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domingo, 17 de mayo de 2020

De cómo ha ido esta primera semana de trabajo y de lo raro de cojones que ha sido todo

Se acabó el confinamiento estricto y poco a poco volvemos a eso que se ha dado en llamar "nueva normalidad" y que para mí es una mala mezcla de distopía ballardiana, cine pseudointelectual político de los sesenta y comedia berlangiana; un nuevo mundo donde lo terrible e inquietante se mezcla y confunde con lo ridículo y absurdo y oscuramente cómico.

Esta semana pasada he vuelto a la librería.
Las puertas se han abierto y vuelvo a colocarme tras al mostrador a la vida llena de quejas continúas del librero. Por supuesto, volvemos, pero de forma rara y extraña y sin la libertad para babear y estornudar que teníamos antes. Amén de todos los nuevos artículos que debemos llevar para atender al público.

A punto de abrir las puertas de la librería.

Los protocolos para entrar o salir de la librería son nuevo y difíciles de asimilar. Solo puede entrar un cliente por trabajador y un cliente por núcleo familiar. Mascarilla obligatoria y nada de tocar los libros; nada de rozar de forma cursi la portada, esconder el libro que se quiere detrás de otro para que nadie se lo lleve, meter la nariz entre los libros y decir eso de que los libros huelen bien, nada de frotarse la entrepierna con los volúmenes de la obra completa de Josep Pla por aquello de la erótica de la palabra escrita, nada de hacer que Los miserables mordisqueen los pezones...

Pero antes de entrar, más protocolos. Ojo, que me parecen bien. Que no hemos estado encerrados tanto tiempo para que por orgullo mal entendido se joda el invento, pero esto no quita que se ralentice y acabado el día de la sensación de haber atendido a menos personas, pero haber trabajado el triple.

Hasta nuevo aviso, prohibido hacer esto en las librerías.
Y quitarse la camisa. Queda raro.

Empezamos vigilando que los clientes guarden la distancia de seguridad y guarden turno de forma ordenada y sin los machetazos que tan alegremente se pegan los igualadinos en los supermercados o en las reuniones familiares. Comprobamos que llevan la mascarilla puesta de forma correcta y que se desinfectan las manos con un jabón que proporcionamos, y de gran efectividad porque a parte de matar a los posibles virus, limpia la piel muerta, abrillanta las uñas y deja al sol trozos de carne que jamás lo han visto. Ante los lloros de los clientes siempre decimos lo mismo, mientras no salga hueso puede ponerse jabón. Tras esto los clientes se desnudan y pasan a las salas de descontaminación donde se les administra una ducha de compuestos químicos que en su mayor parte es cianuro, potasío, mercurio rebajado a un treinta por ciento y basalto de amoxicinina para dejar los rizos de forma natural. Se frota a los clientes con escobas hipodérmicas y luego se les somete a radiaciones ultravioletas, a una limpieza anal completa y se les proporciona trajes de contención con oxígeno para cinco minutos.

En la zona de descontaminación antes estaba la sección de ensayo político.
Nadie la echa de menos.

En este punto entran  Hans y Bernadette; los nuevos trabajadores de la librería que el gremio ha impuesto para vigilar que los clientes cumplan las normas, que los libreros cumplimos las normas, que los libros cumplan las normas y que ellos cumplan las normas. Son majos. Duros, expeditivos, violentos, narcisistas, pero majos.

A Hans le gustan los libros donde salgan robots y disparar porque sí en las rodillas, "hace un ruido muy divertido... tiene algo que ver con el tipo de articulación". A Bernadette los libros de historia antigua y la tortura intracraneal. Una tarde de estas, mientras me ayudaban a limpiar la sangre que había dejado un cliente que nos comentó que le parecía bien que todo el mundo llevara mascarilla, pero que a él no le pasaba nada y por eso no la llevaba nunca, me explicaron que se conocen de hace mucho años cuando de niños coincidieron en la antigua Stasi, donde estudiaron espionaje y negociación con prisioneros; los acabaron despidiendo de un trabajo que les gustaba y llenaba por "ser demasiado bordes con los clientes y no pedir por favor que delataran a sus madres".

El cometido de Hans y Bernadette es acompañar, y vigilar, a los clientes para que de verdad no toquen nada porque, sí, llamadnos desconfiados, no nos fiamos de su palabra. Quizá dice poco a nuestro favor, pero después de ver a un cliente que nos había prometido no tocar nada meterse un dedo en la nariz y luego ponerse con el mismo dedo a repasar los libros buscando "algo que me llame, no sé, algo así como que me llame por mi nombre y me diga, léeme", mejor asegurarnos. Y a mí me cuesta mucho llamar la atención porque tras estos meses todos estamos tensos y nerviosos, pero a Hans y Bernadette no les cuesta nada hacerlo ni ponerse bordes ni arrancar un brazo ni hacérselo tragar a alguien mientras les cobra con tarjeta.

La gente viene con ganas a la librería y en su mayor parte son comprensivos con las nuevas normas de seguridad, distancia e higiene. Pese a todas las incomodidades intentamos hacernos la vida más fácil unos a otros y entendemos que para todos ha sido complicado. Luego están "los listos"; aquellos, como he dicho antes, que intentan explicarte porque las normas no se han hecho para ellos, por qué están por encima de nosotros y por qué ellos pueden entrar en pareja, pero el resto debe esperar en la puerta. Amén de explicarte todo lo que haces mal y tratarte con ese punto de suficiencia que roza la mala educación.

El listo que me ha llamado joputa y que dice que la mascarilla se la ponga mi puta madre que pase.

Y frustra y cabrea y ves que todo eso de que saldremos de esta mejores y más unidos son estupideces y que el ser humano sigue igual, si no más, egoísta, insolidario, cretino y crecido. Y acabas muy harto de todo ello, la verdad. Y yo solo he estado una semana en una librería. De verdad no quiero pensar qué ha debido ser para una cajera de supermercado. ¿Se puede haber estado trabajando estos dos meses con esa presión y la omnipresente estupidez humana y conservar un poco de fe?

A veces me quedo así, traspuesto en el trabajo pensando si todo esto merece la pena y tiene algún sentido.

¿Notaba a faltar la librería? Sí y no. Tenía ganas de volver a trabajar, de volver a los libros y ver y charlar con los clientes, pero a la vez me daba apuro el mundo de fuera y ser figurante en este nuevo mundo que se está formando (¡malditos tiempos interesantes!). Además, esto de estar en casa con la familia durante tantos días ha estado bien. He leído poco, pero a gusto y me he visto casi setenta películas. Tener tiempo para no hacer nada y dejar para mañana sin remordimientos escribir un poco, hablar de tal película o adelantar la partida de rol. He tenido la suerte de no haber sufrido el síndrome de "aprovechar el tiempo". Pero sí, volver a la librería está bien. Los imbéciles, las avalanchas de novedades (¡más de cuatrocientos libros en junio y julio, pero estamos pirados Grupo Planeta de los cojones!), la incertidumbre, no, a todo eso no quería volver, pero a estar rodeado de libros y al día a día, sí. La librería vuelve a estar abierta y que siga así treinta años más.

