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jueves, 30 de julio de 2020

Crónica tardía de un Sant Jordi (otra vez) más raro que el otro

Ha pasado una semana y ya casi nadie se acuerda. No es de extrañar. El Sant Jordi de verano como se ha conocido popularmente ha sido un experimento que no solo desafiaba a la naturaleza y a dios con arrogancia y chulería, si no que era algo que a pocos les hacía ilusión. Hablaba con libreros, representantes editoriales, editores y otros infraseres que poblamos el mundillo cultural (o pseudocultural en algún caso) y había un desanimo, pocas ganas y mucho "pues se hará", "ya veremos", "por favor, qué pereza". 

Al final, tras muchos días de si sí o si no, de noticias contradictorias, de amenazas de suspensión, de señores disfrazados de virus correteando por las calles con la chorra fuera, de correos electrónicos con lo que teníamos que hacer los libreros para asegurar que los visitantes a las paradas cumplieran con las normas higiénicas, de profecías cumplidas por entender mal una palabra del conjuro (esa jota que se pronuncia como ese, lo típico), el Sant Jordi de verano, la Noche de flores y libros, el Falso Sant Jordi se celebró. 

Se hizo, se vio y, sí, dio pereza.
Pero se hizo.


¿Y cómo fue?
A ver, mis previsiones eran catastróficas, pero es que soy de natural apocalíptico. Mi visión del mundo y de la gente es una mezcla entre The walking dead y La escopeta nacional, con música horrible y comida que cuando llega a la mesa está fría y encima no es lo que habías pedido. Reconozco que mis ánimos estaban por los suelos, que estaba en un pozo oscuro con reminiscencia murakamianas llenas de lentitud, pedantería, tontería, páginas de más y deseos desesperados de gustar al lector occidental (no me gusta Murakami así que imaginaos la pesadilla). 


No me apetecía este Sant Jordi, no quería este Sant Jordi y no quería estar en una parada rodeado de gente y vigilando si se ponen alcohol, que no se arrejunten mucho, que lleven bien puesta la mascarilla y otros pesadísimos etcéteras que nos acompañaran durante años. Solo imaginaba que ese día se convertiría en una pesadilla de gente amontonada, disparos, helicópteros volando bajo y disparando bazokas, toses, flemas, mutaciones, marines espaciales aniquilando a la población de Igualada por la gloria del Emperador, gente borde y maleducada, ratas gigantes saliendo de las cloacas para preguntar cuál es el libro más vendido, autores locales de malos modos increpando a los libreros porque no encontraba su libro y...

Sí, más o menos así.

Así que siendo esas mis expectativas, el día no fue mal del todo.
Parada abierta a partir de las seis con un calor puro de verano cruel. Poca gente. Paseantes, algún curioso, pocos niños. Ventas tímidas y pasar las horas. Avisar de que la gente se pusiera alcohol en las manos fue un continuo y aguantar las miradas recriminatorias de los encargados de salud pública por tener a dos personas cerca, también. Lo del autor local molesto se cumplió (¡¿dónde está mi libro?! ¡¿cómo es que no habéis traído MI libro sobre el coronavirus!?). 

- ¡Usted es el autor del único libro del coronavirus que hay en las librerías! 
Muertitos nos hemos quedado, caballero.

Poca venta, mucho calor, demasiados libros. Por lo menos vinieron algunos de mis clientes favoritos con los que pude hablar de literatura juvenil, terror o novela negra y criticar la obsesión con los más vendidos como si eso fuera indicador de calidad o prestigio literario.


En teoría teníamos que estar en la parada de seis de la tarde hastas las once y medía de la noche. Las optimistas previsiones que hicieron tipos listos de bata blanca y gafas de pasta que dicen cosas como "según mis datos" o "todos los vectores infradimensionales apuntan a una recriminación acelerada del índice retractil" auguraban una riada de gente inundando el paseo, comprando libros y rosas y haciendo que la fiesta durara hasta bien entrada la madrugada entre botellas descorchadas de cava, carreras de abuelas y espectaculares números musicales sardanísticos.

El típico, y cansino, despiporre igualadino cada vez que hay una fiesta.

Nada de esto se cumplió y a las diez empezamos a recoger con prisa y sin pausa para irnos a tomar un bocadillo y quejarnos de cómo había ido el día (a los libreros lo de la queja se nos da de maravilla) y compartir algunas anécdotas poco suculentas, pero que distraen.

Y cuando le has cortado el cuello, tía.
Lo puedo ver mil veces y siempre me hace gracia.

Vino, se hizo y se olvidó. 
Ahora a concetrarse en la apasionante temporada de texto y soñar con las vacaciones... tiempo para leer, escribir, ver películas chorras y alguna buena, juegos de mesa con los nenes, arrumacos con A. y esquivar con poca elegancia las insinuaciones de ir un día a la playa. Y olvidar que por culpa de este segundo Sant Jordi queda menos de un año para el próximo y se querrá hacer a lo grande, para compensar. Pero a eso ya nos enfrentaremos cuando toque... ahora haremos como que no existe.

jueves, 27 de abril de 2017

Crónica con unos días de retraso de un Sant Jordi en domingo

Como hemos vuelto al blog, volvemos a las crónicas de Sant Jordi; una fiesta que después de no sé cuántos años se ha convertido en mi memoría en un único día del libro amenizado con escenas de lluvia.

Domingo 23 de abril de 2017.
Siete de la mañana.
Suena el depertador y el librero se caga en la madre que parió a todos los despertadores del mundo. Con la rabadilla un poco adolorida por culpa de la carga de cajas de la noche anterior, intenta levantarse. No puede. Un gato duerme encima de su pecho como bruja que quisiera arrebatarle el aliento. Lo aparta con cuidad no vaya a despertarse el animalico y para el lavabo. El típico primer pipí de la mañana (y puede que el último hasta la noche... cuando llega Sant Jordi el librero se pone en plan circuito cerrado y ningún fluido abandona su cuerpo porque literalmente ese día no tiene tiempo ni para echar una gota).

Se viste frikoso, tentacular y estiloso y para la cocina a hacerse un té. A medio pasillo un bebé de catorce meses lo intercepta con alguno de sus primeros y balbuceantes pasos y exige su atención y que le entretenga.
- Es que no tengo tiempo, cariño.
Le da igual. Es un bebé y no tiene tiempo para esas monsergas. Alza los brazos y con mirada autoritaria exige que lo lleve con él a la cocina y le abra el cajón del menaje para que pueda repartirlo por el suelo. Es su rutina de ejercicio todas las mañanas y no puede permitir que un gordo friki cualquiera por mucho que sea su padre se la interrumpa.

Cocina. Desayuno rápido. Esquiva de menaje. Coger al bebé a cuello y llevarlo con A. Comunicarle a A. que me voy, hasta luego. A. hace un ruido que puede ser asentimiento, queja o invocación, se alza la camiseta del pijama y el bebé, en un movimiento rápido que algo tiene de portal dimensional, pasa de estar en brazos de su padre en pecho de su madre en milésimas de segundo.

El librero comprueba que lo tiene todo y para la plaza de Cal Font.


Donde siempre y la hora de siempre.
Cuando llega algunas paradas de librerías ya han empezado a montarse. Como todos los años, la librería donde trabaja se comporta como una diva. Llega última y, si puede, se va primera. A las ocho en punto empezamos el montaje. Llega la furgoneta, se descargan caballetes, mesas y cajas de libros. Muchas cajas. Y todas llenas de libros, claro. Este año llevamos unos 2500 ejemplares a la parada. Bastante menos que otros años, pero lo suficiente para que el librero sienta una ligera punzada en la espalda por el esfuerzo y su manía de coger las cajas de forma totalmente incorrecta. A las nueve y media, parada montada y primeras ventas.


Algo que parece una revista, pero que no sabemos exactamente qué es (quien lo vendió no se acuerda y no lo hemos logrado identificar), una novela de amoríos y achuchones  y la primera petición de "lo más vendido".
- Acaba de empezar el día, no sé lo que será lo más vendido.
- Anda que no lo sabéis. Si está pactado. Si sois todos unos mafias.
No sé si se refiere a los libreros, a los tipos con gafas, a los bordes con camisetas lovecraftianas o a los reptilianos que dominan el mundo del libro igualadino. Y si es este último caso, no sé cómo se ha podido enterar y como sigue vivo. Tendré que informar a la Branquea Epsilon de posibles filtraciones.





Hace un muy buen día. Sol, cielo despajado, el bendito calor. En poco tiempo la plaza se anima y a partir de las once y media se desata el infierno. Una mañana como nunca antes. Gente y más gente, compradores lanzados buscando su libro (o libros) entre las paradas. Al ser domingo, la gente se anima más por la mañana. Los refuerzos vienen (entre ellos derrochando lisura, A.) y el librero se encuentra siendo el centro de todo. Clientes que le llaman, compañeros que le reclaman, gente que alza el brazo, chilla, llama por su nombre, etc. Jorge, Jorge, perdona, este libro, Jorge, perdona, tenemos este libro, está el libro de, Jorge, Jorge, Jorge. El librero acaba estallando y a un grito de "callaos todos", silencia a un cliente y tres colaboradores. Establece el orden y a ver sí, el libro es este, no no lo tenemos, míralo en la lista.

