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lunes, 16 de abril de 2012

Cada uno tiene su Vietnam

Una de las noches que pasé en el hospital haciendo compañía a Niño Lobo no conseguía conciliar el sueño. Los nervios, la incomodidad del sofá, las continúas interrupciones de las enfermera para controlar la medicación... Y en la oscuridad de la habitación, solo podía pensar una cosa:

- No dejará de roncar el pequeño mocoso, no.

Porque Niño Lobo ronca. Y mucho. Y, como todos, niega los ronquidos y no se hace responsable de las grietas en el vidrio de la ventana que aparecen por las mañanas.

Y recordaba. Recordé mis dos únicas operaciones.

La primera fue de amígdalas.

Amygdala a punto de darle una hostia a Batman.
En serio, hay un villano que se llama así.

Era pequeño... unos cinco / seis años. Inflamación, voz de niño poseído, extracción. No recuerdo mucho de esta operación... un sueño lleno de sangre donde me hacían inflar globos, una habitación compartida con un par de niños más, la promesa de comer todo el helado que quisiera, pero al estar en invierno se trabuco en tragar todo el hielo que pudiera... poco más...

La segunda operación... bueno... dejó algunas secuelas físicas y psicológicas. Operación de fimosis a los diez u once años.

Vamos, que andaba por este mundo encapuchado.
Y para desencapuchar sólo hay una solución.

Advertencia al lector: a los que me conoce y corren el riesgo de encontrarme por la calle. Desconozco si lo que escribiré ahora será gracioso o no, pero en el caso de que lo sea y os motive a la sonrisa / risa / carcajada os pido por favor que si me encontráis por la calle, en la librería o en la puerta del colegio no me vengáis con media sonrisa en la cara y me soltéis algo así como "¡qué bueno lo de tu fimosis!". Moriréis.

Vamos a la historia. Imagino que todos vosotros, lectores ávidos de cotilleo y de truculencia, sabéis qué es la fimosis. Para quien no lo sepa emplazo a seguir este enlace donde unos expertos doctores lo explican muy, pero que muy bien.

Pincha sobre la imagen

¿Todo claro? ¿Puedo continuar? De acuerdo. Como he dicho antes, tendría unos diez u once años. La tortuga no salía del caparazón, no había manera de quitar el tapón al boli, el bote de la mayonesa no se podía desenroscar. Así que decidieron que lo mejor que se podía hacer era operar antes de que las cosas se pudieran complicar y pudiera padecer de infecciones y bla, bla, bla. El médico explicó muy lo que se me tenía que hacer. Muy profesional y con sus palabras esdrújulas y derivadas del griego. Yo me quedé con un concepto, quizá básico, pero que resumía a la perfección lo que iban a hacerme y mis miedos.

- Te vamos a cortar la polla.

Y, para redondear el asunto, el médico en cuestión, lumbreras y genio por descubrir, decidió que ya era un hombrecito y que por lo tanto nada de anestesia general... con una simple anestesia local bastaría. No solo un desconocido se iba a acercar a mis partes con un instrumento afilado, sino que además sería consciente de ello.

En un primer momento no fui muy consciente de las implicaciones de todas esas decisiones. En aquellos tiernos años de preadolescencia y preestupidez aun confiaba en la palabra de los médicos y si decían que no me enteraría de la operación, que sería cortar y cantar y que ya era todo un hombre para dormirme... que solo se dormía a los niños pequeños. Y me lo creí.

Gilipollas.

Y llegó el día de la operación. Me metieron en una habitación, me despedí de mis padre y me llevaron con el anestesista.


Y a partir de este momento que todo se torció. Porque estaba tumbadito en una camilla, solo, sin familia y con un desconocido delante que de una bandeja sacó una jeringuilla, dijo la frase "No te va a doler" que es siempre antesala de los mayores dolores y, para tranquilizarme, hizo una pregunta mientras clavaba la jeringuilla en mi entrepierna:

- ¿Te gusta el fútbol?

Tengo que dejar claro una cosa. No me gusta el fútbol. Nunca me ha gustado el fútbol. He odiado, odio y siempre odiaré el fútbol. Como deporte y como excusa para discursos de índole social, nacional y/o política. Me importan tres mierdas quien marca a quien, la forma de la pelota, si quien marca un gol más gana, si follan entre ellos, si ganar un partido es algo más que ganar un partido y me toca mucho los huevos tener que aguantar discursos de ser mejor o peor X por no gustarme tal o cual equipo de fútbol, los silbidos, bocinadas, gritos y petardos cada vez que once multimillonarios ganan a otros once multimillonarios. Nunca me ha gustado. De pequeño no me sabía el nombre de los jugadores. Mientras mis compañeros de clase coleccionaban los cromos de la liga, yo me hacía la colección de Monstruos. A la hora de patio me escabullía y solía subirme a un robot gigante para destruir Tokio mientras mis compañeros de clase le daban patadas a una cosa redonda que iba de un lado a otro. No me gustaba el fútbol. Odiaba el fútbol y no entendía nada de fútbol.

