin de la temporada de texto, pero no

Advertencia: esta es la típica entrada quejica de todos los años por los libros de texto.

Hoy empiezan las clases.
Alumnos de colegios e institutos vuelven a sus aulas a recibir enseñanzas y conocimientos para convertirse en lo mejor y más granado de un futuro lleno de esperanza e ilusión donde reinara la justicia, la paz, la armonía y el wifi libre y gratuito que no emite ondas radiactivas mutágenas.



Como decía siempre Newton para justificar cualquier cosa, en condiciones ideales la temporada de texto en las librerías se habría acabado. Todos los alumnos tendrían sus libros, las editoriales hubiera cumplido con los plazos y habrían hecho todos los libros nuevos, servidos las ediciones anteriores a buen ritmo y sin atropellos, los colegios e institutos habrían pasado las listas con los ISBN correctos, no habría equivocaciones o cambios de última hora, ningún instituto (y no miro a nadie...) habría puesto en las listas ediciones descatalogadas que sí o sí tienen que llevar los alumnos y la excusa de que ya no se editan no valen, los libreros habrían cumplido con las previsiones de compra y entrega, no se habrían equivocado de curso, olvidado apuntar el encargo, mantendrán el buen humor y conseguirán que no se formen largas e inacabables colas. Todo funciona como una maquinaria bien engrasada; un reloj de funcionamiento preciso, atómico, que nos conduce hacia un mañana soleado donde todos somos amigos.

Mentira.

La temporada de texto puede oficialmente haber acabado, pero los libros siguen allí. En la librería, o en las editoriales haciéndose, o perdidos en algún almacén remoto de charcutería. Muchas personas creen que la temporada de texto dura quince días. Del uno al catorce vamos apurados, pero luego, descansamos. Mentira. La temporada de texto empieza a finales de junio y se alarga hasta finales de octubre cuando el último rezagado se lleva el último cuadernito de inglés y nos podemos desabrochar los pantalones y decir a la mierda.

Sí, el colegio puede haber empezado, pero aun hay trabajo. Libros que no se han recogido, encargos que no han llegado, cambios de escuela de última hora, errores por parte de instituto / alumno / librero y ya veremos cómo lo arreglamos, editoriales que sirven primero a todo el mundo dejando para lo último a las librerías (y te lo dicen así, y pidiendo comprensión, de que es normal servir primero a un centro comercial donde los libros están al lado de los televisores y los helados que a una librería y más si ésta está en provincia y no en capital), broncas absurdas por entregar un libro que se ha pedido (esto pasó el sábado) y oír una, y otra, y otra, y otra, y otra vez que los libros son caros. O que para qué comprar 16 cuadernos si a final de curso solo se han hecho 6. O por qué un libro si solo hacen esa asignatura media hora a la semana. O... y lo cuentan al librería que lo entiende y comprende, pero han sido más de cuatro mil lotes de texto y oyendo a familias de todos los colegios diciendo lo mismo y buscando unas explicaciones que no podemos dar.

Ahora vienen los cambios, subsanar errores, rezagados, lecturas obligatorias, academias de inglés, clases de repaso... queda mucho trabajo por hacer y mucho por sufrir y quejarse. Una temporada de trabajo necesaria para la subsistencia de muchas librerías, pero que no gusta a casi nadie. ¡Ay, texto! ¿qué poder tienes para conseguir que añore los meses de preparación de Sant Jordi!

domingo, 26 de abril de 2015

Pequeña crónica de cómo fue otro maldito Sant Jordi

Han pasado tres días y ya me veo con ánimos para el épico relato de lo que aconteció en la plaça de Cal Font el pasado 23 de abril, diada de Sant Jordi, día del libro o "el día".

Si tuviera que ser un cronista exacto, para entender todo lo que ocurrió ayer tendría que empezar la narración volviendo la mirada a mediados de enero cuando el primer comercial editorial nos pidió hacer un servicio de novedades "pensando ya en Sant Jordi". Un recorrido por un par de meses de visitas de comerciales, novedades literarias, repaso de fondo editorial, hacer pedidos razonables buscando el equilibrio entre lo que se pide y las previsiones de ventas, apuestas que salen bien y otras de títulos que se clavan, basura que se vende como si fuera el último libro de la creación y joyas que se perderán entre las pilas de libros, pedidos que no llegan, cajas que se pierden, pedidos duplicados y recortes de pedido por las cortas tiradas de editoriales en algunos títulos que se preveen los más vendidos, preguntas de cuáles serán estos y cajas, cajas, muchas cajas, más cajas y todavía más cajas de libros, libros, muchos libros, siempre libros.


Pero no. Si me voy tan atrás esto acabará convirtiéndose en una novela por entregas que acabarán engrosando mi maravillosa obra inconclusa. Y aunque los lectores se pierden viajes espaciales, batallas navales, orgías multitudinarias y un par de chistes sobre editores realmente buenos, empezamos por donde tenemos que empezar, en un 23 de abril de 2015 con un despertador que suena, un librero que se despierta y piensa eso de "oh, venga ya, en serio en Sant Jordi" y se levanta entre somnoliento y resignado para ir a hacer una meadita que inaugura el día más duro del año.

Duchita y vestirse. A. va detrás de él y en poco están los dos preparados. Comida para los gatos e intentar huir de su mirada acusadora de los dos bichos que saben que los dejaremos tirados todo el día. A las ocho llegamos a la Plaça de Cal Font, el lugar donde todos los años se instalan las paradas de libros y rosas. La plaza ya está llena de libreros, floristas y colaboradores que van montando sus respectivas paradas y de algunos curiosos que sobrevuelan los primeros libros que van saliendo de las cajas. Llegamos al lugar designado, al poco llega el jefe con la furgoneta y empezamos a montar. Caballetes, mesas, telas, y libros, libros, siempre libros.
Demasiados libros.

Cada año el mismo propósito de traer menos libros a la parada, pero cada año se nos va de las manos. Casi cuatro mil libros que tenemos que meter en las mesas. Y, claro, no caben. Empieza el puzzle y las varias estrategias para meterlos. ¿Por qué hemos traído este? ¿De verdad era necesario otro de cocina? ¿Cuántos libros de Stilton caben en una caja? ¡Me cago en las putas sagas, trilogías, tetralogías y en las madres que las parió a todas y en las historias que en pudiéndose explicar en treinta páginas utilizan cuatro volúmenes!

La primera venta se hace cuando la parada está a medias, la caja no está montada y no encuentro las monedas de euro para el cambio. Un ensayo económico y un libro de reflexión política. Disculpas por el caos de la parada y un gesto de que no importa, de que era ahora o en todo el día no podría escaparse para comprar. Sobre las nueve y media, parada montada. Primera fase cumplida.


Y los libreros, preparados. Cuatro se quedan en parada, cuatro se van para la tienda. Todo va sobre el horario previsto.

Empiezan a llegar los colegios. Filas de niños con sus voces picudas que lo tocan, retocan y toquetean todo (ya sé que me repito, pero es que son muchos niños) acompañados de sus maestros. Miran, compran libros para clase, los profes dejan que los niños elijan (¡Frozen! ¡Dinosaurios! ¡Monstruos!), pero algunos tienden a manipular el recuento de votos para llevarse a clase ese libro sobre la fotosíntesis o un apasionante relato de un burrito y su sombrero.

Y primer encuentro.
Señora que se acerca con paso seguro, pero corto con papelito en la mano.
- Vengo a recoger este encargo.
- Los encargos se tienen que pasar a buscar por la tienda, no los traemos a la parada.
- Es que he ido a la tienda y estaba cerrada.
- Es raro, porque hace tiempo que se han ido para allá.
- He ido a las ocho y media y estaba cerrada.
- Bueno, se abre a las nueve y media.
- Pero es que a las nueve y media no me va bien y por eso he ido antes.
- Pero antes está cerrado.
- Ya sé que estaba cerrado, ¿crees que no me he dado cuenta? Y lo mal que me ha ido.
- Pero no es que no es el horario.
- Pero he pensado que ya que era Sant Jordi abriríais antes porque pasar a esta hora no me iba nada bien que tengo cosas que hacer.
- Pues lo siento, peor los encargos se tienen que ir a retirar a la tienda.
- ¿Ahora me haces volver allí? Con el día que tengo... si es que no queréis hacer las cosas bien.
- Pero es que los encargos no los tenem... es igual... feliz diada.
- Sí, ya.