Una locura. La sección de infantil desaparece por las hordas de familias que se acercan. Nunca habíamos vendido tantos libros para niños a una velocidad igual. Cuando a las once y media viene A., que cada año acaba adueñándose de esa sección, solo encuentra espacios vacíos. Por primera vez tengo que decir a algún cliente que los libros de esa edad que pide se han acabado. Todos. Lo mismo ocurre con juvenil, con fantasía, con novela general. Con libro práctico, no. Ni cocina, ni ensayo, ni economía... el año que viene habrá que traer menos libros de esas temáticas.

Y al poco... la señora mayor.
Como en todas las buenas historias, y en la mayoría de las malas, siempre hay una señora mayor.
- Perdona, niño. Oye... perdona.
- Lo siento, estoy atendiendo a esta chica.
- Pero es que yo quiero preguntar algo.
- Estoy atendiendo.
- Pero es que quiero preguntarte algo.
- Señora, va esta chica y después va esta señora. Cuando acabe con ellas, estoy por usted.
- Si quieres puedes atender a la señora, me puedo esperar.
- No, vas tu primero.
La señora espera entre refunfuños.
- Dígame.
- Quiero un libro para mi nieto de policías que vayan en moto. En coche no, en moto.
- No tengo ninguno.
- De policías en moto.
- Sí, no tengo ninguno.
- Pero yo quiero uno.
- Pero no tengo.
- Pues vamos a ver cómo lo arreglas porque mi nieto, que es muy listo, quiere un libro de policías en moto y tengo que llevárselo.
- Tengo alguna novela de detectives para niños.
- ¿Van en moto?
- No, suelen ir a pie y en una de las novelas pillan un taxi.
- Si no salen policías en moto, no. ¿Tendrás para hoy?
Y así un rato largo. El trabajo se acumula y esta señora sinceramente cree que si insiste mucho, hasta que el librero pida que le disparen para ahorrarse tanto sufrimiento, por arte de magia aparecerá un libro de policías en moto para su nieto.

Y yo con poco tiempo solo puedo conseguirle algo así.

¿Dónde tenemos los libros de robótica en ingles? ¿El libro del que hablaban hoy en la tele? ¿El libro más vendido? ¿Algo para un adolescente sin violencia, ni sexo, ni chicas, ni palabrotas? (¿y en serio quiere que a un adolescente esto le interese?). Viene a vernos la misma chica que cada año nos pregunta dónde tenemos libros sobre una cámara fotográfica concreta y el señor que cada año va preguntando por todas las paradas si tenemos libros de cruz de caravaca. Adolescentes que se agrupan donde tengo la gran variedad de libro juvenil que llevo y discuten virtudes y defectos de las novelas, reseñas que han leído, libros que quieren leer y novelas que consideran que debería haber traído. Y tras un grupo viene otro y otro y otro. O adolescentes con sus padres buscando un libro y llevándose cuatro. Y luego dicen los viejos que los jóvenes no leen ni tienen interés. Como se nota que no conocen, o quieren conocer, a ninguno. Pero de esto ya hablaremos.

Como todos los años, el librero se quema los brazos y la cara. El calor aprieta y parece que la gente no tenga casa ni sitio donde ir. La plaza está a reventar. Mini entrevista a media mañana para un diario local y la consabida pregunta de los más vendidos. Muy harto de esa obsesión con una ridícula lista de libros más vendidos que parece ser el objetivo único y último del día de Sant Jordi. En vez de la celebración de la lectura y el libro, es el festejo del más vendido, del más popular. La lista que se publica al día siguiente es deprimente. De los más vendidos, un puñado no hay por donde cogerlos y un par son directamente malos libros. Pero los medios hacen mucho y si desde grandes grupos, radios y televisones se machaca que ese título se va a vender mucho, lectores medio zombis sin mucho criterio se lanzan a comprarlo aunque no sepan ni quien lo escribe ni de qué va (lo siento, cada año que pasa soy más radical con este tema).

Por suerte no solo se buscan los más vendidos y la variedad de libros vendidos y buscados en Sant Jordi es mucho mayor de lo que pueda parecer en la aburrida lista de los más vendidos.

Los pies, doloridos. La espalda, machacada. Algo de mareo por el sol y el subidón de azúcar por casi un litro de zumo de melocotón. Dolor de cabeza de tanto llamar por el nombre e ir de un lado para otro.


Eso sí, en ningún momento se pierde la elegancia tentacular.

Un señor pide sumar él los libros porque no se fía de lo que le digo.
El padre que por sus santos huevos, palabras textuales, le compra a su hijo un libro de Los Cinco "porque este me gustaba a mí de pequeño y te gustará a ti".
La visita de una de las jóvenes lectoras preferidas de librero que acaba llevándose un par de libro "porque confío en ti".
El placer cruel que supone ver la cara de decepción que pone los que buscan los libros más vendidos y decirles que estos se han acabado.
Recomendar a Shirley Jackson, Donald Ray Pollock, Joan-Lluís Lluís, El club de las canguros, los cómics de Raina Telgemeier, los cuentos de Aitor Solar, Sentinels y Dragon Girl de Martín Piñol, siempre Terry Pratchett y otros muchos libros, novelas e historias que se recomiendan con mayor o menor acierto, pero desde la honestidad.
Kamasutras especiales.
Libros para quien no le gusta leer y es un poco tonto.
Un libro que han dicho en la radio y que iba de algo así como de un hombre al que le pasan cosas y es de filosofía, pero sin dibujos.
Lo que quieras, total no lo va a leer.
El paseo de Alcalde y sus dos vueltas a la plaza. Cuando se le planteó la posibilidad de una tercera o una cerveza no lo dudó. La rubia tira mucho.
Visita de Niña Dragón con los abuelos a los que a golpe de encanto les saca un libro.
Visita de Niño Lobo y Niña Zombi que vienen a buscar sus cómics de Ms. Marvel y Detective Conan respectivamente.
Visitas de conocidos y amigos.

El día acaba pasando. 
Tantos nervios, tantos preparativos (desde enero con esta mierda), tanta caja, libros, novedades, nervios, pedidos, etiquetas, decisiones y lecturas para un día. Que sí, que es bonito, especial y todo lo que se quiera, pero, joder, que es un día. Extenuante, cansado y agotador.

A las nueve menos cuarto de la noche, llamada del jefe y a recoger la parada. Quien a las nueve no ha comprado un libro es que no se lo merece. En menos de veinte minutos y a una velocidad casi imposible, recogemos la parada. Se carga la furgoneta y a la librería. Se llevan muchos menos libros de vuelta (lo que es bueno) y cuando dos días después se haga el recuento de parada, se darán cuenta que se ha vendido más de la mitad de los libros.

Salir de la tienda y para casa. Agarrarse a la pequeña como si no hubiera un mañana y soltarla para ir a buscar unos bocadillos para cenar. El cansancio aparece y ni A. ni yo podemos casi movernos. Nos ponemos un capítulo de una serie ligera y a cenar.

Y pensar que al día siguiente empezará el post Sant Jordi. Devoluciones, reposiciones, balances y gente que el día de Sant Jordi le dio pereza salir a la calle y exige el descuento porque sí. Estos argumentos tan desarrollados son encantadores. 

Otro Sant Jordi. Un buen Sant Jordi. No pasará a la historia. Tranquilo y sin muchos incidentes; como me gustan. Ya sé que a quien lee esto prefiere machetes, accidentes, ninjas, concursos de camisetas mojadas, clientes bordes, mordiscos, defecaciones siderales, muertes por asesinatos, caídas tontas, bailes exóticos en barras calientes, motoristas salvajes que buscan el amor verdadero y batallas épicas entre aqueos y trogloditas, pero este año no tiene nada esto. Ha sido casi agradable y tranquilo. 
Lo siento.
A lo mejor el siguiente es peor. Y más divertido.


 Un par de imágenes del ambiente de la plaza sacadas de InfoAnoia.

domingo, 23 de abril de 2017

Pasad un buen Sant Jordi

Y compraos libros, rosas, camisetas, tazas o lo que os de la gana pasando de listas de los más vendidos, recomendaciones interesas o presiones mediáticas. A mirar, tocar, leer, releer y elegir con libertad y sentido del humor.


A pasarlo bien.
Y si estáis de paseo por Igualada y me queréis traer un zumo o algo de chocolate a la parada se agradecerá mucho. En estos días, los libreros estamos necesitados de cariño. 

jueves, 20 de abril de 2017

A tres días...

A tres días de Sant Jordi.

Aquí Sant Jordi to valiente aplastando a una lagartija con una enfermedad cutánea.

