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domingo, 12 de diciembre de 2010

Crónica de una obra XIX

Resumen de lo publicado:  El paleta, el yesero, el electricista, el mimo y Jordi son unos gilipollas desagradecidos que no se merecen aparecer en un resumen. Como mis descripciones son aburridas, mis resúmenes, supongo que también, ¿no? Pues a la mierda. No salen. El resumen será para mí solo. Aburrido... no pedí ser el héroe de mi propia historia y ojalá viniera un gilipollas y me reemplazara... nunca he pedido ser el protagonista de nada, y joder, cuando en el colegio se repartían los equipos siempre rezaba porque cogieran a la piedra antes que a mí... Pero alguien tenía que hacerlo y, otra vez, resulta que soy el elegido de los cojones ¡¡¡Iros a la mierda!!! Vamos, al resumen: pues nada que en mitad del pantano conocí a una chica muy maja que se llamaba Leola y que no era bruja ni nada, sino curandera y me invitó a tomar un café en un casa. Chistorra había dicho algo sobre Leola, pero nadie le escuchó.

- Hemos llegado - dijo Leola con esa voz suave y grave a cama desecha y pereza dominical (toma descripción, toma descripción y encima metafórica).
La casa de Leola era así como... a ver... sin ofender... pero era como... cuatro palos mal puestos y un trozo de rama que hacía de techo en medio del cagadero de un Neslo (que según el libro era una criatura que tenía cuatro anos aspersores en eterno movimiento y que fue el protagonista de una anécdota, quizá divertida, pero no agradable). Daba la impresión nada ilógica que la habían construido un albañil (porque el paleta es un gilipollas) devoto del culto al dios Rodonclel y que consideraba que toda línea recta era pecado y obscena y por esos sus feligreses debían ir siempre a su destino haciendo innecesarios rodeos. La distancia más pequeña entre el ser viviente y el infierno es una línea recta.
- Vaya... es muy... pintoresca - dije mientras intentaba no tocar nada.
- No te dejes llevar por las apariencias, Jorge - en su voz, mi nombre tenía el mismo color que un gargajo al atarceder  - ¿Quiéres pasar a mi humilde morada?
- Sí, claro.
- ¿Y tomarás ese café del que hemos hablado antes?
- Por supuesto.
- ¿Y si se hace de noche y tienes miedo de enfrentarte a los inenarrables peligros del pantano te quedarás a dormir?
- Claro.
- ¿Y si te digo que solo tengo una cam...?
- Que sí, que me quedo.
- ¿Y que yo duermo sin ropa?
- Que sí, concho, que sí, pero ¿podemos entrar ya? Es que una hormiga testicular empieza a subirme por la pernera del pantalón y ya sabes cómo acaban esas cosas...
- Con una inflamación, una colonia de hormigas en los pantalones y un juicio... Adelante, pues - dijo Leola apartando el perro muerto que servía de cortina - y deja un poco de la vida que traes conti...
- Que sí, que sí... a ver ese café.

El interior era como el exterior, pero en sucio. "Madre de dios", pensé, "menuda pocilga".
- Sé que estarás pensando que esto parece una pocilga...
"Opsi"
- Noooooo, no estaba pensando eso.
- ... pero ya te he dicho que las apariencias engañan.
Leola abrió una trampilla del suelo que yo hubiera dicho y redicho que era un cagadero. Unas escaleras de madera podrida descendían a lo oscuro. Leola movió la mano así como fiu, fiu, fiu y pam, una bola de luz le nació de los dedos.
"Joder".
- Sólo si te portas bien y me haces beber un par de copas. Acompáñame.
Y descendimos ambos por unas interminables escaleras. Algo de Leola me inquietaba, pero no estaba seguro de qué era... Que fuera tan amable, que estuviera tan bien vestida y sin una mancha de barro en un lugar como este pantano donde debía ser la primera industria, que tuviera un hogar tan lleno de porquería, que llevara por anillo una joya hecha con huesos humanos, que pareciera que me leyera el pensamiento...
- Tranquilo, no leo los pensamientos.
... pues entonces no sé que sería lo que me inquietaba de ella.

Continuamos el camino por un angosto (¡¡¡toma adjetivo!!!) pasillo. La única fuente de luz era la bola que Leola llevaba entre los dedos y que emitía una tonalidad entre parduzca y descolorida que provocaba que las esculturas que adornaban el corredor parecieran figuras agonizantes que sufrían los mayores y peores tormentos que una mente perversa y enferma podría crear.
- Y eso son.
- Ah, pues son interesantes. ¿Qué tecnica utilizas?
- Es un secreto. No te lo puedo decir.
- Vale, pues no me lo digas.
- Lo descubrirás muy pronto. Sentirás ese secreto en tus propias carnes.
. Ajá... ¿y la casita es tuya o pagas un alquiler?
Solo me respondió el silencio.

Al fin llegamos a una pequeña salita donde solo había una silla llena de correas, cintas, bridas y cadenas que podía ser de todo menos cómoda. Leola se acercó a la silla, la acarició amorosamente llevándose consigo catorce centímetros de polvo acumulado y un par de cucarachas bicéfalas y, sí, ligeramente palmípedas.
- Bienvenido a mi humilde hogar.
Jooooder...
- ¿Y a qué te dedicas, Leola?
- Estudio los misterios insondables de la carne vivientes y la sangre sufriente.
- Yo soy librero...
- ¿El qué?
- Librero.
- ¿Aguantas libros?
- No, vendo libros.
- ¿Por qué?
- Me gusta mi trabajo.
- ¿Y vendes libros?
- Sí.
- ¿Y te los lees todos?
- No, soy más de ficción. El ensayo me parece así en teoria interesante, pero en la practica... joder que rollo... bastante tengo con mis pajas mentales para ponerme con las de los demás... ¿y ese café?
- Sí, ahora vengo.
Y salió de la estancia no sin antes acercarse, acariciarme con una de sus largas y afiladas uñas la mejilla, cortarme, recoger la sangre con el dedo, bebérsela, aplastar una de las cucarachas y decirme que me pusiera cómodo.
- Sin azúcar, eh Leola.
Y me dejó solo.
Silencio. Bendito silencio. ¡Qué descanso no tener siempre metido en la cabeza la marisabidilla voz de Jordi con sus ya lo sabía, te lo dije, si es que sin mí y los silencios irritantes del mimo y los eruptos amarillos del paleta y los lloriqueos del electricista y los cabezazos del yesero contra cada árbol que se encontraba por el camino! ¡Por fin podía pensar con calma! Me paseé por la estancia. Todo era oscuro, sucio, dejado, decadente y con unas feas manos pintadas de rojo en las paredes. Me acerqué a la silla y apoyé las manos en el respaldo. Inmediatamente las cinchas y la cadenas se cerraron.
"Joder, la he roto".
Ya está. Me había cargado la silla. Ya imaginaba lo que Jordi diría, hala, la has roto si es que no puedes tocar nada ya lo decía yo si es que mira que eres gilipollas y manazas. Intenté desatar las cichas, pero estas se habían cerrado fuerte en torno al apoyabrazos.  "Andá, me llega a pillar y me deja el brazo bonito".
- Aquí tienes el café, Jorge.
- ¡Yo no he tocado nada!
- ¿Perdón?
- Nada, nada. Gracias.
Me pasó una taza llena de un líquido negro, espeso y burbujeante.
- ¿Le has puesto azúcar?
- No.
- ¿Tú no tomas?
- No. El café hace que tire pedos.
- Ah... pues vale. A tu salud.
Y me bebí el café de un trago. No está mal, pensé. Es fuerte y asqueroso y sabe a mierda, pero era mejor que el que me tomaba en la universidad.
- Pues no está mal el breba......................
Lo último que recuerdo antes de perder el sentido es que caía, Leola decía joder por fin se desmaya que estaba hartita de aguantar barriga y que mi ojo abierto se dirigía directamente a la única astilla de madera que había en la sala y que se alzaba poderosa entre la mugre del suelo. "Si es que tengo una suerte".

Cuando volvía a abrir los ojos me encontré atado al techo por los brazos. Me habían quitado la camiseta. Me habían dejado la astilla clavada en la pupila y estaba amordazado. De la habitación de al lado oí la voz de Leola y otras irritantemente conocidas.
- Jorge, sí, está en la habitación de al lado descansando.
- Pues mira qué bien que lo hemos encontrado... Y perdone por entrar así a lo bruto, pero es que hemos visto la puerta abierta y bueno...
- No pasa nada.
- Empezábamos a estar preocupados por él. Es cansino y quejoso y no se le pilla cariño, pero hemos venido todos juntos y nos iremos todos juntos.
- ...
- Si tienes más razón que un santo con razón, mimo de los cojones. ¿Podemos verlo?
- Ahora mismo. Por cierto me llamo Leola. ¿Queréis un café?
- Sí, claro. ¿No chicos? Todos queremos un café.
- Pues ahora vengo.
Qué maja, ¿no? Si es que habéis tenido una suerte de encontrarla. ¿Y no os suena de nada el nombre de Leola?.
- No.
Pues vale.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de Crónica de una obra que años después perpretaría un tipo que nadie recuerda porque se le exilió a otra dimensión.
Aquí una rubia que hace de Leola y un tipo que tuvo que machacarse en el gimnasio para acercarse mínimamente a mi escultural y envidiable físico de semidios griego heterosexual.
La película tiene el honor de ser una de las diez peores de la historia de la humanidad y la que ostenta el record de personas que se han sacado los ojos durante su visionado.

lunes, 25 de octubre de 2010

Crónica de un obra XVIII

Advertencia a los nuevos lectores que se han incorporado a este blog a partir de mayo de 2010: esta entrada que estáis a punto de leer en profundidad (o así rápido rápido para ver si hay fotos de muslámenes varios) forma parte de una saga que en otro tiempo gozó de cierta popularidad y que se conoce como Crónica de una obra. Antes de leerla estaría bien que leyerais las anteriores entragas para poneros al día y convertiros en uno más de los adictos a mis aventuras y a la de algunos personajillos así medio patéticos más.

Advertencia a los viejos lectores que no leen nuevas entradas desde mayo de 2010: lo siento. Entre la pereza, que no tenía ganas, que cuando tenía ganas estaba durmiendo, lo del gemelo malvado y lo del estudiante de intercambio birmano que hemos tenido en casa que no he cumplido con lo prometido y no he escrito nada. Pero eso cambiará y prometo que antes de que se acabe el siglo esta Crónica de una obra habrá llegado a un final. gracias por vuestra paciencia.

Resumen de lo publicado: Después de una entrada donde descubrimos que no eramos más que personajes pseudoliterarios productos de la mente enferma de un autor que no era más que otro personaje, decidimos ir por los páramos Heathcliff, Heathcliff para ahorrar días de viaje y llegar por fin al reino de las amazonas donde teníamos que hacer algo para evitar una cosa, creo. Es que ya ni me acuerdo...