Sí, estamos abiertos... hasta las ocho... sí, lo tenemos... no, no hacemos descuento de Sant Jordi.

PS. Se me ha olvidado comentar lo de la familia vikinga que nos ha crecido en la sección de poesía, pero lo dejo para otro día porque esto me ha quedado demasiado largo. Tenemos nuestros más y nuestros menos, que no compartan el botín de los saqueos me cabrea lo suyo, pero creo que llegaremos a entendernos.

jueves, 27 de abril de 2017

Crónica con unos días de retraso de un Sant Jordi en domingo

Como hemos vuelto al blog, volvemos a las crónicas de Sant Jordi; una fiesta que después de no sé cuántos años se ha convertido en mi memoría en un único día del libro amenizado con escenas de lluvia.

Domingo 23 de abril de 2017.
Siete de la mañana.
Suena el depertador y el librero se caga en la madre que parió a todos los despertadores del mundo. Con la rabadilla un poco adolorida por culpa de la carga de cajas de la noche anterior, intenta levantarse. No puede. Un gato duerme encima de su pecho como bruja que quisiera arrebatarle el aliento. Lo aparta con cuidad no vaya a despertarse el animalico y para el lavabo. El típico primer pipí de la mañana (y puede que el último hasta la noche... cuando llega Sant Jordi el librero se pone en plan circuito cerrado y ningún fluido abandona su cuerpo porque literalmente ese día no tiene tiempo ni para echar una gota).

Se viste frikoso, tentacular y estiloso y para la cocina a hacerse un té. A medio pasillo un bebé de catorce meses lo intercepta con alguno de sus primeros y balbuceantes pasos y exige su atención y que le entretenga.
- Es que no tengo tiempo, cariño.
Le da igual. Es un bebé y no tiene tiempo para esas monsergas. Alza los brazos y con mirada autoritaria exige que lo lleve con él a la cocina y le abra el cajón del menaje para que pueda repartirlo por el suelo. Es su rutina de ejercicio todas las mañanas y no puede permitir que un gordo friki cualquiera por mucho que sea su padre se la interrumpa.

Cocina. Desayuno rápido. Esquiva de menaje. Coger al bebé a cuello y llevarlo con A. Comunicarle a A. que me voy, hasta luego. A. hace un ruido que puede ser asentimiento, queja o invocación, se alza la camiseta del pijama y el bebé, en un movimiento rápido que algo tiene de portal dimensional, pasa de estar en brazos de su padre en pecho de su madre en milésimas de segundo.

El librero comprueba que lo tiene todo y para la plaza de Cal Font.


Donde siempre y la hora de siempre.
Cuando llega algunas paradas de librerías ya han empezado a montarse. Como todos los años, la librería donde trabaja se comporta como una diva. Llega última y, si puede, se va primera. A las ocho en punto empezamos el montaje. Llega la furgoneta, se descargan caballetes, mesas y cajas de libros. Muchas cajas. Y todas llenas de libros, claro. Este año llevamos unos 2500 ejemplares a la parada. Bastante menos que otros años, pero lo suficiente para que el librero sienta una ligera punzada en la espalda por el esfuerzo y su manía de coger las cajas de forma totalmente incorrecta. A las nueve y media, parada montada y primeras ventas.


Algo que parece una revista, pero que no sabemos exactamente qué es (quien lo vendió no se acuerda y no lo hemos logrado identificar), una novela de amoríos y achuchones  y la primera petición de "lo más vendido".
- Acaba de empezar el día, no sé lo que será lo más vendido.
- Anda que no lo sabéis. Si está pactado. Si sois todos unos mafias.
No sé si se refiere a los libreros, a los tipos con gafas, a los bordes con camisetas lovecraftianas o a los reptilianos que dominan el mundo del libro igualadino. Y si es este último caso, no sé cómo se ha podido enterar y como sigue vivo. Tendré que informar a la Branquea Epsilon de posibles filtraciones.





Hace un muy buen día. Sol, cielo despajado, el bendito calor. En poco tiempo la plaza se anima y a partir de las once y media se desata el infierno. Una mañana como nunca antes. Gente y más gente, compradores lanzados buscando su libro (o libros) entre las paradas. Al ser domingo, la gente se anima más por la mañana. Los refuerzos vienen (entre ellos derrochando lisura, A.) y el librero se encuentra siendo el centro de todo. Clientes que le llaman, compañeros que le reclaman, gente que alza el brazo, chilla, llama por su nombre, etc. Jorge, Jorge, perdona, este libro, Jorge, perdona, tenemos este libro, está el libro de, Jorge, Jorge, Jorge. El librero acaba estallando y a un grito de "callaos todos", silencia a un cliente y tres colaboradores. Establece el orden y a ver sí, el libro es este, no no lo tenemos, míralo en la lista.

Una locura. La sección de infantil desaparece por las hordas de familias que se acercan. Nunca habíamos vendido tantos libros para niños a una velocidad igual. Cuando a las once y media viene A., que cada año acaba adueñándose de esa sección, solo encuentra espacios vacíos. Por primera vez tengo que decir a algún cliente que los libros de esa edad que pide se han acabado. Todos. Lo mismo ocurre con juvenil, con fantasía, con novela general. Con libro práctico, no. Ni cocina, ni ensayo, ni economía... el año que viene habrá que traer menos libros de esas temáticas.

Y al poco... la señora mayor.
Como en todas las buenas historias, y en la mayoría de las malas, siempre hay una señora mayor.
- Perdona, niño. Oye... perdona.
- Lo siento, estoy atendiendo a esta chica.
- Pero es que yo quiero preguntar algo.
- Estoy atendiendo.
- Pero es que quiero preguntarte algo.
- Señora, va esta chica y después va esta señora. Cuando acabe con ellas, estoy por usted.
- Si quieres puedes atender a la señora, me puedo esperar.
- No, vas tu primero.
La señora espera entre refunfuños.
- Dígame.
- Quiero un libro para mi nieto de policías que vayan en moto. En coche no, en moto.
- No tengo ninguno.
- De policías en moto.
- Sí, no tengo ninguno.
- Pero yo quiero uno.
- Pero no tengo.
- Pues vamos a ver cómo lo arreglas porque mi nieto, que es muy listo, quiere un libro de policías en moto y tengo que llevárselo.
- Tengo alguna novela de detectives para niños.
- ¿Van en moto?
- No, suelen ir a pie y en una de las novelas pillan un taxi.
- Si no salen policías en moto, no. ¿Tendrás para hoy?
Y así un rato largo. El trabajo se acumula y esta señora sinceramente cree que si insiste mucho, hasta que el librero pida que le disparen para ahorrarse tanto sufrimiento, por arte de magia aparecerá un libro de policías en moto para su nieto.