Tres días para mi ¿doceavo?, ¿treceavo?, ¿quincoajesivotresmilyunnabo Sant Jordi? No sé, son muchos ya. Y tengo una ilusión... Otro año de madrugar, cajas, libros, caballetes, maderas, montar a toda prisa y demás historias apasionantes que tanta gracias os hace. Y esta año al caer en domingo será raro. ¿Vendrá más o menos gente? Mi apuesta es que se concentrará más al mediodía y a partir de las seis de la tarde... hasta que empiece el fútbol más o menos. Porque me han dicho que hay fútbol y que juega alguien contra alguien haciendo algo, pero desconecté de quien me lo explicaba. Con el fútbol me pasa lo mismo que cuando me explican algo de reparaciones (ver entrada anterior) o cuando me dan una dirección.

Aun tengo libro que etiquetar y meter en cajas. Tengo que preparar todo el material que llevaré a la parada. Infiltrar títulos minoritarios que recomendaré con un punto de violencia aunque haya una voz interior que me dice que para qué si la gente solo pedirá lo de siempre aunque haya cambiado de portada y la última mierda que diga la tele que se vende. Ultimar detalles y toda ese trajín que tanta pereza me da.

Pero todo eso será el domingo y hoy es hoy.

Y hace un año no escribí ninguna crónica de Sant Jordi por lo que lo haré ahora muy brevemente intentando capturar el momento. Traer al presente un instante del pasado e intentar pintarlo con todos sus colores y afeites a la semejanza del gran poeta aleman Gustav von Samenbach cuando escribió Allí donde el dolor escuece donde recreaba la tortícolis que le produjo contemplar durante seis horas los monumentales pechos de piedra de una caraitide llamada Helga que conoció en un viaje por Tebas, Ciudad Real.

Básicamente el Sant Jordi pasado fue como los otros Sant Jordi con el único detalle distintivo de que llovió.
Mucho.


- Oooh, qué poético,
Los cojones.
- ¿Qué?
Los cojones del santo padre.
- Pero el día gris, las parejas enamoradas paseando bajo la lluvia con la rosa en la mano, los suspiros aleteando por toda la plaza, la magia de un día llena de agua refrescante, libros, rosas...
Lo vuelvo a decir. Los cojones.
Los pies mojados, los libros mojados, las cajas mojadas, los libreros mojados, los plásticos mojados y retirados por clientes mojados con paraguas mojados que quieren ver los libros y, sí, los mojan. Niños mojados con manos mojadas que quieren coger libros que no estaban mojados y enseñarlos a sus mojados progenitores que les dirán que no y devolverán el ahora sí mojado libro a la pila de libros mojándolos todos.
Maravilloso, vamos.
Un día lleno de magia, sí.

Y no recuerdo nada más. Ni gente, ni anécdotas. Solo lluvia y ganas de cerrar el chiringuito e irme a casa con A. a cenar el ya tradicional kebab de la noche de Sant Jordi.

El domingo, Sant Jordi. Como todos los años estaré en la Plaça de Cal Font de Igualada. Llevaré mi habitual atractivo robusto y una camiseta de Chtullhu. Si me queréis, traedme una zumito o algo de comer. Nada de café ni alcohol, que ya no uso de eso. Si no me queréis, no vengáis a verme. ¿Para qué vamos a pasar un mal rato los dos?

Prometo pasar la tradicional reseña del día de Sant Jordi y prometo que ese día lo pasaré bien y mi atractivilidad se multiplicará por un millón. Pero los días de antes y después, me quejo.

domingo, 26 de abril de 2015

Pequeña crónica de cómo fue otro maldito Sant Jordi

Han pasado tres días y ya me veo con ánimos para el épico relato de lo que aconteció en la plaça de Cal Font el pasado 23 de abril, diada de Sant Jordi, día del libro o "el día".

Si tuviera que ser un cronista exacto, para entender todo lo que ocurrió ayer tendría que empezar la narración volviendo la mirada a mediados de enero cuando el primer comercial editorial nos pidió hacer un servicio de novedades "pensando ya en Sant Jordi". Un recorrido por un par de meses de visitas de comerciales, novedades literarias, repaso de fondo editorial, hacer pedidos razonables buscando el equilibrio entre lo que se pide y las previsiones de ventas, apuestas que salen bien y otras de títulos que se clavan, basura que se vende como si fuera el último libro de la creación y joyas que se perderán entre las pilas de libros, pedidos que no llegan, cajas que se pierden, pedidos duplicados y recortes de pedido por las cortas tiradas de editoriales en algunos títulos que se preveen los más vendidos, preguntas de cuáles serán estos y cajas, cajas, muchas cajas, más cajas y todavía más cajas de libros, libros, muchos libros, siempre libros.


Pero no. Si me voy tan atrás esto acabará convirtiéndose en una novela por entregas que acabarán engrosando mi maravillosa obra inconclusa. Y aunque los lectores se pierden viajes espaciales, batallas navales, orgías multitudinarias y un par de chistes sobre editores realmente buenos, empezamos por donde tenemos que empezar, en un 23 de abril de 2015 con un despertador que suena, un librero que se despierta y piensa eso de "oh, venga ya, en serio en Sant Jordi" y se levanta entre somnoliento y resignado para ir a hacer una meadita que inaugura el día más duro del año.

Duchita y vestirse. A. va detrás de él y en poco están los dos preparados. Comida para los gatos e intentar huir de su mirada acusadora de los dos bichos que saben que los dejaremos tirados todo el día. A las ocho llegamos a la Plaça de Cal Font, el lugar donde todos los años se instalan las paradas de libros y rosas. La plaza ya está llena de libreros, floristas y colaboradores que van montando sus respectivas paradas y de algunos curiosos que sobrevuelan los primeros libros que van saliendo de las cajas. Llegamos al lugar designado, al poco llega el jefe con la furgoneta y empezamos a montar. Caballetes, mesas, telas, y libros, libros, siempre libros.
Demasiados libros.

Cada año el mismo propósito de traer menos libros a la parada, pero cada año se nos va de las manos. Casi cuatro mil libros que tenemos que meter en las mesas. Y, claro, no caben. Empieza el puzzle y las varias estrategias para meterlos. ¿Por qué hemos traído este? ¿De verdad era necesario otro de cocina? ¿Cuántos libros de Stilton caben en una caja? ¡Me cago en las putas sagas, trilogías, tetralogías y en las madres que las parió a todas y en las historias que en pudiéndose explicar en treinta páginas utilizan cuatro volúmenes!

La primera venta se hace cuando la parada está a medias, la caja no está montada y no encuentro las monedas de euro para el cambio. Un ensayo económico y un libro de reflexión política. Disculpas por el caos de la parada y un gesto de que no importa, de que era ahora o en todo el día no podría escaparse para comprar. Sobre las nueve y media, parada montada. Primera fase cumplida.


Y los libreros, preparados. Cuatro se quedan en parada, cuatro se van para la tienda. Todo va sobre el horario previsto.

Empiezan a llegar los colegios. Filas de niños con sus voces picudas que lo tocan, retocan y toquetean todo (ya sé que me repito, pero es que son muchos niños) acompañados de sus maestros. Miran, compran libros para clase, los profes dejan que los niños elijan (¡Frozen! ¡Dinosaurios! ¡Monstruos!), pero algunos tienden a manipular el recuento de votos para llevarse a clase ese libro sobre la fotosíntesis o un apasionante relato de un burrito y su sombrero.

Y primer encuentro.
Señora que se acerca con paso seguro, pero corto con papelito en la mano.
- Vengo a recoger este encargo.
- Los encargos se tienen que pasar a buscar por la tienda, no los traemos a la parada.
- Es que he ido a la tienda y estaba cerrada.
- Es raro, porque hace tiempo que se han ido para allá.
- He ido a las ocho y media y estaba cerrada.
- Bueno, se abre a las nueve y media.
- Pero es que a las nueve y media no me va bien y por eso he ido antes.
- Pero antes está cerrado.
- Ya sé que estaba cerrado, ¿crees que no me he dado cuenta? Y lo mal que me ha ido.
- Pero no es que no es el horario.
- Pero he pensado que ya que era Sant Jordi abriríais antes porque pasar a esta hora no me iba nada bien que tengo cosas que hacer.
- Pues lo siento, peor los encargos se tienen que ir a retirar a la tienda.
- ¿Ahora me haces volver allí? Con el día que tengo... si es que no queréis hacer las cosas bien.
- Pero es que los encargos no los tenem... es igual... feliz diada.
- Sí, ya.

El día es luminoso, el sol pega con fuerza y voy notando que la cara se ilumina, calienta y empieza a enrojecerse, al igual que la calva (aclaro, no estoy calvo, voy rapado por que me mola parecerme a uno de esos guerreros budistas rechonchos de las leyendas eróticas niponas), hay buen ritmo de trabajo sin agobios. La gente curiosea, pregunta (no, no hay libros de cómo fabricar instrumentos prehistóricos para niños), busca, rebusca, toca, desordena, pregunta (no, no hemos traído libros de filosofía en francés), pide títulos concretos, pide consejo o pide al azar (dame un libro con premio, cualquiera, da igual, si todos son lo mismo, el más fino). Breve entrevista en la radio de la ciudad con las pregunta de cómo va el día, qué se vende, cuáles son las previsiones, si lo pasamos bien, si soy consciente de lo atractivo que me pongo en Sant Jordi, pregunta tendenciosa que me hace una gracia terrible y que esquivo con elegancia (creo) y vuelta a la parada.

