Con catorce años mis padres me compraron una colección de libros entre los que encontré
Justine o los infortunios de la virtud, de El marqués de Sade. Le comenté a un conocido que sentía una enorme curiosidad por leerlo. Su respuesta fue:
- No lo hagas. Con la edad que tienes aún conservas una inocencia respecto al sexo que seguramente el marqués te arrebataría para siempre.
Naturalmente, después de aquellas palabras me abalancé sobre el libro y lo devoré en tres febriles noches. Y entre pulsiones, malas caras, desagrado e incredulidad, me sorprendí a mí mismo lanzando más de una carcajada por las desventuras de esa tontolaba de Justine.
¿Si destruyó algo de mi inocencia respecto al sexo? Bueno, me dio cierta flexibilidad, cierto humor y cierta teoría, pero a la hora de la verdad fui tan inocente y torpe como todos. Quiero decir que con los pantalones bajados por primera vez ante una mujer, a uno se le olvida toda la literatura leída.