Volvamos a la historia. Tumbado en una camilla mientras el anestesista me clavaba una jeringa tras otra alrededor de mi pene y de mis testículos. Empecé a llorar. Mucho. Y él tipo este me pregunta si me gusta el fútbol. Al no contestar al primer intento, añadió.

- A mí me gusta mucho. Soy del Real Madrid.

A lo que yo contesté.

- Sí me gusta el fútbol y también soy del Real Madrid.

¿Por qué contesté esto entre hipidos y lloros? Supongo que por miedo. Mis compañeros de colegio solían vivir el fútbol de una forma muy violenta. Si no eras del equipo, eras el enemigo. Más de una vez habían acabado a tortas entre ellos por un quítame de hay ese penalti. Las frases al enemigo ni agua, que pierdan en los entrenamientos, el X bueno es el X muerto y variantes eran habituales en el patio del colegio y las conversaciones entre adultos. El fútbol, quizá no de forma intencionada, siempre me ha parecido relacionado con expresiones de puro odio y violencia. Y más cuando por culpa del azar donde te ha llevado a nacer, el deporte se confunde con la identidad y la política. Entonces, cagada. En aquella camilla mentí por miedo. Pensé, a ver si este va a ser un pirado que odia a los de otros equipos y hace una desgracia con mi pobre cuerpo...

El anestesista acabó con su trabajo. Recuerdo cuatro pinchazos dolorosos acompañados todos por la frase no te va a doler. Y para el quirófano. El cirujano se inclinó sobre mí.


Supuse que me sonreía detrás de la máscara. Me dijo que no me preocupara que no me dolería. Y empezó a cortar. Imagino que son recuerdos falsos, pero la memoria que guardo de aquellos momentos es de dolor. Y sangre. La mano del doctor llena de sangre. Y mis lloros y mis ganas de salir de allí y volver con mi familia y que no era un hombre sino un niño asustado al que le estaban cortando el pito, con el cariño que le tenía. El cirujano decidió darme conversación para tranquilizarme.

- ¿Y qué, muchacho, te gusta el fútbol?

¿Por qué tenía que preguntar eso? ¿Por qué? No podía preguntar "te gusta leer", no. Eso era demasiado difícil y complicado. La mierda del fútbol.

- Sí - dije yo.
- ¿Y de qué equipo eres?
Silencio.
- Yo soy del Barça - dijo él.
- Yo también - dije yo entre lloros. No quería contradecir a alguien que tenía un bisturí en la mano y estaba manipulando mis genitales.
- ¡Qué bien! Espero que no le hayas dicho al anestesista que eres culé porque ese odia a los del Barça y se enfada mucho.

Perfecto. Al miedo de la operación se añadió el miedo a un anestesista pirado que entraba en el quirófano hecho un energúmeno llamándome mentiroso y a un doctor que descubría que yo no era el culé que él pensaba y que el mejor culé es el culé capado y decidía eliminar del mundo un barcelonista o, por lo menos, evitar que se reprodujera. Zas, corte por lo sano y mi pene en su mano mientras lo lanza al merengue y ambos se lanzan contra mí por mentiroso.

- ¿Y cuál es tu jugador favorito?
¿No se podría callar? ¿No podría sencillamente hacer su trabajo? Bien y rápido, cerrar y enviarme a la habitación y dejarme vivir, joder. No, charla que te charla. No me sabía ningún jugador de fútbol... me iba a pillar en la mentira... y recordé un tebeo de Mortadelo donde salía la ficha de un jugador del Barça.
- Lobo Carrasco.

Lobo Carrasco.
Me salvó los huevos. Siempre lo recordaré con cariño.

- Es muy bueno.
- Sí, mucho - conseguí decir - sobre todo cuando le da a la pelota.
- Sí - y siguió cortando. En silencio.
Pasé el resto de la operación llorando y suplicando a todos esos entes religiosos en los que no creía que, por favor, cirujano y anestesista no coincidieran. Cuando todo acabó me llevaron a mi habitación e inicié la recuperación. Muy satisfactoria, así que todos tranquilos.

Todo esto recordé en el hospital mientras veía roncar a Niño Lobo y deseaba con todas mis fuerzas que cambiara de postura y que esa fuera la última jeringa de antibiótico que le pusieran por vía. Me tumbé y me puse a escuchar mentalmente a The Clash. Si no me dormía al menos escucharía buena música.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sobre recuerdos de infancia, compañeros de colegio y mierdas de esas

Trabajar de cara al público tiene sus cosas. Buenas y malas, como en todas partes.