- Pues ya está - dijo Chistorra tirando a un charco de barro nuestra ropa limpia - ya hemos llegado a la entrada de los páramos.
- Heathcliff, Heathcliff - dije sin poderlo evitar. Era un tic que tenía desde pequeño. Cada vez que oía la palabra pár... esa palabra, tenía que decir el nombre del protagonista de Cumbres borrascosas. Aunque mis padres habían consultado con los mayores especialistas y los mejores veterinarios todos habían llegado a la misma conclusión: que no pensaban perder el tiempo con un caso tan ridículo como el mío.
Al grano...
Sí, a eso voy.
Pues allí estábamos nosotros, los héroes de esta historia. El paleta, el electricista, el yesero, el mimo y yo mismo recién bajados del carromato de Chistorra que tan amablemente nos había acompañado un trozo del camino.
Ejem, ejem.
Sí, y el otro héroe, Jordi, nuestro telépata bulímico y picajoso que nos acompañaba en la distancia sentado en la librería al lado de la sección de ensayo político.
Hola a todo el mundo.
- Gracias por todo, Chistorra - dije.
- Sí - confirmó el paleta - ha sido un placer y ya sabes donde tienes un amigo y donde tienes una casa... A ver si te dejas caer un día por nuestro mundo y te vienes a mi casa a comer que mi señora hace un puchero que es para resucitar a un muerto y volverlo a matar.
- No sé... eso que me habéis dicho que no se puede ir cortanto cabezas... Ya veremos...
- Como quieras. Adiós.
- Adiós, muchachos. Y si algún día pasáis por Piltas de Rio Abajo a la Derecha no dudéis en buscar mi taberna. Chistorra's taberna. Os haré un descuento en la tercera cerveza.
- Un detalle.
- Adiós. Y que no os den muchas hostias. Y si os encontráis con la bruja Leola, sobre todo, decidle a todo que no. Sobre todo, decidle que no. Que no. Que gracias, pero no. Rotundo. De los que llenan la boca. No. No. No. No. ¿Qué tenéis que decirle?
- ¿Eh...? - dijimos - lo siento, es que ese pájaro está intentado tirarse a esa piedra con forma de hurón y nos hemos despitado.
- Madredediosvanapañaos...
- Mira como la monta - decía el yesero - mira lo empitonao que se ha puesto el pajarraco.
Sí que tiene gracia.
Y Chistorra sacudió las riendas y los ponis se pusieron en marcha. Vimos como Tolo y los nenes nos hacían adiós con la mano y como el viento nos traía a las fosas nasales el olor fuerte, picante, añejo y podrido de un erupto de Chistorra.

Tras estar dos horas riéndonos y grabando con el móvil los problemas del pájaro para cohabitar con la piedra con forma de hurón (que luego resulta que no era tal piedra sino que era un oso pardo) decidimos internarnos en los páramos Heathcliff, Heathclif.
- Pero qué coño...
Lo que ante nuestros ojos había no eran páramos Heathcliff, Heathcliff ni mierda. Era lo que en mi pueblo y en todos los pueblos se conoce como un inmundo e infecto pantano. O sea, agua sucia hasta algo más allá de la rodilla y lo que no era agua era barro y lo que no era ni una cosa ni otra eran unos mosquitos del tamaño del brazo de un gladiador venido a más. Árboles altos que se perdían entre las nubes
No es que las nubes están bajas
Pues árboles tirando a normales que se perdían entre una nubes inusualmente bajas lo que producía el extraño efecto climático que hubiera una humedad de la hostia, un calor pegajoso y sucio, pero que tuvieras que llevar puesta un rebequita porque algo de fresco sí que hace.
- Mecagoenlamadrequeparioamismuertos... Chistorra nos dijo que era un páramo... El puto enano nos dijo que era un páramo... no un pantano... y en los pantanos hay reductores de cabezas y cocodrilos...
Caimanes.
- Lo que sea y esos muerden que lo he visto en la película aquella de Tambores lejanos y...
Perdona. Jorge...
- Qué?
Bueno, que el paleta ha dicho dos veces "páramo" y tú... qué... ¿saliéndote del personaje?

- Perdona... es que estaba en otra parte... Heathcliff, Heathcliff, Heathcliff, Heathcliff, Heathcliff, Heathcliff.
Mejor.
- Y yo llevo sandalias - dijo el electricista - no me puedo mojar los pies que soy de resfriado rápido. ¡Nadie dijo que me iba a mojar los pies!
- Mira en el libro ese a ver que dice - dijo el yesero mientras se dedicaba a tirar piedras a un avispero.
Así lo hice. Tenía un formato de diccionario. No encontra ni páramo Heathcliff, Heathcliff ni pantano, pero sí una entrada dedicada a la raza de enanos a la que pertenecía Chistorra. Entre la definición encontré esto: "una de las peculiaridades de esta raza es que llaman páramos a los pantanos, botella a los testículos y cerveza a estómago de perro relleno de gato relleno de perro viejo".
- ¿Qué hacemos?
¡No me toquéis las pelotas y entrad en el puto pantano de los cojones que llevamos dieciocho entradas de mierda para no ir a ninguna parte que queremos que lleguen las amazonas porque queremos ver tetas joder!
- Pues para adentro.
- Y rápidito que las avistas se han cabreado y estas tienen tres aguijones.
- ¿Alguien me deja unos calcetines?

El pantano era peor de lo que habíamos imaginado. Hacia calor y lo que no estaba húmedo, estaba mojado. Pero a la vez y cada poco pasaba un airecillo frío de los que si te descuídas ya tienes un resfriado encima. Así que estábamos maldiciendo nuestra suerte porque no llevábamos en el equipo ropa de entretiempo. El barro se enganchaba a nuestra piel como una enfermedad venérea común. Unos vientos nos traían los aromas pútridos de la carroña en descomposición. Esquivábamos a unos enormes mosquitos que se dedicaban a transportar tapires a sus nidos y de los que huían entre agudos chillidos de angustia los cocodrilos.
Caimaaanes
Unas mantícoras largas como
- ¡¡¡Mi polla!!! - chilló el yesero.
- Sabéis que os digo que ya me cuesta describir como para que me vengan los gilipollas interrumpiendo, ¿vale?
Es que las descripciones son un rollo.
- Seis líneas, joder. Seis líneas y no podéis aguantar más.
- Es que somos una generación así como que nos va lo epiléptico, ¿sabes? Rápido, rápido, rápido... como los flashes en la disco, ¿entiendes?
- Y tus descripciones son horrendas - dijo el electricista - y te he estropeado los calcetines. ¿Me prestas un par más?
- Pues a partir de hoy va a describir vuestro padre.
Y me alejé de ellos.
- Joder, como se ha puesto por una broma.
- Vaya carácter.
Ya os digo... si lo conoceré yo...
Al final conseguí perderlos de vista y no oírlos... gilipollas... desgraciados... A mí tampoco me apetecía venir a este mundo ni ser el líder ni el elegido ni el narrador ni mierdas de esas, coño, pero alguien tenía que serlo. Alguien. Lo mínimo que podían decir es gracias o aportar algo o una crítica constructiva, pero nada, se dedican a quejarse, decir guarradas y estropearme los calcetines. Me senté en un tronco aun a sabiendas de que me mojaría el culo.
- Ahí sentado te vas a mojar el culo.
Una voz. Femenina. Algo grave. Alcé la mirada. Una mujer se apoyaba en un árbol. Era... No. Nada de descripciones.
- Hola.
- Hola, desconocido. ¿Cómo te llamas?
- Jorge.
- Soy Leola.
- ¿La bruja del pantano?
- No soy una bruja, solo soy una pobre chica que vive sola en un pantano y se dedica a la medicina alternativa.
- Ah, si solo es eso.
- ¿Me dejas que te invite a un café en mi humilde choza?
- Estoooo...
¿Qué había dicho Chistorra sobre Leola? ¿Qué algo de algo? ¿Qué no dijeramos su nombre delante de un espejo? Cada vez que pensaba en la ¿advertencia? ¿consejo? de Chistorra sólo podía ver al pájaro hay dándole que te pego con la piedra... Qué gracia más graciosa...
- ¿Qué me dices?
- Sí, claro.
Y le di la mano que me tendía. ¿Qué podía pasar? Se la veía buena chica.

Leola, a la que las malas lenguas llaman La bruja del pantano.
Lo dicho, se la ve buena chica, ¿no?

En este capítulo
Special Guest Star: Leola
Porque ella me lo pidió.

viernes, 28 de mayo de 2010

Crónica de una obra XVII

Resumen de lo publicado: Después de salvar el culo en el último momento gracias a la aparación estelar de Tolo, la esposa y cerebro del enano, entramos en su carromato y nos invitaron a cenar. Comprobamos las excelencias de vivir en un carromato mágico. Nos explicaron que el mejor modo de ir al reino (¿es un reino o una república o un sindios o una anarquía?) de las amazonas era cruzar por los páramos Heathcliff, Heathcliff pese a sus peligros y de que allí viviera la bruja Leola. Cuando Chistorra estaba a punto de hablarnos de los peligros de los páramos Heathcliff, Heathcliff, uno de sus hijos nos informó que una banda de goblins quería atacar el carromato. Chistorra nos invitó a unirnos a él y a sus pequeños en la matanza.

- Bueno, ¿qué? ¿Venís o no?
Nos quedamos en silencio mirándonos unos a otros. El mimo empezó a construir la maqueta de un telescopio atómico con las migas del pan. Se le daba bien. Iba mojando poco a poco las migas con sus saliva y las iba disponiendo una sobre otra para darle la consistencia adecuada a cada parte. Empezó con uno de los tornillos, las tuercas, el átomo, puliendo las lentes que había creado con un poco de la corteza...
- Pero contestad... ¿venís?
El paleta sacó su palillo de la boca, examinó lo que había en él y se lo volvió a meter en la boca musitando un "comer por comer, pues comamos dos veces". El electricista empezó a remendarse los calzoncillos por dentro de los pantalones porque le daba vergüenza. El yesero intentaba tocarse el cerebro metiéndose un tenedor por la nariz. Yo me dormí.
- ¿Pero que os pasa?
- Papá - oímos la voz de la pequeña Fyrlynn que venía de donde se estaba produciendo la batalla con los goblins y los lobos huargos - acabo de arrancarle a mordiscos la cabeza a un lobo. ¿Me la puedo quedar de juguete? Va... porfaaa...
Me desperté. Nos miramos. ¿Qué nos estaba pasando? Era una pura inactividad... una nada que nos impedía hacer una cosa u otra... Queríamos quedarnos en la comodidad del carromato, pero a la vez algo nos impulsaba a salir a luchar. Pero no hacíamos ni una cosa ni otra.
- ¡Cobardes! ¡Inútiles! ¡Para eso os doy cobijo en mi hogar!
Sabes que pasa, Chistorra.
- ¿Quién ha dicho eso? ¿El brujo?
Que no... que soy Jordi... el bulími...
- ¡Muestrate criatura infernal! ¡Cómo saque mi espada +3 te vas a enterar!
- Papá, he matado a otro. ¿Por qué no vienes? ¿No quieres jugar con nosotros? - Shalagha empezó a llorar desconsolado porque parecía que su padre prefería quedarse hablando con unas personas que... bueno... es que... ¿qué podíamos hacer? ¿Qué elegir? ¿Salir o no salir? ¿Pelear o quedarnos jugando a ver quién tenía las uñas más feas?
Que no soy un brujo...
- No pienso quedarme aquí y perderme la sangre de los corrompidos - y lanzándo su famoso grito de guerra de "Chistorras a mí", saltó por una ventana mientras oíamos a Tolo salir corriendo detrás de él diciéndole que porqué no podía utilizar la puerta como todo el mundo y que ya estaba bien de esa manía de saltar por las ventanas.
- ¿Qué nos pasa Jordi?
Es muy sencillo.
- ¿Por qué no podemos decidirnos a hacer una cosa u otra?
El paleta se iba sacando y metiendo el palillo en la boca. El mimo no sabía si ponerle puntillas o no a su telescopio. ¿Agujero izquierdo o derecho para llegar al cerebro? ¿Vuelta puntada vuelta o puntada vuelta puntada? Dormir, despertar.

