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viernes, 24 de abril de 2020

Crónica de un Sant Jordi confinado.

Y llegó el 23 de abril. Sant Jordi.
Luce el sol y se presenta un día esplendido; no hace frío por lo que a las diez ya andaría correteando cual ninfa  en camiseta, ni demasiado calor por lo que el rojo de la cara con el que acabaría entraría dentro de unos estándares normales. No amenaza lluvia y la jornada se alargará hasta las diez de la noche cuando cansados y felices devolvemos las últimas cajas a la librería y vamos a cenar algo guarro.

Los cojones.

Porque por si no lo sabíais estamos confinados por un quítame de ahí un virus. Sí, ya lo sé que os pilla por sorpresa, pero ahora no da tiempo a explicarlo. Si miráis algún periódico despúes de las páginas de cultura hablan de eso. O en la tele si tenéis suerte podéis pillar una tertulia sobre el virús.
Total, al grano.
Que no ha habido Sant Jordi.

Ni cajas, ni libros, ni parada, ni gente, ni agobios, ni preguntas de cuál es el más vendido, ni estudiantes haciendo desganados un trabajo, ni intentos de robo, ni sol, ni agoreros diciendo que qué, aguantará el día u os lloverá, ni los tres saludos de Alcalde, ni Juanjo a primera hora saludando, ni señoras que piden más descuento porque otros años le habíamos hecho más descuento que ellas se acuerda y qué voy a saber yo de qué descuento le hacíamos, ni clientes favoritos que vienen a la parada a que le recomiendes algo porque si no recomiendas tú es menos Sant Jordi, ni la satisfacción del jefe al ver que tras tanto trabajo todo va sobre ruedas, ni los autores firmando esperando que venga alguien a pedirles que les estampe un garabato en su libro por caridad, ni A. espectacularmente atractiva y hermosa poniendo orden a base de sonrisa y machete en el caos que es la sección infantil, ni anécdotas, ni imbéciles, ni gente maja, ni...

Así que hoy me he levantado desconcertado y triste. Deambulaba por casa como alma en pena con exceso de mala poesía romántica y me encontraban llorando por los rincones convertido en un amasijo de carne patética, triste y humillada. Porque yo cuando lloro olvido la dignidad que no tengo ni de puta coña y surge de mi el trozo de ser repugnante que en verdad soy, todo flatulencias, mocos, estertores e hipidos molestos que te hacen levantar la mano así como en un gesto de... me contengo que si no te meto. Niña Dragón me miraba entre fascinada y asustada mientras me golpeaba con un palo.

- Mami, papa está más tonto que ayer.
- Sí, cariño.
- Pobre. ¿Qué le pasa?
- Es Sant Jordi, Niña Dragón y si no tiene su dosis de parada y mala leche se convierte en... eso.
- ¿Le puedo pegar un rato más?
- Sí, claro, un poco más y te vas a quemar la cama de tu hermano que va siendo hora de que se despierte.


Y no he mejorado.
Nada.
Al final A. se ha cansado y para que dejará de suspirar de tal forma que empañaba la colección de estatuas ecuestres que tenemos en el pasillo, me ha improvisado una parada de libros en el comedor / biblioteca / salón de juegos / galería de arte donde tengo una copia de la obra maestra Perros jugando al póker.

Dicho y hecho. Me ha obligado meterme en la ducha y a vestirme con alguna otra cosa que las zapatillas viejas y el pijama raído al que le he enganchado un símbolo de la flota estelar de Star Trek con precinto marrón. Y en unos minutos ya me tenéis con parada en casa, con cara de librero hastiado y atendiendo a clientes imaginarios con un asomo de sonrisa y recomendando lo mejor de lo mejor.


Así que de esta forma he pasado el día de Sant Jordi. He malcomido un bocadillo detrás de la parada. De vez en cuando venía A. o los nenes y me compraban un libro o dos. Se ponían un sombrero y hacían ver que eran otras personas exigiendo más descuento o si tenía el libro ese que han dicho en TV3 que era el más vendido, pero el segundo por la izquierda o si me quedaba alguno de aquel que tenía en la tienda hace tres años, pero que no se acuerda de si era un libro o un ornitólogo. Ha sido más relajado que otros años, no tan agobiante ni tan cargado de gente, pero ha servido para que recupere un poco la dignidad (sí, ya sé que no he tenido nunca) y me quitara el mono de un Sant Jordi encerrado en casa pensando que quizá hagamos uno de verdad en julio o en octubre o vete a saber cuándo.