Como todos los años, A. se adueña de la zona infantil y hace y deshace a su antojo recomendando libros, convenciendo a padres y abuelos de las bondades de tal álbum ilustrado, de las fantásticas aventuras de un secador mágico o que tal distopia que parece lo de siempre, es diferente. El resto de colaboradores se defienden bien cobrando, atendiendo y pregutándome.

Porque yo soy el master de los másteres de la parada, el rey, el jefe, el encargado, el padrino, el que manda, el que corta el bacalao, el que dice tú aquí y tú allá, el Tony Soprano, el Yoda, el Heisenberg de la parada, Nick Furia cuando estaba con los Aulladores no en su versión Ultimate, si no en la segunda guerra mundial con el puro y la metralleta. Soy el que manda en la parada y el que sabe (o intenta) saber de memoria dónde están todos los libros, si los hemos traído, qué queda en la librería y el que recomienda libros entretenidos, para mi mujer, para mi pareja, para mi hermano o para alguien a quien no le gusta nada, pero nada, pero nada de nada leer. Y, según A., ese día me veo genial. En la parada, me crezco.

Esta es una representación de cómo me pongo el día de Sant Jordi.
La pelirroja es como representación de A. en su día a día.

Llega el mediodía y la gente se va a comer. Yo me conformo con un bocadillo mal comido en la parada y un refresco mientra atiendo, hago albaranes y recomiendo. El mediodía se pasa en un suspiro se acaban los primeros libros, pero sigo pensando que hemos traído demasiados libros. Llegan las cinco, viene el resto de colaboradores, unos para la tienda, otros se quedan en parada y empieza... oh, sí, las tres horas y media que dan miedo. La franja del terror de Sant Jordi. De seis a ocho y media.

Gente ha habido durante todo el día, pero durante ese espacio de tiempo la plaza se llena a reventar, la parada se colapsa, las manos se multiplican y el orden se convierte en un estado idílico al que es imposible aspirar. 


Y, de repente, mi mundo se convierte en

Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Se ha acabando los billetes de cinco, Jorge, ¿Dónde...?,Jorge, ¿Libros sobre el circo? Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, ¿Qué me recomiendas para mi marido? Jorge, Se ha acabando las monedas de euro, Jorge, ¡Algo para un niño de cinco años? ¿Dónde...?,Jorge, Perdona, Jorge, ¿Dónde está...?, ¿Sabes dónde está...?, Jorge, Jorge, Iba yo, Perdona, Me cobra, ¿Tenéis...?, Jorge, Oye, Perdona, Oye, Jorge, ¿Dónde...?, Jorge, Jorge, ¿Hacéis descuento?, Oye, Perdona, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge, Jorge... 

Mientras se van intercalando los diferentes autores que vienen a firmar y hay que hacer malabarismos con la sillas porque algunos se han tomado con algo de relajo la hora que le tocaba.

Entre todo esto, pequeñas victorias, anécdotas y momentos. 
Como conseguir que un novio no reciba como libro de Sant Jordi la última novela de Paulo Coehlo si no Canciones de amor a quemarropa, las risas al escuchar a una chica decirle a su amiga que se comprara antes Eleanor & Park que la novela del machirulo gilipollas ese de After, la felicidad de la chica de Zaragoza por los libros que le recomendé, las continuas muestras de afecto de gente a la que acerté con mis recomendaciones el año pasado, la visita de una de mis lectoras favoritas con la que maté un par de minutos hablando de lo último que hemos leído, una breve entrevista para un diario digital que me regala mis primeras declaraciones entrecomilladas (se puede ver esa frase aquí), asistir estupefacto a las lágrimas de una adolescente al decirle que After 1 se había acabado, la delirante conversación de dos chavales quejándose de que El libro Troll tenía demasiada letra y quién iba a ser el listo que se leyera todo eso, que todavía alguien preguntara por El código DaVinci o Crepúsculo, un tipo que buscaba libros de coaching para niños de tres o cuatro años o si no tenía de coaching, de empresa para esos mismos niños, una pregunta si tenemos libros que enseñen a ser buen novio, otro que tenga frases de esas chulas para decirles cosas bonitas a las niñas, algo para mi madre donde maten mucho, las miradas cómplices de A. por las que valen la pena miles de días como éste, un libro como 50 sombra de Grey, pero en bueno y sin sexo y etcéteras, etcéteras, etcéteras...


Y la gente que regatea el precio, que aprieta para que le hagas más, que exige un trato preferente porque compra un libro al año, como dijo uno, y te lo compro a ti como podría comprarlo a otro. Y los adultos que sueltan la correa de niños con manos y cara llenas de chocolate y los dejan sueltos para que toqueteen los libros, los desordenen, los tiren al suelo, arranquen los plásticos y a lo que me vi obligado a disparar tranquilizantes para rinocerontes. Los repetidos ataques de ninjas venidos de dimensiones paralelas donde Sant Jordi es la fiesta de los croissants y todo el mundo habla con un ridículo acento francés. Las obsesión por la lista de los más vendidos como si eso fuera la garantía de algo y decenas de personas preguntando por lo mismo, en el mismo orden y sin querer saber nada más, perdiéndose maravillosas novelas solo porque alguien en una televisión no ha dicho de ellas que son las más vendidas.

A las ocho y media empieza la afluencia a aflojar y sobre las nueve, cuando la luz del día se ha ido y la que queda es una porquería artificial que no alumbra nada, empezamos a quitar etiquetas y a recoger la parada. Duele el cuello, la espalda y los tobillos están machacados. Llega algún rezagado buscando algún libro de última hora. Agotado, cansado, harto, satisfecho, pensando en todo lo que queda (desmontar la parada, ir a la tienda, descargar todo y empezar el control de venta, las devoluciones, qué nos quedamos, las reposiciones...) y deseando que este año no acabe como todos, en una pelea con esos hunos que siempre vienen tarde, borrachos y cabreados porque el día del libro tendría que ser en Sant Jeroni que es el patrón de los libreros y no en Sant Jordi, que es un asesino de dragones.

Y acabamos el día A. y yo en casa comiendo un kebab a las once, con los gatos cabreados con nosotros por no estar adorándolos todo el día, ella preciosa con las pilas cargadas por haber estado entre libros, gente y niños y yo cansado, agotado, sin fuerzas por haber estado todo el día entre libros, gente y niños. Otro Sant Jordi a la espalda. A pesar de lo mucho que me queje, es un buen día, pero como cansa el jodío.

Quedan 364 días para el siguiente.

domingo, 22 de marzo de 2015

Falta un mes...

... para esto.

Foto del Sant Jordi del 2014.
O media mañana o media tarde, no me acuerdo. 
Que un experto en posición del sol nos ilumine.

y, a parte darme una pereza épica, no me siento preparado.
Ya hemos empezado a empaquetar los libros que llevaremos a la parada, recibir centenares de cajas y quejarnos mucho, mucho, pero mucho, mucho, mucho.
Si no existiera esta fiesta la tendríamos que inventar, sí, pero la queja forma parte del oficio de librero. Si no me creéis, id a vuestra librería habitual y preguntad cualquier cosa y veréis.

jueves, 19 de marzo de 2015

Combate casi épico

Ayer en la tienda asistí a un épico combate...


Bueno, matizo, a los prolegómenos de lo que podría haber sido un épico combate entre:

En la acera, un señor de unos sesenta años con una pésima dentadura con los ojos desorbitados, mascullando, maldiciendo y con los puños alzados (pruebas evidentes que de que había entrado en furia y no contralada)

Enfrente, un muchacho de poco más de treinta años, transportista en una agencia de libros, metro noventa y que lleva más de doce años cargando paquetes y cajas de un lado para otro.

¿El motivo? Un quítame de ahí ese camión que tengo que pasar y no quiero subirme a la acera ni esperarme.

¿Y yo? En medio.

Estamos ya de lleno en la vorágine de Sant Jordi. Pedidos, libros, muchos libros, demasiados libros que llegan en cajas. Y esas cajas, a pesar de lo que cuentan tradiciones y leyendas, no aparecen por arte de magia ni las traen los elfos de Sant Jordi. Esforzados transportistas se levantan a las cuatro de la mañana y empiezan a repartir cajas repletas de libros por toda Cataluña. Aquí treinta cajas, allí, quince. Allí, veinte. Y solo de un proveedor. Porque otro transportista traerá veinte cajas más de otro proveedor y...

Ayer tocó Anaya. Veintiséis cajas llenas de libros. Tanto el jefe como yo nos abalanzamos con la plataforma para ayudar al transportista. Descargar uno solo esas cajas es una putada. Entre tres, la putada se reparte y es más rápido. Total, que en el mismo momento en el que el camión aparca y sale el camionero, empiezan los pitidos del coche que tiene detrás.