Lo que ocurre es lo siguiente... - pude percibir que Jordi se levantaba y empezaba a caminar por la librería. Iba a lanzar un discurso - en la anterior entrada lanzaste una pregunta a los lectores de esta inmensa chorrada sobre qué debíais hacer, si luchar o no. Nadie contestó. El por qué del silencio de tus lectores (que supongo que es la cada vez más visible decadencia de este blog) no es el tema que nos ocupa (aunque creo que se debe a que salgo poco porque me tienes envidia ya que soy el robaescenas de esta historia), pero sí que es importante. Al pedir que decidieran ellos, no podéis decidir vosotros. Es un sencillo asunto de personalidad. O, en vuestro caso, ausencia de personalidad. Al ser simples personajes de una historia sin sentido escrita por un narcolepsico que se está bebiendo una cerveza cuando sabe que no le convendría
Oye, bebo lo que quiero... y no te pases que tú no eres más que un personaje más de esta historia y si quiero te tiro encima la obra completa de Sierra i Fabra y mueres, gilipollas.
- Hala - dije - ya se ha metido por medio el autor.
Es que el tontolaba este me pone enfermo cada vez que sale.
Pues no me hagas salir y ya está... pero no puedes porque soy el personaje más popular.
- ¿No lo era yo? - preguntó el electricista.
- ¡No! - dijimos todos.
- Porque vosotros lo digáis. Pregunta a los lectores.
Vale, al final de la entrada lo preguntaré.
Tú no preguntarás una mierda que para eso escribo yo.
- Venga, muchachos, centrémonos - dijo el paleta mirando fijamente el verduz de su palillo sin saber si meterselo o no en la boca.
Bueno, pues lo que ocurre...
¡Lo iba a explicar yo!... Sí, sí, ok, de acuerdo... que estáis trabajando aquí y que la librería no se monta sola... sí... si ya suben... si es un momento... de acuerdo, ya me vuelvo a sentar y no molesto más...
Molestar, eso es lo que haces.
- Estoy de acuerdo con el autor.
Pero que autor ni que pollas...
A que te inflo a hostias.
- Hostias - dijo el yesero con un tenedor entrando por el agujero izquierdo de su nariz y saliendo por la oreja derecha - hostias...
Gilipollas.
Desgraciado.
Imbécil.
- Jordi - dije - no te pases que el autor no deja de ser una emanación mía.
Al revés, tarado... tú eres algo mío.
- No, perdona. Yo soy libre.
Y una puta mierda.
¿Pero qué se ha creído este imbécil?
- Gracias por tu apoyo, Jordi.
No, si el imbécil eres tú.
- Pues si Jorge es imbécil no sé lo que serás tú.
- Un chulo - dijo el yesero.
- Y un niño mimado que no hace nada. Solo crítica y sentadito sin jugarse el cuello para salvar el universo.
Anda que vosotros hacéis mucho.
- Tarado.
Fascista.
-Piojo.
-Desgraciado.
Pichacorta.
Desenvainamos las armas. Nos miramos con odio.

Se oyeron entonces dos palmadas y unas patadas al suelo. Callamos y miramos al mimo. Estaba llorando. Empezó a mover las manos. Sus movimientos eran gráciles cual bailarinas de striptease. Movía las nalgas arriba y abajo. Entraba y salía de jaulas de cristal y flores, flores, flores que nacían de sus dedos. Después, calló.
Nos miramos avergonzados.
- Lo siento.
- Yo...
No sé qué ha pasado.
- Es que... juar...
Se nos ha ido de las manos.
- Tios, si somos amigos.
- Sí, no sé.
El mimo hinchó los carrillos.
- Pero eso no resuelve nuestra inactividad.
Explícaselo tú, Jordi.
No tú.
No tú.
No tú.
No tú.
DEJAD DE CHUPAROS LAS POLLAS DE UNA PUTA VEZ QUE LA ENTRADA ES LARGA DE COJONES.
- ¿Y tú quien eres?
UN LECTOR DEL FUTURO QUE LEE ESTA ENTRADA MIENTRAS LA ESCRIBE EL AUTOR. ASÍ QUE AL GRANO QUE QUIERO IR A COMER, HOSTIAS.
Vale, la explico yo. El tema de la inactividad se resuelve con una palabra. Libertad. Como personajes pseudoliterarios podéis hacer lo que os de la gana. ¿Acaso a alguien le importa a esta alturas la coherencia de todo eso? Ni siquiera al autor.
Eso es verdad.

Así que si queréis ir a luchar, luchad. Si queréis quedaros aquí, pues os quedáis. Como si queréis vestiros de gallina y jugar a ver quién tiene los huevos más peludos. Dejad de preocuparos de lo que quiere el público, de la opinión de los demás. Sois libres para equivocaros todo lo que queráis, para hacer las tontás por vuestros propios meritos. Libres.

Las palabras de Jordi resonaron en nuestros oidos como cambio mal devuelto en el super a nuestro favor. Éramos libres. Ni lectores, ni autor, ni narrador, ni nada. Podíamos hacer lo que quisieramos. Luchar, sentarnos, vestirnos de faralaes.
De este modo, ¿qué haréis con vuestra recién estrenada libertad?
- ¿Salimos a luchar?
- Sí.
- Dale.
- Venga.
Alcé mi espada al techo.
- ¡Los inútiles de Aqualata se disponen a luchar!
- SI - gritamos todos.

- Hala - dijo Chistorra entrando en la cocina - ya están muertos. ¿Y vosotros que coño hacéis?
- Ser libres.
- Pues mira tú qué bien. Pues con vuestra libertad me ponéis una cerveza para mí y para los críos.
- ¿Cómo ha ido la pelea?
- Como todas las peleas con goblins, lobos huargos e inferioridad de condiciones. Divertidas. ¿Y vosotros? Al final qué, ¿por los páramos...
- Heathcliff, Heathcliff.
- ...o todo recto?
Nos miramos unos a otros.
- Por los páramos.
- Heathcliff, Heathcliff.
- Así me gusta, con dos cojones. Venga, muchachos - se bebió la cerveza de un trago - vamos a saquear a los muertos.
Salieron todos. Me quedé un momento sentado en la cocina. Solo.
¿Pasa algo, Jorge?
- Sí, Jordi.
¿El qué?
- Todo eso que has dicho... ha sido muy sensato...
¿Verdad?
- ¿Desde cuando dices cosas sensatas?
...
- Ha sido muy raro.
Sí.
- Tengo miedo.
Yo también.
Y un inquietante frío se colo por una ventana.

De estos había un huevo. Pedazo batalla bestia os habéis perdido.

Nota a los lectores: Pedimos disculpas por la entrada de hoy. Esto ha pasado por dejar a los personajes que decidieran ellos. Si es que no se les puede dejar solos.
- Lo de la popularidad.
Ah sí, lo que dice el electricista. ¿Qué personaje de la Crónica es el más popular entre los lectores? Entre los participantes se sorteará... no sé... algo.

jueves, 15 de abril de 2010

Crónica de una obra XVI

Resumen de lo publicado: Continuamos nuestro camino sin más incidentes que la depresión amorosa del yesero. Aún no se había recuperado de ver a su amada Aldana como se convertía en un amasijo de excrementos. Paramos a cenar y el paleta amenizó la velada con anécdotas de la mili. Nos dormimos. El mimo hizo guardía y nos avisó que había avistado un carromato conducido por un enano de aspecto poco amigable. Naturalmente, el yesero se fue de la boca y me vi inmerso en una pelea. Cuando estaba a punto de saber qué sentía en el patíbulo María Antonieta, una hermosa enana barbuda interrumpió la pelea y nos invitó a desayunar. El enano se presentó como Cindarm, aunque sus amigos le llamaban Chistorra.

Nos acercamos al destartalado carromato. Parecía a punto de caerse y una tela de color turquesa chillón lo cubría.
- ¿Hay tenemos que entrar? - preguntó el paleta -. Pero si no cabe ni un peo más.
- Por dentro es más grande de lo que parece. Id entrando.
Y así hicimos. Y sí, por dentro era más grande de lo que parecía por fuera.

Nos encontramos con un amplio recibidor adornado en sus laterales por una interesante colección de antiguas armaduras de guerra enanas y seis gigantescos tapices elficos que relataban con profusión de detalles la historia del héroe enano Ragman el arrancahigadillos. Dos amplias escaleras de marmol conectaban con los pisos superiores. Chistorra nos condujo a la cocina diciendo que el comedor principal sólo se abría cuando había reuniones familiares o alguna conferencia. Eso sí, antes de ir nos enseñó su casa. Pasamos por la biblioteca pequeña y la biblioteca grande, el salón de música, el centro termal, el gimnasio de guerra, la habitación de los niños, la segunda habitación de los niños y el cuarto de los juguetes. Nos enseñó orgulloso su colección de esculturas de titanes a tamaño real (más bajitos de lo que dice la leyenda) y, por fin, y después de saltarnos cuatro alas de la casa llegamos a la cocina.
- Bueno, ¿qué os parece la casa?
- Es grande. ¿Cómo es posible?
- Bueno, el carro es un regalo de un mago élfico al que una vez salvé el culo de una secta de adoradores de langostas cantarinas. Una historia muy violenta llena de sangre, fantasmas y traiciones que a los críos les encanta que les explique antes de ir a dormir. En agradecimiento el elfo me hizo este regalo. Me explicó que se debe a una distorsión del espacio/tiempo y que gracias a la dimensiónB y a obviar todas las normas físicas y matemáticas se puede conseguir cualquier cosa. Me dijo que las ciencias, la matemática, la química y la física limitan la percepción de la realidad de los seres vivos, inmobilizan la imaginación y provocan que las cosas que podrían suceder no sucedan porque las contreñimos en los límites de lo posible.
- Me gusta esta teoría, Chistorra.
- Así funciona este mundo.
Realmente la casa es preciosa... y muy bien decorada.
- ¿Quién dijo eso? - preguntó chillando Chistorra mientras enarbolaba su hacha.
Yo.
- ¿Y quién eres tú?
Jordi.
- ¿Dónde estás?
En todas partes y en ninguna.
- ¿Eres Dios?
Sí... soy Di...
- Es un gilipollas - dije -. Ni caso. Lo que pasa es que se aburre.
No sabes como.