Buenas: conoces gente, mantienes conversaciones interesantes, entran muchachas en la librería, el día a día siempre es un poco diferente porque entran personas diferentes, etc.
Malas: aguantas faltas de respeto y algún insulto (no suele pasar, pero cuando pasa es para recordar), tienes que ver como el imbécil entra día sí, día también en la librería y tratarlo con el respeto que no se merece, etc.

Y hay cosas que no son buenas ni malas: acabas conociendo a mucha gente de vista y un paseo por la ciudad es un continuo "hola", "bones" y cabeceos de cabeza.

Y existen los reencuentros con personas que hacía años que no veías. Como antiguos compañeros de colegio...

Todo esto viene a que hace unas semanas entró en la librería un antiguo compañero de colegio. De EGB (cuando existía eso de la EGB). No lo reconocí al entrar y tuvo que identificarse él. Los consabidos "qué tal", "cómo pasa el tiempo" y las preguntas de rigor sobre la vida personal. Mientras le atendía le entró un ataque de nostalgia. Y a mí me inquietó. Es que no soy muy dado a la nostalgia. El pasado está atrás y no me interesa. Bastante tengo con mi presente y los próximos cinco minutos de vida. Pero él parecía una persona que gran parte de su tiempo lo gastaba en recordar la vida en el colegio, los veinte años y cuando tenía esperanzas de tener algo parecido a una vida. "Entonces sí que lo pasábamos bien", "¿Te acuerdas de aquel profesor?", "Y cuando...". Yo fingía un interés en recordar todo eso supongo que por respesto a su entusiasmo por los ocho años. Hasta que me lanzó una mirada que pretendía complicidad, me dio un pequeño golpe en el hombro y dijo:

- ¿Y te acuerdas de las palizas que te pegaba en el patio del colegio?

Y carcajada junto con un brillo de nostalgia por aquellos buenos años en los que me acorralaba en una pared y me daba una somanta hostias que acababan con mi cabeza dando vueltas y el estómago cerca de los tobillos.

Y me averguenza reconocer que no supe reaccionar. Le di la vuelta, le dije adiós y le vi marchar. Sólo entonces mi cerebro empezó a llenarse de ideas.

1. Darle una hostia.
2. Darle una hostia y una patada en los huevos.
3. Saltar encima del mostrador, darle una patada en la cara para que se le salten los dientes, saltar dando una voltereta, agarrarle del pelo y estrellarle la nariz contra el mostrador. Darle la vuelta, puñetazo, puñetazo, puñetazo. Graparle la lengua a la frente y meterle por el culo la trilogía entera de Larsson. Luego obligarle a leer enterita y en una tarde la obra entera de Paulo Coelho. Sí, reconozco que esto último es infinitamente cruel, pero estaba cabreado.
4. Decirle que no le veo la gracia ni la nostalgia en recordar las palizas a un niño gordo en el patio del colegio.
5. Explicarle los problemas de relación, la inseguridad y bla bla bla, que en un niño crea el acoso escolar y que para los adultos todo se resuma en "cosas de críos".
6. Darle una hostia tras hostia.
7. Decirle que su hermana era una puta a la que todo el mundo se la follaba por cien pesetas (que no sé si es verdad, pero era un rumor que corría por aquel entonces). Y darle una hostia, claro.

Naturalmente no hice nada porque cuando pasan estas cosas, no reaccionamos a la velocidad deseada.

Pero me dejó una sensación a ceniza en la boca (y no es agradable aunque sea fumador) y la cabeza llena de recuerdos del colegio. Porque, vamos a ver, quizá sea exagerado. Ya sabemos que no nos podemos fiar de estos procesos químicos que se llaman recuerdos ya que todo está entre nieblas, es subjetivo y deformante, pero mi recuerdo de mi paso por el colegio, o por lo menos de unos años, es éste:


Aunque reconozco que gran parte de la culpa es mía. Es que a mí se me pegaba muy bien. De verdad. Resultaba agradable. Creo que hasta erótico. Las ganas que me tenían todos aquellos niños (y alguna niña) de rebentarme los morros tenía algo de peregrinación y de odisea. Algo en mis feromonas inducía a la patada, a la bofetada y al insulto. Incluso habían venido niños de otros colegios a pegarme atraídos por mi fama. Los mayores decían a los pequeños que tenían que pegarme. Era como una especie de rito de iniciación en el patio del colegio. Pegar al Jorge se convirtió durante una temporada en deporte casi olímpico.

