jueves, 2 de agosto de 2012

Ese miedo que solo produce la amabilidad

Ayer en la libreria pasé miedo. Mucho miedo. Miedito del bueno y por el que matarían algunos directores de cine y escritores de terror. De ese miedo que si dura un poco más mis calzoncillos hubieran adquirido una textura y consistencia nueva. Nada de vampiros, de entes transdimensionales o fantasmas atrapados en argumentos facilones. Fue ese miedo que solo provoca la realidad más cercana de quedarse encerrado en un ascensor con ese vecino que lleva puesto un polo con la bandera española bordada en el cuello.

Media mañana y me tocó atender a una mujer que venía a buscar los libros de texto que dejó encargados. Mediana edad, atractiva, pero con ese atractivo que da la misa diaria. Costaba poco imaginarla como jefa de zorras en el Salón Kitty o en cualquier otra película de nazi exploitation. Y era amable. Cada tres palabras soltaba un cariño, un cielo, un tesoro y un amor acompañando con caricias y toques cómplices. Y no tengo nada en contra de la amabilidad. Me gusta como a cualquier hijo de vecino un buenos días al entrar en una tienda. Pero la amabilidad... esa amabilidad con cursivas me inquieta mucho. Porque nadie sano puede ser tan amable. Porque solo podía pensar en que detrás de tanta sonrisa y tanto corazón, se escondía una máquina de matar que atisbe cuando un isbn de la lista que llevaba no coincidió por un número con el libro que había sobre el mostrador. Una de esas personas que cambia la sonrisa por el mordisco sin despeinarse y que sin pestañear echa a la criada que se ha quedado embarazada de su hijo adolescente y sin perder la compostura ni el peinado, envía en un cesto a su nieto ilegitimo al hospicio.


Y repito que la amabilidad me gusta, pero la amabilidad me da miedo. Ante ella solo cabía actuar de una manera. Como el superviviente que soy me trasmuté en el ejemplo de librero paciente perfecto y acepté cada uno de sus tesoros como puñaladas de advertencia ante un error con una sonrisa. Me interesa la supervivencia.

Tras media hora de atención exclusiva donde repasamos uno a uno veintiocho isbn, una larga lista de material escolar y discusión sobre si ese lápiz era HB o 2, salió por la puerta despidiéndose con una sonrisa y con mi nombre aprendido. Y sigo sintiendo miedo.

5 comentarios:

Mara Oliver dijo...

Jejeje, te libraste, seguro que esa noche cenó higado acompañado de habas y con un buen vino, gracias al maleducado de la ferretería, que en paz descanse.
besotes de otra psychomum! ;)

Alba Úriz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alba Úriz dijo...

Todavía no sabe dónde vives, tú tranquilo.

Carlos Pérez Cruz dijo...

No hay nada más peligroso que la buena gente. ¡Corre Jorge, corre!

Veritas dijo...

Salvando las distancias, de pronto me has recordado una de las películas que más me entretienen (vete tú a saber por qué...):Las mujeres Perfectas. Ahora tengo ganas de verla de nuevo jejejeje.

Lo bueno de este tipo de personas es que se las ve venir a leguas... Y se ve que tú, por si acaso, ya estás preparado.