- ¿Y no hay anécdotas jugosas?
- Bueno, ha venido poca gente y a parte de mis amigos imaginarios, y estos no leen, poca cosa. Me he intentado robar un libro a mí mismo, pero me ha acabado dando vergüenza así que lo he dejado mientras me pedía perdón y me decía que no volviera a acercarme a mí mismo. Pero antes de Sant Jordi...
- ¿Qué? ¿Antes de Sant Jordi, qué?

Listos.
Los listos que gobernarán el mundo.

Listos que se han quedado confinados juntos pensando como tener el libro de Sant Jordi el mismo día porque si no les da algo, ¡LES DA ALGO!

Por responsable decisión, las librerías de mi ciudad...

- ¡Es un pueblo!
- Y nunca pasa nada.

..., vale, lo que queráis. Sigo. Las librerías decidieron de forma conjunta no hacer repartos casa a casa ni hacer envíos para minimizar contagios y riesgos. Se hacen vales de regalo o se aceptan encargos que se recogerán cuando todo vuelva a una apariencia de normalidad entre otras cosas. Así se ha anunciado por activa y por pasiva en todas las redes sociales todas las librerías. Desde ayuntamiento y organismos oficiales se ha anunciado lo mismo. Entidades han colaborado para difundir el mensaje. Espérate. Encarga. Recoge después. Hemos hecho enormes anuncios que hemos difundido lleno de letra gorda y en colores y llenos de dibujos.

Y la gran mayoría lo entiende y participa en el juego de este extraño, raro y triste Sant Jordi sin libros en la calle y paradas imposibles de mirar por la acumulación de cuerpos en un mismo lugar. Te llegan ánimos, mucho cariño, dibujos dedicados, recuerdos y una cantidad inmensa de "nos veremos pronto en la librería" o "os añoramos, libreros".

Qué tiempos aquellos la ansiada aglomeración de las siete de la tarde buscando el libro.

Pero no tenéis ni idea de la cantidad de gente que en esas mismas redes sociales con un cartel que anunciaba que no estábamos abiertos ni hacíamos reparto ni envíos nos preguntaban debajo mismo de ese cartel si estábamos abiertos o si hacíamos reparto o envíos. Personas que te decían que entendían todo eso, pero que ellos sí que podrían pasar a buscar un libro, ¿no?, porque ellos son clientes no comos los demás que son, no sé, flanes. Una persona nos propone que como solución hagamos encargos y luego llevemos todos esos paquetes al super o a la farmacia y que sean lugar de recogida de ¿400? ¿500¿ ¿2000? libros. O por los menos el suyo. Alguien nos dice que esto de tener cerrado es un "caprichito" nuestro y que no queremos vender y que qué nos costaría venderle a él un libro, leche. Nos mandan un mensaje a las diez de la noche del día 23 pidiendo que llevemos un libro urgente a su casa porque sí. Que si no queremos vender y todo eso.

Y el factor que los une a todos es una imposibilidad de ir más allá de su propio ombligo y creer que su libro es el único que se vende ese día. No creerse que hay más gente en el mundo que quiere un libro ese día para regalar, para sí mismo, para meterlo en la lavadora, para hacerse el listo en instagram, para no leerlo nunca, para leerlo esa misma noche, para lo que sea. ¿Qué les cuesta llevar MI libro al supermercado que está abierto y que en estos días de confinamiento no vive en un estrés eterno y perpetuo y no les importará ser punto de recogida de MI libro porque YO soy importante y el resto del mundo pues como que no? ¿Tantísimo cuesta entender las dificultades de este día?

Exijo MI libro de Sant Jordi

Por suerte es lo de menos y la gran mayoría de las personas viven este días como lo que es, una fiesta. Este año triste, rara, diferente, pero una fiesta. Y como en todas siempre hay pesados, borrachos, psicópatas sociales, idiotas e imitadores de humoristas.

En la parada de casa el día fue bastante tranquilo. A ver, ya me esperaba que la afluencia de gente fuera menor que otros años por el confinamiento y todo eso, pero algo me vendía a mi mismo y tuve tiempo para leer algo, lo que otros años ni de coña. De forma extraña no hubo ningún tipo de mutante que quisiera entrar en casa para devorarme o llevarme a otra dimensión porque soy el elegido (otra vez). Lo único fue que Niña Dragón empieza a coquetear con el satanismo e invocó un demonio canibal, pero quién soy yo para decirle nada si de mayor quiere ser tirana universal y archihechicera. Que vaya practicando invocaciones y atadura a ver si así me retira de trabajar y puedo llegar cumplir mi sueño de ser un mantenido. ¿Y Niño Lobo y Niña Zombi? ¿Qué ha sido de ellos, os preguntaréis algunos? Corretean, poco, por casa. Se pasan las horas encerrados en su cuarto. Os podéis imaginar... la adolescencia.

