miércoles, 20 de octubre de 2010

Otra primera vez

Existen pocas certezas en la vida de las personas: que al final uno se acabará muriendo es una, que los platos parecen más apetecibles cuando los hace Arguiñano que cuando los hace uno mismo y que siempre ilusiona y emociona encontrarse con otra primera vez. Me explico. La vida del ser humano y de los franceses se articula desde el mismo nacimiento (o desde la misma mitosis en el caso del pueblo galo) en primeras veces. La primera vez que sales de la vagina de una mujer, la primera vez que abres los ojos, la primera vez que respiras, los primeros pasos, la primera vez que una bronca se la lleva tu hermano pequeño por algo que has hecho tú, la primera vez que arrancas las alas a una mosca y te tumbas en una bañera llena de agua caliente desnudo y tienes una erección y pones la mosca en la punta del gl...,

- Nos hacemos una idea, gracias.

La primera vez que una chica se rie de ti, la primera vez que una chica se rie de ti delante de sus amigas, la primera vez que una chica se rie de ti delante de un audiotorio repleto por la segunda convención de matones de instituto, la primera vez que entras en una discoteca siendo menor de edad, la primera vez que tus padre te encuentran borracho y desnudo en su cama con dos putas y una cabra menor de edad, la primera vez que comes carne humana, la primera vez que te enamoras, la primera vez que se enamoran de ti, la primera vez que ves un amanecer y piensas que no era para tanto, la primera vez que ves una película de John Ford, la primera vez que alguien cercano a ti muere, la primera vez que robas una chuche en una tienda, la primera vez que una chica te dice que no pasa nada que es normal y tú le dice que ya lo sabes que no estás preocupado y que no hemos acabado, la primera vez que abres la nevera y no hay nada que comer, la primera vez que te cuelas en el cine, la primera vez que dices que de este año no pasa y me voy a apuntar a un gimnasio y un montón más de primeras veces.

La primera vez que viajas en el tiempo y sin querer cambias el pasado.
En la foto, Jordi y yo disfrazados. Estaba informando a Jordi de la desaparición en nuestro presente de los florecientes países de Prusia y Siam (meca del cine y meca de la tecnología nanobacteriana respectivamente) a lo que él me respondió no haber pedido una segunda copa. Cualquier detalle, por mínimo que sea, lo cambia todo. Eso sí, te hechas unas risas cojonudas.

E ilusiona cuando uno se encuentra ante una primera vez. E ilusiona y aterroriza cuando esa primera vez uno mismo se la ha buscado y es por algo que no está seguro de querer hacer. ¿Y a qué viene todo esto? A que hace unos días hice mi primera tortilla de patatas.


Lo sé, lo sé, tanta mierda y tanta chorrada para esto. Sí. Pero la chorrada no acaba aquí, porque ahora pienso explicar por qué y cómo hice mi primera tortilla de patatas.

Hace unos días mientras comíamos A. y yo nos enzarzamos en una cruenta, pero civilizada discusión. Yo sostenía que existe una tortilla de patatas perfecta que gusta a todo el mundo, una idea de la tortilla donde la patata es perfecta, el aceite es perfecto, los huevos son perfectos, la cebolla es perfecta, etc. Una tortilla de patatas que sea origen y resumen de todas las tortillas de patatas de la historia tanto presente como futura como intedimensional y que gustaría a todos sin distinción de razas, colores, credos, creencias, preferencias sexuales, nivel económicos, gusto, extremidades, idiomas, procedencia, dvd zona 1 o zona 2, idiomas o gestació. Una tortilla que aboliera de forma drástica del idioma las expresiones "la de mi madre está mejor, esta está como apelmazada", "yo le hecho un poco de leche", "la cebolla está demasiado hecha", "¿no le has puesto cebolla?", etc.

A. decía que eso no podía ser. Que la realidad impedía que hubiera una tortilla que aglutinara todos los gustos y preferencias. Que todo dependía del gusto y las costumbres de cada uno, de la herencia tortillera (entiéndase en el sentido correcto, no en el más divertido) y genética que todo degustador: si el aceite es de oliva o de girasol, si las patatas se cortan a cuadraditos o a láminas o se aplastan, de si es más cruda o no, de si se pone cebolla, si la cebolla se pone directamente así en crudo con la patata y el huevo o se pasa un poco por la sarten para que agarre color, pero sin hacerse del  todo, con más sal o menos, etc.

