domingo, 12 de diciembre de 2010

Crónica de una obra XIX

Resumen de lo publicado:  El paleta, el yesero, el electricista, el mimo y Jordi son unos gilipollas desagradecidos que no se merecen aparecer en un resumen. Como mis descripciones son aburridas, mis resúmenes, supongo que también, ¿no? Pues a la mierda. No salen. El resumen será para mí solo. Aburrido... no pedí ser el héroe de mi propia historia y ojalá viniera un gilipollas y me reemplazara... nunca he pedido ser el protagonista de nada, y joder, cuando en el colegio se repartían los equipos siempre rezaba porque cogieran a la piedra antes que a mí... Pero alguien tenía que hacerlo y, otra vez, resulta que soy el elegido de los cojones ¡¡¡Iros a la mierda!!! Vamos, al resumen: pues nada que en mitad del pantano conocí a una chica muy maja que se llamaba Leola y que no era bruja ni nada, sino curandera y me invitó a tomar un café en un casa. Chistorra había dicho algo sobre Leola, pero nadie le escuchó.

- Hemos llegado - dijo Leola con esa voz suave y grave a cama desecha y pereza dominical (toma descripción, toma descripción y encima metafórica).
La casa de Leola era así como... a ver... sin ofender... pero era como... cuatro palos mal puestos y un trozo de rama que hacía de techo en medio del cagadero de un Neslo (que según el libro era una criatura que tenía cuatro anos aspersores en eterno movimiento y que fue el protagonista de una anécdota, quizá divertida, pero no agradable). Daba la impresión nada ilógica que la habían construido un albañil (porque el paleta es un gilipollas) devoto del culto al dios Rodonclel y que consideraba que toda línea recta era pecado y obscena y por esos sus feligreses debían ir siempre a su destino haciendo innecesarios rodeos. La distancia más pequeña entre el ser viviente y el infierno es una línea recta.
- Vaya... es muy... pintoresca - dije mientras intentaba no tocar nada.
- No te dejes llevar por las apariencias, Jorge - en su voz, mi nombre tenía el mismo color que un gargajo al atarceder  - ¿Quiéres pasar a mi humilde morada?
- Sí, claro.
- ¿Y tomarás ese café del que hemos hablado antes?
- Por supuesto.
- ¿Y si se hace de noche y tienes miedo de enfrentarte a los inenarrables peligros del pantano te quedarás a dormir?
- Claro.
- ¿Y si te digo que solo tengo una cam...?
- Que sí, que me quedo.
- ¿Y que yo duermo sin ropa?
- Que sí, concho, que sí, pero ¿podemos entrar ya? Es que una hormiga testicular empieza a subirme por la pernera del pantalón y ya sabes cómo acaban esas cosas...
- Con una inflamación, una colonia de hormigas en los pantalones y un juicio... Adelante, pues - dijo Leola apartando el perro muerto que servía de cortina - y deja un poco de la vida que traes conti...
- Que sí, que sí... a ver ese café.

El interior era como el exterior, pero en sucio. "Madre de dios", pensé, "menuda pocilga".
- Sé que estarás pensando que esto parece una pocilga...
"Opsi"
- Noooooo, no estaba pensando eso.
- ... pero ya te he dicho que las apariencias engañan.
Leola abrió una trampilla del suelo que yo hubiera dicho y redicho que era un cagadero. Unas escaleras de madera podrida descendían a lo oscuro. Leola movió la mano así como fiu, fiu, fiu y pam, una bola de luz le nació de los dedos.
"Joder".
- Sólo si te portas bien y me haces beber un par de copas. Acompáñame.
Y descendimos ambos por unas interminables escaleras. Algo de Leola me inquietaba, pero no estaba seguro de qué era... Que fuera tan amable, que estuviera tan bien vestida y sin una mancha de barro en un lugar como este pantano donde debía ser la primera industria, que tuviera un hogar tan lleno de porquería, que llevara por anillo una joya hecha con huesos humanos, que pareciera que me leyera el pensamiento...
- Tranquilo, no leo los pensamientos.
... pues entonces no sé que sería lo que me inquietaba de ella.

Continuamos el camino por un angosto (¡¡¡toma adjetivo!!!) pasillo. La única fuente de luz era la bola que Leola llevaba entre los dedos y que emitía una tonalidad entre parduzca y descolorida que provocaba que las esculturas que adornaban el corredor parecieran figuras agonizantes que sufrían los mayores y peores tormentos que una mente perversa y enferma podría crear.
- Y eso son.
- Ah, pues son interesantes. ¿Qué tecnica utilizas?
- Es un secreto. No te lo puedo decir.
- Vale, pues no me lo digas.
- Lo descubrirás muy pronto. Sentirás ese secreto en tus propias carnes.
. Ajá... ¿y la casita es tuya o pagas un alquiler?
Solo me respondió el silencio.