¿Y cómo se presenta el futuro?
Me niego a caer en pesimismos aunque la angustia esté encaramada a mi espalda y me susurre cosas como que me estoy poniendo como un cerdo para la matanza o que esto va para muy largo.

Los libreros los tenéis muy joooodiiiiido...

No nos los podemos permitir.

¿E Igualada? ¿Cómo lleva el confinamiento?
Bien. Ahora que ya se puede entrar y salir de la ciudad sin riesgo que disparen y que el próximo domingo los nenes ya podrán salir a la calle a dar un paseo, la ciudad respira un tanto mejor. Ir a comprar es extraño y estresante, ves a la misma gente que cada día va a comprar un cartón de vino, un bollo de pan o un plátano para echar el paseo mientras se protegen el cuello con la mascarilla . Los que se disfrazan de perro (a partir del domingo se disfrazarán de bebé gigante desarrollado por ingesta masiva de yogur) y los que imitan a los árboles. 

La buena noticia es que el programa piloto del ayuntamiento de Igualada para la conquista y exploración del espacio exterior va viento en popa. Pronto, en alguna luna, habrá una nueva sociedad igualadina que mantenga la llama de tradiciones tan nuestras como la cabalgata de reyes (que es mu bonita y si alguien dice lo contrario las abuelas te devoran el hígado) o el quedarse seis horas plantados en el mismo sitio decidiendo dónde se va.

La selección de los voluntarios ha sido ardua y difícil, pero se han seguido los mismos criterios que para la eleción del rey negro en la cabalgata de Reis; a saber, sesudos análisis psicológicos, pruebas físicas extenuantes, voluntad de hierro, capacidad demostrada de perpetuar la especie igualadina con los mejores genes y los más guapos, ardor sexual incomparable para hacer del viaje un lugar lleno de intrigas, cachondez y misterio, simpatía, honestidad y voluntad de hacer del mundo un lugar mejor y más dado a la alegría y a cabalgar desnudos hacia la puesta de sol.

Imagen filtrada de las pruebas finales con algunos de los candidatos

Me estuve planteando el presentarme a las pruebas e irme a explorar el espacio y ser un héroe y todo eso, pero me han dicho que no habrá cines ni Filmin y como que me da palo.
- ¿Entonces qué haremos diez años en la nave antes de llegar a destino?
- Pues hablar entre vosotros, conoceros, hacer puzzles de gatitos con lazos, mantenimiento de la nave...
- Uf, paso, paso.
- ... pelear con vampiros espaciales si los hay, establecer contacto con otras especies, alguna conspiranción milenaria y llevar el nombre de Igualada por todas partes recordando una y otra vez que la festa dels Tres Tombs igualadina es la más antigua del MUNDO así dicho en mayúsculas.
- Lo dicho, paso paso.
- Pero tus genes son tan valiosos y tú en tu redondez tan atractivo y lleno de sersualidad peligrosa de mujé mala de cine negro que nos serías muy útil como conejillo sexual de indias. ¡Hasta tenemos el disfraz!
- Que no, que no, que aquí me necesitan más. Que si me voy los de la Partida del Lunes se quedan sin libros y no lo puedo permitir.

Y eso que el diseño final de los trajes estaba bien.

Más o menos esto fue lo que dio Sant Jordi de sí.
Lo mejor es que no llovió y que desmontar la parada fue un momento.
Y que los mutantes de las alcantarillas nos dieron un respiro.

Pero aquí estamos, igualadinos.
Y tenemos un vestido blanco nuevo.

