lunes, 14 de febrero de 2011

La fascinante y nunca suficientemente ponderada historia de las viejas espías inglesas lesbianas que viven en els Hostalets de Pierola

Uno de los infinitos temas de El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, John Ford, 1962) es la relación entre la historia y la leyenda. El senador Ransom Stoddard explica su historia para deshacerse (ya sea por honor o remordimiento) de su leyenda. Los periodistas que escuchan la verdad tras el mito deciden callar esta verdad y dejar que la leyenda siga viva. Es un tema clásico en la filmografía de Ford (ahora recuerdo Fort Apache) y algo muy significativo en la construcción del imaginario mitológico americano. Y diría que en todo imaginario mitológico.



¿A qué viene este prólogo y que tiene que ver con el título de esta entrada? Bueno. Primero la historia.

La librería está llena de personajes peculiares. Tenemos al Pelucas, un tipo con un desorden maniaco-compulsivo que le hace mirar todas y cada una de las páginas de un libro antes de comprarlo y que llega a pedir la retirada de toda una edición porque hay una línea en la portada que parece una arruga y eso le pone nervioso. Tenemos al Yo tengo un millón de amigos con e-book que es un señor nada respetable que siempre que viene chilla y se indigna y nos ofende y nos injuria y nos repite que nunca tenemos los libros que quiere y que si los tenemos son muy caros y que como puede ser y que él tiene amigos con e-books que se descargan quinientos libros al día y gratis y que vergüenza y que así queremos llevar un negocio, cobrando la cultura.

Y tenemos a las Hermanas Inglesas, unos personajes que aparecen por navidad arrastrando sus raidos abrigos de punto, sus carros de la compra y su olor a muerte que se acerca despacio. Entran, deambulan mascullando por lo bajo, desordenan todo lo que pueden y a la hora y media salen de la tienda con su compra de tarjetas de felicitación y libros de matemáticas. Todos los años el mismo ritual. Paseo, tarjetas de felicitación y matemáticas. Según me contó una compañera de trabajo son hermanas, viven en els Hostalets de Pierola y tienen un montón de perros.



Esta es la historia. Pero, claro, antes de la historia yo tenía mi historia. O si queréis. La leyenda. Porque para mí estas dos viejas que nos visitaban cada año por navidad con sus carros chirriantes y su olor duro y rancio a mucha vida por detrás, eran dos luchadoras, dos espías inglesas lesbianas que huyendo de su pasado y de los nazis acabaron viviendo entre perros entrenados para matar en Els Hostalets de Pierola.


Quizá tuviera una visión algo romántica de ellas pero siempre que abrían la puerta de la tienda y las veía caminando en angulo de noventa grados, con sus gorros calados hasta las mandíbulas imaginaba un Londres de 1941 acosado por la bombas. Elly corre entre los escombros. Entre sus manos lleva una cartera con valiosa información que le ha podido arrebatar a Henry, un doble agente que trabajaba para los nazis, un chico que era de su confianza hasta que descubrió a la víbora fascista que vivía en su pecho. Oye entre el sonido de las bombas y el derrumbe de los edificios como la siguen. Como Henry y sus secuaces teutones se acercan cada vez más hasta que Elly no tiene más remedio que esconderse en un convento donde conocerá a Harriet, una joven huerfana que vive con unas simpáticas monjitas que hacen unos pasteles que están... vamos... ummm... Allí entre miedos, risas, abrazos, besos y sorprendentes traiciones de alguna de las hermanas, Elly y Harriet se enamoraron.


Pero en esos momentos, con la sombra de Hitler destruyendo Europa, hay cosas más importantes que su amor. Elly escapa del convento una noche porque no quiere poner más en peligro a Harriet, pero esta la sigue. Después de una discusión y una reconciliación, consiguen entregar el maletín y su valioso contenido al alto mando. Henry muere después de una cruenta lucha y desbaratan los planes del malvado oficial de las SS Hemil Kartofen, megaespia malvado que quería esclavizar a los habitantes de York gracias a su fascinante espectáculo de sombras doradas. A partir de ese momento Elly y Harriet se convertirán en la pareja de espías enamoradas favorita del MI6 y su vida serán misiones y más misiones donde se enfrentarán a científicos malvados de las Antillas, la cabeza de Hitler y sus cansinos chistes, ejercitos de zombis gobernados por Mututa Tambú, maestro vudú y dueño de una fábrica de colchonetas de Estepona. Pelearán con krakens, con mutaciones diabólicas de confundir los genes de mamuts con velocirraptores, volverán a encontrarse con la cabeza de Hitler y con el cerebro de Henry dentro de un gorila de seis metros. Vivirán apasionantes aventuras en el music-hall bajo el nombre artístico de Pulgita y su muñeca de tamaño natural. No habrá isla tropical con secta que quiere reistaurara el reich, ni desierto con base secreta, ni ciudad con dirigentes corruptos y mutados, que no verá como estas dos hermosas espías inglesas lesbianas desbaratan sus planes y consiguen un mundo más justo y libre.

Pero el tiempo pasa y la guerra fría se acaba y matar nazis ya no es tan divertido y los comunistas dejan de ser una amenaza y Elly y Harriet se convierten en dinosauros de otra época. Deciden colgar la pistola, el bolígrafo metralleta, la pinza del pelo explosiva y las frases sarcásticas y mudarse a Els Hostalets de Pierola, un pueblo tranquilo que les gustó mucho cuando estuvieron allí luchando contra el hermano gemelo y más malvado de Henry que planeaba hacer construir en las montañas de Montserrat un teatro de ópera donde se programaría Wagner las veinticuatro horas del día. Allí se aficionaron a la cría de perros asesinos y a las matemáticas puras y siguieron viviendo un amor cada vez más reposado y tranquilo. Y cada navidad cogen el autobús que las lleva a Igualada y en una librería compran más matemáticas y tarjetas de navidad para felicitar a todos aquellos espías de los viejos tiempos que todavía viven.

¿Y a qué perro que visten así no se ve inundado de incontenibles ansias asesinas?

Y le expliqué mi teoría a mi compañera de trabajo. Y ella, después de fliparlo una vez más con la de mierda que tengo en la cabeza, me explicó la verdad. Que eran inglesas, que eran hermanas y coleccionaban perros. Y punto. Que todo lo demás eran imaginaciones mías. No pude evitar sentir un punto de tristeza. E hice lo único que un ser humano puede hacer en estas situaciones. Negar la realidad y refugiarse en la imaginación y en la leyenda.

Como los periodistas de la película de Ford, yo también prefiero la leyenda a la historia. Y cuanto más demencial sea la leyenda y más monstruos y espías y efectos especiales tenga, pues mejor.


Escena de aquellos dos clientes que durante una temporada se robaban las novelas negras que llegaban de novedad y de cómo lo solucionaron de forma civilizada y con tres explosiones.

2 comentarios:

{*Irene*} dijo...

Buen post, me ha gustado mucho la historia ficticia, aunque, cómo no, la realidad acaba por joderla XD

Jorge dijo...

Irene, a veces es falso decir que la realidad supera a la ficción.