El día es luminoso, el sol pega con fuerza y voy notando que la cara se ilumina, calienta y empieza a enrojecerse, al igual que la calva (aclaro, no estoy calvo, voy rapado por que me mola parecerme a uno de esos guerreros budistas rechonchos de las leyendas eróticas niponas), hay buen ritmo de trabajo sin agobios. La gente curiosea, pregunta (no, no hay libros de cómo fabricar instrumentos prehistóricos para niños), busca, rebusca, toca, desordena, pregunta (no, no hemos traído libros de filosofía en francés), pide títulos concretos, pide consejo o pide al azar (dame un libro con premio, cualquiera, da igual, si todos son lo mismo, el más fino). Breve entrevista en la radio de la ciudad con las pregunta de cómo va el día, qué se vende, cuáles son las previsiones, si lo pasamos bien, si soy consciente de lo atractivo que me pongo en Sant Jordi, pregunta tendenciosa que me hace una gracia terrible y que esquivo con elegancia (creo) y vuelta a la parada.

Como todos los años, A. se adueña de la zona infantil y hace y deshace a su antojo recomendando libros, convenciendo a padres y abuelos de las bondades de tal álbum ilustrado, de las fantásticas aventuras de un secador mágico o que tal distopia que parece lo de siempre, es diferente. El resto de colaboradores se defienden bien cobrando, atendiendo y pregutándome.

Porque yo soy el master de los másteres de la parada, el rey, el jefe, el encargado, el padrino, el que manda, el que corta el bacalao, el que dice tú aquí y tú allá, el Tony Soprano, el Yoda, el Heisenberg de la parada, Nick Furia cuando estaba con los Aulladores no en su versión Ultimate, si no en la segunda guerra mundial con el puro y la metralleta. Soy el que manda en la parada y el que sabe (o intenta) saber de memoria dónde están todos los libros, si los hemos traído, qué queda en la librería y el que recomienda libros entretenidos, para mi mujer, para mi pareja, para mi hermano o para alguien a quien no le gusta nada, pero nada, pero nada de nada leer. Y, según A., ese día me veo genial. En la parada, me crezco.

Esta es una representación de cómo me pongo el día de Sant Jordi.
La pelirroja es como representación de A. en su día a día.

Llega el mediodía y la gente se va a comer. Yo me conformo con un bocadillo mal comido en la parada y un refresco mientra atiendo, hago albaranes y recomiendo. El mediodía se pasa en un suspiro se acaban los primeros libros, pero sigo pensando que hemos traído demasiados libros. Llegan las cinco, viene el resto de colaboradores, unos para la tienda, otros se quedan en parada y empieza... oh, sí, las tres horas y media que dan miedo. La franja del terror de Sant Jordi. De seis a ocho y media.

Gente ha habido durante todo el día, pero durante ese espacio de tiempo la plaza se llena a reventar, la parada se colapsa, las manos se multiplican y el orden se convierte en un estado idílico al que es imposible aspirar. 


Y, de repente, mi mundo se convierte en

Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando los billetes de cinco, Jorge, ¿Dónde...?,Jorge, ¿Libros sobre el circo? Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, ¿Qué me recomiendas para mi marido? Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¡Algo para un niño de cinco años? ¿Dónde...?,Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge... 

Mientras se van intercalando los diferentes autores que vienen a firmar y hay que hacer malabarismos con la sillas porque algunos se han tomado con algo de relajo la hora que le tocaba.

Entre todo esto, pequeñas victorias, anécdotas y momentos. 
Como conseguir que un novio no reciba como libro de Sant Jordi la última novela de Paulo Coehlo si no Canciones de amor a quemarropa, las risas al escuchar a una chica decirle a su amiga que se comprara antes Eleanor & Park que la novela del machirulo gilipollas ese de After, la felicidad de la chica de Zaragoza por los libros que le recomendé, las continuas muestras de afecto de gente a la que acerté con mis recomendaciones el año pasado, la visita de una de mis lectoras favoritas con la que maté un par de minutos hablando de lo último que hemos leído, una breve entrevista para un diario digital que me regala mis primeras declaraciones entrecomilladas (se puede ver esa frase aquí), asistir estupefacto a las lágrimas de una adolescente al decirle que After 1 se había acabado, la delirante conversación de dos chavales quejándose de que El libro Troll tenía demasiada letra y quién iba a ser el listo que se leyera todo eso, que todavía alguien preguntara por El código DaVinci o Crepúsculo, un tipo que buscaba libros de coaching para niños de tres o cuatro años o si no tenía de coaching, de empresa para esos mismos niños, una pregunta si tenemos libros que enseñen a ser buen novio, otro que tenga frases de esas chulas para decirles cosas bonitas a las niñas, algo para mi madre donde maten mucho, las miradas cómplices de A. por las que valen la pena miles de días como éste, un libro como 50 sombra de Grey, pero en bueno y sin sexo y etcéteras, etcéteras, etcéteras...


Y la gente que regatea el precio, que aprieta para que le hagas más, que exige un trato preferente porque compra un libro al año, como dijo uno, y te lo compro a ti como podría comprarlo a otro. Y los adultos que sueltan la correa de niños con manos y cara llenas de chocolate y los dejan sueltos para que toqueteen los libros, los desordenen, los tiren al suelo, arranquen los plásticos y a lo que me vi obligado a disparar tranquilizantes para rinocerontes. Los repetidos ataques de ninjas venidos de dimensiones paralelas donde Sant Jordi es la fiesta de los croissants y todo el mundo habla con un ridículo acento francés. Las obsesión por la lista de los más vendidos como si eso fuera la garantía de algo y decenas de personas preguntando por lo mismo, en el mismo orden y sin querer saber nada más, perdiéndose maravillosas novelas solo porque alguien en una televisión no ha dicho de ellas que son las más vendidas.

A las ocho y media empieza la afluencia a aflojar y sobre las nueve, cuando la luz del día se ha ido y la que queda es una porquería artificial que no alumbra nada, empezamos a quitar etiquetas y a recoger la parada. Duele el cuello, la espalda y los tobillos están machacados. Llega algún rezagado buscando algún libro de última hora. Agotado, cansado, harto, satisfecho, pensando en todo lo que queda (desmontar la parada, ir a la tienda, descargar todo y empezar el control de venta, las devoluciones, qué nos quedamos, las reposiciones...) y deseando que este año no acabe como todos, en una pelea con esos hunos que siempre vienen tarde, borrachos y cabreados porque el día del libro tendría que ser en Sant Jeroni que es el patrón de los libreros y no en Sant Jordi, que es un asesino de dragones.

Y acabamos el día A. y yo en casa comiendo un kebab a las once, con los gatos cabreados con nosotros por no estar adorándolos todo el día, ella preciosa con las pilas cargadas por haber estado entre libros, gente y niños y yo cansado, agotado, sin fuerzas por haber estado todo el día entre libros, gente y niños. Otro Sant Jordi a la espalda. A pesar de lo mucho que me queje, es un buen día, pero como cansa el jodío.

Quedan 364 días para el siguiente.

domingo, 22 de marzo de 2015

Falta un mes...

... para esto.

Foto del Sant Jordi del 2014.
O media mañana o media tarde, no me acuerdo. 
Que un experto en posición del sol nos ilumine.

y, a parte darme una pereza épica, no me siento preparado.
Ya hemos empezado a empaquetar los libros que llevaremos a la parada, recibir centenares de cajas y quejarnos mucho, mucho, pero mucho, mucho, mucho.
Si no existiera esta fiesta la tendríamos que inventar, sí, pero la queja forma parte del oficio de librero. Si no me creéis, id a vuestra librería habitual y preguntad cualquier cosa y veréis.

jueves, 19 de marzo de 2015

Combate casi épico

Ayer en la tienda asistí a un épico combate...


Bueno, matizo, a los prolegómenos de lo que podría haber sido un épico combate entre:

En la acera, un señor de unos sesenta años con una pésima dentadura con los ojos desorbitados, mascullando, maldiciendo y con los puños alzados (pruebas evidentes que de que había entrado en furia y no contralada)

Enfrente, un muchacho de poco más de treinta años, transportista en una agencia de libros, metro noventa y que lleva más de doce años cargando paquetes y cajas de un lado para otro.

¿El motivo? Un quítame de ahí ese camión que tengo que pasar y no quiero subirme a la acera ni esperarme.

¿Y yo? En medio.