martes, 7 de abril de 2020

Crónica de un confinamiento. Parte V

Quince días sin escribir.
No es que me haya quedado sin palabras o que la rutina de Igualada se haya asentado y vuelva a ser una ciudad en la que, en apariencia, nunca pasa nada.
No.
Nos quedamos sin internet en casa.
Sin internet.
Confinados.
Tres personas, dos adolescentes y dos gatos sin poder salir de casa y sin internet.
Y con los datos del teléfono temblando.
Sin internet.
Un problema en la red, dicen. Algo que pierde y que si no es mi compañía, si las gallinas del sacrificio no son negras, si no contestamos y le decimos que está todo bien y que en breve lo arreglaremos.
Un breve que han sido quince días.
Por suerte tenemos una buena provisión de juego de mesa, material de manualidades, dvd de todo tipo de cine y discos duros bien cargaditos, pero el aburrimiento acaba llegando y terminas haciendo cosas que nunca imaginarías que harías. Y no, no intervienen aceite de coche, copos de avena, un dildo percutor con seis velocidades y puño opcional Makumba Dando 2000 y un uniforme de la flota galáctica. No, nada de eso. Acabas entre alucinaciones y conversaciones profundas con tu dedo pulgar derecho (el izquierdo es un gilipollas) ordenando las miles de fotogafías que tienes en el ordenador.
Miles de fotos repetidas porque esa que haces la mandas a los grupos de WhatsApp la guarda en tres lugares distintos, en tres carpetas que cuando descargas se descargan todas y... Bueno, todos sabemos cómo acabamos cuando decidimos ordenar fotos.

Otra vez las fotos del cumpleaños en el parque del niño ese que no se como se llama no, por favor.

Ahora, en principio, esta todo arreglado.
Dicen.
Yo no me fío.
Porque a parte de atractivo en mi robustez, soy paranoico y mal pensado y la señora de enfrente no tiene buenas intenciones. Lo sé, riega las plantas raro. Lo noto.

Esto de la cosa esa del internet no ha sido un fallo normal. Aquí ha habido mala fé y censura. Los poderos facticos y los otros me han querido silenciar; no soportaban que existiera una voz que no entonara la historia oficial. Ni las voces discordantes con la historia oficial podían permitir que hubiera otra voz que disintiera que no fuera la suya así que también me han acallado. Hasta los que les da igual, los que bajan a buscar el pan cada dos horas, los que han construido perros mecánicos o han desafiado las leyes de dios y la ciencia convirtiendo a sus periquitos en podencos han ido contra mí. Porque me temen y me odian. Porque me envidian. Porque me desean aunque no quieren admitirlo. Porque quieren hacer un cosplay de mis mejores modelos como aquel que llevo un pompón en los pezones o con mi disfraz de bárbara de baratillo.

Pero no me callarán.
Estoy preparado, duchado y con ropa interior casi limpia (porque uno ya tiene una edad y esa última gota nunca cae en el baño) para seguir contando qué pasa en Igualada durante este largo confinamiento.

Estoy que lo rompo.

¿Cómo está Igualada?
Pues mal. Cuesta levantar los ánimos cuando conocidos tuyos están pasando malos momentos y no puedes darles un abrazo o cuando la fecha para salir de casa se alarga cada vez más. Los rituales para salir a comprar como ponerse el uniforme, la distancia de seguridad, la escopeta, la pastilla de cianuro por si te pilla alguna banda rival...

Preparaditos todos para ir al super.

Hay corte de luz y carreteras. Sí, ya sé que por los medio comprados dicen que se ha levantado el asedio a Igualada, pero no es cierto. Ahora es más sutil. Ahora es psicológico y si vas a la afueras esquivando a la poli de balcón, verás a cientos de desconocidos que te miran mal porque somos zona cero y nosotros, los igualadinos, lo empezamos todo. Miradas y gestos reprobadores y gente que chista cuando pasa, pero cuando los miras hacen así como que no han sido ellos y estaban mirando esa nube que es graciosa porque parece una sardina. Quizá para las mercaderías no es tan duro, pero para la población es horroroso.

Y los mutantes.
Porque ahora a parte de todo lo que tenemos, en Igualada hay una plaga horrorosa de mutantes marinos que buscan pareja que es una puta pesadilla. Salen en manadas borrachas del río Anoia, famoso en todo el mundo por ser uno de los más caudalosos del planeta, y se dedican a ir por las calles cantando y dejando en las ventanas cervezas llenas de orín. Y si solo fuera esto no se diferenciarían de cualquier turista que nos visita. Y no solo es porque sean viscosos y huelan a pescado olvidado encima de un radiador encendido durante tres semanas, si no que son insoportablemente pedantes y hablan con un estúpido acento francés que te dan ganas de arrancarte el oído interno para no volver a escuchar cómo explican por qué decimos mal Chopenjauer. 

Fotografía de un grupo de mutantes solteros y salidos saliendo de las cristalinas y rejuvenecedoras aguas del proceloso río Anoia.

Igualada se ha convertido en un paraíso de turismo basura para profundos y mutantes.

