lunes, 21 de septiembre de 2009

Sueltos y sin bozal

Basado en hechos reales
(léase con voz grave y profunda)

Cuando los ves por la calle son una pareja normal. Normal en el sentido más normal de la palabra. Ella es medio mona, agradable, de bonita voz y muy simpática. Pero con esa simpatía que oculta algo. Ya sabéis, esas personas siempre abiertas (no seáis mal pensados), siempre con la sonrisa, con la amabilidad, con la broma, con el "buenos días" y las "gracias" emergiendo de sus finos labios. Y tanta simpatía deja en el paladar un regusto a papel. Él es más serio. Mucho más serio. Nunca dice nada y deja que ella hable de todo. Podría ser atractivo con otro peinado, otra actitud y otro vestuario, pero no deja de tener sus fans. Suele dar la mano marcando siempre la distancia de quien manda en verdad. Es una pareja normal con sus dime y diretes y sus cosas. Como lo son todas las parejas, vamos. No practican canibalismo incestuoso, no asisten a misas negras en sótanos, no coleccionan figuras de Lladró. Normales.

Y adoran a los perros. Sobre todo a sus perros, claro. Tienen cinco o seis de tres razas diferentes. Ella suele llamarlos "mis niños" o "mis hijos". Él considera que son lo mejor que podía haberles pasado en su vida. Suelen juzgar a las personas por las fiestas que les hacen a sus perros o por la actitud que cogen éstos cuando ven a algún desconocido. Son el baremo de su vida social. Si a uno de sus perros no le cae bien una persona, dejan de tratar a esa persona. Da igual que sea amigo de hace años, familiar o repartidor de congelados. Los cuidan, los llevan de paseo en carrito de bebé si es necesario para que no se cansen, los disfrazan en carnaval, celebran su cumpleaños con una gran fiesta, miles de reportajes fotográficos en prados bañados por el sol otoñal. Cuando alguno de sus perros se pone triste por quien sabe que motivo, no importan las facturas del psicólogo canino. Nada es demasiado por rectificar ellos su comportamiento o por encontrar ese trauma que le sucedió cuando era un cachorro. Vamos, que adoran a sus perros.

Pero la naturaleza es cruel y ella un día siente la llamada. No es que quiera meterse a monja, sino que piensa que esta llegando el momento de ser madre. Lo comenta con él, pero recibe cierta hostilidad. Un hijo, ahora, cuando su vida es perfecta y armoniosa. ¿Y como lo recibirán los perros? Ella piensa y le da la razón. Quizá un embarazo sea demasiado traumático para sus nenes. Todo eso de las hormonas, los cambios físicos y de humor puede desestabilizar el delicado equilibro en el que viven los canidos. Hablan y hablan y sopesan y sopesan. Y al final, después de dar de comer a sus perros y suspirar mientras éstos se quedan dormidos, deciden que lo mejor es la adopción. Además, ahora se lleva mucho.

Y dicho y hecho. Adopción. Niña, claro. Chinita o negrita, que suelen ser las que más lo agradecen. Papeles, dinero, tiempo, viajes y conversaciones con sus perros para prepararlos para el cambio. Un nuevo ser vivirá con ellos y enseñan la fotografía de la niña elegida para que se acostumbren a su cara. Viajes, más papeles, más dinero, más palabras y al final la niña entra en casa.

¿La felicidad?

Bueno, la niña es mona. Es guapa y no tiene marcas. Pero... a ver, que es una niña normal. Divertida y simpática. No hace nada inquietante. No arranca las plumas a los pajaritos y luegos los corta con unas tijeras. No dice palabras sueces ni habla en arameo cuando se va a dormir. No se han encontrado con una niña de dieciocho años con deudas con la mafia rusa que les extirpa los órganos mientras duermen. Es una niña normal y corriente que ha encontrado un nuevo hogar, pero... pero... pero están pensando en devolverla. Sí. La paternidad no es lo que se habían imaginado. Y, además, sus perros no acaban de acostumbrarse a la intrusa. Y están sufriendo. Demasiada inestabilidad provocado por lloros. Y él y ella tienen que tomar una decisión.

Y en cuestiones del corazón, a veces hay prioridades.

5 comentarios:

Girl From Lebanon dijo...

Seguro que la niña también quiere devolver a esos padres...

Bss!!!

Gabi Martínez dijo...

Excelente y pintoresco relato. Uno nunca sabe hasta qué punto arman sus propias leyes las parejas, y pueden llegar a ser muy diferentes a como uno cree que es lo normal. Conocí a una pareja que vivía con 20 gatos y que encima, tenían los muebles llenos de fotos enmarcadas con algunos de ellos (¡es verdad!).

Por cierto, gracias por el comentario sobre Sudd, me ha animado mucho, siempre pensé que mi techo como escritor había llegado con Ático y que jamás podría superarlo.

Bellota dijo...

Pues vaya, que muy normales tampoco es que sean...

Cesc dijo...

En este mundo hay de todo... Ya se sabe, pero en fin esta es una buena manera de llamar la atención

Sebastián Leonangeli dijo...

Y es que también en este mundo, ¿quién quiere ser normal?
Cada loco con su tema, decía Serrat, no?