Nos acomodamos en las sillas. La esposa de Chistorra se presentó como Tolantra, aunque le gustaba que le llamaran Tolo.
- Y allí, jugando con los cuchillos están nuestros nenes. Fyrlynn y el pequeño Shalagha. Y aquí tenéis la comida.
Y nos plantó delante siete ciervos rellenos de alondras y perdices, veintitres jarras de cerveza enanil y un pastel de frutas silvestres de cuatro pisos.
- Siento no ofrecer más, pero es que nos habéis pillado de improviso.
- Y bueno - pregunté mientras le arrancaba una pata a un ciervo y me la ponía en el plató - ¿adónde vais?
- A Piltas de Rio Abajo a la Derecha. Nos mudamos allí. He oído que se traspasa una taberna y hemos decidido dejar de vagar de un lado a otro, de guerra en guerra, de escaramuza en escaramuza y sentar el culo en un sitio y empezar una nueva vida. Además, venderemos este carro y compraremos una casa más pequeña.
- Las mudanzas son un rollo - dijo el paleta con la boca llena de lo que parecía era uno de los corazones del ciervo.
- Sí, un follón. Pero si uno quiere que sus dos pequeños... ¡Niños! ¡Dejad de tirar dagas al mimo! Tranquilo, señor, dejará de sangrar en un momento. Que sus dos pequeños tengan un futuro y vayan al colegio y no se pasen todo el día por estos campos matando a un mago maligno, ahora a un orco, ahora a un ejercito de elfos oscuros armado sólo con un palillo de dientes... pues, bueno, que...
- Oiga, enano - dijo el yesero.
- ¿Qué?
- Que perdón por lo de enano de mierda y eso... que es que se me calienta la boca... y eso...
- No pasa nada, chaval. Ardor guerrero y eso.
Y una boca grande.
- ¿Quién ha dicho eso? ¿Quién? ¿Hay un brujo?
Que no, que soy bulímico y por eso la telepatía...
- Muestrate y pelea, brujo.
Paciencia hay que tener, coño.
- Criatura del infierno te voy a hacer...
- ¡Cindarm, basta! Deja de golpear la cabeza del pobre electricista. Tómate tu medicación, anda guapo. ¿Y vosotros? ¿Cuál es vuestra historia?
- Es una larga historia.
- Tranquilo, tengo tiempo y el sueño fácil.
Y le explicamos nuestra historia.
Bueno, mejor dicho le explicaste tú la historia y como tú quisistes.
- ¿Qué quieres decir?
Todo eso de la pelirroja que te dio la espada, y lo que tú solito luchaste contra seis minotauros y que eres el más guapo y los demás una panda de inútiles y...
- ¿Quién ha dicho eso? - dijo Chistorra despertándose.
No sé ni para qué me esfuerzo.
- Así que las amazonas... niños iros a jugar fuera... peligroso es, si señor. Y eso de salvar el universo... - Tolo hizo una pausa.
- Eso no es nada mujer... ¿cuántas veces lo he hecho yo?
- Sí, Cindarm, tú lo has hecho por lo menos siete veces, pero eres un guerrero. Estos son unos pobres inútiles, dicho con cariño.
- No pasa nada.
- No se preocupe.
- Si es que somos unos inútiles.
Nariz alzada, labios para afuera.
- ¡Inútil lo será tu put...!
Cuatro pares de manos agarraron los testículos del yesero y lo hicieron callar.
- Si queréis os daré algunos consejos cuando os enfrentéis a las amazonas.
- Sería de gran ayuda.
- Pues bien - erupto - el punto debil de las amazonas es la cabeza. Si se la cortas, se acabó el problema. Y ya está.
Vaya mierda de consejo.
- ¿Quién ha dicho eso?
- ¿Algo más? - intervine rápido para que Chistorra no se perdiera.
- Nada más. Corta la cabeza del enemigo y se acabó el problema. A no ser que sean jinetes descabezados, que entonces tienes que cortarle los pies. Cuestión de equilibrio.
- Lógico.
- ¿Y qué caminos seguís?
- Todo recto.
- Tardaréis mucho. Mejor si cortáis camino por los páramos.
- ¡Heathcliff, Heathcliff!
Me miraron como si hubiera perdido el juicio.
- Lo siento - dije -. Es un tic.
- Pues eso, que si cruzáis por los páramos...
- ¡Heathcliff, Heathcliff!
-... que si cruzáis por los par... por el sitio ese que ya he dicho, recortaréis tres días de viaje. Eso sí hay peligros en cada esquina, monstruos increíbles, amenazas, horror.... y en los páramos...
- ¡Heathcliff, Heathcliff!
-...vive la terrible bruja de los páramos...
- ¡Heathcliff, Heathcliff!
-... la que se conoce como el nombre de Leola, la bruja de los para... ¡Cómo vuelvas a decir eso te corto el gaznate!
- Hombre - dijo el paleta -, si se recortan tres días de viaje.
- Pero hay peligros.
- ¿Qué podemos hacer?
- Papá, papá... - desde el exterior se oyo la voz de la pequeña Fyrlynn - nos atacan un puñado de goblins a lomos de lobos huargos. ¿Podemos luchar contigo? Shalagha ya ha cogido su hacha.
- Claro niños, bueno, señores, atacan los goblins y hay que matarlos. Son mis invitados y no puedo obligaros a luchar conmigo. Yo defenderé vuestras vidas de la amenaza. Eso sí, sería un detalle que vuestros rostros acabaran salpicados de sangre globlin. ¿Qué decidís?

Si queréis que nuestros héroes peleen contra los goblins en una desigual batalla y, además, decidan ir por el sendero de los páramos...
- ¡Heathcliff, Heathcliff!

... dejad un comentario que incluya la frase "Pero Jorge, qué guapo eres."


Si queréis, en cambio que nuestros héroes se queden en la comodidad del carromato y vayan por el camino más tranquilo donde no sucederá nada interesante en las próximas seis entregas, pero que les supondrá una tranquilidad de espíritu y el peligro alejado de sus cuerpos dejad un comentario que incluya la frase "Mi madre se olvidó de comprar ternera."


Cocina del carromato. Acorde con la decoración del resto del hogar.

viernes, 12 de febrero de 2010

Crónica de una obra XV

Resumen de lo publicado: Después de derrotar al jodio niño y esperar que apareciera el shauzer óscuro, volvimos al camino para ir al encuentro de las amaz...
Pero qué huevos que tienes.
- ¡Jordi, coño, otra vez te metes en el resumen!
Pero qué pedazos de huevos que tienes.
- ¿Qué quieres decir?

¿Ya está? ¿No piensas decir nada ni disculparte ni nada?
- ¿Por qué?

Cinco meses, cinco meses esperando que te decidieras a continuar. Cinco putos meses y ni perdona, ni lo siento, ni he estado secuestrado...
- Ya pero...
Ni pero ni hostas, esto no se hace, NO SE HACE, ¿de acuerdo? Si empiezas una cosa, la acabas.
- Sí.

¿De acuerdo?
- Que sí.

Pues déjate de mierdas de resúmenes y empieza a narrar, hostias.
- Vale.


El ambiente entre los miembros del grupo era funerario. El yesero no había superado la conversión de su amada Aldana en un humeante amasijo de excrementos y su melancolía inundaba los espíritus del grupo. Arrastraba los pies, la mirada torva, la nariz succionadora y desde hacía horas no daba una sola carcajada, o grito o patada al aire. El mimo y electricista caminaban cabizbajos a su lado ofreciéndole manzanas de caramelo imaginarias y palabras de consuelo sobre ciénagas inmensas donde van las falsas mujeres que en verdad son magia negra. El paleta movía de un lado a otro el palillo en sus labios y mascullaba palabras ininteligibles. Yo caminaba en silencio pensando en todo lo que nos había sucedido y en todo lo que nos había de suceder. Jordi llevaba mucho rato callado. No todo podía ser malo.

Cuando el sol empezaba a declinar decidimos hacer un alto en el camino y pasar la noche. Dejamos los petates y los bartulos en el suelo y decidimos hacer un fuego. Tras tres horas de intentos y casi perder las cejas, encendímos un raquítico fuego que al menos nos calentaba las uñas. Nos dispusimos a cenar.

Pan duro y panceta corroída.

- Peor comíamos en la mili - dijo el paleta.
- Mierda... otra historia de la mili, no.
- Sí, chavales, la mili. Vosotros soís jóvenes y ya no sabéis lo que es eso, pero joder... la mili... me acuerdo que una vez en unas prácticas de tiro se nos acabó el rancho y nos jugamos a los chinos quien de nosotros sacrificaría una pierna para alimentar a los compañeros. Le toco al Tocho, un chaval de Valladolid... tenía menos suerte el tipo... ni recuerdo la de piernas que perdió en la mili para que nosotros pudieramos comer... Y ves, la mili...
Y se calló.
Eso sólo quería decir dos cosas. O había muerto o se había quedado dormido.
Por favor...
Pero ni una cosa ni otra.
Mierda.
Miraba en silencio al yesero.
- ¿Qué pasa, chaval?
- Nada - dijo malhumorado mientras daba patadas a las piedrecitas y éstas se iban acordando de su madre.
- ¿No has superado lo de Aldana?
- Joder, no... como voy a superarlo... la quería... era mi gota de rocío... no todos los días descubres que la mujer que amas es un montón de mierda...
- Pero no puedes quedarte ahí... tienes que seguir adelante...
- Ya lo sé... pero es que se la veía tan desesperada y vulnerable...
- Sí, a los hombres nos gustan las mujeres así.
Cinco suspiros se elevaron a los cielos.
- Pero ya encontrarás a otra - le dije -. Eres un muchacho bien parecido y no tonto del todo...
- ¿Tú crees?
- Sí, solo que la próxima vez no te enamores de una criatura maligna, ¿vale?
Asistió.
- Vamos a dormir. Te toca hacer guardia - le dije al mimo -. Si ocurre algo, chilla.
Asistió y empezó a dar vueltas por el improvisado campamento, con las manos cruzadas a la espalda y con actitud importante. En cuanto mi cabeza toco el duro suelo, me quedé dormido.

Y soñé que volaba.

Pero no recuerdo más porque oí al mimo avisándonos. Abrí un ojo y lo vi agitando el cuerpo como si fuera un molino de viento. Era la señal de que alguien, o algo, se acercaba.
- Ocultémosnos.
Y así lo hicimos. O empezamos a hacerlo. Porque el paleta se levantó de su camastro totalmente desnudo y empezó a vestirse mientras ponía una cafetera al fuego.
- Es que yo sin café recién levantado no soy persona ni nada.
- Pero es que alguien se acerca.
- Ya va, ya va... - dijo poniéndose los calzoncillos -. Como decía mi abuelo, recuerda nieto que lo amarillo siempre va para adelante y lo marrón para atrás.
- Venga, venga...
Y nos escondimos. O lo hubiéramos hecho si a nuestro alrededor algo nos pudiera ocultar. Sólo unas pocas piedras juguetonas que se desplazaban de un lugar a otro y arbustos ariscos que no ocultaban a desconocidos.
- ¿Qué hacemos?
El mimo resolvió una solución y en unos pocos movimientos de cadera que nos aturdieron, nos enseño a ser tierra gracias a todo lo que había aprendido en la escuela de interpretación. Consistía en pensar como la tierra, sentir la tierra, hacerte tierra... y empezamos a movernos como la tierra, a fundirnos en ella, a identificarnos con la materia madre, a...
Comportaros como unos perfectos gilipollas.
- No puedes decir nada constructivo por una vez.
No.
- ¿Al menos podrías intentar saber quién viene?
Podría, pero paso.
- ¿Qué te pasa?
Mira... que me siento poco colaborador. Total, diga lo que diga no me haréis caso.
- No es eso.
Vigila, que vienen.
Y de las tenues luces del alba...
- ¿Ya ha amanecido?
... vimos aparecer un carro tirado por dos fuertes ponys de guerra. Agarrado a las riendas, un fuerte enano miraba en nuestra dirección. Iluso, no podías vernos, nos habíamos fundido con la tierra.
- ¿Quién sois vosotros? ¿Endemoniados?
O casi nos habíamos fundido.
Pero seguimos siendo tierra para confundirlo.
- Contestad, atajo de ratas viscosas, o probaréis el filo de Enderwin, el hacha sagrada que me legó mi padre al morir.
Y enarboló en una de sus manos una recia e impresionante hacha.
Paramos en seco.
- Viajeros - dije.
- Héroes - dijo el electricista.
- Comerciantes - dijo el paleta.
Movimientos de nariz y subir escaleras mecánicas dijo el mimo.
- Los que te pueden partir la cara, enano de mierda - dijo el yesero.
- ¡¡¡¿Qué?!!!
Y el enano empezó a avanzar hacia nosotros. Era bajo, aunque alto para los de su raza. Con una larga y profunda barba pelirroja. Llevaba sólo unos pantalones raídos y unas viejas botas. Un tatuado pecho al descubierto con todos los músculos imaginables más algunos inventados para la ocasión. Los brazos se correspondían a nuestras piernas. Una mirada fiera, sanguinaria, que no conocía ni la derrota ni el perdón.
- Me habéis insultado a mí. Y si me insultáis a mí, insultáis a toda mi familia. Y si insultáis a toda mi familia, insultáis a todos mis ascentros. Y eso sólo se limpía con sangre. ¡La vuestra!
- ¿No podías meterte la lengua en el culo? - le dije al yesero.
- Era para que se acojonara el chiquitín.
- Calla, vale, calla. A partir de ahora ni una puta palabra delante de un desconocido.
- Preparaos para restaurar el honor de mi familia.
Y se lanzó hacia nosotros.
Nos dispusimos para repeler su ataque. Total, no sería muy difícil porque era uno contra cinco.
Bueno, cuatro porque el electricista se había desmayado.
Bueno, tres porque el paleta había visto que el café ya había salido y quería servirse una taza que no solo de pelear vive el hombre.
Bueno, dos porque el mimo realmente se había convertido en tierra y había desaparecido.
Bueno... a la mierda.
- Lo siento, señor enano. Mi compañero de viaje es idiota... no ha querido ofenderle.
- ¡Demasiado tarde!
Y alzó su hacha. Y sí iba directa a mí. Así que no me quedó más remedio que desenfundar mi espada. Noté su fuerza manando por mi dedos y decidí que aquel combate lo iba a ganar yo. Paré el golpe del hacha, la empujé a un lado y conseguí abrir un pequeño flanco en la defensa del enano. Lancé una estocada, pero el enano parecía adivinar mi atención porque desplazó su peso a un lado y mientras bamboleaba su barba, emergió una estocada que partió mi embite. Pero no desesperé porque conseguí que mi espada lanzará una estocada sobre su flanco que hizo que sus pies se...
No estoy entendiendo nada.
Estábamos igualados.
¿Dónde has aprendido a luchar así?
Pero el enano era viejo lobo y con un ágil movimiento lanzó su cabeza seguida de su cuerpo. Me dio en el estómago y me hizo caer al suelo. Me pisó el brazo que llevaba la espada, levantó su hacha y sonrió.
- Despídete de la vida.
Y bajó el hacha. Por una vez no cerré los ojos ante el peligro porque si iba a morir quería verlo. Y entonces ocurrió el milagro. Del carro del enano emergió otra figura. Una enana. Bajita, barbuda, tetona y muy atractiva. Como todas las enanas, vamos. Y habló.
- Nene, venga coño, que el desayuno ya está.
- Estoy a punto de matar a un humano, ahora no puedo desayunar.
- ¡Me cago en tus muertos! ¡A comer, coño! Pa eso me tiro yo un buen rato en la cocina para que el señor le de por la matanza y se coma la carne fría... tira pa dentro, si no quieres que vaya yo pa llí.
El enano me miró y bajó su hacha.
- Has tenido suerte, chaval. Porque mi señora no perdona las comida, que si no...
- Y dile a esos muchachos que se vengan a desayunar.
- ¡Eso no! ¡Qué han insultado a mis ancestros!
- ¡A mí no me discutas! ¡Qué se vengan! Se les ve buenos chicos, tan inútiles todos...
- ¿Viene papá o no viene papá? Si se muere puedo comerme su ciervo...
Y vi aparecer dos cabezas más del carro. Una niña y un niño enano. Pequeños, barbudos, simpáticos.
- Venga - dijo el enano alargándome la mano -. A comer. Ya me dará la satisfacción después.
- Vale.
- ¿Cómo te llamas, chaval?
- Jorge. ¿Y tú?
- Me llamo Cindarm. Aunque mis amigos me llaman por mi nombre de guerra.
- ¿Qué es?
- Chistorra. El enano Chistorra.