Estamos ya de lleno en la vorágine de Sant Jordi. Pedidos, libros, muchos libros, demasiados libros que llegan en cajas. Y esas cajas, a pesar de lo que cuentan tradiciones y leyendas, no aparecen por arte de magia ni las traen los elfos de Sant Jordi. Esforzados transportistas se levantan a las cuatro de la mañana y empiezan a repartir cajas repletas de libros por toda Cataluña. Aquí treinta cajas, allí, quince. Allí, veinte. Y solo de un proveedor. Porque otro transportista traerá veinte cajas más de otro proveedor y...

Ayer tocó Anaya. Veintiséis cajas llenas de libros. Tanto el jefe como yo nos abalanzamos con la plataforma para ayudar al transportista. Descargar uno solo esas cajas es una putada. Entre tres, la putada se reparte y es más rápido. Total, que en el mismo momento en el que el camión aparca y sale el camionero, empiezan los pitidos del coche que tiene detrás.

Hay que reconocer que la calle donde está la librería no es agradecida. Es estrecha y de mucho paso. No hay sitio para aparcar y los camiones grandes lo tienen difícil, pero entre todos y con un poco de paciencia, vamos haciendo. El transportista, entres hostias y joderes mascullados que rebelan que lleva unas cuantas horas con esta mierda, hace señas al coche para que pase por el lado subiéndose un poco en la acera. El señor que está dentro del coche hace ese gesto tan internacional de en un movimiento rápido, con un mano doblar el codo del otro brazo mientras este cierra la mano en un puño, se agita levemente mientras en una conjunción de ojos y mandíbula se insinúa algo así como te lo voy a meter por el culo como me vuelvas a decir lo que tengo que hacer.

El transportista suelta otro gesto obsceno que no logré ver cuál era y suelta eso tan conocido de

- ¡Pero será gilipollas el tío!

a voz en grito provocando que el susodicho tío, gilipollas según el transportista, entre en furia y aunque pierda algún punto en defensa, lo suma a la fuerza de sus sesenta y pico años llevados de aquella manera. Sale del coche y se acerca a donde nosotros estamos descargando cajas. Con paso decidido agarra por la camiseta al transportista con un mano y alza un puño con la sana intención de estampárselo en toa la jeta porque a mí no me llama gilipollas ni mi puta madre. El transportista se zafa de la presa del conductor enfurecido, se coloca la camiseta y lanza al aire un "como me vuelvas a tocar te comes a hostias, tío mamarracho" en un ataque de rabia tan grave y fulminante que olvida las normas básicas de gramática. A esto que yo me encuentro entre los dos sin caja ninguna y sin pensar me encaro al señor enfurecido y sin tocar le pido que se calme, que no pasa nada, que ya acabamos, que no es necesario insultar ni agredir, que estamos trabajando y ahora acabamos, que nadie tiene que insultar a nadie y etcéteras. El señor enfurecido alza un puño y veo en su mirada perdida y asesina que quiere pegarme a mí,

... no soy bueno en peleas. No me gusta pelearme. Las únicas peleas que concibo son las que pasan en Las Vegas y siempre que haya barro por medio. De pequeño me pegaban mucho y aprendí a pelear de esa forma guarra que combina mordiscos, tirones de pelos, manotazos e intentos de asfixia. Eso era en el colegio. Desde entonces no me he visto metido en peleas ni quiero verme en ellas. No sé como reaccionaría si me viera en una. Y no quiero saberlo...

pero un amigo que iba con él en el coche lo detiene y se lo lleva diciéndole que no vale la pena. El transportista está más calmado y bajo la vigilancia de mi jefe y le dice al señor que ahora está un poco menos enfurecido que le ayudará a pasar al lado del camión. Todo parece que se acabará hasta que desde la librería sale el grito de un cliente que ha asistido a todo eso

- ¡¡¡¿Es qué nunca has trabajado, gilipollas?!!! Deja de pegar que todavía te va a dar un algo.

La gente no ayuda.

Porque tras eso, los ánimos se volvieron a caldear y de nuevo estuvieron a punto de llegar a las manos porque uno se sintió herido en su honor y el otro andaba muy quemado. Sea como sea, la pelea no llegó a ocurrir, el coche pasó tras seguir las indicaciones del transportista, mi jefe y yo descargamos todas las cajas, firmamos el albarán y la mañana siguió su curso.

Diez minutos de gritos, agarrones, insultos y una larga cola de coches pitando como locos en una descarga que hubiera llevado tres.

Queda inaugurada la temporada de Sant Jordi.

sábado, 8 de noviembre de 2014

No hay velas

- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis velas?
- ¿Perdón?
- Velas.
- No, no tenemos.
- Para acompañar a los libros de regalo.
- No.
- Es que me han dicho que aquí encontraría velas.
- Pues no tenemos.
- Es que he comprado un libro y quería velas para acompañarlo, ¿sabes? Y he pensado que nada mejor que una librería para eso no.
- Pues, lo siento, no tenemos velas.
- Pero es que yo las necesito...
Y así un rato largo.
Me pregunto si realmente esta señora cree que si insiste mucho acabará consiguiendo que el librero ceda y saque una vela (o una segunda parte, o un libro de texto, o vete a saber qué) de su almacén secreto para clientes especiales y se la de haciéndole prometer que no se lo dirá a nadie. Además, ¿por qué creía que en una librería venderíamos velas? Como aquel señor que buscaba collares de perro, los adolescentes a la caza de cola industrial para esnifar o la famosa cuerda.

Entiendo su angustia, de verdad. Ella tenía un plan, una idea de regalo perfecto. Ha ido a una gran superficie y ha comprado un libro para regalar una amiga. Pero un libro es poca cosa y después de meditarlo ha decidido que una vela es el complemento perfecto. Pero, ¿dónde conseguir una vela que vaya acorde con un libro? Pues en una librería de toda la vida, claro. Y ahora se le han fastidiado los planes. No es justo.

Me recuerda a aquel señor que se enfadó tanto cuando le dijimos que no teníamos sección de adaptaciones literarias. Él creía que como librería deberíamos tener una sección con las películas y series basadas en libros. Si no recuerdo mal buscaba Orgullo y prejuicio. Quería saber de qué trataba, pero no se iba a leer 400 páginas para saberlo, ja ja, cuando en dos horas lo tenía resuelto. Al decirle que no teníamos sección de adaptaciones se indignó. Vaya vergüenza, es que no queréis vender, etcétera. Hay gente que le gusta enfadarse por tonterías. Este por lo de las películas, aquel por no tener la biografía de Aznar firmada por el expresidente, aquella por no tener La cupula de Stephen King escrita por Pérez Reverte. O la chica de la semana pasada que no entendía por qué no le cambiábamos un libro si solo lo había roto "un poco, como media portada" y con un poco de celo se arreglaba.

Por suerte están los gracias, las recomendaciones, las conversaciones sobre cine Z... si no acabarían rodando una serie de películas de terror basadas en el librero del infierno.

- ... poderlo regalar sin velas.
- Lo siento.
- Pues vaya. ¿Así que de verdad no hay velas?
- No.
- Vaya librería más rara.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Cosas del texto

- Quiero los libros del colegio de mi hijo.
- ¿Qué colegio?
- El Tal y Tal.
- ¿Qué curso hace?
- No sé, tiene diez años.
- ...
- Es que no sé. Espera un momento que se lo pregunto a mi mujer. Ahora la llamo (...). No contesta.
- ¿Qué hacemos?
- Pues me das de dos cursos y luego te devuelvo los que no sean.
- ¿Por qué no averigua qué curso hace el niño y compra esos?
- Es que ya ha empezado el colegio y va sin libros. Me podrías ayudar.
- Pero es que no los tengo.
- Pues los pides.
- Solo pediré los del curso que haga.
- Joder, ya volveré entonces. ¿Y yo qué sabía que me iban a preguntar el curso?

Y así cada día.
Es lo que tiene la temporada de texto.
Es una época cruel y desagradable para todos. Familias que tienen que pagar un dineral en libros que no utilizarán, libreros que se llevan broncas por cosas de las que no tiene la culpa (precio, editoriales que se cuelgan con las entregas, los veintisiete libros que pone un colegio en primero de primaria), para algunos alumnos de cuarto de eso y bachillerato que se ven obligados a recordar qué asignaturas de modalidad hacen...

- ¿Y qué optativas haces?
- No sé.
- ¿No sabes qué optativas haces?
- No.
- ¿Qué bachillerato?
- ¿Qué?
- ¿Que qué bachillerato haces?
- Primero.
- Ya sé que primero, digo si social, humanístico, científico...
- No sé.
- ¿No lo sabes?
- No.
- A ver. ¿Haces biología?
- No sé.
- ¿Y latín?
- Creo que no.
- ¿Puedes quitarte los cascos y apagar la música?
- ¿Qué?
- Voy a arrancarte la garganta y a graparte los dedos en el escroto.
- ¿Qué?