CONTINUARÁ...

lunes, 23 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento. Parte IV

Igualada tiene un serio problema.
Sí, vale, esta todo eso del confinamiento, la falta de camas en el hospital, la escasez de recursos médicos, el agotamiento físico y mental del equipo humano del hospital, el aumento de muertos, una población llevada al límite psicológico por no poder salir a la calle... sí, vale todo esto. Pero tenemos un problema más grave y urgente.
Los actores.
Y los igualadinos y habitantes de la conca d'Odena en general saben perfectamente de lo que estoy hablando. 
De ellos.


Por si el resto de lectores de estas sencillas y veraces crónica no lo saben, este fin de semana se tendría que celebrar en Igualada una edición más de la Mostra d'Igualada, una feria de teatro infantil y juvenil. Durante unos días la ciudad se llena de compañías teatrales que vienen a enseñar sus últimas creaciones, programadores que buscan material para sus teatros y familias que se quejan de que no hay entradas en ninguna parte.

Este año se canceló por el asunto del coronavirus y se pospone a un mejor momento. Con lo que no contaban los organizadores es que una compañía había decidido venir varios días antes para ponerse en sintonía con las fuerzas telúricas de la ciudad y ver si en la plaza donde actuaban la energía era limpia o tenían que traer un exorcista cuántico para limpiar de impurezas y astillas el lugar. Además, querían pasar unos días en l'Anoia disfrutando de personas, gastronomía y paisajes; no por algo a este pequeño rincón de mundo se la conoce como la Toscana catalana.

¿Problema? Llega el virus, se confina la ciudad, esta compañía no puede salir y se queda en la calle porque la familia que los iba a acoger a cambio de risas durante la cena no quiere saber nada de ellos. Vagan por la calles sin saber dónde meterse. El hotel de la ciudad no los quiere por las pintas que llevan, los niños les lanzan piedras desde los balcones (en Igualada es tradición que a los niños pequeños la noche de Reyes les traigan un cargamento de piedras para que durante el año puedan lanzarlas a todos aquellos que parezcan "de fuera") y con hambre y frío porque descubren que las risas no calientan el cuerpo acaban degenerando convirtiéndose en un problema. Acechan bajo los puentes con sus disfraces y maquillaje y atracan a los desafortunados que van del supermercado a casa, de la farmacia a casa, del aquelarre a casa. Roban medicación, comida, ropa interior amenazando con hacer un espectáculo de mimo o la rutina del payaso y la escalera.

Y no tienen gracia.

Porque están desesperados y su comedia se tiñe de sarcasmo y cuando ven que nadie ser ríe sus ojos se vidrian y todo espectador es un crítico y, bueno, lo típico; canibalismo sin pedir permiso, violencia en tonos pastel y muchos chistes sobre cambiar pañales cuando viene la suegra.

Este grupo de actores abandonados a la buena de dios se está convirtiendo en un problema muy grave. Igualada está acostumbrada a unas dosis de canibalismo y violencia digamos, normales, tranquilas, las típicas de una ciudad de provincias, pero ahora, por culpa de este grupo está aumentando de forma exponencial. 

Captura de una story de Instagram que hicieron dos de las víctimas para inmortalizar el momento en el que los Actores empiezan a devorarles las piernas sin salsa de romesco ni nada.

Y ni el ayuntamiento, ni el govern de la Generalitat, ni el Gobierno central, ni la Federación Unidas de Planetas están haciendo nada. Exigimos un grupo táctico anti actores abandonados o un contrato vinculante que les lleve a hacer una gira por otras tierras. Pero a nuestras peticiones solo responden con silencio y alguna que otra pedorreta.

Al final los ciudadanos de Igualada hemos optado por tomarnos la justicia por nuestra mano y acabar con esos mal llamados actores. Hemos elegido en una asamblea hecha en el templo subterráneo que tenemos consagrado a Afrodita a tres de los mejores para que se enfrenten a ellos en una justa teatral interpretando la Médea de Séneca.


Ya os diré cómo acaba todo.

En casa estamos bien dentro de lo bien que podemos estar tras diez días encerrados y los que quedan por venir.  Tanto Nil como Noa van a la suya viviendo día a día. Niña Dragón está feliz al tener a sus padres y a sus hermanos en casa para jugar, pintarnos, hacer galletas y fuertes de mantas. A. sufre por todos y tiene sus momentos, pero siempre los supera; es más fuerte de lo que ella piensa. Yo he empezado a pintar en las paredes con mis heces una imagen que se repite una y otra vez en sueños

Algo así, pero con más tetas. Y tres narices. Y en rojo. Y con blondas. Muchas blondas.

una figura que se llama mi amiga y que si le hago caso en todo y no pregunto nos ayudará a salir de ésta. Solo unos sacrificios y ver mucho cine italiano. A mí ya me va bien consagrar mi vida a una deidad pagana porque con esto del encierro no me concentro y me cuesta leer y ver una peli. A ver si así aprovecho para hacer algo útil.