Y yo con poco tiempo solo puedo conseguirle algo así.

¿Dónde tenemos los libros de robótica en ingles? ¿El libro del que hablaban hoy en la tele? ¿El libro más vendido? ¿Algo para un adolescente sin violencia, ni sexo, ni chicas, ni palabrotas? (¿y en serio quiere que a un adolescente esto le interese?). Viene a vernos la misma chica que cada año nos pregunta dónde tenemos libros sobre una cámara fotográfica concreta y el señor que cada año va preguntando por todas las paradas si tenemos libros de cruz de caravaca. Adolescentes que se agrupan donde tengo la gran variedad de libro juvenil que llevo y discuten virtudes y defectos de las novelas, reseñas que han leído, libros que quieren leer y novelas que consideran que debería haber traído. Y tras un grupo viene otro y otro y otro. O adolescentes con sus padres buscando un libro y llevándose cuatro. Y luego dicen los viejos que los jóvenes no leen ni tienen interés. Como se nota que no conocen, o quieren conocer, a ninguno. Pero de esto ya hablaremos.

Como todos los años, el librero se quema los brazos y la cara. El calor aprieta y parece que la gente no tenga casa ni sitio donde ir. La plaza está a reventar. Mini entrevista a media mañana para un diario local y la consabida pregunta de los más vendidos. Muy harto de esa obsesión con una ridícula lista de libros más vendidos que parece ser el objetivo único y último del día de Sant Jordi. En vez de la celebración de la lectura y el libro, es el festejo del más vendido, del más popular. La lista que se publica al día siguiente es deprimente. De los más vendidos, un puñado no hay por donde cogerlos y un par son directamente malos libros. Pero los medios hacen mucho y si desde grandes grupos, radios y televisones se machaca que ese título se va a vender mucho, lectores medio zombis sin mucho criterio se lanzan a comprarlo aunque no sepan ni quien lo escribe ni de qué va (lo siento, cada año que pasa soy más radical con este tema).

Por suerte no solo se buscan los más vendidos y la variedad de libros vendidos y buscados en Sant Jordi es mucho mayor de lo que pueda parecer en la aburrida lista de los más vendidos.

Los pies, doloridos. La espalda, machacada. Algo de mareo por el sol y el subidón de azúcar por casi un litro de zumo de melocotón. Dolor de cabeza de tanto llamar por el nombre e ir de un lado para otro.


Eso sí, en ningún momento se pierde la elegancia tentacular.

Un señor pide sumar él los libros porque no se fía de lo que le digo.
El padre que por sus santos huevos, palabras textuales, le compra a su hijo un libro de Los Cinco "porque este me gustaba a mí de pequeño y te gustará a ti".
La visita de una de las jóvenes lectoras preferidas de librero que acaba llevándose un par de libro "porque confío en ti".
El placer cruel que supone ver la cara de decepción que pone los que buscan los libros más vendidos y decirles que estos se han acabado.
Recomendar a Shirley Jackson, Donald Ray Pollock, Joan-Lluís Lluís, El club de las canguros, los cómics de Raina Telgemeier, los cuentos de Aitor Solar, Sentinels y Dragon Girl de Martín Piñol, siempre Terry Pratchett y otros muchos libros, novelas e historias que se recomiendan con mayor o menor acierto, pero desde la honestidad.
Kamasutras especiales.
Libros para quien no le gusta leer y es un poco tonto.
Un libro que han dicho en la radio y que iba de algo así como de un hombre al que le pasan cosas y es de filosofía, pero sin dibujos.
Lo que quieras, total no lo va a leer.
El paseo de Alcalde y sus dos vueltas a la plaza. Cuando se le planteó la posibilidad de una tercera o una cerveza no lo dudó. La rubia tira mucho.
Visita de Niña Dragón con los abuelos a los que a golpe de encanto les saca un libro.
Visita de Niño Lobo y Niña Zombi que vienen a buscar sus cómics de Ms. Marvel y Detective Conan respectivamente.
Visitas de conocidos y amigos.

El día acaba pasando. 
Tantos nervios, tantos preparativos (desde enero con esta mierda), tanta caja, libros, novedades, nervios, pedidos, etiquetas, decisiones y lecturas para un día. Que sí, que es bonito, especial y todo lo que se quiera, pero, joder, que es un día. Extenuante, cansado y agotador.

A las nueve menos cuarto de la noche, llamada del jefe y a recoger la parada. Quien a las nueve no ha comprado un libro es que no se lo merece. En menos de veinte minutos y a una velocidad casi imposible, recogemos la parada. Se carga la furgoneta y a la librería. Se llevan muchos menos libros de vuelta (lo que es bueno) y cuando dos días después se haga el recuento de parada, se darán cuenta que se ha vendido más de la mitad de los libros.

Salir de la tienda y para casa. Agarrarse a la pequeña como si no hubiera un mañana y soltarla para ir a buscar unos bocadillos para cenar. El cansancio aparece y ni A. ni yo podemos casi movernos. Nos ponemos un capítulo de una serie ligera y a cenar.

Y pensar que al día siguiente empezará el post Sant Jordi. Devoluciones, reposiciones, balances y gente que el día de Sant Jordi le dio pereza salir a la calle y exige el descuento porque sí. Estos argumentos tan desarrollados son encantadores. 

Otro Sant Jordi. Un buen Sant Jordi. No pasará a la historia. Tranquilo y sin muchos incidentes; como me gustan. Ya sé que a quien lee esto prefiere machetes, accidentes, ninjas, concursos de camisetas mojadas, clientes bordes, mordiscos, defecaciones siderales, muertes por asesinatos, caídas tontas, bailes exóticos en barras calientes, motoristas salvajes que buscan el amor verdadero y batallas épicas entre aqueos y trogloditas, pero este año no tiene nada esto. Ha sido casi agradable y tranquilo. 
Lo siento.
A lo mejor el siguiente es peor. Y más divertido.


 Un par de imágenes del ambiente de la plaza sacadas de InfoAnoia.

domingo, 19 de julio de 2015

Debe ser el calor...

Ayer entra en la librería un muchacho de perilla bien recortada. Se dirige raudo y en silencio a la sección de guías de viaje y se queda un buen rato observándolas. Tras unos momentos de escrutinio, se acerca donde estaba yo y sin un hola, un buenos días corazón o un disculpa me puedes ayudar, lanza una pregunta al aire.
- ¿Las guías de Corea dónde las tenéis?
- Lo siento, no tenemos ninguna.
- ¿Pero dónde están?
- Ahora no tenemos.
- ¿Me puedes mirar en el ordenador para asegurar que no tienes ninguna?
- Sí, claro, puedo mirar, pero la sección de guías la tengo bastante dominada y no tenemos.
Consulto en el ordenador con mi habitual frescura y buen hacer, con ese teclear que me ha hecho famoso y que hace que los cliente se queden embelesados y piensen lo mucho que en esos momentos me parezco a Robert Mitchum.
- No - confirmo -. No tenemos. Y no hemos tenido ninguna. Algún libro de viajes, sí, pero guía no hemos tenido. Podemos mirarlo, si quiere, en inglés y pedirla.
-Ya sé que está en inglés, pero es que... - y lo que viene ahora merece punto y aparte y doble espaciado.