Nervios, encargos, precios abusivos, anulaciones, problemas en la devolución, más nervios por si el libro no llega, cambios de última hora, errores en las listas de los que nadie se responsabiliza, libreros que apuntan primero cuando es segundo, libros que se olvidan, defectuosos, libros, libros, libros...

- Para encargar los libros me tiene que dejar una paga y señal. El 50% del importe total de los libros.
- No.
- ¿No?
- No. Te diré lo que vamos a hacer.
- Diga.
- Tú me traes los libros sin preguntas y luego te pago.
- No trabajamos así. Si quieres los libros tiene que dejar la paga y señal.
- En mi vida he dejado nada a cuenta. Ni he dejado ni he pedido.
- Bueno, siempre hay una primera vez.
- Que me la pidas insinúa que no vendré a buscar los libros y que no te fías de mí. Y eso es una afrenta a mi honor.
- No estoy afrentando a nada, pero son las normas de la librería.
- Pues no cuentes conmigo.

Paseos continuos entre el almacén y el mostrador. Explicar una y otra vez que significa descatalogado o en reedición. Y sortear con una sonrisa a los que te llaman ladrón, abusador, mentiroso, a los que amenazan o aquel señor que encargo los libros en tres librerías y "el primero que me los consiga se llevará el premio gordo" y se ofendió cuando se le dijo que no se le encargaba.

- El libro está descatalogado.
- ¿Qué?
- La editorial ha descatalogado el libro.
- ¿Y eso que quiere decir?
- Que ya no lo hace.
- Estas de broma, ¿verdad? Estos es una broma y te estás quedando conmigo.
- No.
- Qué fuerte. Qué fuerte me parece, joder. Es muy fuerte lo que me dices. ¿Cómo que no está el libro?
- Es lo que la editorial nos ha dicho al pedir el libro.
- Qué fuerte. Pues haced más libros, joder.
- No los hacemos nosotros.
- Ya, seguro. Lo que pasa es que no quieres hacer más. Ese es el problema.

Por suerte son minoría. La mayor parte de los días los encargos se suceden con normalidad, no hay incidencias, se comenta entre risas y resignación, se comparten los problemas y se buscan soluciones en calma. La temporada de texto es árida, aburrida y agobiante. Y larga. Desde primeros de junio hasta mediados de octubre. Una larga travesía no por temida, necesaria.

Espero volver más por estos lares ahora que las cajas repletas de libros de texto empiezan a remitir.

lunes, 18 de agosto de 2014

Vuelta al trabajo

Pues sí, después de unas dos semanas de asueto y vacaciones, vuelta al trabajo.
¿Estabas de vacaciones?
 Sí.
¿Y por qué no has escrito más? ¿Dónde están las actualizaciones? ¿Dónde están la entrada del edificio malrollero que tenéis delante de casa o el de las pelis que has visto o el sueño con risas enlatadas? ¿Por qué no has escrito nada si tenías tiempo? ¿Y la playa? ¿No has escrito que has estado tres días en la playa? ¿O las dudas sobre si continuar el blog de juvenil? ¿Por qué?
Lo sé, tenía tiempo y no he escrito nada. Pero es que estaba de vacaciones y se cambian ritmos y rutinas. Por ejemplo, en estos quince días no he leído prácticamente nada. Un libro y unos pocos cómics. Y eso para mis estándares es muy poco. Ya se sabe que en vacaciones hay que aprovecha..r para hacer aquellos que no se tiene tiempo y he paseado más, he visto muchas películas, pasar tiempo con los nenes, jugar a la play con Niño Lobo y discusiones espacio temporales con Nina Zombi y horas pupulando por el piso sin hacer nada de provecho. Para eso están las vacaciones, creo. ¿Qué tendría que haber escrito más? Puede, pero la intención es que en los próximos días nos pondremos al día. Hay cosas que explicar.
¿Cómo?
Lo apuntado de los días en la playa, las películas, el libro que me he leído entre gritos de entusiasmo, y también cómo llegue a ver el culo en pompa de una desconocida a pocos centímetros de mi cara, entre otras cosas.
Ahora lo principal es concienciarme que vuelvo al trabajo y que la campaña de texto sigue allí, esperando agazapada.
Feliz regreso.



Y en unos días la fiesta mayor de Igualada... qué pereza.

martes, 8 de julio de 2014

Cosas del fin de semana

A. y yo hemos empezado a ver la serie Justified, un policíaco construido en la gama de grises que apunta maneras y que en mí se ha ganado un seguidor por varios motivos:
- lo tranquila que es en la exposición de temas, relaciones y personajes.
- un humor algo negro y cabrón.
- el entorno. Ese ambiente del medio oeste de caravanas, pequeños traficantes, basura blanca y personajes que solo quieren irse a otra parte y olvidar que una vez estuvieron en Kentucky.
- el aire de neo western de la propuesta.
- lo entretenida que es.
- está basada en un relato corto de Elmore Leonard y eso se nota en los personajes y diálogos. El ensayo del tiroteo o la conversación de dos matones sobre por qué a uno de ellos no le gusta trabajar para un tipo de Miami son estupendo.
- los personajes femeninos, duros.


Una de las frases que ha acompañado mi vida es aquella que dice Marlene Dietrich en Testigo de cargo, "Nunca me desmayo porque no estoy segura de caer con elegancia". Ya no puedo decir que la cumpla a rajatabla. El sábado me desmayé en la tienda. No fue por una fuerte impresión, como defensa ante el ataque de un ninja de dos cabezas o producto del calor que hacía en la pista de baile y donde nadie tuvo la gentileza de romper las ventanas para que corriera un poco de fresco. Estaba yo en la tienda recomendando a una señora un libro de Percy Jackson para su zagal, cuando, de repente, un mareo, un qué se yo que la cabeza se me iba y apoyo la mano en la estantería. No me sostengo y empiezo a caer  ante el estupor y las llamadas de advertencia de las personas que estaban en la tienda. Porque, claro, puestos a desmayarse mejor hacerlo con la tienda llena. Un día mi sentido del espectáculo me va a perder.

Tumbado en el suelo, con las piernas en alto, alguien masajeando las sienes, rodeado de mujeres (por cierto, gracias a todas ellas, si hubiera tenido que depender de la capacidad de reacción del elemento masculino que había en la librería seguramente ahora mismo estaría devorado por las ratas). Y a la chica que atendía que salió disparada para traerme un refresco de azúcar y un poco de chocolate. ¿Y el motivo del desmayo? Dicen que la presión, la tensión, el azúcar, los triglicenidos, la vitamina A que se disparó, un intento de asesinato, una regeneración fallida, una posesión diabólica, un viaje astral, etc. No estamos muy seguros, pero seguramente el motivo acabará siendo el más divertido y donde pueda haber más monstruos.


Ya estamos en plena temporada de texto; el momento del año más desabrido y aburrido. Libros, cuadernos, deberes de verano, lecturas obligatorias (¡tienes que leer diez páginas al día o durante media hora seguidas, lo que pase antes!), encargos, anulaciones, discusiones, presupuestos... Lo de todos los años, pero con el cansancio de llevar ocho haciéndolo.

He estado soñando, entre otras cosas, que vivía en un edificio colmena donde traficaban con órganos, con una carta que ponía siempre dentro de un buzón, pero que volvía a mi bolsillo, con dedos finos como agujas que tocaban a Bruckner en las ramas de los árboles, con partos por delegación, cuadros que cobran vida, etcétera. El subconsciente ha estado más activo de lo acostumbrado siempre a un paso de la pesadilla, pero salvándose por la ironía de la propuesta. Siguen los movimientos de cámara, los subtítulos, la fotografía cuidada.