Con el tiempo aprendí a defenderme. A lanzar mesas a la cara. Dar patadas en la boca del estómago. Asfixiar. Morder. Y dar hostias. Muchas hostias. Pim Pam Pum. Tyler Durden hubiese estado orgulloso de mí. Cuando aprendí a dar y a dar bien, las cosas se calmaron. Eso y hacerme inseparable e indispensable de los más duros de mi cole. Deberes a cambio de protección. Me parecía un trato justo. Y las cosas se fueron calmando hasta que un gilipollas entra en una librería a comprar una mierda de libro sobre cómo aprender a cocinar para su mujer y me lo recuerda todo. Sobre todo aquella temida frase de

- A las cinco te esperas.

Que creo que es el colmo del cinimos. Como muy bien reflexionó Arancha, encima de que te van a pegar te tienes que esperar.

Recreación de lo que eran las cinco de la tarde en el patio de mi colegio.
Lo que me hubiera gustado ser Charles Bronson aquella época.

Pero no fue agradable. La sensación de peligro, el desear llevar una navaja en la maleta, la media hora del recreo alejado de pelotas, piedras y matones. La complicidad de las niñas con los músculos, las risas en la clase, los "estás muerto", los "hoy te dejaré con vida" y las persecuciones hasta casa de mi abuela. La única manera de sobrevivir fue llenarme de humor, paciencia y pensar que todo esto acabaría.

Y acabó. Y luego todo se convierte en recuerdo y puedes hablar de ello con humor, con distancia y con frialdad.

- Pues todo esto ha sonado muy resentido, Jorge.
- Joder, es que lo estoy.

Nota: Todo esto pasó antes de entrar en el instituto y descubrir que el humor, la humillación verbal y la ironía es mucho más efectivo con los matones que un par de tortas. Descubrimiento que hice el día en que el chulito intentaba crecerse ante cuatro chicas a costa de meterse conmigo y al final, lancé un suspiro y le dije que como se notaba que era virgen y no estaba acostumbrado a estar con mujeres, porque en cuanto había olido pelo de chocho de buen tipo había pasado a perfecto gilipollas.

miércoles, 8 de abril de 2009

Me acuerdo...

Siguiendo la estela de Joe Brainard...

Me acuerdo de mi primer beso. Tenía tres años. Ella tenía tres años y era morena. Le di un beso a través de una verja. A cambio me dio una piruleta. Fue el principio y el final de mi carrera como gigoló.

Me acuerdo del arroz de conejo de mi abuela.

Me acuerdo de la primera vez que me rompieron el corazón. Fue una hermosa tarde de principios de verano.

Me acuerdo del pelo encrespado de mi abuelo las pocas veces que se enfadaba con nosotros.

Me acuerdo de todos los bocadillos de jamón que comí viendo Barrio Sesamo.

Me acuerdo de la primera vez que eyaculé. Fue extraño.

Me acuerdo de la colección de cromos "Monstruos" y que fue la única que llegué a completar.

Me acuerdo de la primera vez que leí La isla del tesoro. El mundo estalló en mis manos.

Me acuerdo del año en que las niñas de mi clase pasaron a ser muchachas.

Me acuerdo de viejos amigos a los que no quiero volver a ver.

Me acuerdo del miedo y la vergüenza cuando hice por primera vez el amor.

Me acuerdo de lo que desayuné esta mañana.

Me acuerdo de cosas que no he vivido.

Me acuerdo de un sueño subtitulado.

Me acuerdo de una tarde de verano en que el tiempo se detuvo. No fue así, claro.

Me acuerdo de una espalda dormida y mi mano navegando.

Me acuerdo de una vez que hice llorar a mi madre con cuatro palabras crueles.

Me acuerdo que decían que si una salamanquesa te escupía en los ojos te quedabas ciego y que una vez crei que me había escupido una.

Me acuerdo de que poco tiempo después empecé a llevar gafas.

Me acuerdo de un niño mayor que me dijo que si me tocaba un subnormal me convertiría en uno de ellos. Me acuerdo que me lo creí y me dio mucho miedo y me acuerdo de toda la vergüenza de ese recuerdo.

Me acuerdo de las peleas de cañas, las batallas de piedras y las guerras con palos.

Me acuerdo de una fiesta de cumpleaños que organicé a la que invité a toda la clase y a la que no vino nadie.

Me acuerdo de la primera película porno que vi con los amigos y de lo mucho que nos reímos.

Me acuerdo de lo obsesionado que estaba en el instituto por ser guapo, delgado y tener una polla enorme.

Me acuerdo del día en que una chica me miró y me dijo que era guapo. No me acuerdo de su nombre.

Me acuerdo...