domingo, 3 de julio de 2011

El caramelo de un niño

A todos aquellos que nunca creyeron que podía ser un villano.

El viernes me comporté como un cabroncete. Sí, yo. Un cabroncete. Y la víctima fue un engendro de dos años. Sí, un niño. Si es que no tengo sentimientos ni compasión ni entrañas ni nada. Y además era uno de esos niños rubios, de pelo rizado, mofletes abultados, sonrosado, de ojos azules, mirada inocente y andares patosos, pero muy graciosos y enternecedores. El niño era feliz, dichoso y se estaba desarrollando como persona, a parte de estar haciendo funcionar a pleno rendimiento otras funciones cognitivas. Era un niño sano. Pero yo, malo de los malos, destruí su espíritu con un simple gesto. Un movimiento flís flás de esos rápidos y ese niño adentró un paso en el tortuoso camino del desengaño vital.


Y explico. El viernes estaba yo así tan "feliz" en el almacén haciéndome unas novedades. Hacía un calor horrible de verano en sitio cerrado sin ventilación e iba a toda prisa porque tenía que entrar toda la novedad y toda la reposición porque esa misma noche empezaba un cambio informático que convertiría todo el programa de gestión de la librería en... otro programa de gestión diferente. Así que íbamos todos con nervios y los cuadernos de vacaciones y los libros de texto y... y... y...

Y entonces empieza a sonar una música. La reconozco al instante. Se trata del libro de Combel, Toca-toca con su siempre maldito botón pulsador con música irritante incorporada.


Para los afortunados que no sepan qué sonido hace este libro les propongo un ejercicio de imaginación: imaginad que la ingeniería genética ilegal que se practica en algunos laboratorios secretos de los que nadie tiene constancia (solo Daniel Estulín) crearan por medio de experimentos contranatura que desafían no solo a Dios, sino a Darwin, a Stephen Hawkins y a la madre de cada uno de ellos (y ya sabéis que a las madres no se les contesta) un hibrido que tuviera un aspecto atractivo, unas texturas atrayentes y una voz que fuera la mezcla perfecta entre Alvin y las Ardillas y Los Pitufos Makineros  en un día en el que un gato hidráulico les está estrujando los testículos a la vez que mal tatarean una canción de Shakira, el waka waka de los cojones, por ejemplo.

Pues esa melodiosa música que en nada envidia las virtudes de las misas de Schubert, los conciertos para violín de Vivaldi, las sinfonías de Beethoven o las óperas de Rossinni, estuvo sonando catorce veces seguidas. Catorce veces el niño rubio angelical que parecía un remake de Lolo García en Tobi (pesadilla de mi infancia) y catorce veces sonó la musiquita y catorce veces la oí yo desde el almacén anegado en sudor y libros que no se venderán. El compañero de trabajo entraba y se reía y la madra del susodicho niño solo le advertía de vez en cuando con un "vale" o un "para" desganado, sin ansias, con las fuerzas eliminadas antes de nacer, abortado antes de dar sentido a su función coercitiva. El niño seguía que seguía inocente, contento, alegre y confiado. Y, sobre todo, feliz.

Y la felicidad de un niño es lo más importante, ¿no?

No.

Así que armado con toda mi mala leche salí de almacén dispuesto a pegarle cuatro gritos al mocoso de las narices y hacerle tragar cultura en cartón con música pregrabada. Pensaba descargar en sus inocentes espaldas de dos años toda la frustración por una temporada de texto igual de aburrida y agobiante que las otras. Pero no lo hice. Mientras alzaba mi mano hacía su cogote pensé en algo mejor...

... el niño se dio la vuelta. En ese momento aproveché para coger el libro del sonido y ocultarlo en un pila. Volví al almacén con movimientos de ninja dejado. El niño se dio la vuelta para volver a escuchar aquella música y se encontró con... nada. El libro había desaparecido. El niño empezó a mirar a su alrededor, pero nada. No había nada. Y la carita se le entristeció y se sentó en el suelo tocándose los zapatos y balbuceando algo sobre el libro que no está, mama mama.

Y del interior del almacén surgieron unas escalofriantes risas... algo así como Ja ja ja ja ja ja ja ja, pero con sonido.

Sé que alguno opinará que es inmaduro y mezquino alegrarme y vanagloriarme de mi victoria sobre un niño de dos años. Y sí, es inmaduro y mezquino. Pero Dios me hizo así y si me hizo así es por algún motivo, ¿y quién soy yo para poner en duda su plan celestial?

- Pero si tú no crees en Dios.

Cierra tu puta boca.

3 comentarios:

CAPITÁN CHISTORRA dijo...

Si eres capaz de hacerle eso a un pobre niño que ni sabe limpiarse en culo sin dejar "frenazo" espalda parriba... es que eres más malo que pegarle a un padre!!
Pero juro, por mis calzones de color escarlata, que antes de que te des cuenta, estarás bajo el yugo de la ley imposibilitado para hacer tu maléfico plan de dominio del "mundontero".
Por cierto... ya tardas en eso de infectar todo "internés" de porno... esperando estoy...

Saludos y pajillas

Carlos Pérez Cruz dijo...

¡Eres mi héroe! Y el o los que inventaron todos los p**** cacharritos sonoros (empezando por la marcha atrás de camiones) deberían verse privados del porno por internet en venganza por semejante ofensa a la serenidad de los nervios.

Aterrador el retrato de esa madre derrotada de antemano... Ale, voy a ponerme a hacer hijos...

Jorge dijo...

Adelante, Chistorrilla, intenta detenerme... venga... aquí te espero con mi ejercito de ninjas buenorras muy ligeras de ropa que sienten debilidad por los muchachos en mayas... Soy malvado, pero que mucho...

Y, Carlos, gracias por tu apoyo. Es por personas como tú por lo que sé que mi lucha por un mundo mejor para unos, peor para mis enemigos tiene sentido. Los libros con sonidos es el invento de una menta malvado y retorcida hasta la náusea... y si además tienen la voz de Bob Esponja entonces... el horror... el horror...