-... joder, hostias, sois unos desgraciados. Eres un desgraciado. No tener una guía de Corea es de joputas. Joder, hostias, es que... ¿pues sabes qué? Me la voy a bajar en pdf y a la mierda tu negocio. A la mierda. Te voy a joder el negocio. Así queréis trabajar, claro que sí, sin una guía. Pues me bajaré el pdf y te joderé el negocio.

Y entre balbuceos, masculleos y mi estupor sale indignado de la tienda dejando tras nosotros parte de su mal humor convertido en hilaridad de libreros y clientes. Debe ser el calor, pensé. O todas esas ilusiones que uno se hace y que en un momento y ante la impasibilidad del mundo se convierte en humo. Un mal día por una bronca con un jefe, un repartidor de leche o un es que no me dejan mi columpio favorito que se traduce en bronca a un tercero. O gilipollismo, que también puede ser.

Expectativas que no se cumplen.
Como aquel que quería un mapa de todos los caminos de Catalunya desplegable, pero que fuera pequeño para llevar en el bolsillo en una escala grande, pero en mapa pequeño. O aquel de una guía de caminos y senderos del Amazonas para hacer running. A veces nuestros viajes soñados chocan con la realidad editorial. O con la realidad a secas.

Es entretenido y despista del tedio de la campaña de texto con sus cuadernitos, sus libros de ejercicios, sus nuevas ediciones de los mismos libros cambiando un par de ejercicios, los mapas y el orden de los textos y sus quejas de lo carísimos que son los libros. Que lo son.

domingo, 17 de mayo de 2015

Cosas de primos

Entra un señor en la librería.
Alto, con traje a medida, serio. Unos cincuenta largos y con pinta de ser uno de esos tipos expeditivos que saben lo que quieren y que lo consiguen con cuatro gritos a un subalterno. Se planta en medio de la librería y espera que alguien se dirija a él. Lo que hago.
- Buenos días - digo con mi mejor tono de librero congestionado por una mortal mezcla de resfriado y alergía.
- Buenos días - efectivamente, una voz grave acostumbrada a mandar y a que de ella dependan miles de destinos.
- ¿Le puedo ayudar? ¿Busca algo?
- Sí - contesta -. Estoy buscando el libro que ha escrito mi primo hermano.


Silencio.


Él cruza los brazos esperando que le acerque el libro de su primo hermano y yo me quedo esperando que me diga de quién se trata. Dos fuerzas titáticas enfrentadas en la librería. Y segundo de silencio que se alargan y amenazan con perpetuarse.

Mientras tanto en el universo, durante esos segundos de silencio, un imperio ha alcanzado su más alta cota de esplendor e inicia su inevitable decadencia, miles de seres acaban de nacer y algunos de morir, pasan coches por la carretera, un tipo parado en un semáforo consigue arrancarse uno de esos mocos duros que molestan, pero que se resisten a su destino de acabar pegados en la parte más ignota de la guantera, alguien ha acabado de escribir el libro que podría cambiarlo todo y lo guarda en un cajón, unos cuantos esfínteres dejan caer su carga, por todas partes personas, criaturas, seres, conos de energía, hormigas gigantes y seres indescriptibles en este idioma por falta de consonantes, se enamoran, piden créditos, abordan cargueros espaciales, entran en foros con seudónimo para spoilear las últimas novedades holográficas, un tipo que escribe un blog se levanta un momento para servirse otro café, a alguien le faltan cinco céntimos para llegar a pagarse un bollo con canela, se pone música, alguien canta, alguien canta mal, los zotrones consiguen los planes de la base secreta de los milentos e inician un contraataque que les llevará a la victoria y que conducirá a un sector de la galaxia al oscurantismo hasta que el elegido nazca, pero para eso sus padres todavía tienen que conocerse y al principio se odiarán a muerte, pero ya sabemos todos como acaban estas historias, se nace, crece, reproduce, fosilizita, explota, conduce y muere. Segundos que son vidas enteras en rincones inexplorados, que contienen todo lo mejor y lo peor que puede dar cualquier critatura viva. Segundos que se perderán, que cambian dimensiones, que resultan fundamentales para algunos universos y que son el momento de más tedio en algunos estudiantes.

Segundos fundamentales, que en una librería de Igualada dos personas que se veían por primera vez y que seguramente no volverían a encontrarse, los invirtieron en contemplarse en silencio. Uno esperando el libro de su primo hermano y el otro preguntándose quién coño es ese primo hermano.

Al final, el silencio se hace insoportable.

- ¿Y su primo hermano es...?
- ¡Pues Fulanito Menganito Chochopito! ¡El que ha publicado hace unas semanas un libro! Deberías saberlo. Es tu trabajo saber quién publica un libro y quién no.

Y quien es familia de quien, sí, tiene razón.

Le doy el libro, pregunta si hay algún descuento por ser familia directa del autor, lo paga enfurruñado (no, no hay descuento) y se va.

sábado, 8 de noviembre de 2014

No hay velas

- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis velas?
- ¿Perdón?
- Velas.
- No, no tenemos.
- Para acompañar a los libros de regalo.
- No.
- Es que me han dicho que aquí encontraría velas.
- Pues no tenemos.
- Es que he comprado un libro y quería velas para acompañarlo, ¿sabes? Y he pensado que nada mejor que una librería para eso no.
- Pues, lo siento, no tenemos velas.
- Pero es que yo las necesito...
Y así un rato largo.
Me pregunto si realmente esta señora cree que si insiste mucho acabará consiguiendo que el librero ceda y saque una vela (o una segunda parte, o un libro de texto, o vete a saber qué) de su almacén secreto para clientes especiales y se la de haciéndole prometer que no se lo dirá a nadie. Además, ¿por qué creía que en una librería venderíamos velas? Como aquel señor que buscaba collares de perro, los adolescentes a la caza de cola industrial para esnifar o la famosa cuerda.

Entiendo su angustia, de verdad. Ella tenía un plan, una idea de regalo perfecto. Ha ido a una gran superficie y ha comprado un libro para regalar una amiga. Pero un libro es poca cosa y después de meditarlo ha decidido que una vela es el complemento perfecto. Pero, ¿dónde conseguir una vela que vaya acorde con un libro? Pues en una librería de toda la vida, claro. Y ahora se le han fastidiado los planes. No es justo.