Al fin llegamos a una pequeña salita donde solo había una silla llena de correas, cintas, bridas y cadenas que podía ser de todo menos cómoda. Leola se acercó a la silla, la acarició amorosamente llevándose consigo catorce centímetros de polvo acumulado y un par de cucarachas bicéfalas y, sí, ligeramente palmípedas.
- Bienvenido a mi humilde hogar.
Jooooder...
- ¿Y a qué te dedicas, Leola?
- Estudio los misterios insondables de la carne vivientes y la sangre sufriente.
- Yo soy librero...
- ¿El qué?
- Librero.
- ¿Aguantas libros?
- No, vendo libros.
- ¿Por qué?
- Me gusta mi trabajo.
- ¿Y vendes libros?
- Sí.
- ¿Y te los lees todos?
- No, soy más de ficción. El ensayo me parece así en teoria interesante, pero en la practica... joder que rollo... bastante tengo con mis pajas mentales para ponerme con las de los demás... ¿y ese café?
- Sí, ahora vengo.
Y salió de la estancia no sin antes acercarse, acariciarme con una de sus largas y afiladas uñas la mejilla, cortarme, recoger la sangre con el dedo, bebérsela, aplastar una de las cucarachas y decirme que me pusiera cómodo.
- Sin azúcar, eh Leola.
Y me dejó solo.
Silencio. Bendito silencio. ¡Qué descanso no tener siempre metido en la cabeza la marisabidilla voz de Jordi con sus ya lo sabía, te lo dije, si es que sin mí y los silencios irritantes del mimo y los eruptos amarillos del paleta y los lloriqueos del electricista y los cabezazos del yesero contra cada árbol que se encontraba por el camino! ¡Por fin podía pensar con calma! Me paseé por la estancia. Todo era oscuro, sucio, dejado, decadente y con unas feas manos pintadas de rojo en las paredes. Me acerqué a la silla y apoyé las manos en el respaldo. Inmediatamente las cinchas y la cadenas se cerraron.
"Joder, la he roto".
Ya está. Me había cargado la silla. Ya imaginaba lo que Jordi diría, hala, la has roto si es que no puedes tocar nada ya lo decía yo si es que mira que eres gilipollas y manazas. Intenté desatar las cichas, pero estas se habían cerrado fuerte en torno al apoyabrazos.  "Andá, me llega a pillar y me deja el brazo bonito".
- Aquí tienes el café, Jorge.
- ¡Yo no he tocado nada!
- ¿Perdón?
- Nada, nada. Gracias.
Me pasó una taza llena de un líquido negro, espeso y burbujeante.
- ¿Le has puesto azúcar?
- No.
- ¿Tú no tomas?
- No. El café hace que tire pedos.
- Ah... pues vale. A tu salud.
Y me bebí el café de un trago. No está mal, pensé. Es fuerte y asqueroso y sabe a mierda, pero era mejor que el que me tomaba en la universidad.
- Pues no está mal el breba......................
Lo último que recuerdo antes de perder el sentido es que caía, Leola decía joder por fin se desmaya que estaba hartita de aguantar barriga y que mi ojo abierto se dirigía directamente a la única astilla de madera que había en la sala y que se alzaba poderosa entre la mugre del suelo. "Si es que tengo una suerte".

Cuando volvía a abrir los ojos me encontré atado al techo por los brazos. Me habían quitado la camiseta. Me habían dejado la astilla clavada en la pupila y estaba amordazado. De la habitación de al lado oí la voz de Leola y otras irritantemente conocidas.
- Jorge, sí, está en la habitación de al lado descansando.
- Pues mira qué bien que lo hemos encontrado... Y perdone por entrar así a lo bruto, pero es que hemos visto la puerta abierta y bueno...
- No pasa nada.
- Empezábamos a estar preocupados por él. Es cansino y quejoso y no se le pilla cariño, pero hemos venido todos juntos y nos iremos todos juntos.
- ...
- Si tienes más razón que un santo con razón, mimo de los cojones. ¿Podemos verlo?
- Ahora mismo. Por cierto me llamo Leola. ¿Queréis un café?
- Sí, claro. ¿No chicos? Todos queremos un café.
- Pues ahora vengo.
Qué maja, ¿no? Si es que habéis tenido una suerte de encontrarla. ¿Y no os suena de nada el nombre de Leola?.
- No.
Pues vale.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de Crónica de una obra que años después perpretaría un tipo que nadie recuerda porque se le exilió a otra dimensión.
Aquí una rubia que hace de Leola y un tipo que tuvo que machacarse en el gimnasio para acercarse mínimamente a mi escultural y envidiable físico de semidios griego heterosexual.
La película tiene el honor de ser una de las diez peores de la historia de la humanidad y la que ostenta el record de personas que se han sacado los ojos durante su visionado.

3 comentarios:

enrojecerse dijo...

Suerte que yo no me fío de la gente maja, pues.

Com va la llibreria Jordi? Segur que més feina que mai:)

Jorge dijo...

Ya, pero es que así a primera vista no tuvimos ninguna pista o señal para desconfiar. ¡Te llevas unas sorpresas en esta vida!

Més feina que mai? Si tinguessim feina... A última hora a còrrer tots, abans a anar molt, però que molt tranquil. I molt pitjor és Sant Jordi.

Mara Oliver dijo...

La anécdota del Neslo me intriga (es que mi humor de letrina lo gozaría sin duda) :)
y el diálogo de los pensamientos es GENIAL.
no te voy a decir naaa más, a ver si hay suerte y te inspiran las musas y les llevas a las amazonas follardas, esperaré pacientemente (afilando el hacha, ya sabes ;)