Hay que reconocer que la calle donde está la librería no es agradecida. Es estrecha y de mucho paso. No hay sitio para aparcar y los camiones grandes lo tienen difícil, pero entre todos y con un poco de paciencia, vamos haciendo. El transportista, entres hostias y joderes mascullados que rebelan que lleva unas cuantas horas con esta mierda, hace señas al coche para que pase por el lado subiéndose un poco en la acera. El señor que está dentro del coche hace ese gesto tan internacional de en un movimiento rápido, con un mano doblar el codo del otro brazo mientras este cierra la mano en un puño, se agita levemente mientras en una conjunción de ojos y mandíbula se insinúa algo así como te lo voy a meter por el culo como me vuelvas a decir lo que tengo que hacer.

El transportista suelta otro gesto obsceno que no logré ver cuál era y suelta eso tan conocido de

- ¡Pero será gilipollas el tío!

a voz en grito provocando que el susodicho tío, gilipollas según el transportista, entre en furia y aunque pierda algún punto en defensa, lo suma a la fuerza de sus sesenta y pico años llevados de aquella manera. Sale del coche y se acerca a donde nosotros estamos descargando cajas. Con paso decidido agarra por la camiseta al transportista con un mano y alza un puño con la sana intención de estampárselo en toa la jeta porque a mí no me llama gilipollas ni mi puta madre. El transportista se zafa de la presa del conductor enfurecido, se coloca la camiseta y lanza al aire un "como me vuelvas a tocar te comes a hostias, tío mamarracho" en un ataque de rabia tan grave y fulminante que olvida las normas básicas de gramática. A esto que yo me encuentro entre los dos sin caja ninguna y sin pensar me encaro al señor enfurecido y sin tocar le pido que se calme, que no pasa nada, que ya acabamos, que no es necesario insultar ni agredir, que estamos trabajando y ahora acabamos, que nadie tiene que insultar a nadie y etcéteras. El señor enfurecido alza un puño y veo en su mirada perdida y asesina que quiere pegarme a mí,

... no soy bueno en peleas. No me gusta pelearme. Las únicas peleas que concibo son las que pasan en Las Vegas y siempre que haya barro por medio. De pequeño me pegaban mucho y aprendí a pelear de esa forma guarra que combina mordiscos, tirones de pelos, manotazos e intentos de asfixia. Eso era en el colegio. Desde entonces no me he visto metido en peleas ni quiero verme en ellas. No sé como reaccionaría si me viera en una. Y no quiero saberlo...

pero un amigo que iba con él en el coche lo detiene y se lo lleva diciéndole que no vale la pena. El transportista está más calmado y bajo la vigilancia de mi jefe y le dice al señor que ahora está un poco menos enfurecido que le ayudará a pasar al lado del camión. Todo parece que se acabará hasta que desde la librería sale el grito de un cliente que ha asistido a todo eso

- ¡¡¡¿Es qué nunca has trabajado, gilipollas?!!! Deja de pegar que todavía te va a dar un algo.

La gente no ayuda.

Porque tras eso, los ánimos se volvieron a caldear y de nuevo estuvieron a punto de llegar a las manos porque uno se sintió herido en su honor y el otro andaba muy quemado. Sea como sea, la pelea no llegó a ocurrir, el coche pasó tras seguir las indicaciones del transportista, mi jefe y yo descargamos todas las cajas, firmamos el albarán y la mañana siguió su curso.

Diez minutos de gritos, agarrones, insultos y una larga cola de coches pitando como locos en una descarga que hubiera llevado tres.

Queda inaugurada la temporada de Sant Jordi.

viernes, 25 de abril de 2014

Pequeña crónica de otro Sant Jordi. Y van...

El despertador suena a las seis y media.
El librero abre los ojos y pienso.
Poco y lentito, que es muy temprano.
Piensa que no puede ser. No puede ser que haya llegado otro 23 de abril cuando hace nada que cerró la última caja de devolución diciendo, ya está. Pero sí, un año con su travesía del desierto que es el mes de mayo, sus vacaciones y temporada de texto, las navidades, el inicio de un nuevo año cargado de miedos e incertidumbres, los primeros atisbos de los que será un nuevo Sant Jordi y, de repente, cajas, más cajas, muchas cajas y el 23 de abril que ya clarea por el horizonte. El librero despierta a A., echa a los gatos de encima suyo y se levanta. Se despereza, una duchita rápida, vestirse cómodo y preparado para pasar un día entre sol, libros, gente y ganas de que se acabe este día tan largo.

El librero con uniforme de faena preparado para otro Sant Jordi.

Puntuales, A y él llegan a las siete y media a la Plaça de Cal Font donde cada año se montan las paradas de libros y rosas. El jefe y uno de los refuerzos para el día ya están allí. Buenos días, buenos días, ¿preparados?, no y venga, abrir la furgoneta y empezar a sacar caballetes, tablones, sillas, los plásticos por si acaso llueve, el material, los manteles. Y las cajas, claro. Las cajas. Llenas de libros. Unos tres mil cuatrocientos y pico libros movidos de una librería a una plaza para un solo día. Cerca de cien cajas llenas hasta los topes. Y horas por delante.

Sin pausa empezamos el montaje de la parada. Abrir cajas y empezar la lucha para conseguir meter tanto libro en tan poco espacio. Cada año igual. Cada año haciéndonos la promesa de que el próximo año, menos libros. Y cada año incumpliendo la promesa. Porque no solo se pueden llevar las novedades y las grandes apuestas de favoritos. También hay que llevar libros menos conocidos, lo que nos gusta, lo que queremos descubrir, apuestas personales. Y, claro, algo de cocina, plantas, ensayo, historia, sexo... Y libros infantiles y juveniles. Oferta, oferta. Muchos libros. Demasiados libros. Como todos los años. Primeros saludos. Pasa el ex superhéroe Capitán Chistorra reconvertido en el mejor máster de rol de la historia conocido por su benevolencia con los jugadores que llevan un personaje de monje mediano, oh gran Máster te respetamos y adoramos. Buenos días, buenos días, a montar que esto es un momento. Primera venta de un libro infantil cuando aún no teníamos la caja preparada, la parada acabada ni los ánimos preparados.

Poco antes de las nueve y media, parada montada.


Primero clientes, primeros curiosos.
El cielo nublado deja paso a un radiante sol que a lo largo del día irá tostando los brazos y la cara del librero dejándole al final del día un saludable color... rojo. Primera entrevista para la radio de la ciudad. Las preguntas de cada año. No, no hay ningún favorito claro para el más vendido del día. Previsiones buenas. Sobre todo que no llueva. Es un día muy especial. Que la gente salga y recorra la ciudad, mire libros, pregunté, busque y compre el libro perfecto.

La jornada discurre con la normalidad de un día de Sant Jordi. Unos cuantos en la parada, otros en la tienda. Venta de libros. Recomendación exprés. Visita de colegios. La plaza tomada por hordas de niños pequeños que con sus picudas voces taladran la cabeza del librero. Y adolescentes armados de hojas de papel realizando encuestas. Porque cada colegio ha decidido que sus alumnos atormenten a preguntas a los libreros para hacer unos trabajos. Más vendidos, favoritos, cuánto tiempo lleva preparar Sant Jordi, recomendaciones... una y otra vez las mismas preguntas hasta que el librero se las aprende de memoria y responde antes de que le formulen nada.

Poco a poco el goteo de gente aumenta hasta que la primera marea humana ataca. Y los cuatro responsables de la parada entran en un frenesí atendiendo, cobrando, aconsejando, buscando y negando. Y nuestro protagonista empieza a ser acosado por los refuerzos de parada. ¿Dónde esta...? ¿Tenemos...? ¿Te suena...? Y el librero hace ejercicio de memoria y recuerda dónde está cada libro, si está aquí o en tienda Así durante todo el día. De aquí para allá. Un libro sobre un chica que se llaman Anna. Aquí está. Un libro divertido para una chica de quince años que no encuentra nada divertido. Que pruebe con este. Un libro de fantasía que no salgan guerras, ni monstruos, ni naves, ni elfos ni nada de eso. Una mujer atractiva y pausada que pregunta si tenemos algún libro que hable de las huestes de Satán en la tierra. En la tienda preguntan por un libro de lenguaje de signos... en ruso. Un señor pregunta dónde tenemos los libros sobre Vietnam y al decir que no tenemos ninguno se indigna y empieza un discurso sobre la degeneración de la cultura occidental si Vietnam no tiene lugar en una parada de Sant Jordi. Adolescentes que preguntan por literatura erótica, pero sin muchos penes. ¿Entre Wajdi Mouawad y Federico Moccia cuál me recomendarías? ¿De verdad tengo que responder a eso? En la tienda un chica se queja de que ya ha hecho todas las posturas sexuales de los libros que tenemos en estoc y si tenemos algo un poco más... elaborado y flexible. Y gente que busca libros de García Márquez porque se ha muerto.