Me recuerda a aquel señor que se enfadó tanto cuando le dijimos que no teníamos sección de adaptaciones literarias. Él creía que como librería deberíamos tener una sección con las películas y series basadas en libros. Si no recuerdo mal buscaba Orgullo y prejuicio. Quería saber de qué trataba, pero no se iba a leer 400 páginas para saberlo, ja ja, cuando en dos horas lo tenía resuelto. Al decirle que no teníamos sección de adaptaciones se indignó. Vaya vergüenza, es que no queréis vender, etcétera. Hay gente que le gusta enfadarse por tonterías. Este por lo de las películas, aquel por no tener la biografía de Aznar firmada por el expresidente, aquella por no tener La cupula de Stephen King escrita por Pérez Reverte. O la chica de la semana pasada que no entendía por qué no le cambiábamos un libro si solo lo había roto "un poco, como media portada" y con un poco de celo se arreglaba.

Por suerte están los gracias, las recomendaciones, las conversaciones sobre cine Z... si no acabarían rodando una serie de películas de terror basadas en el librero del infierno.

- ... poderlo regalar sin velas.
- Lo siento.
- Pues vaya. ¿Así que de verdad no hay velas?
- No.
- Vaya librería más rara.

jueves, 24 de julio de 2014

¿Tenéis el libro...?

- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis el libro que le vi una vez a una chica?
No dice nada más. Se queda plantada delante del librero con su sonrisa, pelo recogido, mirada franca, gafas de diseño, escote veraniego, bolso infinito.
- No sé, ¿sabes algo más del libro?
- Sí - sonríe consciente de la vaguedad de sus palabras-. Follaban.
- ¿Algo más?
- Pues me parece que al principio a ella no le gusta, pero luego sí y él es guapo.

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- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿Tenéis algún libro con alguna historia?
- ¿Un libro de historia?
- No, un libro con alguna historia. De amor o de asesinos.
- Alguno tenemos.
- Pero que sea una historia que sirva para esperar. Si no es para esperar, pues no sirve.

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- Hola.
- Hola.
- ¿Tenéis uno de esos libros que enseñan a follar bien?

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- ¿Tenéis el workbook de inglés?
- ¿De qué editorial? ¿Y curso?
- De inglés y el curso no sé. Es que todo eso del colegio lo lleva más mi mujer y con cuatro hijos no querrás que me sepa dónde va cada uno, ¿no?

:::

- ¿Tenéis el libro que encargué?
- ¿A qué nombre se hizo el encargo?
- Al mío. ¿Ha llegado o no?

jueves, 29 de mayo de 2014

Cositas que uno oye en la librería

Colocando unos albaranes en la carpeta. Una mañana tranquila y muy lluviosa que puede resumir a la perfección lo deprimente que es el mes de mayo una vez se acaban las devoluciones de Sant Jordi. Poca gente, muchas novedades que languidecen en estanterías y mesas, las miras puestas en esa época tan terrible que es el libro de texto, días donde sale lo peor del librero y los clientes. El librero entretiene la mañana imaginando que la librería es un enorme vestuario lleno de coristas nerviosas por salir a actuar haciendo los últimos ajustes a un minúsculo vestido de baile. Justo cuando las coristas le piden ayuda, se abre la puerta. El librero gira la cabeza y observa a quien entra. Un chico joven y sonriente que deja en la calle a una chica joven algo más seria.
Los saludos de rigor y el chico pregunta por una novela que le han recomendado. El librero dice que sí, claro que la tiene y va a buscarla. El chico habla y habla sobre los motivos de querer leer esa novela y que para él, si el libro tiene muchas páginas se agobia. Pero por suerte esta novela tiene pocas páginas y gran parte es una introducción. El chico paga, da las gracias y se despide del librero. Sale a la calle. Llueve y él y la chica se quedan resguardados esperando que escampe o se decidan a correr no muy tristes entre la lluvia. Eso, y que hablan muy fuerte, permite al librero escuchar lo que dicen.
- ¿Qué te has comprado? - pregunta ella.
- Un libro.
- ¿Un libro?
- Sí, un libro.
- ¿Tú? ¿Un libro? ¿En serio?
- En serio, un libro. ¿Qué pasa?
- Nada, que me sorprende que te gastes dinero en esas cosas.
- Me apetecía leer algo.
- Sí, ¿pero un libro?
- ¿Qué pasa?
- Nada, nada. Solo que ahora va a resultar que estoy liada con un intelectual y no sé si eso me gusta...

En otra ocasión un grupo de chicas paseaban por la librería. Tocaban, comentaban, leían y reían. Mucho. Cada vez que pasaban por delante de los libros dedicados a un popular grupo músico vocal de cinco muchachos con peinados así como de jóvenes y que cantan cosas con letras, música y mucho sentimiento y ritmo y ah ah ah, para luego ponerse flojitos y arrulladores como ih, ih, ih y con los que el librero solo encendería una hoguera, con los que cantan, no con los libros, claro. Pues las chicas, quería decir, chillan y saltan delante de los libros y dicen qué guapo, qué guapo, le haría un hijo. Dos de ellas son algo más calmadas y hablan con muchas esdrújulas mientras las otras saltan.
- Me encantan los libros.
- Sí.
- Y que quieres que te diga. Prefiero los libros de papel a los pdfs.
- ¡¿Qué dices?!
- En serio, tía.
- Lo que yo decía, tía, a veces tienes un ramalazo hipster que dan ganas de chillar.

Y hace poco un señor se mostró indignado. Este pensó si la indignación se debía que alguien había encontrado su excusado particular, pero se sintió aliviado al comprobar que no. El señor en cuestión se indignaba contra el aire sin dirigirse a nadie en particular. Clamaba, bufaba y mascullaba entre dientes con aire impotente ante la sección de historia. Sus "como puede ser", "es indignante", "es que vamos" iban desparramándose por la librería. Tras algunos minutos de arengar al vacío, dirige por fin su indignación al librero. ¿El motivo? Su estupor al comprobar que la saga Caballo de Troya no estaba en historia si no en ficción y que si así es como en esta librería entendíamos de libros y de historia, apaga y vámonos. Y ahora, se preguntó el librero, cómo le explicó a este señor lo de los viajes en el tiempo.

Dos amigos hablando y uno le dice al otro.
- En mi tiempo libre estudio exorcismos.
Y esa sensación de que no es una broma o el final de un chiste.

Aquel señor que quería impresionar a su amiga con sus sabiduría libresca. Empieza a hablar de literatura de consumo y acaba con la sentencia.
- Leer cómics, ciencia ficción o fantasía es como leer, no sé, 50 sombra de Grey. Algo sencillo, rápido, de literatura baja, sin calidad, pero entretenido. Para leer sabiendo que no hay que ser muy listo para escribir eso.
El silencio que siguió a las declaraciones hizo evidente que cualquier esperanza de algo más murió en ese mismo instante.