El enano Cindarm, más conocido como Chistorra.
Un buen tipo, violento, pero majo.


En este capítulo
Special Guest Star: El capitán Chistorra
Porque él me lo pidió.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Crónica de una obra XIV

Nota: Por amenazas a mi integridad física y por aquella hacha que me encontré clavada en la espalda una mañana al despertarme, adelanto a hoy la entrega de la fastuosa, despopilante y muy verdadera crónica.

Resumen de lo publicado
: Así que decidimos ayudar a la muchacha y ella nos llevó a su pueblo. Intentar hablar con ella sobre lo que había pasado o qué era un shauzer óscuro era imposible porque se empeñaba en decir incoherencias, desmayarse y vomitar sangre. Al entrar al pueblo, desapareció. Perfecto. Diambulamos por el pueblo, pero no encontramos un alma viviente. Decidimos entrar en una casa que parecía abandonada, y mientras el mimo y el yesero se probaban ropa de mujer, yo encontré un libro. En él se decía qué era un shauzer óscuro y que Jordi tenía razón. La habíamos cagado. Toma, toma, toma, toma, jodeos.

Shauzer óscuro (sust. m/f/?): criatura mágica nacida de las fuerzas óscuras y espirituales de la larga tradición hechicera orca. Le gusta la carne humana, los arreglos florales y pasear por el bosque a la luz de la luna. Atrapa a sus víctimas creando una hermosa muchacha de sus propias heces e insuflada de corta vida gracias a su poderoso escupitajo que viaja buscando héroes incautos y sin mucha personalidad que irán a ayudarla. Una vez allí, el shauzer óscuro se los come entre atroces sufrimientos y gases. Nadie sabe qué es o cómo es un shauzer óscuro porque nadie a sobrevivido a su encuentro.

Lo que antes era la bella Aldana, ahora era un amasijo ponzoñoso y humeante de carne y huesos que se volvían a convertir en lo que de verdad eran, mierda. Consternados mirábamos aquello mientras la risa se convertía en hipidos y acababa en un "ay, que gracia me ha hecho". De los ojos del yesero empezó a asumar una tímida lágrima.
- ¿Qué pasa tio? ¿Te ha afectado? - pregunté.
- Sí, tío, es que era muy buena chica. ¡Y pensar que anoche me hice una paja en su boca mientras estaba desmayada! Y, mírala ahora, hecha mierda.
- No es momento el romanticismo - dijo el paleta -. Tenemos que salir de este pueblo antes de que nos pille el bicho ese.
- NO SOY UN BICHO...
- Ay madre de dios - dijo el electricista -. Vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir...
Vais a morir por no hacerme caso. Sí... sí... ¿qué aguante esto? Es que yo no trabajo aquí... sí, ya... bueno...
- Con esta actitud, seguro. Preparad las armas.
Y nos armamos.
- ¡Ven si tienes huevos! - chillaba desesperado el yesero -. Has matado a la chica con la que he tenido una relación más sana. ¡Yo la quería y respetaba! ¡Ven si te atreves!
- No sé si llamarlo es buena idea - le dijo por lo bajo el electricista. - Si acaso nos vamos hiendo.
- NADIE SALDRÁ DE AQUÍ PORQUE ESTÁIS MUERTOS... MUY MUERTOS... MUERTOS DEL TODO... BIEN MUERTOS... PERO MUY MUERTOS...
- Vale - dije -. Pero vienes o no, porque no podemos estar aquí todo el día y si acaso ya vendremos.
- YA VOY, YA VOY...

Nos tensamos, preparamos las armas. Desenfundé mi espada. El electricista cogió el arco sin cuerda y preparó una de sus flechas sin punta. El mimo apuntaló los tacones al suelo y cogió aire con las manos cargadas de piedras. El yesero lloraba y agarraba con fuerza su caña para sacar ojos. El paleta sólo escupió. Algo se acercaba, algo fuerte, inmenso, con mucho poder... algo que nos haría mucha pupita.

Y a la plaza entró un niño. De unos cuatro años. Iba desnudo y descuidado.
Vamos, sucio.

- Eh, chaval - dijo el paleta -. Anda, tira, que va a venir un monstruo. ¿Dónde están tus padres?
El niño sonrió y habló.
- OS ARRANCARÉ EL CORAZÓN Y ME LO COMERÉ DESPUÉS DE MEARME EN VUESTROS OJOS VACÍOS. SOÍS BASURA Y ESCORIA HUMANA QUE SÓLO SIRVE PARA ALIMENTAR MI FABRICA DE CACA. MALDITOS HIJOS DE PUTA, REPUGNANTES TROZOS DE BILIS INFECTADA.
- Será jodio el niño. Habla con más respeto a tus mayores.
- EL MISMO RESPETO QUE LE TUVE A TU MADRE CUANDO ME LA FOLLÉ TAN FUERTE QUE LE SALTARON LOS OJOS DE LAS CUENCAS.
- ¡Con mi madre no te metas!
Y el paleta salió corriendo hacia el niño a velocidad de tractor averiado. Se le plantó delante y le soltó una hostia.
La hostia.
- Sí, la que le ha dado.
La cabeza del niño salió disparada a un lado extendiendo el cuello diez metros. Miró al paleta. Y sonrió. Sus dientes medía cerca de ocho centímetros y supuraban una pus verdusca.
- ¡La virgen!
El niño dio una patada al paleta en la entrepierna y lo lanzó treinta metros. No se movió de donde había caído. Solo pudo cubrirse sus partes con cariño. El mimo actúo con rapidez y lanzó tres piedras seguidas. Una dio en una pared, otra en el suelo a quinientos metros del niño y otra me dio en el cogote.
- Joder, vigila.
Me hizo el signo internacional de no te ponga en medio, cabrón.
- ¡Pero si estaba detrás tuyo!
El niño flexionó las piernas y pegó un salto que lo plantó delante del electricista. Éste empezó a chillar y le clavó la flecha en un ojo. El niño sonrió.
- GRACIAS.
Y parpadeó. La flecha volvió al electricista dándole en el hombro. Empezó a llorar.
- OS COMERÉ A TODOS LOS HIGADILLOS CON UNA BUENA BOTELLA DE VUESTRA SANGRE.
El mimo lanzó otra piedra, pero el niño la cogió al vuelo y la devolvió. Rompió un tacón al mimo, perdió éste el equilibrio y cayó al suelo de bruces. Su maquillaje blanco se ensució con la tierra.
El niño me miró y sonrió. Abrió dos palmos...
Más o menos
...más o menos la boca y se lanzó hacia mí. Su lengua chirriaba con sus dientes dándome una dentera horrible. ¡Qué manía! ¡Qué mania! Y el niño crecía, crecía... ahora parecía un adolescente desmanejado e incoherente que desplegaba unas alas recién nacidas en su espalda.
- TE ARRANCARÉ LOS COJONES DE UN BOCADO Y ME LOS TRAGARÉ.
Tropecé con mi propio miedo y en un momento lo tenía encima de mí.
- PREPARATE A MORIR.
- Puedo hacerte una pregunta.
- SÍ.
- ¿Existen shauzers claros?
- ¿QUÉ?
- Pues eso, si existen shauzers claros.
- NO.
- ¿Entonces porque se llaman shauzers óscuros y no shauzers a secas o shauzes pistacho? Y, por cierto, ¿dónde está el shauzer? Hemos venido a luchar con él y no a jugar con un niñato.
- ¿QUÉ ESTÁS DICIENDO? MORIRÁS AHORA MISMO... AHORA... EN UNOS POCO MOMENTOS, VAMOS QUE TE QUEDA MENOS QUE NADA, CASI UNA RESPIRACIÓN, DOS SI SOY MISERICORDIOSO, MENOS DE NA, CASI UN SUSPIRO DE MONJA ENAMORADA...
Mientras el niño estaba dándome la paliza del poco tiempo que me quedaba de vida vi al yesero acercarse por atrás con su navaja trapera en las manos. Una vez detrás del niño, la enarboló y se la metió directamente en una de las orejas. Y empezó a remover la navaja como si estuviera batiendo un huevo. El niño empezó a chillar y a cambiar de forma. Sus brazos se alargaban y contraían, su mandíbula se convertía ahora en una tostadora, ahora en un cajón lleno de calcetines desparejados. Un líquido negro y espeso empezó a salirle por la oreja y por la nariz. Me caía encima.
- Esto es por Aldana, la quería, entiendes, la quería. Y tú la has matado, niñato de mierda.
El niño, ahora ya casi un adulto, gritó al cielo un nombre. Y murió.
El yesero me quitó el cadáver de encima y me ayudó a levantarme.
- ¿Qué ha dicho ante de morir? - pregunté.
El yesero permaneció en silencio. Los demás se habían recuperado un poco y se acercaron a nosotros.
- Según parece la oreja era su punto debil.
- Vámonos - dije -. Nos espera un largo camino.
- Dejadme sólo un momento - dijo el yesero - . Tengo que despedirme de Aldana.
Y empezó a bajarse los pantalones.
Nosotros, en señal de respeto, nos dimos vuelta y empezamos a andar. Nos esperaban las amazonas.
- Por cierto -dijo el paleta -. ¿Y el shauzer? ¿Dónde coño se ha metido?
- Yo que sé - dije -. A lo mejor le hemos dado miedo.
- Será eso.
Y caminamos hacia el camino mientras detrás nuestro se oían los sollozos y jadeos del yesero.

