lunes, 23 de noviembre de 2009

Mis icoños. Cine I

Esta nueva serie de entradas viene motivadas por dos motivos:

a) Un buen amigo me dijo una vez.

- ¡Con lo que te gusta el cine y lo poco que hablas de él en el blog!
- Mira...
- Pues ya sabes lo que te toca.
- ¿Es una orden?
- Sí.

b) Un tipo listo de esos que leen libros gordos sin dibujos, habla con acentos y pronuncia la hache dijo una vez que para los que pretenden ser escritores (y supongo que para el resto de enfermos que quieren dedicarse a algún tipo de creación, llámalo, artística) la verdadera influencia son esas lecturas que marcaron en la infancia (llama lecturas, llama películas, llama ilustración, etc.). Y que la posterior creación no dejan de ser reescrituras de todo aquello que se leyó de niño.

No sé que de verdad puede haber en esta afirmación, ni siquiera si la afirmación es correcta o verdadera o si tan siquiera existe y no es más que uno de esos recuerdos inventados que acabamos creyendo que pasó (como lo de quedarme tres nochesaislado en aquella cabaña en el bosque con un montón de universitarias borrachas con toneladas de cerveza, nata montada y una mochila llena de juguetes sexuales...), pero me gusta.

Así que después de valorar esto, debatirme entre la realidad y el sueño, pasar una tarde en la librería con el fascinante trabajo de puntear facturas (¿algún voluntario para sustituirme? Es muuuuuy divertido, de verdad), necesitar un par de días para hablar de mi cumple y bla bla bla, que me he decidido a hablar de todas aquellas expresiones culturales que de alguna manera, para bien o para mal, marcaron mi infancia y por ende mi vida como ¿adulto responsable?

Y hoy toca cine. Pues vamos. No cierro los ojos, porque si no me duermo, pero echó la mirada atrás e intento recordar algún mito o icoño cinematográfico que marcara mi infancia... A ver...

Si con cinco o seis años alguien me hubiera preguntado quién era mi actor favorito con total seguridad habría respondido...


Sí, Yul Brynner.

Y no preguntéis porqué, pero de pequeño este actor ejercía en mí una atracción magnética. Una total fascinación desde el día que vi aquella película llamada Almas de metal (Westworld, Michael Crichton, 1973), una interesante película de ciencia ficción que durante un tiempo consideré la mejor película de la historia del cine (hasta ese momento había visto poco cine, la verdad, y en nada llegaría a mis manos la versión original de King Kong y entonces sí que mi vida cambiaría). Yul Brinner era uno de los robots que se rebelan en la película y aparecía con su clásico atuendo de pistolero, vestido de negro de arriba a abajo; entonces no sabía que esto remitía directamente a otra película que al verla de pequeño me hizo disfrutar como un loco, Los siete magníficos, donde para más inri aparecía Steve McQueen, pero de éste tipo ya hablaremos.


Para mí Yul Brynner es una figura muuy importante en mi infancia. Por haberse convertido en mi primer héroe y referente cinematográfico, porque me descubrió el western como género y sentó las bases para el cine de John Ford, Sergio Leone, Howard Hawks, Clint Eastwood, Anthony Mann y tantos tantos otros que convirtieron el cine en arte.

Porque gracias a Los siete magníficos años después descubrí Los siete samurais que me descubrieron a Akira Kurosawa, que me descubrieron el cine japonés, que me llevó a Por un puñado de dólares, que me llevó a Goldoni...

Porque recuerdo a mi madre cosiendo mientras mirábamos las películas en la tele y lanzando un suspiro de tanto en tanto acompañado siempre de la frase "Pero qué guapo que era" (frase que también decía con Paul Newman, Rock Hudson, Tirone Power, Cary Grant, Sidney Poitier, etc.)

Porque nunca entendía porqué Anne Baxter en Los diez mandamientos prefería la compañía del pesado de Moisés al único Ramses II válido para la historia.

Porque la primera vez que me encontraron tatareando una banda sonora era ésta:



Porque me supuso un mazazo verlo cantando y bailando en El rey y yo. Aquel no era el mismo tipo que se liaba a tiros con Elli Wallach y su banda de forajidos.