Y entre esto y que el domingo le vi por accidente las tetas a una vecina, que he ido pasando el fin de semana.

jueves, 29 de mayo de 2014

Cositas que uno oye en la librería

Colocando unos albaranes en la carpeta. Una mañana tranquila y muy lluviosa que puede resumir a la perfección lo deprimente que es el mes de mayo una vez se acaban las devoluciones de Sant Jordi. Poca gente, muchas novedades que languidecen en estanterías y mesas, las miras puestas en esa época tan terrible que es el libro de texto, días donde sale lo peor del librero y los clientes. El librero entretiene la mañana imaginando que la librería es un enorme vestuario lleno de coristas nerviosas por salir a actuar haciendo los últimos ajustes a un minúsculo vestido de baile. Justo cuando las coristas le piden ayuda, se abre la puerta. El librero gira la cabeza y observa a quien entra. Un chico joven y sonriente que deja en la calle a una chica joven algo más seria.
Los saludos de rigor y el chico pregunta por una novela que le han recomendado. El librero dice que sí, claro que la tiene y va a buscarla. El chico habla y habla sobre los motivos de querer leer esa novela y que para él, si el libro tiene muchas páginas se agobia. Pero por suerte esta novela tiene pocas páginas y gran parte es una introducción. El chico paga, da las gracias y se despide del librero. Sale a la calle. Llueve y él y la chica se quedan resguardados esperando que escampe o se decidan a correr no muy tristes entre la lluvia. Eso, y que hablan muy fuerte, permite al librero escuchar lo que dicen.
- ¿Qué te has comprado? - pregunta ella.
- Un libro.
- ¿Un libro?
- Sí, un libro.
- ¿Tú? ¿Un libro? ¿En serio?
- En serio, un libro. ¿Qué pasa?
- Nada, que me sorprende que te gastes dinero en esas cosas.
- Me apetecía leer algo.
- Sí, ¿pero un libro?
- ¿Qué pasa?
- Nada, nada. Solo que ahora va a resultar que estoy liada con un intelectual y no sé si eso me gusta...

En otra ocasión un grupo de chicas paseaban por la librería. Tocaban, comentaban, leían y reían. Mucho. Cada vez que pasaban por delante de los libros dedicados a un popular grupo músico vocal de cinco muchachos con peinados así como de jóvenes y que cantan cosas con letras, música y mucho sentimiento y ritmo y ah ah ah, para luego ponerse flojitos y arrulladores como ih, ih, ih y con los que el librero solo encendería una hoguera, con los que cantan, no con los libros, claro. Pues las chicas, quería decir, chillan y saltan delante de los libros y dicen qué guapo, qué guapo, le haría un hijo. Dos de ellas son algo más calmadas y hablan con muchas esdrújulas mientras las otras saltan.
- Me encantan los libros.
- Sí.
- Y que quieres que te diga. Prefiero los libros de papel a los pdfs.
- ¡¿Qué dices?!
- En serio, tía.
- Lo que yo decía, tía, a veces tienes un ramalazo hipster que dan ganas de chillar.

Y hace poco un señor se mostró indignado. Este pensó si la indignación se debía que alguien había encontrado su excusado particular, pero se sintió aliviado al comprobar que no. El señor en cuestión se indignaba contra el aire sin dirigirse a nadie en particular. Clamaba, bufaba y mascullaba entre dientes con aire impotente ante la sección de historia. Sus "como puede ser", "es indignante", "es que vamos" iban desparramándose por la librería. Tras algunos minutos de arengar al vacío, dirige por fin su indignación al librero. ¿El motivo? Su estupor al comprobar que la saga Caballo de Troya no estaba en historia si no en ficción y que si así es como en esta librería entendíamos de libros y de historia, apaga y vámonos. Y ahora, se preguntó el librero, cómo le explicó a este señor lo de los viajes en el tiempo.

Dos amigos hablando y uno le dice al otro.
- En mi tiempo libre estudio exorcismos.
Y esa sensación de que no es una broma o el final de un chiste.

Aquel señor que quería impresionar a su amiga con sus sabiduría libresca. Empieza a hablar de literatura de consumo y acaba con la sentencia.
- Leer cómics, ciencia ficción o fantasía es como leer, no sé, 50 sombra de Grey. Algo sencillo, rápido, de literatura baja, sin calidad, pero entretenido. Para leer sabiendo que no hay que ser muy listo para escribir eso.
El silencio que siguió a las declaraciones hizo evidente que cualquier esperanza de algo más murió en ese mismo instante.

- Porque si te compró el cuadernito de sumas me regalarás un bolígrafo, ¿no? ¿No? Pues el cuaderno te lo metes por donde te quepa.

domingo, 5 de enero de 2014

Algunas cosas chulas de trabajar en una librería

Ser uno de los primeros en tocar, apoderarse y leer de esperadas novedades editoriales. ¿Por ejemplo? Recuerdo aquel séptimo volumen de Harry Potter (tres días antes), el quinto de Canción de hielo y fuego (cuatro días antes), o esos lanzamientos mundiales de bestseller que los periódicos y sumplementos culturales insisten que son muy esperados y que llaman "acontecimientos del año", pero estos no me interesan.

Y relacionado con esto, abrir las cajas y ver
- libros que esperabas.
- libros que esperabas, pero no lo sabías.
- libros que sorprenden y te das cuenta que esperabas, pero no lo sabías.
- libros, libros, libros.
Y ver que alguno de esos libros son perfectos para cliente X, para cliente G, para cliente K. Y acertar. Porque es un placer maquiavélico tener controlados los gustos literarios de algunos clientes, verlos entrar y tentarlos con esos cuentos que combinan sexo y terror, la biografía de un atracador de bancos francés de principios de siglo, una novela intimista de personas paseando por Nueva York, una novela juvenil diferente, un relato de fantastmas, etc. La sonrisita, el terror por el gasto inesperado, ese ligero temblor de un libro nuevo que se quiere, que se necesita, la mirada de puro "te odio" que lanzan al librero.
Oh, yeah baby.

Esos momentos en que aparece esa tercera parte de una saga juvenil tan esperada, llamar por teléfono a las dos o tres muchachas que hacen la serie, decirles que ha salido la nueva parte y preguntar si quieren que les guarde un ejemplar. En algunos casos (de nuevo Harry Potter o las entregas de Vampire Academy), la noticias es recibida por algunos estupendo gritos de puro deleite y eso que se llama, fangirleo.

Enterarse de algún que otro cabreo monumental de algún cliente por ir a comprar un libro cuando tengo el día libre. ¡Y ahora qué leo yo, joder! ¿Por qué Jorge tiene días libres? ¿No eran los jueves? Y enterarse de las taxativas órdenes de una clienta a su familia / amigos. Nada de experimentos. Le preguntáis a Jorge por un libro para mí. Punto. Él ya lo sabe.

La llegada de la primavera y el advenimiento del verano. No solo pierna creciente, falda menguante, sino hombros al aire y escotes vertiginosos. Ains.

Poder decir a un niño, no le hagas caso cuando le dicen eso de si tocas un libro este señor te reñirá / llamará la atención / echará / pegará.

Acertar a la primera cuando te piden un libro del que no saben el título, ni el autor, ni la editorial, ni de qué va, pero sale un mono vestido de mono en la portada, pero no estoy seguro. En muchas ocasiones es el libro de moda por lo que tampoco tiene mucho mérito.

La hora de cerrar.

El día de Sant Jordi. Ni los días de antes, ni los días de después. Solo el día de Sant Jordi con el sol radiante, la gente paseando, la locura de las seis de la tarde, las visitas de los conocidos y un siempre agradecido café con leche. Eso sí, siempre que no llueva.

Las ediciones no venales, los anticipos, las sorpresas que envían editoriales o representantes.

Ordenar con calma las estanterías y encontrar un libro que se te había escapado. Último caso: ¿cuándo llegaron los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson y cómo es que no lo soñé / adiviné?

Y otras cositas que ya iré desgranando con el paso de las entradas.



* Próximamente haré de cosas mierda de trabajar en una librería.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Alguien entra en la librería y dice...

Fiu, fiu. Se abre puerta. Entra señor.
- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tiene el libro ese del Aznar?
- ¿El segundo volumen de sus memorias?
- Será. ¿Lo tiene?
- Sí, un momento, ahora se lo traigo paso paso paso paso paso paso tenga, es este.
- Gracias.
Ojea ojea ojea pasa página mira para arriba mira página pasa página ojea ojea ojea.
- Perdona.
- ¿Sí?
- ¿Y la firma donde está?
Entiendo mal.
- Sí, cuando lo presentó imagino que firmaría.
- No, la firma de este libro dónde está.
- No hay firma.
- ¿No hay firma?
- No, no hay firma. Los libros no vienen firmados.
- Pero el escritor los firma, ¿no?
- No, no los firma. Vienen sin firma.
- Pero es que yo sin firma no lo quiero.
- Pues no hay firma.
- Ya.
Silencio algo incómodo.
- Pero, a ver, que a mí no me gusta ese tío. Lo que yo quería era la firma.
- Pues no hay.
- Quería la firma y así me dejáis el libro un momento y yo hago unas pocas fotocopias de la firma y ya la tengo. Pero si no hay firma.
- No, no hay.
- Pues no lo quiero. Toma. Buenos días.
- Buenos días.
- Mierda de sitio.