Mientras tanto en otro lugar del reino de Aqualata

- El shauzer óscuro ha fallado, maestro.
- Lo sé, Feto, lo oí llamarme en su agonía.
- ¿Qué hacemos ahora, maestro?
- Manda a los jinetes.
- ¿A los seis y medio?
- Sí.
- Bien, maestro.
- No necesito tu aprobación, Feto.
- Lo sé, maestro. Por cierto, maestro.
- ¿Sí?
- ¿Qué le apetece cenar hoy?
- Algo ligero, Feto. Una ensalada, por ejemplo. Sí, una ensalada.


El jodio niño. Y el shauzer sin aparecer.

sábado, 29 de agosto de 2009

Crónica de una obra XIII

Resumen de lo publicado: Conseguimos salir de Falac sin muchos problemas y con unas cuantas horas de retraso. El camino se presentaba llano y seguro ante nosotros y decidimos ir a buen ritmo, pero sin forzar nada. Después de sofocar un berrinche de Jordi por no tener armas (y conseguirle un par), nos detuvimos a comer en un prado donde el paleta aprovechó para explicarnos parte de la historia de su vida. En el momento más interesante apareció una muchacha llamada Aldana que nos pidió ayuda para ayudar a su pueblo.

Yo pasaría.
- ¡Jordi! Tenemos que ayudarla.
Haced lo que queráis, pero yo pasaría. Le daría un par de monedas, una palmada en el culo y que siguiera su camino. Ya hemos perdido demasiado tiempo y tenemos que llegar a las amazonas, ¡por favor! que el universo depende de vosotros.
- ¿Pero a las amazonas no íbamos a follar? - le preguntó en un susurro el yesero al mimo. Éste hizo un giro de sesenta grados con el dedo índice y sacó un paraguas de la manga.
- Eso sí - dijo el paleta.
- ¡Por favor! - Aldana volvió a caer de rodillas y a deslizar un poco más su generoso escote -. Ayudadme. Sois héroes... sólo hay que ver vuestra gallarda figura, vuestra gentil apostura, vuestro perfil heróico, vuestra...
- No digas nada más, muchacha - el paleta se abrochó los pantalones - te ayudaremos.
Los demás asentimos a la declaración paletil.
- Gracias, muchas gracias, de verdad, muchas gracias, gracias, gracias, muchas gracias, de verdad, no sé que decir a parte de gracias, gracias, de verdad, gracias... gracias... muchas gracias, por todo, por venir, por hacer lo que podáis, gracias, de verdad, muchas gracias, muchas muchas muchas muchas muchas gracias... Grac...
Os arrepentiréis.

El pueblo de Aldana estaba a un día y medio de viaje así que nos pusimos en camino lo antes posible. Nos guió por caminos cada vez más agrestes, por infinitos bosques que oscurecían el día, atravesando riachuelos, cascadas y lagos en delicadas barcazas y donde descubrimos que el paleta le tenía miedo a líquido que no fuera vino o un carajillo. Aldana hablaba poco y suspiraba mucho. La preocupación por el futuro de su pueblo y familia le daban un aspecto cada vez más cansado y más palido y arrugas de preocupación aparecían en sus ojos.
- ¡Qué fea se está poniendo la Aldana! - dijo el yesero.
- Está afectada por lo que ha ocurrido en su pueblo. Es normal que esté un poco desmejorada.
- No sé... yo antes me la tiraba con gusto, ahora sólo me la tiraba por pena. Y eso es mucho decir... que yo... mira, una piedra redonda.
Y salió corriendo a darle chutes a la piedra. Aproveché para acercarme a Aldana y hablar con ella.
- Hola.
- Eh... ah, hola.
- ¿Cómo estás Aldana?
- Bien... tenemos que llegar cuanto antes, mi pueblo nos necesita.
- Sí, vamos a buen ritmo, tranquila.
- No lo entiendes... morirán si no llegamos pronto... mi pueblo me necesita... nos necesita... es importante...
- Sí, mujer, sí... que ya vamos.
- No... no... no... me duele la cabeza... ¿Qué? Ya vamos, ya vamos...
- ¿Aldana?
- Vamos de camino...
Me parece que esta tía está como una cabra.
- Jordi - susurré -. Está preocupada. Es normal un poco de excentricidad...
Eso lo dices porque tiene buenas tetas, si fuera un callo dirías que está loca.
- Que poco me conoces.
Sí, sí... ¡Toma!
- ¡Qué ha pasado?
El yesero se acaba de romper un dedo del pie chutando piedras. Ahora vengo, voy a reírme de él.
- Aldana, ¿te encuentras mejor?
- Eh... ah, hola.
- Hola... oye unas preguntas...
- No hay tiempo... no hay tiempo... mi pueblo nos necesita, tenemos que luchar y salvarlos... ya vamos... ya vamos...
- Aldana...
- Sí... sí... mi pueblo me necesita.
- Una pregunta de nada, mujer... nada si no te molesto casi.
- Vamos... vamos... vamos... camina... camina...
- Si no nos cuentas algo no podremos ayudarte.
- ¡VAMOS! Sí, vienen conmigo.
- Joder...
Me giré para ver si alguno de mis compañeros había seguido mi conversación con Aldana, pero no había nadie cerca. Estaban todos riéndose del yesero. El más cruel era el mimo que imitaba a la perfección su dolor y su perdida de sangre.
- Mira Aldana, tengo que preguntarte qué es un shauzer óscuro y como podemos luchar...
- Ya vamos... ya vamos...
- ¡Aldana, joder, escucha un momento!
Aldana se detuvo. Su pelo rubio, aunque cada vez era más blanco, le ocultaba la cara.
- Ya vamos...
- Aldana.
Me miró. Los ojos en blanco. Abrió la boca y un largo hilo de sangre descendió de sus labios.
- Chicos...
- Joder - oí que decía el paleta.
Aldana se inclinó con violencia hacia atrás, chilló algo inteligible a los cielos y cayó violentamente en mis brazos mientras vomitaba sangre. Mi primer impulso fue cogerla, pero al ver el rastro de sangre que dejaba su boca, me aparté. Cayó de morros contra el suelo.
- Bueno - dijo el electricista -. Creo que tendremos que pasar noche aquí.

Aldana no se despertó hasta el amanecer. Su piel estaba cada vez más pálida y frágil. No habló de lo ocurrido. El camino cada vez era más agreste, duro y complicado. Una niebla iba ocupando el espacio que antes ocupara la luz del sol. Empezaba a pensar que seguir a Aldana no había sido una buena idea.
Aleluya.
Cuando parecía que no podíamos caminar más, llegamos al pueblo.
Casa vacías y destruidas. Quemadas. Arrasadas. Nadie por las calles. Ningún signo de vida.
- ¡Los he traído! - y Aldana salió a correr perdiéndose por las calles.
- ¡Aldana! - y fuímos caminando detrás de ella.
Entramos en las calles. Frío. Mucho. Oí al electricista decir que tendría que haberse traído una chaqueta. No vimos nada ni a nadie. Solo las calles abandonas y las casas derruidas.
- ¿Qué hacemos? - dije.
- Ni puta idea.
- ¿Y si buscamos a Aldana por alguna casa?
Yo me iría, pero a Jordi no le hagais cas... sí, joder, la librería está cerrada, sí... no, no puedo venderte esa mierda... ahora vuelvo...
- ¿Tenemos otra opción?
Discutíamos mientra andábamos. Echábamos algún vistazo por las ventanas por si veíamos alguna cosa que nos diera un poco de información. Nada. Llegamos a la que suposimos era la plaza de la ciudad. Ni rastro de Aldana. Y decidimos entrar en una casa. La última casa a la izquierda. Estaba abandonada. Polvo, muebles rotos. En un rincón un bulto de ropa.
- Mirad - dijo el yesero -. Ropa de tía. Voy a ver.
- Estoy en la habitación de al lado.
Una mesa. Una silla. Y libros.
Me acerqué con cuidado. Uno de los libros me llamó la atención. Era de tapas amarillas y páginas desgastada por dedos y tiempo. Lo cogí con cuidado entre mis manos. Leyendas, criaturas, hechos e historia del reino de Aqualata. Interesante. Era una especie de diccionario sobre la tierra donde ahora estábamos. Aunque estaba escrito en una lengua y unos caracteres que no conocía, no me supuso ningún problema leerlo. Busque la s. Lo encontré. Y lei.
- Mierda... Chicos...
Entraron en la habitación. El yesero llevaba unos sostenes en la cabeza y el mimo se había vestido de gran señora en decadencia.
- ¿Qué?
- Tenemos un problema.
Y les leí la entrada que dedicaban al shauzer óscuro.
Al acabar la lectura oímos un grito femenino. Salimos a la plaza y vimos a Aldana deshacerse ante nuestros ojos. Su carne era como gelatina y en poco segundos de ella sólo quedó un amasijo de carne y huesos en el suelo. Y una carcajada triunfal heló el aire.
La habéis cagado.

Libro que encontré en el pueblo de Aldana. Nos sirvió de mucho para entender este nuevo mundo.

jueves, 30 de julio de 2009

Crónica de una obra XII

Resumen de lo publicado: Tras dos horas de injustificada y muy violenta bronca por parte de Ciocco por haberle desobedecido y haber entrado en la posada, el pequeñin nos hizo entrega de unas armas de mierda, nos dijo cómo salr del pueblo y se fue. Ya está. Esto es todo lo que pasó. Vamos... ¿queréis un resumen más largo? Pues paso... Hoy no me apetece resumir nada.

Después de tres horas dando vueltas por Falac, perder el camino unas trece veces y preguntar a todos los borrachos, tarados, fumados y horjas (una especie de seres de cartón con cabezas de rape que son famosos en Falac por colgar siempre recto cualquier cuadro) conseguimos llegar a la salida del pueblo. O entrada, que todo depende de si vas o vienes. Ante nosotros se extendía un camino real bordeado de altos árboles que acababan formado un inmenso bosque. Era una mañana agradable para caminar. El mimo iba primero atenazando entre sus manos una piedra dispuestos a defendernos a la menor contrariedad. El yesero practicaba mandobles temerarios con el puño de la espada. El electricista intentaba fabricar una cuerda de arco con su pañuelo y el paleta, sencillamente, se apretaba la nariz y soltaba mocos. Yo iba ensimismado en mis pensamientos y sin darme cuenta jugaba con la espada que la misteriosa pelirroja me dio.
Eso, tú restrégamelo por la nariz.
- ¿El qué?
Como si no lo supieras.
- ¿Qué pasa Jordi?
- ¿Le ocurre algo al de arriba? - preguntó el paleta.
No me pasa nada.
- Jordi.
- Va, colega, si algo te esta fastidiando pues lo dices o le sueltas una hostia.
- Dejadlo, dejadlo - dijo el electricista - será otra de sus tonterías.
Tú cállate, puto fanático.
- A la mierda, Jordi, no te burles de mi fe.
Gilipollas...
- A ver niños - dijo el paleta - menos tonterías y menos insultos. ¿Qué pasa Jordi?
Nada... pues que... todos tenéis armas y yo no. Todos vais andando por un bosque y yo no, yo estoy aquí sentadito al lado de agujero, teniendo que tragar polvo y en la sección de ensayo rollo y aburrido de política. No me siento parte del grupo. No me siento integrado. Creo que si aún me aguantáis es por pena.
- Justo por eso - dijo el electricista.
Tontopollas
- En serio, parad. Jordi, vamos a hablar. ¿Qué ocurre?
Me siento mal porque... bueno... estáis ahí abajo, viviendo aventuras y yo aquí... no me siento del grupo, ¿sabes? Soy como un añadido, como algo que molesta y cuando habéis repartido todas las armas y no me habéis dado ninguna...
- Es que tú estás en otro plano de la realidad...
Ya, pero no es excusa. Yo quiero mis armas.
- ¿Y para qué?
Y si entra una pareja de mormones... y si aparece un monstruo de Aqualata en la librería... y si solo porque me sale de los cojones tener unas armas....
- Vale... Mándarte un arma no puedo, ya lo sabes.
.
- Pero puedes fabricarte una.
¿Sí?
- Ves al lavabo. Agarra la escoba y la fregona, le arrancas lo de arriba y ya tienes dos palos de repartir tortas.
¿Y serían para mí?
- Todos tuyos.
¡Genial! Voy a por ellos.
Y oí en mi cabeza como Jordi corría al lavabo feliz como unas castañuelas y pegando saltitos como una Caperucita transvestida cualquiera.