Porque la primera vez que lloré por la muerte de un actor fue por la suya. En aquellos años los actores de las películas eran eternos, semidioses que siempre estarían allí y al ver la noticia en el telediario me sentí un poco huérfano y un poco más sólo. Ya entonces el cine era algo muy personal, muy importante y de amor visceral.

Y, por último, por mucho que me aburra esta película, reconozco que me gusta esta escena y la canción. Supongo que como me dijeron una vez, en el fondo soy algo ñoño. Además, nunca hay una mala excusa para ver a Deborah Kerr.


6 comentarios:

Paris Quelart Budó dijo...

El bueno de Yul era impresionante, además de buen fotógrafo. ¿Lo sabías?

Cesc dijo...

Me gusta que empieces a hablar un poquito del cine, aunque Yul Briner, precisamente Yul Briner, vamos el Yul Briner de la peliculas era un asco. Ala.

Jordi Vivancos dijo...

Ah, pero… ¿Lo de la cabaña en el bosque con las universitarias borrachas no era cierto? ¡No me lo creo! ¡Pero si siempre lo contaste con un extraordinario lujo de detalles! Entonces, aquel juego taaaan divertido que inventaste según el cual debían sentarse sobre tus hombros y desde ahí lanzar las braguitas y los sujetadores y acertar a colgarlos en la cornamenta de la cabeza del alce colgada en la pared mientras tú les hacías cosquillas en los pies, ¿tampoco era cierto? Mi gozo en un pozo.

¡Yul Brynner! ¡Uff! Para mí también es como de la familia (a decir verdad, hay gente de la familia a la que le tengo bastante menos cariño). Su magnetismo era tal que cuando era pequeño para mí era prácticamente una presencia paterna, y sé seguro que a mi madre no le habría importado que así fuera. Mi primera fascinación con Brynner llegó con “Los diez mandamientos”, y nunca llegué a comprender por qué aquella pandilla de quejicas prefería irse con el zarrapastroso y siempre taciturno Moisés en lugar de quedarse con el aseado y carismático Ramsés II, quien, para más inri, les había dado un trabajo fijo… ¡Con lo difícil que está el mercado laboral! Luego vi “Los siete magníficos”, y fue entonces cuando para mí Brynner alcanzó cotas de semidiós (y corto me quedo), que confirmó con el papel del rudo cosaco “Taras Bulba” (otra "sutil" banda sonora, por cierto, para lo cual siempre nos quedaremos cortos de adjetivos elogiosos, como ocurre con toda la obra del magistral Franz Waxman) ¡Bendito seas, Yul, estés donde estés!

Girl From Lebanon dijo...

Me encantaba Ramses en los Diez Mandamientos...tenía una mirada enigmatica este hombre...y te lo voy a confesar...nada de medias tintas...o melenaza o calvo...

Bss!!

Annabel M. Z. dijo...

Te prometo que Yul Brinner también ejercía sobre mí una atracción magnética: esa mirada misteriosa, esa calvorota brillante... de verdad era uno de mis sexsimbols de adolescencia precoz. Los hermanos Karamazof o cómo se apellidaran y Kojak y sus chupachups ¿kojak también lo hacía Yul? :/

Jorge dijo...

Paris: no, no sabía que Yul también fuera fotografo. ¿Algún lugar para mirar su obra?

Cesc: "Taras Bulba", "Los siete magníficos", "Los hermanos Karamazof", "Anastasia", "Armas de metal", su Ramses II... ¿un asco? ¡Cómo puedes...! Va, déjalo...

Jordi: Lo de la cabaña es verdad, tranquilo. O por lo menos yo lo recuerdo muy a menudo... ¡Cómo nos reímos esa noche! ¡Y cuando jugamos al Pictionary corporal! Qué gracia... Lo de Yul lo hemos hablado muchas veces... ¡Pero esa banda sonora de "Taras Bulba"! Por favor... qué... qué... joder...

Lebanon: esas miradas de desprecio a Moises... y esa dignidad al sentarse cuando los pesados se fueron..

Annabel: Kojak era Telly Savallas, el psicópata religiso de "Los doce del patíbulo". Lo único en común con Yul era la calva... en atractivo iba un poco bastante por detrás...