jueves, 8 de septiembre de 2011

Día de mierda


Ayer sucedió algo en la librería que vino a empañar la cotidianidad de una jornada libresca en plena campaña de texto. Los libreros nos dedicábamos a nuestras tareas de siempre; cargar lotes de libros arriba y abajo, entrar las cajas que van llegando, abrirlas e inundarnos de cuadernillos que se resbalan, libros de historia del arte hechos de acero y tres librillos de lengua catalana de primero de primaria de Vicens Vives (editorial que se ha convierto de mier..., quiero decir, de gloria con una de las campañas de texto más caóticas y con mayores retrasos de la historia del texto. Felicidades a los responsables, encima de cagarla echar las culpas a los otros). Discutir con los clientes sobre por qué pierden la paga y señal, decirles que no, que no hay tal libro y que para el lunes no estará, calcular cuánto forro se necesita para seis libros, echar cuentas, exclamarse por los precios, aguantar discursos contra el gobierno que no vienen a cuento, exigencias de descuentos, etc.

Lo de todos los años, vamos.

Pues en esas estábamos que de repente empieza a olerse un tufo fuerte y acre que se va deslizando entre los libros de Paulo Coelho. Los libreros emergen de detrás del mostrador o del almacén, abren sus fosas nasales y aspiran. ¿Serán las dos espías lesbianas que han vuelto? ¿O la mujer que huele a muerte que se acerca aderezada de meados de gato? ¿Una fosa séptica desaparecida? ¿Una convención de coleccionistas de pañales usados de hijos de famosos? Tras unos momentos de degustar en la nariz los apestosos efluvios desconocidos, uno de los libreros declara con voz calma y dicción perfecta:

- Aquí huele a mierda.

Efectivamente. A mierda.


Porque resulta que justo en la entrada de la librería lo que en un primer momento parecía un perro descargó una cantidad de mierda que podría servir de abono en algún campo de remolacha soviético. El dueño del perro no recoge la plasta de su animal de compañía y prosigue su camino con tranquilidad. Los despistados transeúntes pisan la inmensa mierda canina y esparcen la secreción marronosa en un radio de tres metros al intentar limpiar las suelas fregándolas contra la acera (esto los que llevaban zapatos, si paso alguien con sandalias todo es más desagradable). Otros transeúntes pisan los dejado por los primeros, y como un alud marrón y cálido, la mierda se esparce por esta acera igualadina y consigue la magia de que en las próximas navidades será en esta ciudad donde caiga el gordo de la lotería de navidad.

Algunos de estos transeúntes eran también futuros compradores de libros de texto y entraron en la librería. Y mientras los padres se exclamaban de los precios de los libros y de la mierda de la puerta, sus hijos correteaban ávidos de novedades hacia la sección infantil esparciendo el rastro fecal por toda la tienda (a excepción de la sección de poesía y teatro que allí nunca hay nadie, nadie se acerca y es el lugar perfecto para esconder un alijo de cocaína o un cadáver. Ningún testigo, ninguna posibilidad de que alguien lo encuentre).

Total, el olor a mierda inundó la librería. Y si ya es duro una jornada laboral librera con el texto, los gritos, las peticiones, los discursos sobre divorcios y separaciones violenta orígenes de la imposibilidad de dejar una paga y señal, los nervios, las prisas, las cajas, los cambios que se agotan, los bordes y los más bordes, pues ayer fuer todo eso, más la banda olfativa mierdosa flotando en el aire.

Y la culpa del perro y del dueño del perro, claro. Sin embargo, tampoco se les debe achacar toda la culpa porque en ningún momento contactamos con un testigo de la deposición canina. En un momento no hay mierda y al siguiente sí. Nadie vio al perro de cuclillas en el suelo, aparentando los dientes, crispando las patas, dilatando el trasero y dejando que su masa fecal adornara las calles de nuestra ciudad. Nadie, repito. Pero todo el mundo se lleno la boca acusando a un canido desconocido. ¿Y la presunción de inocencia? ¿Y eso tan cacareado y que tango a costado conseguir de que todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario? Porque el tamaño de la mierda y los rastros que los diferentes pisotones fueron dejando difícilmente cabían dentro del intestino de un perro. Por lo menos de un perro normal... ¿Quién nos puede negar que no se trate de una mutación canina? ¿Un perro de combate veterano de cruentas guerras chechenas alimentado con anabolizantes para caballo y yogures caducados? ¿O incluso si fue un perro¿ ¿Y una vaca fugada? ¿Un todo indultado? ¿O incluso un ser humano con un mal apretón? Y todos sabemos lo malos que son los apretones a destiempo... cuando uno no se lo espera porque tiene el ritmo de ir al lavabo a unas horas precisas (tras el segundo sorbo de café, a las doce del mediodía, justo cinco minutos antes de salir de casa, cuando empieza una película española en la tele...) y de repente algo sale mal y las tripas empiezan a rugir y o lo haces o te lo haces. ¿Quién no se ha visto atrapado en un atasco con una necesidad imperiosa de sacar las posaderas por la ventanilla o vacíar el contenido de la fiambrera con la consabida ensalada de pasta y volverla a llenar con algo más consistente... o líquido, según el estado del estómago? ¿Por qué un perro y no cualquier otra cosa? Además, el tamaño del detrito era alarmante y excedía cualquier previsión... ¿cómo iba a caber eso en una bolsita? Se necesitaba un saco y una pala. ¿Quién no ha sido cobarde ante situaciones que nos excedían? ¿Quién ante una avalancha de abuelas con carantoñas y quejas de anda que no me vienes a ver nunca no ha tenido la tentación de salir huyendo? Una debilidad humana... solo eso... ¿O quién no nos dice que es simplemente una caca venida del espacio exterior o del interior o del futuro con aviesas intenciones de estudiarnos y conquistarnos? Porque todo el mundo vio la caca, pero nadie vio la cagada. Ahora no está, ahora está. Como mínimo es inquietante y da que pensar.


Y todo acabó cuando uno de los libreros se armó con una fregona vieja y un cubo lleno de agua con lejía y así fregaba así así, así fregaba así así, así fregaba que yo lo vi, dejó como una patena la acera, la tienda y el ambiente. Y todo el mundo volvió a sus quehaceres. Unos a atender a clientes, otros a reponer los libros vendidos y yo a abrir una caja de novedades. Espero que esa mierda no sea una metáfora de las novedades que me esperan, pensé.

Lo era.

2 comentarios:

carina dijo...

Quina entrada més bona! Vols més merda? Passa i mira els llibres de Digital Text, aquests que us fan la competència als llibreters convencionals -ho he escrit o ho he pensat?-. La del gos serà pura anècdota. Que no et passi res, en aquests dies de bojos

Jorge dijo...

Carina, gràcies. ¿Digital text? No gràcies. I jo que pensava que la implantació del text digital ens treuria de sobre la merda del text i uns altres ho passarien malament i nosaltres a vendre llibres... i no... refotut país.