Fiu fiu. Se abre puerta. Entra señora. Viene cada dos días y siempre pide los mismo. A saber
- Hola, ¿has encontrado algún otro libro sobre familias o niños con cáncer?
- No.
- ¿No hay más?
- Es que sobre familias es muy amplio y sobre niños con cáncer tampoco hay tantos. Y que además sean baratos y de letra grande.
- Es que son para regalar a una señora que está enferma de cáncer y leer sobre otros con cáncer la ayuda.
- Lo siento, ahora no tengo más. Pero si aparecen, estaré al caso y se lo separo.
- Y si va de familias con cáncer, mejor.
- Vale.
- Hasta mañana.
Y mañana volverá.

Fiu, fiu. Se abre la puerta. Entra un pseudo habitual.
- Bon dia, Jordi.
- Bon dia.
- Tengo una amiga que te hace una apaño con la boca por diez euros. Por si te interesa.
Y se va.

Fiu, fiu. Se abre la puerta. Entra alguien que no he visto en mi vida.
- Buenos días.
- Buenos días. ¿Qué querría?
- ¿Tenéis revistas?
- Pocas. ¿Cuál buscaba?
- De decoración.
- No, no tengo. Tengo libros, pero revistas no. Mírelo en quiosco - indico un par de quisocos que quedan cerca.
- Gracias. ¿Y collares para perro tenéis?
- Eeeee, no.
- Pues bueno, otra vez será. Adiós, buenos días.
- Buenos días.
Y sale por la puerta para no volver.

Fiu, fiu. Entra una pareja con prisa y cara de angustia.
- Hola, ¿tenéis alguna novela donde salga una lesbiana?
- ¿Una cualquiera?
- Sí, cualquiera. Es para una gincana.
- Pues esta misma.
Pagan y se van con la misma prisa.

Fiu, fiu. Se abre la puerta. Entra un señor.
- ¿Aquí vendéis libros?
- Sí.
- Pues qué pena.
Y se va.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Chorraditas

Esta entrada esta escrita exclusivamente desde el punto de vista de un librero. Y es una queja. Una de esas entradas pataletas que no sirven de nada, pero con las que uno se queda la mar de a gusto. ¿Y de qué va esta entrada? Bueno, voy a empezar con una declaración. ¿Está el micro encendido?
- Sí.
Vale. Fiuuu, fiuuu, ¿se me oye?
- ¿Qué?
¿QUÉ si se me oye?
- Sí.
- Vale. Pues allá voy.

¡¡¡ESTOY HASTA LOS HUEVOS, JODER, 
HOSTIAS, HOSTIAS, HOSTIAS!!!

Gracias.

¿Y el motivo absurdo que solo entiendo yo? Ahora va.

Como sabéis, trabajo de librero. Y uno las fascinantes tareas que tengo como librero es abrir las cajas, controlar las existencias de llegan y tras inventariarlas, colocarlas en su sitio; ya sea la mesa de novedades, las estanterías, una pila en la sección infantil, directos a devolver, etc. Colocar los libros siempre es tarea delicada. Si es una novedad, qué sacas y qué dejas en la mesa de novedades porque tal como están las cosas ahora mismos con la obsesión por la novedad, llevar un libro a la estantería a veces es provocarle la muerte instantánea. Llevar los libros a la sección de historia y ver que no caben, que no, que no hay forma de meter otro libro en ese anaquel. Libros a la sección de cocina y quedarse otra vez abstraído recordando aquellos diez minutos en que toda la sección estuvo ordenada por temas, etc.

La sección infantil es la más cabrona. Colecciones enteras de ratones famosos que uno desearía estrangular, libros con sonidos, formas caprichosas, personajes de televisión, otra trilogía más, etc. La parte de críos suele ser un caos. Los niños pequeños aun no tienen interiorizado el concepto de dejar una cosa en el lugar donde la has encontrado y los libros empiezan un peregrinaje que les hace conocer fronteras que nunca creyeron que existieran. Los padres, al entrar en esa sección, olvidan también cualquier  concepto de orden y se dejan dominar por los instintos de sus retoños. Las manadas de adolescentes fangirlean abrazadas a los libros que quieren, necesitan, anhelan, pero que no se pueden permitir con su paga. Grupos de machos adolescentes perdidos entre libros que acaban gorileando alrededor del piano de Pocoyó, abuelas que buscan algo más barato, algo más barato, un poco más barato, más barato todavía, no lo tienes más barato, para hacer un detallito para la comunión del nieto de la hermana de una amiga con la que queda los miércoles para tomar un chocolate.

Y libros, muchos libros, cantidades ingentes de libros que colocar en su sitio. Y las decisiones de algunas editoriales no ayudan.

No ayudan nada.


Con la compra de el volumen septimo de las desventuras de Greg, la editorial Estrella Polar regala una peonza. Con el sexto regaló un yoyo. Con el cinco, nada. 

Hasta aquí no hay problema. Esta entrada no venía motivada por el hecho de regalar algo con la compra de un libro. Es un añadido. Algo que se ha hecho siempre y que se sigue haciendo. Con la compra de dos guías de viaje, una libreta para apuntar cosicas. Con esta novela histórica, un abanico. Con esta colección de princesas, una corona para que toda niña que sueñe con ser una princesa y llevar corona se frustre porque no hay dios que ponga esa mierda corona de los cojones. Con este premio super importante, va de regalo una botella de cava para olvidar que te gastaste veinte euracos en comprar ese libro. Etc. Con más o menos entusiasmo, el librero reparte las ofrendas como reparte puntos de libro o primeros capítulos. El problema viene cuando la editorial decide que no se fía que el librero reparta los juguetes o los reparta a los niños que han comprado el libro... no sé... capaz es de dárselo al primer mocoso que corretea por la librería. Así que la opción que se les ocurre no es otra que retractilar el libro con el juguete y ya está. Pones una peonza encima del libro y lo envuelves en plástico y para la librería los diez ejemplares que esta pidió.

El librero abre la caja y para su sorpresa se encuentra un libro con una peonza. Con una enorme peonza de madera mala en su portada bien envuelta en plástico. ¿Y esto como coño lo coloco? Porque no se puede hacer una pila, no tiene estabilidad. No se puede poner en la estantería porque ocupa el espacio de cuatro libros. Si intentas ponerlo de cara en la estantería, se pone como mucho tres porque el resto resbala y, además, sigue ocupando un espacio que se necesita para otros libros. El librero se enfada. No, se cabrea. Y se caga en todo y en todos y, sobre todo, en el puto cráneo previlegiado al que se le ocurrió semejante genialidad. Bravo. Que seguro fue el mismo al que se le ocurrió la brillante idea de:

- Poner con uno de los libros juveniles más feos de los últimos tiempos, una de esas gafas con ojos saltones.

En concreto, éstas.

- Pack de bromas pesadas en uno de los libros juveniles de James Patterson que siguen la estela de anteriormente mencionado, Greg. Un pack lleno de risas de la buena, ains que gracia, que contiene
Moco de broma.
Polvos pica pica.
Y las tres gracias de la función, bombas fétidas.
Sí, bombas fétidas retractiladas en la portada de un libro, dentro de una cajita de cartón de mierda que ha ido viajando dentro de enormes cajas llenas de libros soportando peso, vaivenes, golpes y malhumor. 


Y sí, lo que estáis pensando sucede.
Y sí, la nueva formula funciona a la perfección.

¿Todo esto para qué? ¿PARA QUEEEEEEEÉ? ¿Acaso se nota un aumento significativo de las ventas? Partiendo de mi experiencia en la tienda, la respuesta es no. El libro de las gafas tal como vino se fue, el Greg vende lo habitual, ni más ni menos y las bombas fétidas... bueno... Más que ayudar, todo esto despista y molesta y resulta complicado de colocar. Y, en mi caso, un libro que me está dando problemas, que no se colocarlo y que me deja la tienda oliendo a mierda no me predispone a su favor. En serio, no ayuda.

Ya está. Ya estoy mejor. Me he quedado un poquito más a gusto y más tranquilo. Hasta la próxima chorrada que, convencido estoy, no tardará en llegar. Prometo fotos.

martes, 11 de junio de 2013

Acechando se acerca lo peor del año

Dicen por esos mundos que no conozco que abril es el mes más cruel. Por no se qué de la primavera y la muerte y la descomposición y la vida y el simbolismo de principios de siglo XX. A esto solo puedo decir una cosa: y una mierda. Sí, de acuerdo, en abril está Sant Jordi, pero dentro de todo es un mes divertido y bonito gracias a las novedades, el sol y que la gente que viene a comprar un libro lo hace porque quiere. Da igual si es para él, para regalar, para dejar olvidado con los demás libros de Sant Jordi, para calzar una mesa o cometer un asesinato. Abundan las sonrisas, el buen rollo y las ganas de que ir a la librería sea una pequeña fiesta.