Abuelas indignadas que llenan de gritos, medio insultos, malas caras y amenazas al librero por no hacerle el descuento de Sant Jordi y cuando se le explica que sí lo tiene aplicado, sonríen y dicen que no pasa nada, ha sido un malentendido. Señoras que manda a la mierda al librero cuando pide un momento, por favor. Señores que tiran libros al suelo y les dan una patada para meterlos debajo de la parada. Un par de intentos de timo con el cuento de tengo un billete de cincuenta, cámbiamelo por, no, mejor que no me lo cambies, etc. Padres que niegan comprar un libro al hijo por razones que no tienen nada que ver con la literatura. Intentos de robo.

Pero también la ilusión por ese libro de cuentos que no encontraba en toda la plaza. Gracias por la recomendación. Reencuentro con jóvenes lectoras a las que has visto crecer y has contribuido a ser lo que son. Personas que se dejan recomendar. Risas. Las tres visitas de Alcalde. Amigos que pasan y desde lejos alzan un brazo. Un café inesperado. Nuevos lectores. A. en la sección infantil reinando entre el caos. Buscar un libro y encontrarlo. Perdonar la integridad física a un buen amigo que bromea con la lluvia por llevarse dos esplendidas novelas. Ver que hay tanto por leer y tan poca vida.


Pasa el día y se nota el desgaste. Malcomer un bocadillo de bacon y queso en pan gomoso mientras se responde a las preguntas de la segunda entrevista del día. Dolor de piernas, la cara quemada y la espalda cada vez más cargada. Anochece y más gente que pasea por la plaza, rebusca, mira, curiosea, desordena, encuentra, pregunta, compra, toquetea y fotografía. Y el librero a partir de las seis de la tarde entra en una vorágine de voces que lo llaman y va de aquí para allá buscando libros, recomendaciones exprés, avisando a los refuerzos de que hay un cliente que espera, intentado ordenar las pilas, haciendo breves viajes temporales para resolver alguna crisis espacial y liderando a última hora la resistencia contra la invasión de los Zotrones de la que nadie en Igualada se enteró porque bastante tenían buscando un libro a última hora y preguntando qué libro había sido el más vendido. Todo eso aderezado con ese extraño sex-appeal que emana el librero el día de Sant Jordi. Según A., es un día en el que el librero está extrañamente atractivo. El dominio de la parada, lo simpático que está y lo raro que es eso, los movimientos fluidos, una mirada intensa del que busca, encuentra y controla.

El librero en el momento justo antes de recordar dónde está ese libro con la portada azul donde sale una chica a la que le pasan cosas.

Sobre las nueve y media, empezamos a desmantelar la parada de Sant Jordi. Se devuelven a la caja los libros. Algunos títulos acabados, otros mantienen las pilas intactas. Rostros de cansancio entre los que estaban en la parada. Ganas de dejarlo todo e irse a casa. Pero hay que desmontar la parada, volver a meterlo todo en la furgoneta, ir a la tienda y descargar. Todos con los ánimos por las nubes por un buen día, pero con las fuerzas arrastrándose por el suelo. A las once, fin. Adiós, adiós, nos vemos en la cena y para casa. Una pizza, un capítulo de doctor Who, unos mimos a los gatos y a dormir. ¿Y a soñar? ¿Con qué?

Con libros, con cajas, con gente. Sant Jordi nunca acaba.

Crónica escrita mientras sonaba los My favorite things de John Coltrane y Exile on Main St. de The Rolling Stones.

martes, 22 de abril de 2014

Mañana...

Todo un mes de retiro espiritual en un monasterio mentalizándome para lo que se acercaba.
¿El Invierno?
¿El Silencio?
¿La Nada?
¿Los Susurradores de SexiGuarradas?


Nada de eso.

Los libros en las cajas.
Los mesas preparadas.
La librería ordenada.
Los sacrificios a los dioses librescos primigenios realizados.
Mañana es el día.
Ha vuelto Sant Jordi.
Y con él las hordas de lectores habituales, dispersos, incidentales, curiosos, hambrientos, desfasados, caprichosos, maleducados, amables, sexis, cachondos, viejetes, curiosos, escotados, culosapretados, majos, simpáticos, escupidores, abofeteables, ladrones, desprendidos, gritones, insoportables, odiados, queridos, indiferentes y muchos más.
Las espadas afiladas.
El termo de café afilado.
A la carga.

Fotografía del aguerrido (y sexi) librero enfrentado a la horda que buscaba "el más vendido" sin importarle qué fuera.

sábado, 18 de enero de 2014

Muerte de un representante

El jueves maté a una persona. ¡Qué no, que no era una persona! Que es broma. El jueves solo maté a un representante editorial. Sí, o otro .Ya lo sé, ya lo sé, pero esta vez tenía un motivo de peso. ¿Cuál? Dos palabras: Sant Jordi.

El jueves era 16 de enero de 2014. No había pasado ni dos semanas desde que la campaña de navidad se había acabado y aun no habíamos terminado de hacer la valoración general (aguantando, aguantando, aguantando) cuando ha aparecido un representante editorial con su mano adelantada, su sonrisa y sus comentarios sobre el frío que hace en Igualada. Un poco de bla, bla por ambas partes y el detontante.

- ¿Qué? ¿Hablamos un poco de Sant Jordi?

Fue un acto reflejo. No pretendía que volviera a pasar, pero en un momento de descuido, cuando el representante se giró para coger un par de catálogos "y enseñarte las apuestas que tenemos para Sant Jordi", en un impulso me armé con el diccionario María Moliner y se lo estampé en la cabeza para acto seguido acribillarlo con la obra completa de Josep Pla y acabar leyéndole a su cuerpo tembloroso fragmentos de libros de Sánchez Dragó, Ussia, Coelho o Albert Espinosa.
- No... no... no... - gemía mientras se le escapaba la vida.
Y se murió.
En medio de la sección de novedades. Con un charco de sangre que se extendía y amenazaba con empapar la reposición que tenemos debajo de las mesas. Me levanté cansado y estiré mi cuerpo. Había olvidado lo agotador que era matar a golpe de libro y lectura aburrida a alguien. Miré a un lado y a otro. Nadie en la librería. Épocas dificiles.
- ¡Jefé! - dije.
- ¿Qué?
- ¿Puedes salir un momento? Tenemos un problema.
- ¿El qué?
- Es que...
Mi jefe salió del almacén. Tenía la mirada perdida y vidriosa del que lleva horas repasando la facturación.
- ¿Qué ha pasado?
- No te lo vas a creer, pero...
Y le señalé el cadáver del representante que aun en el momento de la muerte tuvo la fuerza para señalar la gran apuesta para la fiesta del libro.
- ¡Otra vez!
- Ya...
- No puede ser. Jorge, un día tendremos que hablar de tu manía de cargarte representantes.
- Es que quería hablar de Sant Jordi.
- ¿Ya?
- Sí.
Mi jefe se quedó contemplando el cadáver y le propinó una patada.
- Se lo merecía.
- ¿Qué hago con el cuerpo?
- Lo usual.
- No sé si cabe otro cuerpo...
- Siempre hay sitio para otro libro y para otro cadáver. Me vuelvo al almacén a ver si acabo de repasar esa factura de una vez que me parece que no abonan un libro. Estate al caso por si entra alguien.

Y al tajo. Pillar el cuerpo. Llevarlo a la sección de religión para descuartizarlo con un poco de calma. Interrupciones para atender a la abuela que busca algo barato, barato para su nieto, para el tipo que busca un libro para regalar, para los chavales con sus libros recomendados. Meterlo en bolsas y llevarlo a la sección de teatro, con seguridad el espacio de la librería más tranquilo. Semanas pueden pasar sin que nadie entre en esa sección. Lugar donde me gusta reunirme con mi secta de adoración a los cefalópodos, donde hacemos bailes de salón y donde esta la fosa donde enterramos los cadáveres de todos aquellos que alguna vez me hicieron blandir un diccionario o unas obras completas como arma cuerpo a cuerpo +4.

Arrojé allí el cadáver del representante para que le hiciera compañía a cadáveres de otros representantes, clientes, autores, compañeros, autoestopistas, visitantes del futuro, buscadores de fotocopias o encuadernaciones, doctores sin título. Un cuerpo más que cometió el error de querer hacer ya Sant Jordi.

Y hasta principios de marzo, nada.

jueves, 26 de abril de 2012

Pequeña y aburrida crónica de un Sant Jordi muy tranquili

Y amaneció el día de un nuevo Sant Jordi.

Esa noche se había quemado incienso. Se habían llevado a cabo sacrificios; humanos, no humanos y de los otros. Se había rogado a los dioses clementes, a los inclementes, a los despiertos, a los que yacen dormidos bajo el mar, a los que gobiernan los cruces de caminos, los tríos en las tragaperras y hasta ese del que nadie se acuerdo porque mira como mal y siempre dice niño. Se hicieron promesas, juramentos y cortes de mangas. Todo para que las clamores y cantos fueran más fuertes que las voces agoreras que auguraban lluvia. Desde un chirimiri que tocará los huevos y os pondrá calados hasta una tormenta que abrirála tierra y vomitara destrucción y libros mojados. Porque este años ha habido incertidumbre, miedos y pocos favoritos, pero lo que no ha faltado han sido agoreros que pronosticaban dos cosas

1. Una ventas que caerían en picado debido a la crisis, los libros electrónicos, la piratería y la aparición en los lugares de venta de agentes secretos camuflados con la intención de boicotear el día.