- Porque si te compró el cuadernito de sumas me regalarás un bolígrafo, ¿no? ¿No? Pues el cuaderno te lo metes por donde te quepa.

viernes, 25 de abril de 2014

Pequeña crónica de otro Sant Jordi. Y van...

El despertador suena a las seis y media.
El librero abre los ojos y pienso.
Poco y lentito, que es muy temprano.
Piensa que no puede ser. No puede ser que haya llegado otro 23 de abril cuando hace nada que cerró la última caja de devolución diciendo, ya está. Pero sí, un año con su travesía del desierto que es el mes de mayo, sus vacaciones y temporada de texto, las navidades, el inicio de un nuevo año cargado de miedos e incertidumbres, los primeros atisbos de los que será un nuevo Sant Jordi y, de repente, cajas, más cajas, muchas cajas y el 23 de abril que ya clarea por el horizonte. El librero despierta a A., echa a los gatos de encima suyo y se levanta. Se despereza, una duchita rápida, vestirse cómodo y preparado para pasar un día entre sol, libros, gente y ganas de que se acabe este día tan largo.

El librero con uniforme de faena preparado para otro Sant Jordi.

Puntuales, A y él llegan a las siete y media a la Plaça de Cal Font donde cada año se montan las paradas de libros y rosas. El jefe y uno de los refuerzos para el día ya están allí. Buenos días, buenos días, ¿preparados?, no y venga, abrir la furgoneta y empezar a sacar caballetes, tablones, sillas, los plásticos por si acaso llueve, el material, los manteles. Y las cajas, claro. Las cajas. Llenas de libros. Unos tres mil cuatrocientos y pico libros movidos de una librería a una plaza para un solo día. Cerca de cien cajas llenas hasta los topes. Y horas por delante.

Sin pausa empezamos el montaje de la parada. Abrir cajas y empezar la lucha para conseguir meter tanto libro en tan poco espacio. Cada año igual. Cada año haciéndonos la promesa de que el próximo año, menos libros. Y cada año incumpliendo la promesa. Porque no solo se pueden llevar las novedades y las grandes apuestas de favoritos. También hay que llevar libros menos conocidos, lo que nos gusta, lo que queremos descubrir, apuestas personales. Y, claro, algo de cocina, plantas, ensayo, historia, sexo... Y libros infantiles y juveniles. Oferta, oferta. Muchos libros. Demasiados libros. Como todos los años. Primeros saludos. Pasa el ex superhéroe Capitán Chistorra reconvertido en el mejor máster de rol de la historia conocido por su benevolencia con los jugadores que llevan un personaje de monje mediano, oh gran Máster te respetamos y adoramos. Buenos días, buenos días, a montar que esto es un momento. Primera venta de un libro infantil cuando aún no teníamos la caja preparada, la parada acabada ni los ánimos preparados.

Poco antes de las nueve y media, parada montada.


Primero clientes, primeros curiosos.
El cielo nublado deja paso a un radiante sol que a lo largo del día irá tostando los brazos y la cara del librero dejándole al final del día un saludable color... rojo. Primera entrevista para la radio de la ciudad. Las preguntas de cada año. No, no hay ningún favorito claro para el más vendido del día. Previsiones buenas. Sobre todo que no llueva. Es un día muy especial. Que la gente salga y recorra la ciudad, mire libros, pregunté, busque y compre el libro perfecto.

La jornada discurre con la normalidad de un día de Sant Jordi. Unos cuantos en la parada, otros en la tienda. Venta de libros. Recomendación exprés. Visita de colegios. La plaza tomada por hordas de niños pequeños que con sus picudas voces taladran la cabeza del librero. Y adolescentes armados de hojas de papel realizando encuestas. Porque cada colegio ha decidido que sus alumnos atormenten a preguntas a los libreros para hacer unos trabajos. Más vendidos, favoritos, cuánto tiempo lleva preparar Sant Jordi, recomendaciones... una y otra vez las mismas preguntas hasta que el librero se las aprende de memoria y responde antes de que le formulen nada.

Poco a poco el goteo de gente aumenta hasta que la primera marea humana ataca. Y los cuatro responsables de la parada entran en un frenesí atendiendo, cobrando, aconsejando, buscando y negando. Y nuestro protagonista empieza a ser acosado por los refuerzos de parada. ¿Dónde esta...? ¿Tenemos...? ¿Te suena...? Y el librero hace ejercicio de memoria y recuerda dónde está cada libro, si está aquí o en tienda Así durante todo el día. De aquí para allá. Un libro sobre un chica que se llaman Anna. Aquí está. Un libro divertido para una chica de quince años que no encuentra nada divertido. Que pruebe con este. Un libro de fantasía que no salgan guerras, ni monstruos, ni naves, ni elfos ni nada de eso. Una mujer atractiva y pausada que pregunta si tenemos algún libro que hable de las huestes de Satán en la tierra. En la tienda preguntan por un libro de lenguaje de signos... en ruso. Un señor pregunta dónde tenemos los libros sobre Vietnam y al decir que no tenemos ninguno se indigna y empieza un discurso sobre la degeneración de la cultura occidental si Vietnam no tiene lugar en una parada de Sant Jordi. Adolescentes que preguntan por literatura erótica, pero sin muchos penes. ¿Entre Wajdi Mouawad y Federico Moccia cuál me recomendarías? ¿De verdad tengo que responder a eso? En la tienda un chica se queja de que ya ha hecho todas las posturas sexuales de los libros que tenemos en estoc y si tenemos algo un poco más... elaborado y flexible. Y gente que busca libros de García Márquez porque se ha muerto.


Abuelas indignadas que llenan de gritos, medio insultos, malas caras y amenazas al librero por no hacerle el descuento de Sant Jordi y cuando se le explica que sí lo tiene aplicado, sonríen y dicen que no pasa nada, ha sido un malentendido. Señoras que manda a la mierda al librero cuando pide un momento, por favor. Señores que tiran libros al suelo y les dan una patada para meterlos debajo de la parada. Un par de intentos de timo con el cuento de tengo un billete de cincuenta, cámbiamelo por, no, mejor que no me lo cambies, etc. Padres que niegan comprar un libro al hijo por razones que no tienen nada que ver con la literatura. Intentos de robo.

Pero también la ilusión por ese libro de cuentos que no encontraba en toda la plaza. Gracias por la recomendación. Reencuentro con jóvenes lectoras a las que has visto crecer y has contribuido a ser lo que son. Personas que se dejan recomendar. Risas. Las tres visitas de Alcalde. Amigos que pasan y desde lejos alzan un brazo. Un café inesperado. Nuevos lectores. A. en la sección infantil reinando entre el caos. Buscar un libro y encontrarlo. Perdonar la integridad física a un buen amigo que bromea con la lluvia por llevarse dos esplendidas novelas. Ver que hay tanto por leer y tan poca vida.