No, abril no es el mes más cruel. El verdadero está ahí, en silencio. Acechando.


El mes más cruel del año en verdad es un cuatrimestre. Mediados de junio / julio / agosto / septiembre / mediados de octubre. Cuatro meses de horror, mal rollo, caras largas, reproches, quejas, abusos, algunos insultos y en un par de ocasiones, intentos de agresión. Cajas y cajas repletas de un material desagradecido y aburrido. Precios abusivos. Padres frustrado por la falta de dinero que descargan parte de su mala leche con el desgraciado que tienen delante y que no tiene culpa ninguna: el librero.

Se acerca. Sigilosa. Sin pausa. En silencio para que el librero se confíe y, entonces, sin avisar.


Igual que una calumnia que empieza siendo un rumorcillo y acaba estallando en una tempestad violenta que arranca los pezones desprevenidos. Sin dar noticias, oculta entre servicios de novedades y los primeros escotes del verano. Para que cuando más confiado y tranquilo estés, zas. Aquí estoy. Con esos listas equivocadas, con los errores y cambios de última hora, con esos colegios de donde dije Diego dije que te jodas.


Soy la puta campaña de texto de todos los años. Que es importante y necesaria, pero como jode.

Unos meses de puro infierno. Siempre que llega Sant Joan pido disculpas y pido paciencia a quienes  me rodean. Los niveles de estrés, mala leche y ganas de matar llegan a zonas de peligro extremo. Prefiero las navidades, tres Sant Jordis y la típica incursión mongola que azota Igualada con sus matanzas, violaciones y saqueos en el mes de mayo. Lo que sea, antes que otra campaña de revisar listas, hacer lotes, dar los precios, hacer pedidos y pasar todo el mes de agosto en la tienda entre el workbook de inglés y el cuadernito de catalán.

Ya sé que cada año me quejo de lo mismo, pero es que cada uno de ellos tiene una campaña.

Por suerte, este año me pilla preparado.


Más o menos.

viernes, 1 de marzo de 2013

Shakespe... ¿qué?

Esto ha pasado hoy en la librería.

Ha entrado un señor y se ha dirigido al mostrador.
- Buenos días.
- Buenos días.
- Vengo a buscar un encargo. Me enviaron un mensaje diciendo que estaba aquí.
Me alarga del recibo del encargo. Lo compruebo en el ordenador y, sí, el libro ha llegado. Lo busco entre los libros reservados y lo dejo en el mostrador. Es un libro de lo que se conoce como autoayuda o crecimiento espiritual con altas dosis de misticismo atlante.
- ¿Algo más? - pregunto.
- Sí. ¿Tienen algo de eso? - y me alarga un papel. Lo cojo y leo tres palabras.

Libros sobre Shakespeare

Dudo.
- ¿Qué busca? Un libro sobre Shakespeare o un libro de Shakespeare.
- Busco eso.
- ¿Una biografía?
- No, eso. ¿Qué tiene?
- Biografía sobre Shakespeare ahora no tengo ninguna, pero podemos pedirla. De Shakespeare tengo obras de teatro y los sonetos, claro.
- ¿Qué teatro?
- El de Shakespeare.
- No, yo busco esto que he apuntado - coje el papel y me lo vuelve a enseñar-. Mira, Libros sobre Shakespeare.
- Sí, Shakespeare. Ya sabe, Hamlet, Romeo y Julieta... - Ser o no ser, pienso.
- No sé, no conozco.
- Shakespeare. Es uno de los nombres más importantes de la literatura mundial.
- Es que en un libro que leí aparece este nombre y pensé que sería interesante. ¿Así que es teatro?
- Sí, ya sabe, Hamlet, Romeo y Julieta, Otelo - dejo el resto de la obra del bardo inglés en suspenso.
- Así que este hombre escribe teatro. No, no me interesa. Yo pensaba que Shakespeare era una filosofía como el budismo, el tantra o la ayuderva. No, teatro no quiero. ¿Cuánto te debo?
- Dieciséis euros.
- Tenga. Gracias. Que pase un buen día.
- Buen día.

Esto no puede haber pasado

martes, 29 de enero de 2013

Sobre las ocasionales dificultades de recomendar un libro

Una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es...
- Irte de vacaciones.
- La llegada de la primavera con sus faldas crecientes y sus escotes por favor por favor eso no puede ser sano madre mía madre mía.
- Tener antes que nadie las novedades en las manos.
- Criticar.
- El olor de los libros...
- ¿Pero qué dice éste?
- Cursi.
- Gilipollas.
- Lo siento.
- A decir chorradas a tu puto blog.
- Perdón...
Vamos, vamos, no nos pasemos con el idiota y a pedradas lo echamos otro día. Y sí, todo eso, menos lo del olor (hay que ser tonto...) es cierto, pero no es de lo que quería hablar hoy. Me refería a recomendar libros.
- Acabáramos... ¿pero de eso ya has hablado más de una vez, no?
- Es un pesado...
- Se le están acabando los temas...
- Este blog está más muerto que un muerto bien muerto.
¿Puedo continuar?
- Sí, claro, claro... para quién lee esto...
Bueno, pues que recomendar libros me gusta. Enseñas, descubres, hablas, te recomiendan. Es algo divertido, dinámico y que rompe la rutina de cajas, silencios y ventas de los cuatro o cinco títulos que se han puesto de moda esa temporada.

Y en general me defiendo bien, pero hoy he sido puesto a prueba porque casi seguidas me han venido dos representantes de un espécimen que como librero odio y quiero sacarme de encima cuanto antes y como persona, me convierte en un mal bicho que solo tiene ganas de hacer tragar las obras completas de Josep Pla sin pan ni agua ni nada.

Me refiero a un tipo de persona que entra en la librería para comprar un regalo. Hasta aquí, bien. Y te dice que busca un regalo para un señor, pero...
a) no sabe qué libro comprar.
b) no sabe qué le gusta leer a ese señor.
c) no sabe si a ese señor le gusta leer.
d) no sabe si ese señor sabe leer.
e) no tiene idea porque no entiende de libros.
f) no está segura porque nada de lo que le enseñas lo ve para un señor que véase puntos b, c y d.
g) sus expresiones preferidas son: no, este no, no sé, es que no lo veo, como que no.
h) quiere quedar bien con el regalo porque es un compromiso, tampoco le une mucho al sujeto del regalo, por lo tanto:
h1) si es pequeño, nada porque queda ridículo y dónde voy yo con eso.
h2) si es una novela normal y corriente, ¿no es poco?
h3) un libro regalo es demasiado grande que tampoco me une nada a ese señor y es un detalle y ya está, no nos pasemos.
i) si hace alguna propuesta de regalo suelen ser del tipo:
i1) una biografía de alguien que haya vivido.
i2) una novela que explique una historia.
i3) un libro de fotografía donde salgan fotos de cosas o de animales o de personas o de paisajes.
j) nada de lo que se enseña corresponde a las categorías antes mencionadas, claro.
k) bufa, muerde los labios, se queja en voz baja.
l) en mitad de una frase te recuerda que el año pasado vino con el mismo problema y un compañero tuyo, tú no, un compañero tuyo que no eras tú, me lo solucionó al momento.
m) no, no, no y no a cuatro nuevas propuestas.
n) vuelve a mencionar que un compañero le solucionó el problema.
ñ) no te deja libre. Las insinuaciones de que no puedes hacer más no cuentan y las de te las apañas solo, pesados de los cojones, se ignoran.
o) etc.

Esta situación suele acabar de tres formas:
1. El cliente se da por vencido y acaba llevándose de mala gana alguno de los treinta o cuarenta libros propuestos. Durante el camino hacia caja, el cobro y la envuelta para regalo suele repetir una y otra vez que no esta seguro, si lo podrá cambiar y que no era lo que buscaba, pero mira, qué le vamos a hacer.
2. El cliente te despide con un gesto cansado y aburrido y se queda a la caza y captura de un compañero de trabajo desprevenido con el que iniciar todo el proceso.
3. El cliente muere por un extraño accidente con unos pesados libros que lo decapitan.