Tipo esto

2. Lluvia.

También conocida como agua que cae de arriba a abajo y moja.

El librero levanta todo su monumental y atractivo cuerpo con tres horas de sueño encima, abre los porticones de la ventana y mira. Un tímido sol se filtra entre las nubes vaticinando un día nublado con ocasionales rayos de sol y hacia última hora algo de viento tipo rasquilla. El librero respira aliviado porque no llueve y porque sabe que no lloverá. Este año no. Lleva dos años soportando vender libros bajo la lluvia (se pueden leer sus vicisitudes aquí y aquí)... pero este año, no. Despierta a A. porque este año ella vivirá Sant Jordi desde dentro. Va al baño, pipí, duchita, café rápido y a las ocho menos cuarto empiezan a cargar en la fragoneta cajas y cajas llenas de libros para la parada.

Llegan a Cal Font. Se monta parada en un tiempo record. La impresión es que se lleva menos libros que otros años, pero qué se le va a hacer y ahora es tarde para llevar cien libros más por si las moscas. Cafetito rápido y empieza el movimiento. Cliente va, cliente viene. Libros que se venden. Ese lo tengo en la tienda, seguro no, vaya a preguntar, no pienso llamar por teléfono, ya lo sé. El Capitán Chistorra pasa garboso llevando de la mano a Piltrafilla Boy y Bicho Girl camino del cole. Saludo, saludo y se va tan contento sin saber que en unas horas empezará a actuar un virús estomacal que lo tendrá incapacitado un par de días y no podrá impedir que coloque bombas víricas en siete lugares escogidos de Torontontero protegido cada uno por un monstruo del cagarse que se irán activando cada lunes si él no lo impide.

La parada queda chula. No hay fotos porque a un menda se le olvidó la cámara, pero imaginad mesas anchas repletas de libros, muchachas muy majas vendiéndolos y atendiendo y un tipo rapado con cara de sueño y camiseta dragonil para atender las dudas. La plaza se va llenando, vienen los colegios llenando la plaza de voces infantiles, A. reparte puntos de libros y atiende a los fans, estudiantes vagos de instituto torpedean al librero con preguntas de libros más vendidos, cuál es el premio Sant Jordi o el premio Planeta... no dudan, no cuestionan y apuntan lo primero que oyen... ¿El libro más vendido en castellano? El hombre sin atributos de Joan de Cardedeu, es literatura erótica. ¿Quién ha ganado el premio Planeta? Este año... deja que lo piense... Gargantua en el Líbano. Gracias, gracias.

Preguntan dónde están los libros de Sócrates, word para inútiles y la gran mayoría buscan los libros que el día anterior TV3 dio como los más vendidos. El condicionamiento de todos los años. La inmensa mayoría se lanza a la busca y captura del libro que le dicen que será el más vendido, en vez de buscar el libro qué le de la gana. Nunca entenderé la obsesión por los más vendidos. Y nunca entenderé a quién busca esos títulos sólo porque son los más vendidos.

- Dame el libro más vendido.
- Pero es que el libro más vendido es bastante malo.
- Da igual... no quiero ser menos que los demás.
Conversación real mantenida el Sant Jordi pasado.

A ver, que los más vendidos este año en ficción tienen todas mis simpatías, pero me gustaría ver algo más de libertad y que los medios no influyeran de forma tan descarada en las ventas del día.

Iluso, ya lo sé.

El día avanza casi sin darnos cuenta. No hay anécdotas destacables (a A. intentan regatearlo el precio, personas molestas por no tener ese libro en concreto, etc.), pero nada que recuerde los momentos más demenciales de años anteriores. Vienen escritores a firmar con grados de simpatía muy variables y todo discurre según lo esperado: buenas ventas, buenos momentos (un par de gracias por aquella recomendación... esto siempre reconcilia con la profesión) y mucho cansancio al hacerse de noche (dolor de espalda, de dedos del pie, lumbares...). Alcalde, como ya es sana tradición, pasa a saludar tres veces. A. está exultante en la sección infantil vendiendo los álbumes ilustrados que a ella le gustan y haciendo contactos y amistades. Un par de buenas conversaciones con jóvenes lectoras de juvenil y promoción de algunos libros que me han gustado, que he disfrutado y que quiero que se conozcan.






Y sobre las nueve recoger la parada después de atender a centenares de personas, vender muchos libros, hablar mucho, pasar algo de frío, beber mucha agua, observar con satisfacción que las previsiones agoreras no se han cumplido, dar las gracias a los autores, recolocar libros para tapar los agujeros que van apareciendo a lo largo del día, dar por imposible ordenar la sección infantil, comprobar una vez más como es tan difícil para la gente cumplir eso tan sencillo de dejar un libro donde lo has encontrado y no cuatro columnas a la izquierda, boca abajo, oculto por otro título y con chocolate en las páginas, recomendar algún libro, decir a muchos que no, no tengo ese título, mandar a clientes a la tienda, no aceptar encargos, decir que los libros más vendido se han acabado, observar goloso todos los libros que quiero leer y echar a la espalda otro Sant Jordi.

Ya van seis. Y no, no me acostumbro.

domingo, 22 de abril de 2012

Una versión desconocida de la conocida leyenda de Sant Jordi

Una de mis aficiones menos conocidas es la recopilación de viejas leyendas populares que corren el riesgo de caer en el olvido y partirse una pierna o un inesperado giro de los acontecimientos. Para ello, una vez al año, me calzo mis viejas botas repletas del polvo del camino, mi uniforme de romántico alemán trasnochado y armado con una libreta, una pluma y muchas ganas me lanzo a recorrer el mundo a la caza de esa leyenda que sólo conoce esa vieja ciega y palmípeda que vive en una cueva rodeada de basiliscos y agentes de seguros. En estos años he recopilado unas cuatrocientas leyendas y he visitado panteones, tumbas, catacumbas, estercoleros, universidades, reuniones de gestores cultures y muchas otros parajes igualmente hediondos.

Típico atuendo del romántico alemán que sube una montaña y se da cuenta de que tiene que bajarla, está anocheciendo y oye a unos bandidos nada cantarines afilar sus cuchillos.

Entre las leyendas que guardo como oro en paño en una caja de zapatos, existen numerosas versiones de la tan conocida leyenda de Sant Jordi. La más popular es la versión de Montblac: el dragón, el sorteo, la princesa, el caballero Jordi, el rescate, la rosa. El atentado al orden establecido y su reconstitución. A partir de esta estructura han ido apareciendo variantes: no hay sorteo, hay secuestro. La intervención del santo es al momento y no cuando las hijas de los pleyebos ya habían sido devoradas, el dragón es una metáfora del capitalismo y el caballero un libertador proletario, el dragón es una metáfora de la amenaza comunista que pretende igualar a todos y el caballero un restaurador del orden burgués (lo curioso de estas dos últimas versiones es que son idénticas palabra por palabra... su significado sólo cambia dependiendo de quién sea el narrador y los oyentes), el dragón solo pasaba por allí y todo se debió a un malentendido cultural, el dragón era vegetariano, la princesa tenía tendencias zoofílicas y se estableció una extraña historia de amor, el caballero no aparece y todo acaba en un refrescante baño de sangre, etc.

El trío protagonista según Paolo Ucello, uno que pintaba.

Una de mis favoritas es la que os voy a contar hoy para conmemorar la diada de Sant Jordi. Es una de las menos conocidas, pero de las que más visos tiene de ser real. A veces la historia la reescriben los perdedores... y más cuando estos son de mal perder.

Hace mucho tiempo existía un pequeño reino idéntico en historia y costumbres a los miles de pequeños reinos que lo rodeaban. Tenía un rey que era mezcla perfecta de estupidez para no sentirse responsable de sus actos e inteligencia para pese a ello seguir en el poder. Una clase noble que intrigaba, asistía a fiestas y se casaba entre ellos para llevar al extremo la endogamia y así revertirla en una pirueta genética sin precedentes. Una pequeña clase media que criticaba mucho, comerciaba más y odiando a los nobles, aspiraba a ser como ellos. Y una enorme masa conocida como pueblo que no se quejaba nada, vivía resignado y conocía su lugar en la pirámide. Ah, y también un pequeño grupo de intelectuales que se reunían en un bar a hablar mucho, quejarse más y procurar no molestar demasiado.

El rey era viudo; la reina murió de un ataque de aburrimiento cuando era jurado en el concurso de "Borda el petirrojo más exquisito" con el que mensualmente se entretenía a las hijas casaderas de los nobles. Y el rey tenía una hija. De ella se decía que era la más bella criatura, la más dulce de las muchachas, la más dichosa y feliz de las hijas. Los poetas la alababan, los príncipes suspiraban y morían de amor solo con oír su nombre. Caballeros famosos realizaban las mayores gestas con la esperanza de que un día ella oiría hablar de ellos. Las muchachas la admiraban sin envidia y era su modelo de encanto, discreción y belleza. Era la princesa dechado de virtudes, modelo de conducta y un ángel de hermosura que iluminaba de esperanza el corazón, el futuro y un par de entrepiernas tanto de ricos como de jóvenes. Y respondía a un nombre como Hermosa o Prístina.