Pasa el día y se nota el desgaste. Malcomer un bocadillo de bacon y queso en pan gomoso mientras se responde a las preguntas de la segunda entrevista del día. Dolor de piernas, la cara quemada y la espalda cada vez más cargada. Anochece y más gente que pasea por la plaza, rebusca, mira, curiosea, desordena, encuentra, pregunta, compra, toquetea y fotografía. Y el librero a partir de las seis de la tarde entra en una vorágine de voces que lo llaman y va de aquí para allá buscando libros, recomendaciones exprés, avisando a los refuerzos de que hay un cliente que espera, intentado ordenar las pilas, haciendo breves viajes temporales para resolver alguna crisis espacial y liderando a última hora la resistencia contra la invasión de los Zotrones de la que nadie en Igualada se enteró porque bastante tenían buscando un libro a última hora y preguntando qué libro había sido el más vendido. Todo eso aderezado con ese extraño sex-appeal que emana el librero el día de Sant Jordi. Según A., es un día en el que el librero está extrañamente atractivo. El dominio de la parada, lo simpático que está y lo raro que es eso, los movimientos fluidos, una mirada intensa del que busca, encuentra y controla.

El librero en el momento justo antes de recordar dónde está ese libro con la portada azul donde sale una chica a la que le pasan cosas.

Sobre las nueve y media, empezamos a desmantelar la parada de Sant Jordi. Se devuelven a la caja los libros. Algunos títulos acabados, otros mantienen las pilas intactas. Rostros de cansancio entre los que estaban en la parada. Ganas de dejarlo todo e irse a casa. Pero hay que desmontar la parada, volver a meterlo todo en la furgoneta, ir a la tienda y descargar. Todos con los ánimos por las nubes por un buen día, pero con las fuerzas arrastrándose por el suelo. A las once, fin. Adiós, adiós, nos vemos en la cena y para casa. Una pizza, un capítulo de doctor Who, unos mimos a los gatos y a dormir. ¿Y a soñar? ¿Con qué?

Con libros, con cajas, con gente. Sant Jordi nunca acaba.

Crónica escrita mientras sonaba los My favorite things de John Coltrane y Exile on Main St. de The Rolling Stones.

martes, 22 de abril de 2014

Mañana...

Todo un mes de retiro espiritual en un monasterio mentalizándome para lo que se acercaba.
¿El Invierno?
¿El Silencio?
¿La Nada?
¿Los Susurradores de SexiGuarradas?


Nada de eso.

Los libros en las cajas.
Los mesas preparadas.
La librería ordenada.
Los sacrificios a los dioses librescos primigenios realizados.
Mañana es el día.
Ha vuelto Sant Jordi.
Y con él las hordas de lectores habituales, dispersos, incidentales, curiosos, hambrientos, desfasados, caprichosos, maleducados, amables, sexis, cachondos, viejetes, curiosos, escotados, culosapretados, majos, simpáticos, escupidores, abofeteables, ladrones, desprendidos, gritones, insoportables, odiados, queridos, indiferentes y muchos más.
Las espadas afiladas.
El termo de café afilado.
A la carga.

Fotografía del aguerrido (y sexi) librero enfrentado a la horda que buscaba "el más vendido" sin importarle qué fuera.

sábado, 18 de enero de 2014

Muerte de un representante

El jueves maté a una persona. ¡Qué no, que no era una persona! Que es broma. El jueves solo maté a un representante editorial. Sí, o otro .Ya lo sé, ya lo sé, pero esta vez tenía un motivo de peso. ¿Cuál? Dos palabras: Sant Jordi.

El jueves era 16 de enero de 2014. No había pasado ni dos semanas desde que la campaña de navidad se había acabado y aun no habíamos terminado de hacer la valoración general (aguantando, aguantando, aguantando) cuando ha aparecido un representante editorial con su mano adelantada, su sonrisa y sus comentarios sobre el frío que hace en Igualada. Un poco de bla, bla por ambas partes y el detontante.

- ¿Qué? ¿Hablamos un poco de Sant Jordi?

Fue un acto reflejo. No pretendía que volviera a pasar, pero en un momento de descuido, cuando el representante se giró para coger un par de catálogos "y enseñarte las apuestas que tenemos para Sant Jordi", en un impulso me armé con el diccionario María Moliner y se lo estampé en la cabeza para acto seguido acribillarlo con la obra completa de Josep Pla y acabar leyéndole a su cuerpo tembloroso fragmentos de libros de Sánchez Dragó, Ussia, Coelho o Albert Espinosa.
- No... no... no... - gemía mientras se le escapaba la vida.
Y se murió.
En medio de la sección de novedades. Con un charco de sangre que se extendía y amenazaba con empapar la reposición que tenemos debajo de las mesas. Me levanté cansado y estiré mi cuerpo. Había olvidado lo agotador que era matar a golpe de libro y lectura aburrida a alguien. Miré a un lado y a otro. Nadie en la librería. Épocas dificiles.
- ¡Jefé! - dije.
- ¿Qué?
- ¿Puedes salir un momento? Tenemos un problema.
- ¿El qué?
- Es que...
Mi jefe salió del almacén. Tenía la mirada perdida y vidriosa del que lleva horas repasando la facturación.
- ¿Qué ha pasado?
- No te lo vas a creer, pero...
Y le señalé el cadáver del representante que aun en el momento de la muerte tuvo la fuerza para señalar la gran apuesta para la fiesta del libro.
- ¡Otra vez!
- Ya...
- No puede ser. Jorge, un día tendremos que hablar de tu manía de cargarte representantes.
- Es que quería hablar de Sant Jordi.
- ¿Ya?
- Sí.
Mi jefe se quedó contemplando el cadáver y le propinó una patada.
- Se lo merecía.
- ¿Qué hago con el cuerpo?
- Lo usual.
- No sé si cabe otro cuerpo...
- Siempre hay sitio para otro libro y para otro cadáver. Me vuelvo al almacén a ver si acabo de repasar esa factura de una vez que me parece que no abonan un libro. Estate al caso por si entra alguien.

Y al tajo. Pillar el cuerpo. Llevarlo a la sección de religión para descuartizarlo con un poco de calma. Interrupciones para atender a la abuela que busca algo barato, barato para su nieto, para el tipo que busca un libro para regalar, para los chavales con sus libros recomendados. Meterlo en bolsas y llevarlo a la sección de teatro, con seguridad el espacio de la librería más tranquilo. Semanas pueden pasar sin que nadie entre en esa sección. Lugar donde me gusta reunirme con mi secta de adoración a los cefalópodos, donde hacemos bailes de salón y donde esta la fosa donde enterramos los cadáveres de todos aquellos que alguna vez me hicieron blandir un diccionario o unas obras completas como arma cuerpo a cuerpo +4.

Arrojé allí el cadáver del representante para que le hiciera compañía a cadáveres de otros representantes, clientes, autores, compañeros, autoestopistas, visitantes del futuro, buscadores de fotocopias o encuadernaciones, doctores sin título. Un cuerpo más que cometió el error de querer hacer ya Sant Jordi.