Y el librero continúa con su trabajo.

lunes, 21 de enero de 2013

Mañana de estreno

Y el sábado fue el estreno. En principio lo anunciaron para el miércoles / jueves, pero cosas que han pasado por el mundo lo retrasaron. Pero, por fin, el sábado se emitió. Los canapés, los vestidos de gala, la orquesta de swing y los amigos gorrones cobraron sentido. El sábado, a eso de las no sé qué hora, emitieron por TV3 el tan anunciado vídeo de Jorge llevando libros de un lado para otro. Si alguien no lo ha visto, dejo el enlace.


A partir del minuto 1:13 del vídeo. Sale la librería, sale mi jefe haciendo bla bla y sale una voz en voz descontextualizadora y en tono apocalíptico que explica en A lo que tendría que ser la D dando una imagen de la librería que no se ajusta a la realidad. Tantas horas y tantas palabras para nada...

Pero lo importante no es nada de todo eso, claro que no. Lo verdaderamente importante son esas fugaces apariciones de este menda haciendo que hace de librero como si no hubiera una cámara delante. Horas de duro rodaje y de gritos y nervios. ¡No encuentro el personaje! ¡Busca, joder, mira si esta en el almacén! ¡Lleva esos libros para allí! ¡Y esos otros, para allá! ¡Haz como que trabajas! No sé si podré... Lloros, introspección, ser un árbol, irme durante dos semanas a otra librería a ver cómo se comporta un librero, bucear en mi infancia buscando motivación, hacer piru piru y wua wua. Todo para unos pocos segundos que han cambiado mi vida para igual.

La repercusión crítica no se ha hecho esperar.

"Un trabajo honesto y creativo. El día a día de un librero hermosote que hace las delicias de (casi) todas las abuelas". New York Times.

"¡Esto es una interpretación y no lo de De Niro en Toro Salvaje! ¡Chúpate ésa Orson Welles, Tarkovsky, Goddard y las madre que sus parió!" Un exaltado.

"Una patraña. Una farsa. Un ejercicio patético de deshonestidad. Jorge nos había dicho que llevaba libros de un sitio a otro y de otro a sitio. ¡Mentira! Como se puede ver en el 1:50 solo lleva libros de un sitio a otro. Un espectáculo que no da lo que promete. Voy a vomitar" . Juan Perales, crítico bulímico.

"Su interpretación es una mezcla mal ejecutada de Cary Grant, Alec Guinnes y la mula Francis cuando fue sustituida por un hurón. De una a cinco estrellas siendo una, una puta mierda y cinco, me corro todo solo con verlo, mi puntuación sería lapidación por pedruscos acompañados de ingeniosas ironías sobre su pelo". Kurt Siulidan, crítico teutón.

"Cantan demasiado", Antonia, espectadora habitual que odia los musicales.

"Sexi... muy sexi... very hot... esas manos... quién fuera teclado para que le fueran dando al delete", Jessie Littlebrain, sin mucho criterio.

"Yo es que soy más de TeleCinco", Ramiro, abrillantador de senos.

"A mí me ha gustado mucho aunque no lo haya visto porque estoy esperando que alguien le ponga una música graciosa", usuario de Amazon que ha olvidado su contraseña.

"Pues yo creo que ha salido muy guapo", la madre.

lunes, 14 de enero de 2013

Historia de la tele

Hoy ha venido la tele a la librería.


Una chica con un cámara de TV3 se han presentado para hacer un reportaje sobre el mundo de las librerías con la crisis estás que nos han puesto encima y después del cierre de la histórica librería Catalonia de Barcelona. Nos ha elegido porque según parece tenemos "un facebook muy activo" (?). Ha llegado, ha sentado al jefe en una silla y le ha hecho preguntas sobre bla bla bla la crisis y bla bla bla los libros y bla bla bla hay que ver, para pasarse cuarenta minutos rodando planos del día a día de una librería. El problema es que el día de hoy ha sido algo aburrido. No había transporte, no había libros para colocar y no había clientes. Así que para darle un poco de movimiento al tema me han pedido que "haga algo".




Como ninguna de mis ideas les ha parecido adecuada, me han pedido que coja unos libros y haga ver que los coloco. Pero si no hay libros para colocar, he dicho. Pues pilla éstos, te los llevas, haces que vienes y los vuelves a poner en su sitio, pero lento, que lo hacéis todo muy rápido y luego no tengo segundos. Así lo he hecho pensando en lo falso que es todo y más esos programas que buscan captar la verdad. Pero, oye, todo sea por la ilusión de una madre al ver a su hijo llevando libros de aquí para allá, así que he puesto mi mejor cara de no hay una cámara enfocando y como un señor, con elegancia y buen paso, he ido colocando libros que no necesitaban ser colocados y ordenando libros que ya estaban ordenados.

Mientas, de fondo, es que la cosa está muy mal y los libros son muy majos y cómo pueden sobrevivir las pequeñas librerías. Pues haciendo bien su trabajo, pero como esto ya no se lleva, haciendo otras cosas como vender fundas de ipads, barra libre los viernes por la noche o cursos de bailes eróticos.

Sea como sea, hemos pasado la mañana la mar de entretenidos con las cosas de la tele y, si no se desata la tercera guerra mundial o a Messi no le sale un grano en la nariz, saldrá emitido en el telediario de TV3 el mediodía del miércoles o el jueves. Ya colgaré el enlace y todo eso para que veáis la librería, a mi jefe hablando y a un tipo muy atractivo colocando libros, ordenando otros y entrando en el facebook. Vamos, el día a día.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Sobre ese nuevo archienemigo



Cada cierto tiempo me aparece un nuevo archienemigo. Los cables siempre están. Fue ese teléfono móvil al que no sabía cómo quitar la alarma y sonaba los domingos a las siete y media rompiendo el sueño. Fue el autobús dirección Igualada que salía de Barcelona que olía raro. Fueron aquellos rotrings que en clase de dibujo siempre dejaban mancha. Todos ellos me acabaron venciendo, pero siempre presenté batalla. Pero desde hace unas semanas ha aparecido en mi vida el archienemigo de los archienemigos contra el que parece que no puedo luchar y al que no puedo vencer. ¿Quién?

El equipo de música del trabajo.

Parecido a éste, pero diferente.

¿Y por qué? Bueno, para explicar esta dramática lucha tenemos que remontarnos a unos años atrás. Érase una vez una librería que decidió tirar una pared y crecer. Así se hizo y empezaron a aparecer extrañas personas con exóticos nombres como paleta, electricista o yesero. Tira pared, rompe baldosa, abre saco de cemento. Total, que durante demasiadas semanas nuestro querido espacio de trabajo se vio inundado por cantidades ingentes de polvo. Recuerdo que en mi inocencia comenté que deberías quitar el equipo de música para evitar que se estropeara. Nadie me hizo caso, claro. Y el equipo de música fue llenándose de polvo, cargándose y mutando. Porque una vez que acabaron las obras, el equipo que tantas horas de música, tertulias y entretenimiento no volvió a ser el mismo. Donde antes había minutos de rádio, solo estática (un paleta listo pensó que la mejor forma de quitar la antena no era deserrollándola, sino cortando con tijera). Donde antes había música y la lectura de cualquier cd, ahora solo lee... no sé si puedo... discos con canciones del verano.

Solo lee un cd. Dura 26 minutos. Tiene canciones del verano de distintos años. Soy candela, soy una llamaraaaaaaaaa durante horas y horas, días y días. Pones un cd que contenga, no sé, Lou Reed y Johnny Cash y Tom Waits y algo de música francesa (la que tiene ritmo, no la otra) y The Divine Comedy y Seu Jorge y The Delgados y etc., y no lo lee. Más que eso. No lo lee y encima lo raya. Por sus santos huevos. No importa si son grabados o originales. Cualquier disco que pones, no suena y sale rayado. Menos la puta llamarada de los cojones que se llega a oír nueve veces en una mañana. Esa y la canción de la mujer mala que se fue en un día de lluvia, condenada, y dejó al grupo de voces masculinas hecho unos zorros y con un resentimiento encima para cagarse... Una vez y otra y otra y otra y otra y otra... Y si a todo esto le añades pasarse toda una mañana en el almacén entrando novedades del grupo Planeta, pues no es sorprendente que este librero majo y buena persona acabe a días como acabe.


Ya sé que habrá alguno que diga que esto se arregla sustituyendo el equipo de música por otro, pero como todo archienemigo es eterno, inmutable y siempre está allí; jodiendo discos y dejando que suenen durante cuarenta horas semanales los mejores éxitos del verano en pleno invierno.

Hay días que odio la música.