CONTINUARÁ...

viernes, 20 de marzo de 2020

Diario de un confinamiento. Parte III

En el edificio de enfrente hay atrapado un runner.
Lo veo todas las mañanas al salir al balcón para respirar un aire sorprendentemente limpio. Lo veo ponerse sus mallas, las bambas, el reloj atómico, una camiseta ajustada y una cinta al pelo. Da dos saltitos y empieza a correr alrededor de su mesa de comedor que, al vivir solo, es de tamaño "venía con la primera entrega". Tras dos horas dando vueltas se detiene de improviso y se pone a llorar.
Y así cada día.
Es un espectáculo entre patético, divertido y triste, pero muy entretenido.
Está a un paso de hacer una locura; ir a las carreras ilegales nocturnas que se organizan en ciertas calles de Igualada bajo el calor de los focos y siempre con el miedo de una aparición sorpresa del Equipo Táctico Anti Runner. Algunas noches los veo pasar por debajo de casa mientras orino desde el balcón (¡qué pasa! me da palo ir hasta el baño); corriendo, sudando, huyendo de una poli armada con tobilleras reflectantes y pulsometro oficial.


La civilización occidental se está desmoronando y lo que peor me sabe es que no podré ver el Star Trek de Tarantino.

No sé que día del confinamiento es. Sexto o séptimo.
Ayer A. salió a comprar avituallamiento. Suele ir ella porque a mí me da palo ponerme los pantalones para ir a la calle y que A. necesita pasear y el aire en la cara. Cuando volvió me explicó que la cosa está descontrolada. Los dos supermercados que tenemos cerca de casa están controlados por la banda de los 80's Remember Back; un grupúsculo que existía en Igualada y del que nos reíamos todos que exigía utilizando la pesadez infinita violenta que los ochenta volvieran por ley, que la película más divertida de la historia es Los Cazafantasmas y que la canción de La historia interminable es buena, en serio, solo tienes que escucharla con el corazón.

Estos días han cobrado fuerza por el descontrol de las fuerzas de orden y están imponiendo en Igualada una dictadura de nostalgia impostada y alegre inmadurez. Antes de entrar en cualquier comercio te someten pruebas y preguntas sobre cultura popular de la década de los ochenta. Por suerte son limitaditos y las respuestas se suelen resumir en "Bill Murray", "Gonnies" y "Cindy Lauper".


En el supermercado todo más o menos bien. No había carne, congelados ni esmalte de uñas porque corre el rumor por redes que algunos científicos de alguna parte han descubierto que forrarse el estómago de esmalte de uñas y bicarbonato mata al virus. Pero ha conseguido un paquete de merluza, arena de gatos y medio paquete de pilas. Con eso tiramos una semana aunque para asegurar esta noche haré una incursión a casa del vecino para robarle todos los alimentos que pueda; he actualizado mi disfraz de ninja orondo y estoy preparado para la acción.

En casa estamos bastante bien considerando la situación crítica del exterior, la incertidumbre por el futuro y por los conocidos. Tanto Nil como Noa pasan el día encerrados en su habitación; uno viendo animes de luxaciones abdominales, la otra entrando cada dos horas en al web del instituto por si hay deberes nuevos. Niña Dragón lo pasa entre disfraces, pinturas y nos ha presentado a tres amiguitas suyas que no sabíamos que vivían con nosotros.

Ricitos, Pulserita y Colitas.
Total, donde comen siete comen diez.

- ¿Y cómo es que no las habíamos visto hasta ahora, cariño?
- Porque vivían encerradas en la habitación que encontró mami.

Nota, Alicia ha empezado a hacer reformas en casa y detrás de una estantería que no recordábamos tener ha encontrado una habitación llena de juguetes, muñecos de porcelana sobre la Inquisición inglesa y latas de orejones. Dale unos días a A. y te monta un programa de reformas sin necesidad de inquietante hermana gemela o colaboradores escandalosos.