Y hasta principios de marzo, nada.

domingo, 5 de enero de 2014

Algunas cosas chulas de trabajar en una librería

Ser uno de los primeros en tocar, apoderarse y leer de esperadas novedades editoriales. ¿Por ejemplo? Recuerdo aquel séptimo volumen de Harry Potter (tres días antes), el quinto de Canción de hielo y fuego (cuatro días antes), o esos lanzamientos mundiales de bestseller que los periódicos y sumplementos culturales insisten que son muy esperados y que llaman "acontecimientos del año", pero estos no me interesan.

Y relacionado con esto, abrir las cajas y ver
- libros que esperabas.
- libros que esperabas, pero no lo sabías.
- libros que sorprenden y te das cuenta que esperabas, pero no lo sabías.
- libros, libros, libros.
Y ver que alguno de esos libros son perfectos para cliente X, para cliente G, para cliente K. Y acertar. Porque es un placer maquiavélico tener controlados los gustos literarios de algunos clientes, verlos entrar y tentarlos con esos cuentos que combinan sexo y terror, la biografía de un atracador de bancos francés de principios de siglo, una novela intimista de personas paseando por Nueva York, una novela juvenil diferente, un relato de fantastmas, etc. La sonrisita, el terror por el gasto inesperado, ese ligero temblor de un libro nuevo que se quiere, que se necesita, la mirada de puro "te odio" que lanzan al librero.
Oh, yeah baby.

Esos momentos en que aparece esa tercera parte de una saga juvenil tan esperada, llamar por teléfono a las dos o tres muchachas que hacen la serie, decirles que ha salido la nueva parte y preguntar si quieren que les guarde un ejemplar. En algunos casos (de nuevo Harry Potter o las entregas de Vampire Academy), la noticias es recibida por algunos estupendo gritos de puro deleite y eso que se llama, fangirleo.

Enterarse de algún que otro cabreo monumental de algún cliente por ir a comprar un libro cuando tengo el día libre. ¡Y ahora qué leo yo, joder! ¿Por qué Jorge tiene días libres? ¿No eran los jueves? Y enterarse de las taxativas órdenes de una clienta a su familia / amigos. Nada de experimentos. Le preguntáis a Jorge por un libro para mí. Punto. Él ya lo sabe.

La llegada de la primavera y el advenimiento del verano. No solo pierna creciente, falda menguante, sino hombros al aire y escotes vertiginosos. Ains.

Poder decir a un niño, no le hagas caso cuando le dicen eso de si tocas un libro este señor te reñirá / llamará la atención / echará / pegará.

Acertar a la primera cuando te piden un libro del que no saben el título, ni el autor, ni la editorial, ni de qué va, pero sale un mono vestido de mono en la portada, pero no estoy seguro. En muchas ocasiones es el libro de moda por lo que tampoco tiene mucho mérito.

La hora de cerrar.

El día de Sant Jordi. Ni los días de antes, ni los días de después. Solo el día de Sant Jordi con el sol radiante, la gente paseando, la locura de las seis de la tarde, las visitas de los conocidos y un siempre agradecido café con leche. Eso sí, siempre que no llueva.

Las ediciones no venales, los anticipos, las sorpresas que envían editoriales o representantes.

Ordenar con calma las estanterías y encontrar un libro que se te había escapado. Último caso: ¿cuándo llegaron los ensayos literarios de Robert Louis Stevenson y cómo es que no lo soñé / adiviné?

Y otras cositas que ya iré desgranando con el paso de las entradas.



* Próximamente haré de cosas mierda de trabajar en una librería.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Inicio de curso

El principio del curso escolar siempre es duro.
Y lo es más cuando un distribuidor de libros te deja pendientes mucho más de trescientos libros de texto con fecha aproximada de entrega unos días antes de volver al cole.
Esto implica más de trescientos lotes de libros incompletos.
Más de trescientos niños que puede que no empiecen el curso con todos los libros.
Lo que lleva consigo a unos cuantos progenitores que...

... bueno, lo de todos los años.

Pero este año se juntó en la misma tarde
* Ingentes paquetes llenos de libros que HABÍA que entrar.
* Inmensas colas que se formaron a las cinco de la tarde y no disminuyeron hasta las nueve de la noche.
* Libros que desaparecen y que vuelve a aparecer cuando el cliente ya se ha ido.
* Tres niños pequeños en plena pataleta llorando a la vez. Repito, a la vez.
* Niños que gustan de reproducir el rodaje de Apocalipsis Now en la sección infantil.
* Padres enfadados porque no ha llegado el cuadernito del tercer trimestre de su retoño que empieza P3.
* Un cd rayado que nadie tiene tiempo de quitar.
* Continuas discusiones de quién va ahora, voy yo, no voy yo, se ha colado, narices he pedido tanda y nadie ha contestado, lo que diga, que sí.
* Adolescentes masculinos que hablan para adentro y cuyo cerebro va leeeeento y procesa despaciiiiito.
* Adolescentes femeninas que discuten con los mensajes que reciben en el teléfono y muy serias si van solas, pero si van acompañadas se ríen de todo (o de nada).
* Tipos que buscan un libro que vale 16,95, creo. Pero no recuerdo ni título, ni portada, ni color, ni editorial, ni dónde lo vi. Pero no habrá tantos libros de esos, ¿no?
* Abuelas que dicen "Nen, nen, nen, nen, nen" y te tocan con un dedo huesudo.
* Algunos gritos, alguna bordería por ambas partes, algún momento en que los nervios empiezan a torcerse.
* otros.

y acabé el día deseando tener cargadores infinitos, agilidad demoníaca y un infinito cansancio que me hacía llegar a casa, quitarme los zapatos y fusionarme con el sofá para olvidar por unos breve momentos que en la librería el inicio de curso dura hasta mediados de octubre.

lunes, 1 de julio de 2013

Cositas que alegran una mañana en la librería

- Hola, ¿tenéis El diario de Ana Frank?
- Sí, claro.
Se lo voy a buscar y le hago entrega  de este clásico.
- Aquí tiene.
- Gracias. ¿Lo has leído?
- Sí, hace muchos años.
- ¿Y qué? ¿Está bien? ¿Es divertido? ¿Tiene final feliz? Es que si no tiene un final feliz mejor me buscas otra novela porque mi hija es muy sensible y a ver si llora. ¿Qué es tipo Diario del Greg?

Pequeños momentos como éste son los que llenan de felicidad a un librero inmerso en la aburrida campaña de texto y cuadernos de verano. Éste y aquellos momentos ya clásicos como el señor que creía que Shakespeare era una corriente de autoayuda como la ayurveda o el chaval que se estaba volviendo lelo buscando en la sección de cocina aquellas "Raciones extraordinarias" de Edgard Allan Poe