Caminamos unas cinco horas sin ningún incidente remarcable. El camino era cómodo para caminar y solían cruzarse con nosotros viajeros, saltimbanquis y comerciantes que intentaron encasquetarnos filtros amorosos, amuletos mágicos y bragueros donde se podía adivinar el futuro. No es necesario que diga que lo compramos todo. La mañana empezaba a caer sobre nosotros y se iniciaba
Toma hostia con el palo de dar hostias uno...
una agradable tarde que invitaba
a reventar a hostias con el palo dos de dar hostias
al descanso y a comer algo entre el ruído de los pájaros
Soy Peter Pan, soy Nemo, soy... hostias... sí ahora lo recojo... soy Sandokan...
por eso decidimos apartarnos del camino e internarnos un poco en el bosque buscando un pequeño claro donde quitarnos los zapatos y tomar un pequeño refrigerio.

No andamos mucho. Un pequeña clariana se presentó ante nosotros. Dejamos los bartulos en el suelo, nos descalzamos y desabrochamos el primer botón de lo pantalones. Nos pusimos a comer. Todos menos el mimo, que nos dijo que estaba haciendo una dieta macrobiótica y no podía ingerir ningún tipo de alimento que proyectara sombra. Todo esto le llevó dos movimientos de las nalgas decirlo. Era increíble el dominio que tenía de su cuerpo. Así que nos dejó comiendo y se dedicó a imitar el vuelo de las mariposas y hacernos de agua.
- Vaya viajecito - dijo el paleta.
- Ni que lo diga.
- Quién me iba a decir a mí que a mi edad... pero con la vida nunca se sabe... y eso que uno a vivido lo suyo...
Uy, uy, esto pinta a rollo.
-... si es que vosotros los jóvenes no sabéis nada de la vida - se inclinó hacia atras, se tiró un pedo largo y amarillo y empezó a contarnos su historia.

LA HISTORIA DEL PALETA

Pos aquí donde me veís (erupto) empecé en la obra con doce años. Sí señor (pedo) con doce añitos recién cumplidos ya estaba llevando un toro cargado de material y por accidente cayó encima del encargado. Es lo que tenían en ese tiempo los (erupto) encargados, que se les caía cosas encima y se morían. Era un trabajo delicado. Entre eso y los mosquitos que nadie quería ser paleta. Pero, bueno, (pedo) mejor ser paleta que ser pepino (escupitajo) así que me dije pues paleta, pero me pilló la mili en Valladolid, muy limpio (palillo a oreja y luego a boca) todo, eso sí, y me estuve como seis meses arrestado por arrancarle los pelos del culo a un cabo a mordiscos. Una novata eso sí y me hice hombre. Una puta de ciento sesenta kilos te hace un hombre o te mata. Siempre lo decía mi padre. Pásame el vino. Y nada que volví a la obra y me casé con mi señora, cateta y fea. Jorge, cásate si puedes con una fea que en la cama son más agradecidas porque tienen miedo de que sea la última vez. Y ná, con el tiempo y (erupto) mojando el caramelo aparecieron mis tres hijos, unos hijosdeputa que lo único que hacen es comer. El mayor es agente de seguros, el mediano trabaja en una carniceria machacando huesos para hacer morcillas y el menor (pedo largo, larguísmo cargado de éter y metano que amarilleó toda la hierba alrededor de su culo) es tonto, pero qué le vamos a hacer. Y la obra me gusta, sí señor, construyes casas con materiales defectuosos, pero que aguantan y me acuerdo de cuando se nos murió un inmigrante ilegal muy gracioso que trabajaba con nosotros, qué risa cuando me acuerdo... pos resulta que le decimos que carge el porlan en una caja y...

Un agudo grito interrumpió la apasionante historia del paleta. Nos levantamos prestos y dispuestos.
¿Prestos?
- Sí.
¿Qué quiere decir?
- Rápidos.
¿Y por qué no dices rápidos?
- Era por darle un lenguaje más culto.
¿A esto?
- Sí.
Anda, sigue y deja de decir gilipolleces.
Desenfundamos las armas y nos preparamos para un ataque. El electricista dijo que se replegaba detrás de una roca. Aguardamos. ¿Qué nuevo monstruo aparecería? Pasaron unos segundos que parecieron minutos.
Es que pasaron minutos.
Las hojas de los arbustos se movían inquietas, se abrieron dos ramas y ante nosotros apareció...
- ¡Pedazo de jamelga! - dijo el yesero.
Una muchacha. Vestida de blanco transparente. Con el pelo revuelto y los ojos asustados. Sus golosos labios temblaban. Nos miró con miedo y empezaba a retroceder cuando sus ojos se fijaron en mí. Su semblante se cubrió de una expresión solemne y decidida y se acercó. Cayó de rodillas ante mí, me cogió una mano que pocos momentos antes se ataba el botón del pantalón y elevó sus negros ojos.

- Por favor - dijo -. Me llamo Aldana. Hija de la casa de Aldan. Y necesito la ayuda de unos héroes para salvar a mi familia y proteger a mi pueblo.
- ¿Héroes?
- En Falac encontrarás unos cuantos, muchacha - dijo el paleta.
- ¿Acaso no sois vosotros héroes?
- Bueno, de aquella manera.
- Pero si empuñas la legendaria espada del Dragón Negro. Y sólo el elegido puede empuñarla.
Perfecto, pensé.
- ¿Me ayudaréis? Una horda de salvajes horcos bajo el dominio de un shauzer óscuro tiene preso a mi pueblo. Sois nuestra única esperanza. Por favor... puedo llegar a ser muy agradecida.

Si queréis que nuestros héroes accedan a ayudar a Aldana dejad un comentario que contenga la palabra natillas.

Si queréis que nuestros héroes le den un par de monedas a Aldana para que llegue a Falac y se busque la vida dejad un comentario con la palabra escorbuto.

Aldana, de la casa de Aldan. Dibujo hecho por el yeseo con su caja de plastidecores.

jueves, 25 de junio de 2009

Crónica de una obra XI

Resumen de lo publicado: Total, que me fui con la pelirroja y acabamos en una piara de cerdos con unos cuantos minotauros muy enfadados delante. La pelirroja me dio una espada para defenderme, pero no la cogí bien al vuelo y se perdió entre la mierda de los cerdos. Poco a poco los compañeros se reunieron. La pelirroja desapareció y nadie se creyó que había estado conmigo sí, sí, una pelirroja ya te gustaría. Cuando nos pusimos en formación dispuestos a defender cara nuestra vida ante los minotauros, una poderosa voz lo paralizó todo. Era Ciocco. Estaba rabioso. Ahora sí que nos habíamos metido en problemas.

ADVERTENCIA: Esta entrega de la fastuosa y fascinante y muy verdadera Crónica de una obra contiene abundantes muestras de vocabulario vulgar, procaz, lleno de palabras gruesas y muy poco sutiles. A los oídos finos y sensibles se les aconseja sustituir cada palabra malsonante por una bonita, como por ejemplo, azahar. No sé, me gusta el azahar pero se me hace un poco empalagoso. Pues canela, si lo prefieres. No, hombre, no, azahar ya está bien. Como quieras. Aunque una crepe con canela...

- ... pedazos de mierda de yak enfermo y sifilítico. Hatajo de gilipollas cara de ratas, subnormales imbéciles... que os follen, eso digo yo, que os folle un troll con la polla astillada y llena de pus gangrenosa para que os deje el culo como la cara de vuestras putas madres panda de imbéciles, estúpidos oligofrénicos. ¡No os dije que no entrárais en la posada! ¿No os lo dije? Pero como parece que tenéis los oídos llenos de mierda y el cerebro os rebosa esperma de cabra montesa comida por las ratas no escucháis, no, los señoritos tienen que hacer lo que les sale de la polla, ¿para qué hacer caso a Ciocco? ¿Para qué? Total, el sólo lleva siglo viviendo en este mundo y nosotros somos unos mamones analfabetos imbéciles, atontados y comemierdas...
- Pero es que... - dije yo.
- ¡Cierra tu puta boca imbécil! ¡Cierra ese orificio por donde solo sale mierda y escucha tontolava, lameculos, gilipollas, calzonazos, que tu cerebro tiene la misma consistencia del vomito de un borracho que se ha pasado comiendo garbanzos, y tus compañeros de mierda, esas panda de soplapollas tienen la personalidad de la diarrea que me sale de mi hermoso culo cada vez que como acelgas llenas de esputos y gargajos de leprosos... ¡Es que seréis imbéciles! Sois un grupo de...

Dos horas. Ciocco llevaba así dos horas. Nosotros cinco sentaditos en un banco de la plaza del mercado mientras el pequeñín daba vueltas a un lado y a otro soltando esas perlas por su boquita. No nos atrevíamos a alzar la mirada y mucho menos a hablar. Cada vez que uno de nosotros se atrevía a decir cuantro sonidos, Ciocco empezaba a recordar a nuestras madres y no acababa hasta el coño de la puta babosa del que salió vuestra putrefacta familia en el pleistoceno.

La irrupción de Ciocco en la piara de cerdos evitó una pelea entre minotauros y pringados. Su intervención decidida, enérgica y acojonante evitó el derramamiento de sangre. Resolvió la disputa con los minotauros al conseguir que el yesero pidiera disculpas. Éste en un principio se negaba, pero un golpe en los testículos con el báculo le hizo cambiar de idea. Los minotauros aceptaron las disculpas y se despidieron de nosotros diciendo que tenían un poblado que arrasar. Nos quedamos solos con Ciocco.

- Acompañadme.
Salimos a la plaza oliendo a cerdo, sangrando y provocando que las viudas se desmayaran a nuestro paso.
- Sentaos.
Nos sentamos.
Respiró hondo.
- ¿Pero qué coño os pasa a vosotros? ¿Sois imbéciles o es que de pequeños os distéis con el pico de una plancha y vuestro cerebro se convirtió en mierda? Sois la panda de héroes más patética y asquerosa que en mi puñetera vida he visto...

Y etc.

Cuando el sol empezaba a declinar, las paradas del mercado empezaban a recogerse y los pobres de Falac se peleaban por los deshechos que habían dejado los perros, Ciocco acabó su monólogo.

- Pero bueno, no pasa nada. Un error lo tiene cualquiera. Anda, coged vuestras armas.

Hizo un par de movimientos con sus manos, alzo al cielo un antiguo cántico místico, abrió y cerró su túnica (lo que no era agradable ya que su bellotita giraba de un lado a otro como un péndulo epiléptico), puso los ojos en blanco y empezó a temblar y a contraerse en sí mismo. Se hizo el silencio, gritó al cielo
Coño qué susto
y una densa y profunda nube de humo surgió de la nada cegándonos.
- Joder.
- Hostia.
- No veo una mierda.
- ¿Dónde estáis?
- Coff, coff.
- ¿No estarás fumando Jorge?
- Que no coño.
No veo una mierda.
- El que faltaba... ya decía que estabas muy calladito hoy.
Estaba ocupado.
- ¿Comiendo?
¿Por qué no te vas a la mierda? Necesito comer mucho, soy una persona nerviosa.
- Y como no tienes sexo.
Pues anda que tú.
- ¿Quién me ha tocado el culo?
- ¿Tú tampoco... ya sabes...?
¿Qué coño te importa?
- Mierda, he tropezado.
- En serio, ¿quién coño me está tocando el culo?
- ¡Os queréis callar de una puta vez, joder!