- ¿Y qué quieren tus amigas?
- Se quedan a vivir con nosotros.
- Pero no sabemos si les gustan los macarrones.
- Comen mientras duermes.
- ¿Y qué comen?
- A ti.
- Bueno, que se queden. Mientras no hagan ruido y me dejen ver pelis españolas de los setenta no habrá problema.
- Dicen que vaya a jugar con ellas al cuarto.
- Sí, sí.
- Que hay una puerta que va al infier...
- Que sí, que vale.

Ya sé que puede parecer raro, pero la situación en Igualada es muy extraña estos días y ya no me sorprende nada.

Ah, y hoy he hablado por videollamada con mi madre.
Creo que el confinamiento también la está afectando.


Aunque la veo bien, la verdad. Es bueno que tenga un hobbi, sea cual sea.

CONTINUARÁ...

viernes, 13 de febrero de 2015

Relato veraz de lo que aconteció ayer 12 de febrero de 2015 en Igualada explicado por un igualadino que sobrevivió

Tras emerger del bunker, reponer las latas de judías y el agua, hacer la cama, ventilar y cerrar la puerta secreta hasta la próxima crisis, me dispongo a hacer un relato veraz de lo que ayer sucedió en Igualada, denunciar las mentiras que se han dicho, homenajear a todos los caídos y advertir al mundo de que ayer fuimos nosotros, pero mañana pueden ser ellos.

Ayer el día empezó de forma normal.
Los niños y A. para el cole. Ellos para formarse y convertirse en personas de provecho con la cara pintada por la proximidad del Carnaval, ella como madre voluntaria para acompañar a un montón de monstruos cuellicortos a una excursión. Yo, después del tradicional pipí de la mañana que celebré con canciones góticas y un extraño baile que no volveré a repetir, me fui a un panadería / cafetería a tomar un cafetito y una pasta mientras me acababa un libro y empezaba otro (es conveniente llevar siempre un mínimo de dos libros encima por si las moscas). Acabado el desayuno, fui a la biblioteca a por un tercer libro y para casa. El ambiente en las calles, normal. Ingenuo de mí esperaba que fuera un jueves de fiesta igual que todos.

Al llegar a casa me pongo a escribir una reseña para el blog de literatura que se quedó inconclusa cuando veo en twitter que una nube tóxica empieza a extenderse por Igualada. No puedo creerlo. ¿Es mi Igualada o es la Igualada de Connecticut? ¿Hay una Igualada en Connecticut? Y si la hay, ¿es una ciudad gemela a esta, pero algo diferente, no sé, que todos son rubios o escobas y comen niños y conducen ancianos? Empiezo a investigar y sí, es aquí.


Una enorme nube de color naranja se adueña del cielo igualadino. ¿A qué se debe? Empiezan los rumores. Un accidente, una explosión en el polígono de una planta química, una fuga radioactiva de una central nuclear, un terremoto imperceptible ha provocado una rotura en el continuo espacio tiempo geográfico provocando que gases de otra dimensión acaben en ésta provocando en el entorno cambio drásticos al tener una composición química y mágica completamente distinta. Sí, debe ser eso. Quizá es mi oportunidad.


Dejo lo que estoy haciendo y subo al terrado del edificio. Allí me desnudo y dejo mi apolíneo cuerpo algo dejado a merced del frío y de los gases naranjas. Aspiro y me acaricio el cuerpo de forma algo erótica deseando que esa composición química de otra dimensión entre dentro de mí, me posea, me haga suyo y me otorge superpoderes. Superfuerza, velocidad, músculos de acero, super sentido del humor, garras retráctiles, un escote poderoso, lanzar rayos... da igual, algo que me permita luchar contra el mal y partirle la cara a unos cuantos imbéciles que conozco. Pero nada. Tras unos minutos y cuando veo que mis pezones ateridos por el frío se tornar de un inquietante color azul no mutágeno, me rindo. No es el momento de adquirir superpoderes mutantes. Pero si no mutamos, ¿qué es esa nube? La respuesta llega clara y diáfana a mi mente. Y no puedo evitar esbozar una sonrisa.