No nos poníamos de acuerdo y me di cuenta de que la raíz de nuestro diferente punto de vista parte de muy antiguo. es sencillamente que mientras que A. tiene un punto de vista aristotélico de la tortilla (y, por ende, de la vida), el mío es platónico. Una vez más enzarzados en la eterna discusión.



Discutimos durante un rato en tono amigable, pero firme hasta que A. fue consciente de lo que estábamos discutiendo y de mi sonrisa que quería decir algo así como, bienvenida a mi mundo (o absurdo paradigma mental). Llegados a este punto me dijo, pues hoy vas a hacer una tortilla de patatas tú.
- Pero si no he hecho nunca ninguna.
- Me da igual. Es muy sencillo. Patatas, huevo y si quieres cebolla.
- Pero hay que darle la vuelta con un plato y tengo unas muñecas tan débiles... por eso no puedo ser boxeador ni geisha.
- Ya te ayudaré en eso si me necesitas. Pero esta noche haces tú una tortilla. Avisaré a Jordi.
- Oh, ése... ¿seguro que tiene que venir a cenar?
- Es tu amigo.
- Eso no tiene nada que ver, ¿tiene que venir?
- Sí.

Y así fue. Vencí mis pudores y mis miedos hacia la tortilla de patatas. Mi profundo respeto a la que considero una de los mayores hallazgos en la historia de la cocina, un ejemplo perfecto de genio humano, una profunda muestra de cocina fusión, de imaginación y alta cocina popular. ¿Estaría al nivel? ¿Era digno de intentarlo? Tenía que enfrentarme a la hidra de seis huevos y vencerla.

A la noche me coloqué yo solo ante las patatas, los huevos, la sarten, el pelador y un tenedor. A. no estaba en casa porque se había ido con unas amigas a tomar una cerveza y Jordi no había llegado todavía porque estaría... no sé... intentando atarse los zapatos o algo así.
Gilipollas.
- A la mierda, tú no hablas en esta entrada.
Como no escribes la Crónica porque eres un vago de mierda pues me aburro y cuando me aburro boicoteo las otras entradas. Ja ja ja ja.
- Y pensar que A. cree que si tuvieras poderes los utilizarías para el bien.
Y los utilizaría para el bien. Para el mío propio.

Como siempre me pasa antes de ponerme a cocinar me embarga una profunda sensación de inseguridad, así que me lancé sobre el ordenador, quité el vídeo ese de señoritas desnudas esfoliándose y busqué una receta de tortilla de patas. Vale. Tenía los ingredientes, tenía los utensilios. Me encomendé a Mónica y empecé a cocinar. Y tras seis huevos muertos, patatas huerfanas, un incendio que pude controlar, una fisión del núcleo, tres aberraciones contranatura a los que sacrifiqué mientras me pregutaban por qué padre, el resultado.


Mi primera tortilla de patatas. Y si uno se fija bien puede ver la cara de Humphrey Bogart.

Y sí, tenéis razón y podéis empezar a tener miedo. Si he montado todo esto por una tortilla de patatas, imaginad qué pasara cuando me decida a hacer mi primera paella.

***
- La verdad es que no sé como lo aguanta A.
- Vete a saber. A lo mejor callado es majo.
- O debe recibir alguna subvención o algo así.
Ninguna, te lo digo yo.
- ¿Entonces? ¿Por qué?

2 comentarios:

Starlet dijo...

uyyyyyyyyyyyy tortilla de patatas, me encantaaaaaaaaaaaa! cuando lo hacen en casa no como otra cosa....jajaja como siempre me parto con tus entradas jajajaja...y A wapa coraje con el chico que es un encanto....los quiero...

Carlos Pérez Cruz dijo...

Bueno, buenooooo... no está mal. ¿Un poco tocho las patatas?

Por cierto, me parece que no es Bogart el careto que se vé. ¿No sería que te acercaste demasiado para ver cómo te había quedado?

PD: Lo de la mosca... en fin... tú mismo con lo que te pones en el pr...... Eso sí, cómo molan las erecciones al baño maría.