Esto era lo que se contaba, pero como ya podéis imaginar no era un relato muy ajustado a la verdad... pero la publicada es la publicidad y sigue los dictados de la política. Las princesas son correctas, discretas y hermosas. La verdad de la princesa que nos ocupa no se ajustaba a la publicidad que se hacía de ella. De forma condescendiente se la catalogaba como "mona" cuando nadie oía. Tenía una de esas bellezas que crecen a pasos agigantados con la conversación y las risas, pero que a primera vista pasan desapercibidas. Le gustaba leer relatos novelados, le aburría la costura, tenía tendencia a picar entre horas, a que todo lo que comía se acumulaba en las caderas, los hombres con mucho pelo y pinta de brutotes, odiaba hacer ejercicio y no compartía su comida. Solía hurgarse la nariz, sus ojos eran hermosos, la risa, resplandeciente y sus pechos, bíblicos. A su padre le caía bien siempre que cumpliera la consigna "no hablar, no molestar" y era medio querida por el pueblo. Estaba allí y no hacía ruido. A ella lo de ser princesa no le disgustaba, aunque tampoco lo consideraba un fin en su vida. Mientras le dejaran leer tranquila y visitar con libertad las cuadras, cumpliría con lo que se esperaba de ella. Y su nombre no era sinónimo de belleza ni de virtud.

Hasta que llegó el dragón.


Como todo el mundo sabe, los dragones son junto con los gatos, las criaturas más hermosas e inteligentes de la creación. Suelen ser milagros de la naturaleza tranquilos y discretos a los que no les gusta llamar la atención de esas molestas y ruidosas criaturas llamadas humanos. Prefieren quedarse tranquilos en sus cuevas rodeados de sus tesoros (que pueden ser las míticas montañas de oro y diamantes, pero también libros, cuadros o cualquier colección de objetos por los que un dragón muestra interés... se sabe de uno de esos maravillosos seres al que le gustaba dormir encima de su montaña de tapones de corcho) y recibiendo visitas de dragones amigos con los que departe de arte, literatura o juegan a las baladas épicas con mímica. Pero algún que otro dragón hijo de puta hay suelto por el mundo al que divierte la matanza, el saqueo y los gritos de las víctimas. Y el dragón de esta historia es de ese tipo. Un mal bicho que encontró el reino y se dedicó al expolio, el asesinato indiscriminado y a dar cada dos o tres veces al día un barrido por los campos de cultivo escupiendo fuego.

La llegada del dragón al reino supuso un drástico cambio en las costumbres. Los intelectuales discutían el significado de la llegada del dragón. El pueblo se resignaba y espera con paciencia que alguien hiciera algo mientras perdían cosechas, esperanza y ganado. Las clases medias maldecían al dragón por las pérdidas económicas que les reportaba, pero los bendecían por las ganancias económicas por la reconstrucción de lo dañado. La nobleza recuperaba modas pasadas de caza dragones y buscaban entre ellos a un caballero que hiciera algo. Y el rey se mostraba encantado con el dragón; mientras se entretuviera con el pueblo no habría problema. Un dragón aumenta el pedigrí de una zona y atrae el turismo. Y la princesa tenía la intuición de que todo aquello acabaría mal.

Como así fue. Un día el dragón se cansó de tanta vaca, tanto ternero y tanta gallina y empezó el saqueo de las hijas de los campesinos. La carne humana es más sabrosa, y aunque recuerda al pollo tenía una caída a roble viejo que volvía loco el paladar dragonil. A nadie le importó en demasía porque pobres hay muchos... cualquier reino que se considere decente tiene una provisión abundante de estos. Sin embargo, contra todo pronóstico, se acabaron todas las hijas de campesinos, el dragó empezó a ascender por la pirámide social hasta que al tocar los frutos endogámicos de la nobleza empezaron a llegar los clamores de protesta al rey. Pero la gota que colmó el vaso fue cuando el dragón secuestró a la princesa aprovechando que ésta salía de las cuadras arreglándose las arrugas del vestido. Al enterarse de este hecho, el rey salió al balcón del castillo y ante las ruinas humeantes de su reino hizo la promesa de hacer todo lo posible para detener a ese dragón que se había atrevido a romper la paz de su reino.

Todos le aplaudieron porque era lo que se tenía que hacer.

El rey hizo leer un decreto donde se apremiaba a todos los caballeros del reino a ir rescatar a la princesa y matar al dragón. Quien así lo hiciera, sería recompensado con la mano de la princesa, la mitad fea del reino y un "gracias, muchacho" de labios del rey. Ante tal suculento botín, siete valerosos caballeros respondieron a la llamada y fueron raudos a la cueva del dragón. Eso sí, exigieron un desfile de alabanza a su valentía mientras partían. Todas las esperanzas del reino se depositaron en las espaladas de estos caballeros.

Lástima, porque estos caballeros eran unos perfectos imbéciles.


En la cueva del dragón, la princesa luchaba por su vida. Aprovechando un descuido del reptil, había conseguido esconderse en una pequeña grieta donde las zarpas del animal no podían acceder. Allí topó con un hueso que le sirvió de maza y soportó más bien que mal los envites de la criatura. El dragón se iba sulfurando por momentos. Jamás en sus cientos de años había soportado a una criatura que se le resistiera tanto, fuera tan obstinada y malhablada. Y así fueron matando los minutos hasta que llegaron los caballeros. La princesa pensó que había llegado su salvación y el dragón que había llegado su final. Ambos estaban equivocados.

Los siete caballeros eran unos imbéciles, además de ser príncipes. Y como todo el mundo sabe, los príncipes suelen ser una mezcla perfecta de estupidez, arrogancia, inconsciencia y cobardía. Llegaron a la entrada de la cueva, salió el dragón y dos de ellos se pusieron a llorar tras ensuciar de forma contundente sus calzas, uno empezó a correr en círculos diciendo que era un ratón y los ratones son invisibles, el que estaba dispuestos a luchar se dio cuenta de que se había traído sus estampas de antiguos gladiadores en vez de sus armas, otro pensaba que dragón quería decir refrigero, que nadie pregunte por qué, e iba por el lugar preguntando dónde se servían las bebidas y los dos últimos aun luchaban por adivinar por donde se abría la puerta para bajar del caballo. En unos dos segundos el dragón había dejado fuera de combate a los siete caballeros y se disponía a darse un buen festón.

La princesa, que por cierto se llamaba Jordina, armada con su hueso suspiró y se dijo que si no se salvaba ella, no lo haría nadie. Así que se acercó al dragón y entablo singular combate con él en el trascurso del cual la princesa perdió la mano izquierda y ganó una preciosa cicatriz que le cruzaba una mejilla de frente a cuello. El dragón ganó diversas heridas y perdió la vida. Su cuerpo cayó encima de un rosal silvestre y su sangre tiñó las blancas flores. Los principescos caballeros ganaron la vida, pero perdieron la dignidad que creían tener y avergonzados emprendieron el regreso a casa.

Por el camino hablaron y hablaron y compartieron sus miedos de hacer el ridículo cuando llegaran al castillo y todos supieran que la princesa no solo se había rescatado sola, sino que los había salvado a ellos. Así que decidieron explicar otra versión aprovechando que en el reino creerían antes la versión de siete caballeros príncipes hijos de las mejores familias que la de una mujer, por muy princesa que fuera. Y así fue. Llegaron y fueron los primeros en hablar y explicaron la lucha encarnizada, la pelea épica, la batalla memorable que tuvieron con un dragón mientras la princesa lloraba histérica y como, cuando estaban a punto de perder, un misterioso caballero llamado Jordi apareció de la nada y les ayudó a derrotar al dragón inspirándoles coraje, arrojo y valentía. Fueron aclamados, aplaudidos, deseados, alimentados y con su historia se hicieron múltiples adaptaciones épicas.

A la princesa le dijeron que en el futuro tuviera más cuidado y que volviera a sus quehaceres. Ella ni tuvo cuidado ni volvió a sus quehaceres, si no que acabó robando un caballo y largándose de su reino para embarcarse en un barco, hacerse pirata, aprender repostería, fundar un asilo para piratas jubilados que quieren presumir de aventuras que nunca vivieron, descubrir un par de continentes perdidos, volar en un dragón de cuatro alas, escribir tres novelas que abrieron nuevos caminos en la ficción y ser muy feliz.


De su antiguo reino no volvió a saber nada. No por falta de interés, porque dejó allí a un par de buenos amigos, si no porque sin querer uno de los sabios del lugar fisionó un núcleo y todo acabó en una espectacular explosión atómica que llenó el lugar de mutantes, hormigas gigantes y hombres menguantes y donde sucedieron algunas de las más impresionantes aventuras que jamás llegaríais a leer.

Pero esto es otra historia que será contada en otra ocasión. O no.