Lo sabía. Ha llegado. El apocalipsis zombie que tantas veces he anunciando y del que se reían ha llegado. Las calles de Igualada en pocos minutos serán tomadas por hordas de muertos vivientes. Así que ni corto ni perezoso, bajo a casa y me armo con un rifle, un par de pistolas y granadas (A. no lo sabe, pero guardo un arsenal para estos casos con pistolas cargadas y material explosivo debajo de la cama de los niños, al lado de la caja del Lego) y vuelvo al terrado. Allí, me parapeto tras la balaustrada y empiezo a disparar contras las ancianas que van por la calle cargadas con la compra (por cierto, que a todo esto ya me he vestido, por si había alguno que sufría por el destino de mis pezones). Disparo tras disparo van cayendo eliminadas a la calle. Sé que aun no se habían convertido, pero
1. Hombre previsor vale por dos.
2. Lo hago para evitarles un futuro sufrimiento.
Tras tres docenas de disparos, me detengo y consulto las redes sociales.
Nada de zombis. Se habla de un error humano en el transporte de productos químicos y, pam, nube que no es tóxica si no corrosiva. Una torpeza. Un mal tropezón o un pilla tu por el asa, que se resbala, joder que se cae, mierda otra vez.

Ni zombies ni mutantes.
Espero que al menos esta crisis ciudadana que ha agotado las mascarillas en las farmacias y que según los periódicos ha provocado que las calles estén desiertas (aunque mirando por la ventana la gente pasea, fuma en las puertas de los bares y chafardean de tienda en tienda) dure hasta la noche y empiecen los saqueos. Tengo un par de libros en mente y hace tiempo que hablamos de un televisor nuevo. Y como tengo un Kyoto delante, pues en una carrera bajo, saqueo y me llevo una tele y una radio para la cocina que cuando estoy allí me aburro yo solo y por obligo a los invitados a quedarse y darme conversación.

La nube al final ni mata ni muta. De alerta 2 se pasa a alerta cuidadín. La gente ya puede salir a las calles, menos niños, ancianos y gente que no sepa respirar. Llamo a A. ¿Cómo estáis en el colegio? ¿Va todo bien? Me dicen que están confinados, pero que tranquilo que el ayuntamiento ha prometido bocadillos a los niños y que comerán allí. El problema es que esos bocadillos nunca llegarán (es el gran misterio de Igualada y la desaparición de 7000 bocadillos que alcalde y ayuntamiento dijeron que se estaban repartiendo) y el colegio se verá obligado a tomar medidas extremas para alimentar a todos los alumnos. ¿Empezar por P3 o por sexto? ¿Una clase tendrá suficiente alimento para todo el colegio o se verán obligados a prescindir de todo un curso? ¿Y los vegetarianos? ¿Podrán engañarlos y hacerles creer que lo que comen es lechuga y no a Pau, el de sexto que es padrino de lectura de Laia? Cuando todo parece perdido, alguien propone ir a buscar bocadillos a una panadería. A pesar de que da una pereza terrible salir y que los cuchillos ya están afilados, un grupo de inconscientes va.

Aunque no pudieron evitar que un niño de P4 tomara un tentempié.

A partir de las tres empezó a circular el rumor de que todo volvía a la normalidad, todo estaba controlado y se suspendían los saqueos.
Ni mutantes, ni zombis, ni saqueos.
Un día de fiesta desperdiciado.
Y todo por un error humano.
Aunque yo no me lo creo. He visto demasiadas películas de serie B, leído mucha prensa amarilla (ayer me empapé en los delirantes reportajes de La Vanguardia) y novelas de terror en pésimas traducciones, tengo demasiada imaginación y tiempo libre como para creerme la versión oficial. ¿Quién se fía de un político sudoroso que dice que la situación está controlada? ¿Quién me dice a mí que de verdad era una empresa química y no un laboratorio ilegal de drogas? ¿O donde se estaba experimentando para conseguir el soldado igualadino perfecto? ¿O la creación de monstruos que ahora son pequeños, pero que dentro de seis años saldrán del río Anoia y os matarán a todos porque yo ya lo sé y estaré atento a huir como un cobarde al primer bicho imposible que emerja de las aguas?


Esto es el principio. Hay más de lo que nos dicen y nos están ocultando información. Demasiada transparencia y mucho twitter... eso quiere decir que no nos lo explican todo. ¿Qué se esconde en Igualada? ¿Nitrato? ¿Ácido? ¿Existen esas palabras de verdad o son inventos de una prensa dominada por las oligarquías petrolíferas? ¿Acaso mienten las voces que oído en la tele cuando está apagada? ¿Acaso ese dinosaurio al que le sientan tan bien las hombreras me está engañando? ¿Quién puede fiarse de los políticos? Yo no. Y que sea un conspiparanoico no quiere decir que no tenga razón.

Y pasaron más cosas, muchas más cosas que vieron mis ojos, escucharon mis oidos y me dijeron las hadas majas, pero ahora no tengo mucho tiempo que tengo que irme a trabajar.

Pero recordad lo que os digo.
Esto no ha acabado.