martes, 22 de octubre de 2013

Dos cabreos

PRIMERO

Desde hace semanas un grupo de jóvenes asaltan a los transeúntes a unos metros de la puerta de mi casa. No son pandilleros, ni sectarios, ni preguntadores profesionales de direcciones. Son jóvenes entusiastas, sonrientes y muy dinámicos que tienen por misión detener al transeúnte, iniciar con él una animada charla interrumpida con abundantes risas y endosarle una tarjeta de crédito que es la repanocha, la maravilla de las maravillas y la culminación de los deseos y esperanzas de occidente; una tarjeta de crédito que al tenerla en tus manos y llevarla a casa no solo te permitirá comprar todo aquello que necesitas y todo lo superfluo que ni pensaban tener sino que al llevarla a casa y dejarle algo de libertad de movimiento deja la ropa limpia, planchada y con olor a lavanda, arrulla con tonadas jazzísticas que acarician el pecado, con suaves acaricias consigue que el pene crezca diez centímetros más de lo habitual y permite divertidos viajes en el tiempo para vivir despopilantes aventuras. Y todo esto por una firma de nada, aquí, en la calle, es un momento. La letra pequeña ya la leerás en casa.

Cuando se sitúan en mi calle se quedan todo el día. Van en grupos de cinco o séis y ocupan las dos aceras. Y abordan. No lo hacen con un perdona, ¿tienes un momento?, que sería lo más normal. No. Porque supongo que quien los ha contratado ha insistido en la agresividad y en confundir al transeúnte y futuro poseedor de una tarjeta que resucita a los muertos. Gritan, te llaman chico, chico, chico a voz en grito, se te colocan delante con su sonrisa y no te dejan pasar. Si te desplazas a la izquierda, ellos se desplazan a la izquierda. Si das un quiebro a la derecha, ellos, lo mismo. Si..., bueno, ya me entendéis. Se te colocan delante y caminan de espaldas al compás de tus pasos mientras ignoran tus repetidos nos y los claros no me interesa, gracias. Son cansinos, molestos y pesados. Y ya sé que solo están haciendo su trabajo, pero esto lo vivo cuatro veces al día. Ida y vuelta, ida y vuelta.

Como decía aquel, ganas de matar aumentando.

SEGUNDO

Han abierto delante de casa un Kyoto. Para quien no sepa qué es, es una cadena de electrodomésticos. Con muchas rebajas, precios escandalosos y un gusto demencial por los cartelitos. Y la música alta. Muy alta. Tan alta que nos molesta y aturde a los vecinos que viven en la acera de enfrente. Como nosotros, por ejemplo Empieza a las nueve y poco de la mañana y es un no parar. Apasionantes melodías de cantantes melódicos, de últimos éxitos de moda o recuperaciones de los primeros discos de Sergio Dalma o Alejandro Sanz. Sí, para temblar.

Música alta que sobrevuela ruido de coches, de la gente que pasea, de la tele encendida, de los diálogos de la película.

- El nuestro es un mundo que se acab... 
Saaaaanta Lucía, el predictor se tiñe de rooojo... 
esto, ¿por dónde iba Stroheim?

Pronto tocará visita. Seguiré informando.

Y en próximos días, las divertidas aventuras de Jorge, su teléfono móvil estropeado desde finales de agosto y la reparación interminable gentileza de Vodafone. Ains qué risa más grande le entra a uno cuando con una sonrisa le dicen, hemos tenido tu móvil un mes, te hemos avisado que la reparación está hecha y, ¿sabes qué?, no hemos hecho nada. Pa mearse.

2 comentarios:

Nina dijo...

El mundo no te quiere y te jode, Jorge. yo si te quiero <3

Antier a mi unos jodidos vecinos ruidosos con su karaoke no me dejaron dormir en mucha parte de la noche #cabrones.

Animo

Mara Oliver dijo...

:S
últimamente pienso mucho en esto
abrazotes!!!