Por segunda vez la voz de Ciocco hizo que nos calláramos.
El humo se disipó. Ante nosotros aparecían una montaña de armas. De todos los tamaños y dimensiones y formas.
Pero... ¿qué es esta mierda?
- Armas - dijo Ciocco -. ¿No os gustan?
Llenas de moho y herrumbre. Amarillas de óxido. Cascos y armaduras sujetos con cuerdas y grapas. Una daga sin hoja. Espadas sin empuñaduras. Piedras.
- Pero si están hechas un asco.
- Es lo que he pillado en tan poco tiempo. Lo tomáis o lo dejáis. Encima de pobres delicados... hay que joderse.
- Yo paso de pillar un arma - dije. - Me quedo con la espada que me ha dado la pelirroja.
Los demás no me escucharon y empezaron a pelearse por el arma menos destrozada. Tras unos cuantos insultos, empujones y mordiscos, todos acabamos armados.
Todos no.
Todos acabamos armados, menos Jordi.
El paleta se agenció un palo con un pincho. El mimo se llenó los bolsillos de piedras. El yesero se pilló una navaja trapera, un caña para sacar ojos, una empuñadora molona, un par de dagas llenas de mugre y una cuchara. El electricista pillo un arco sin cuerda y unas flechas sin punta.

- Hala - dijo Ciocco. - Ya estáis armados. En las bolsas tenéis comida para el viaje y dinero. No os lo gastéis en putas. Pues salís del pueblo por esa dirección, giráis a la izquierda, a la derecha dos veces, pasáis por debajo de un puente, otro puente, donde está la hoguera de la bruja no, al lado veréis el cadáver de un perro en descomposición, pues ahí tampoco, sino que más adelante tras unos arbustos donde van los jóvenes a jugar a cruzados blancos entrando en la cueva roja veréis un arbol que parece un palillo cojo, pues a la izquierda, a la izquierda, todo recto tres centímetros, a la derecha, a la derecha, bajáis, subís, dais tres vueltas a la pata coja y ya habréis encotrado el camino que os llevará a las amazonas. ¿Entendido? Pues adiós.

Y Ciocco se fue.

Y nos quedamos solos.
- ¿Qué hacemos? - dijo el electricista.
- Yo tengo hambre - dijo el paleta.
- ¿Y si nos hacemos una foto? - propuse.
- ¿Alguien ha traído cámara?
- Yo no.
- Ni yo.
- Yo tampoco.
- Menos aún.
- ¿Si queréis os hago un dibujo?
Quien habló era una preciosa muchacha rubia que nos observaba subida a una tapia.
- Vale - dijimos. - Así tendremos un recuerdo.
Y posamos.
Tres horas después nos dio el dibujo y nos despidió con un beso y un suerte.
- Ha quedado chulo, ¿verdad?
- Sí... aunque tú no eres tan guapo.
- ¿Por qué me ha puesto un libro en las manos?
Joder, hasta salgo yo y todo.
El mimo señalaba su entrepierna mientras se metia un dedo en la oreja.
- Sí, tú has quedado bien. Bueno, ¿qué? ¿vamos?
- Vamos.
Y nos pusimos en camino para encontrar nuestro destino y la aventura.
- Una cosa - dije -. ¿Alguien estaba escuchando a Ciocco cuando nos dio la dirección?

Silencio.

Dibujo de grupo. Más majos.
¿Y por qué llevo un libro en las manos?
Eso lo descubriréis próximamente.

Un retrato cortesía de A.

Nota: si alguien quiere contribuir a la creación de la galeria pictórica de estas terribles y veraces aventuras, pues nada, encantando de recibir los dibujitos.

viernes, 15 de mayo de 2009

Crónica de una obra X

Resumen de lo publicado: Hostias, hostias, hostias. Y una pelirroja aparece y me dice que la acompañe a la cocina. ¿Qué hacer? ¿Minotauros cabreados o pelirroja atractiva? Y tú te lo preguntas... Por favor, que tontico que eres.

Me quedé contemplando el hermoso rostro de la desconocida mientras oía los cada vez más furiosos bufidos de los minotauros.
- Vale - dije. - Salgamos por la cocina.
Con un elegante salto se encaramó a la barra, bajo al suelo dando una voltereta en el aire y salió por una pequeña puerta que había entre dos enormes barribles de cerveza enanil. Yo intenté hacer lo mismo, pero no contaba con la dificultad que conlleva intentar levantar mi peso. Tras un par de intentos infructuosos de alzarme apoyando las manos en la barra y encaramar una de las piernas, opté por salir corriendo y entrar por el estrecho espacio que daba paso a las camareras. Uno de los minotauros embistió contra mí. Agarré lo primero que pillé y se lo lancé. Era el corcho de una botella de vino. No le hizo mucho daño, pero tuve la suerte de metérselo por la nariz. Entré la cocina.

Un intenso y profundo olor a carne en descomposición entró directamente en mi cerebro poniendo mi estómago en danza. Sentía unas incontrolables ganas de rujar.
Odio esa palabra... ¡¡¡LA ODIO!!!
La cocina era un ridículo habitáculo oscuro y sin ventilación cuya única luz era el fuego de la lumbre que calentaba un espeso estofado de patatas repleto de filamentos carnosos, bulbos verdes y vómito de gato. Un enorme cocinero peludo, grasiento y lleno de granos supurantes que condimentaban la sopa con breves estadillos blancos, repartía sus estupos sanguinolientos entre las hogazas de pan donde pude ver que una perra acababa de tener cachorros y en esos momentos se comía la placenta.
- La pelirroja ha salido por ahí - dijo señalando con una uña negra una portezula.
- Gracias.
Joder qué peste, macho... Es como si siete adolescentes adictos al deporte decidierán compartir la misma habitación.
El cocinero escupió a mis pies y pude contemplar como a su gargajo le salía cabeza y seis patas e iniciaba una huida hacia la puerta que sólo detuvo el inmenso pie del cocinero.
- ¡Maldito efisema! Te mataré yo antes...
Un breve estadillo de luz inundó la cocina. Los minotauros estaban entrando.

Salí al patio... bueno, era más bien un corral de cerdos con unos...
Treinta cerdos.
Sí, treinta cerdos.
Y lleno de mierda que está por todas partes. Joder... y qué olor.
- Ya has aparecido.
La voz dura y fría de la pelirroja hizo que intentará mantener un mínimo de dignidad ante la avalancha de repugnantes olores que me subían por la nariz, de forma lenta y sutil, en oleadas...
Como cuando te tiras un pedo en la cama y levantas la sábana para ver como huele, ¿no?

...

Perdona, sigue.
- Sí, estoy aquí. ¿Quién eres?
- No hay tiempo para presentaciones, confía en mí. Soy una amiga. ¿Sabes utilizar una de éstas?
Me lanzó una espada. Veamos... soy genéticamente incapaz de coger algo al vuelo. Imposible. Ni mecheros, ni llaves, ni pelotitas ni nada. Y menos una espada con una hoja de un palmo y el tamaño de mi brazo. Rocé la empuñadura con los dedos, pero no la así bien y cayo entre los cerdos y la mierda de éstos. Cuatro minotauros entraron con violencia en el corral. Pero no por su pie, sino que cayeron al suelo partiéndose cuernos y dientes. Triunfal, el paleta los contemplaba.
- Niñatos... A ver si aprendéis a pelear como hombres - y se lanzó contra ellos.
El resto de los minotauros aparecieron en la puerta. Llevaban con ellos al resto del equipo y los lanzaron a mis pies. El yesero tuvo la mala suerte de que su cabeza se quedara incrustada entre las nalgas de un enorme cerdo macho en celo. El electricista se levantó con cierta dignidad y empezó a llorar. El mimo resbalaba en el barro por culpa de sus zapatos de tacón. El paleta, después de dejar inconscientes a sus cuatro minotauros, se reunió con nosotros.
- ¿De dónde has sacado la espada?
El mimo empezó a hichar los carrillos y a aletear los brazos mientras entrechocaba las rodillas.
- ¿Qué haces?
Señaló al paleta.
- Ah, la espada... me la dio ella...
Pero la pelirroja ya no estaba.
- ¿No la habrás robado?
- Que no, joder, que me la dio una guerrera pelirroja.
- Sí, hombre... a ti una pelirroja te da una espada.
- ¡Es verdad! ¿A qué sí Jordi? ¡Y tú deja de llorar, joder! - le grité al electricista.
¿Qué? Sí... apunta... un batido de leche merengada, un café solo, dos donuts normales, una goffre de nata con caramelo, una crepe de mermelada de melocotón, dos trozos de tarta de manzana, un agua natural y una bolsa de patatas campesinas.
- ¡Jordi!
Joder, estoy pidiendo el desayuno que no he comido nada desde que salí de casa... ¿Qué querías?
- La pelirroja.
Ni idea. ¿Qué pelirroja?
- La que estaba conmigo.
¿Tú con una pelirroja? ¡Venga ya!
- En serio...
Unos carraspeos interrumpieron la discusión.
- Señoritas - dijo el minotauro jefe -. Que tenemos que matarlas. Si pueden dejar de discutir.
El yesero desatascó la cabeza de las nalgas de cerdo.
- ¿Estamos todos? - preguntó el yesero -. Pues a repartir estopa que tengo unas ganas.
Y sonrió ofreciendo al mundo sus dientes astillados.
Y nos pusimos en formación ante los minotauros. En un extremo el electricista sonándose los mocos con las mangas de la camiseta, seguido del paleta subiéndose los pantalones. En el centro yo intentando sostener una pesada y muy afilada espada, la nariz rota, escupiendo sangre y con ganas de ir al lavabo. A mi lado el yesero con la cabeza babeando los restos del cerdo y diciendo que él se había críado en la calle y era de colegio público, dando pequeños saltitos que figuraban que eran patadas mortales de kárate kimura. Y a su lado el mimo ofrecía una flor imaginaria a los minotauros.

- ¿Preparados para morir? - pregunto uno de los minotauros mientras crujía los nudillos.
- ¿Quién?
- Vosotros.
- ¿Qué vosotros? Yo veo muchos vosotros por aquí.
Y un bocadillo de fuet, y uno de tortilla con queso, y tres donuts más, y una copa de helado de seis bolas y si me puedes hacer otro batido...
- ¿Qué?
- ¿Qué tú?
- ¡Basta! Preparaos para morir.
- ¿Quién?
- Vosotros, joder.
- ¿Por qué?
- Porque sí.
- ¿Seguro?
- ¿El qué?
- No sé, tú lo decías.
- ¿Pero el qué?
- No lo sé.
- ¡Morid!
Y embistieron contra nosotros. Aplastando cuantos cerdos fuera necesario.
Nosotros hicimos lo que cualquiera, aguantar las lagrimas y cerrar los puños. Yo empuñé la espada. Los minutauros salvaron en dos largas zancadas la distancia que nos separaba. Sentíamos en la cara la baba y su hambre de carne humana.
Y un cochinillo y un trozo de esa tarta de chocolate... sí de esa... un poco más... un poco más... un poco más...
El hedor de la muerte. Mis últimos instantes vivos. Con el rabillo del ojo vi a la pelirroja montada en un precioso caballo negro. Me guiñó un ojo y sus labios formaron las palabras "Nos veremos".
Entonces una poderosa voz retumbó en la piara, inmovilizó a los cerdos y detuvo el mundo.
- ¡No os dije que no entraráis en la posada!
Era Ciocco.
Nos iba a caer una buena.

No, digamos que no era éste el aspecto que ofrecíamos.