domingo, 18 de enero de 2009

El peso de un domingo

Los domingos suelen pasar como un espíritu despistado que ha perdido su mechero.

Levantarse tarde, acabar una novela negra donde se descubre quién es el muerto, fumar un par de cigarrillos paseando por el parque y tomarse un café con leche en el bar de los domingos. Escuchar conversaciones ajenas por curiosidad y ganas de aprender algo. No hacer nada de provecho. Desear que este día pase rápido, pero que no llegue mañana.

Parece que los domingos están construidos para la melancolía. Para recordar lo que no se tiene o lo que ya está olvidado.

Y echar de menos.

Sunday, Edward Hooper

Las calles de La Habana.
Aurora y Laura.
La mujer que corría por una calle y solo me dejó el destello de su pelo.
El sol del verano.
Amigos que un día se reencuentran y se vuelven a perder.
Aquellas largas conversaciones llenas de proyectos que sabías que no se harían realidad.
Amores que murieron entre risas, y amores que no eran amores sino manos mal entendidas.
La primera lectura de La isla del tesoro.
La primera mirada cruzada con una muchacha antes de saber que es imposible.
El primer cigarrillo después de meses sin fumar.
Añorar los desiertos de Finlandia aunque allí no hay desiertos y no se ha estado en Finlandia.
Una cerveza en Madrid.
Un cuento escrito con prisa en Girona que se perdió en el viaje de vuelta.
Algo que no llegó a nacer en la noche de Igualada.
Una desconocida en París que te sonríe en el metro y se baja en la siguiente parada.

Fotografía de Jose Luis Guerín
De la exposición, Las mujeres que no conocemos


Música sencilla, irónica y triste para un domingo.


Tú Garfunkel, The New Raemon
De lo mejor del 2008

4 comentarios:

Girl From Lebanon dijo...

Tu también escuchas conversaciones ajenas? :D...yo paseo por la calle, escucho solo dos frases de una conversación y ya me estoy imaginando el resto de la película...a veces escuchas cosas que querrías no haber escuchado...

A este grupo también lo he descubierto este año...me encantan...

Bss!!

Annabel M. Z. dijo...

Los domingos desde que tengo hija son días estupendos. Los hijos (si exceptuamos el período de depresión postparto) son un buen antídoto para la melancolía.

Jorge dijo...

Lebanon: no puedo evitarlo. Para alguien que presume de querer escribir un día una novela es un ejercicio imprescindible. Y porque soy bastante cotilla, lo reconozco.

Annabel: Hijos para combatir la melancolía de los domingos... es una buena idea... solo me falta encontrar una muchacha, mantener un noviazgo, entendernos, irnos a vivir juntos y tener hijos... si hay alguna candidata, me gustaría conocerla. Por cierto, tu niña es muy bella.

Amanda dijo...

has dado en el clavo en tantas cosas de los domingos... La pintura tiene los colores exactos de cómo me siento los domingos... ¿será qeu estamos condenados a sentir que es domingo para siempre?

Te dejo un regalo.

Domingos

No hay forma de evitar que llegue el domingo. Las nubes se acercan y cubren tu parte de cielo, mientras el teléfono palpita como un pecho abierto. Las luces se desangran desesperadas por que sea lunes por la mañana.
El portal se hace más grande, se abre más fácilmente para que te lleve el diablo, para caigas al abismo, para que te trague la tristeza.
Los domingos sólo hay por la tele las películas del canal cinco que te recuerdan la infancia, y de nuevo te traga la tristeza. Te paralizan, te tumban en el sillón con el estómago revuelto, de nada sirven las aspirinas, el chocolate caliente, las tazas de té o las canciones favoritas. Estamos condenados a sobrellevar lenta, y tristemente los domingos.