viernes, 15 de mayo de 2009

Crónica de una obra X

Resumen de lo publicado: Hostias, hostias, hostias. Y una pelirroja aparece y me dice que la acompañe a la cocina. ¿Qué hacer? ¿Minotauros cabreados o pelirroja atractiva? Y tú te lo preguntas... Por favor, que tontico que eres.

Me quedé contemplando el hermoso rostro de la desconocida mientras oía los cada vez más furiosos bufidos de los minotauros.
- Vale - dije. - Salgamos por la cocina.
Con un elegante salto se encaramó a la barra, bajo al suelo dando una voltereta en el aire y salió por una pequeña puerta que había entre dos enormes barribles de cerveza enanil. Yo intenté hacer lo mismo, pero no contaba con la dificultad que conlleva intentar levantar mi peso. Tras un par de intentos infructuosos de alzarme apoyando las manos en la barra y encaramar una de las piernas, opté por salir corriendo y entrar por el estrecho espacio que daba paso a las camareras. Uno de los minotauros embistió contra mí. Agarré lo primero que pillé y se lo lancé. Era el corcho de una botella de vino. No le hizo mucho daño, pero tuve la suerte de metérselo por la nariz. Entré la cocina.

Un intenso y profundo olor a carne en descomposición entró directamente en mi cerebro poniendo mi estómago en danza. Sentía unas incontrolables ganas de rujar.
Odio esa palabra... ¡¡¡LA ODIO!!!
La cocina era un ridículo habitáculo oscuro y sin ventilación cuya única luz era el fuego de la lumbre que calentaba un espeso estofado de patatas repleto de filamentos carnosos, bulbos verdes y vómito de gato. Un enorme cocinero peludo, grasiento y lleno de granos supurantes que condimentaban la sopa con breves estadillos blancos, repartía sus estupos sanguinolientos entre las hogazas de pan donde pude ver que una perra acababa de tener cachorros y en esos momentos se comía la placenta.
- La pelirroja ha salido por ahí - dijo señalando con una uña negra una portezula.
- Gracias.
Joder qué peste, macho... Es como si siete adolescentes adictos al deporte decidierán compartir la misma habitación.
El cocinero escupió a mis pies y pude contemplar como a su gargajo le salía cabeza y seis patas e iniciaba una huida hacia la puerta que sólo detuvo el inmenso pie del cocinero.
- ¡Maldito efisema! Te mataré yo antes...
Un breve estadillo de luz inundó la cocina. Los minotauros estaban entrando.

Salí al patio... bueno, era más bien un corral de cerdos con unos...
Treinta cerdos.
Sí, treinta cerdos.
Y lleno de mierda que está por todas partes. Joder... y qué olor.
- Ya has aparecido.
La voz dura y fría de la pelirroja hizo que intentará mantener un mínimo de dignidad ante la avalancha de repugnantes olores que me subían por la nariz, de forma lenta y sutil, en oleadas...
Como cuando te tiras un pedo en la cama y levantas la sábana para ver como huele, ¿no?

...

Perdona, sigue.
- Sí, estoy aquí. ¿Quién eres?
- No hay tiempo para presentaciones, confía en mí. Soy una amiga. ¿Sabes utilizar una de éstas?
Me lanzó una espada. Veamos... soy genéticamente incapaz de coger algo al vuelo. Imposible. Ni mecheros, ni llaves, ni pelotitas ni nada. Y menos una espada con una hoja de un palmo y el tamaño de mi brazo. Rocé la empuñadura con los dedos, pero no la así bien y cayo entre los cerdos y la mierda de éstos. Cuatro minotauros entraron con violencia en el corral. Pero no por su pie, sino que cayeron al suelo partiéndose cuernos y dientes. Triunfal, el paleta los contemplaba.
- Niñatos... A ver si aprendéis a pelear como hombres - y se lanzó contra ellos.
El resto de los minotauros aparecieron en la puerta. Llevaban con ellos al resto del equipo y los lanzaron a mis pies. El yesero tuvo la mala suerte de que su cabeza se quedara incrustada entre las nalgas de un enorme cerdo macho en celo. El electricista se levantó con cierta dignidad y empezó a llorar. El mimo resbalaba en el barro por culpa de sus zapatos de tacón. El paleta, después de dejar inconscientes a sus cuatro minotauros, se reunió con nosotros.
- ¿De dónde has sacado la espada?
El mimo empezó a hichar los carrillos y a aletear los brazos mientras entrechocaba las rodillas.
- ¿Qué haces?
Señaló al paleta.
- Ah, la espada... me la dio ella...
Pero la pelirroja ya no estaba.
- ¿No la habrás robado?
- Que no, joder, que me la dio una guerrera pelirroja.
- Sí, hombre... a ti una pelirroja te da una espada.
- ¡Es verdad! ¿A qué sí Jordi? ¡Y tú deja de llorar, joder! - le grité al electricista.
¿Qué? Sí... apunta... un batido de leche merengada, un café solo, dos donuts normales, una goffre de nata con caramelo, una crepe de mermelada de melocotón, dos trozos de tarta de manzana, un agua natural y una bolsa de patatas campesinas.
- ¡Jordi!
Joder, estoy pidiendo el desayuno que no he comido nada desde que salí de casa... ¿Qué querías?
- La pelirroja.
Ni idea. ¿Qué pelirroja?
- La que estaba conmigo.
¿Tú con una pelirroja? ¡Venga ya!
- En serio...
Unos carraspeos interrumpieron la discusión.
- Señoritas - dijo el minotauro jefe -. Que tenemos que matarlas. Si pueden dejar de discutir.
El yesero desatascó la cabeza de las nalgas de cerdo.
- ¿Estamos todos? - preguntó el yesero -. Pues a repartir estopa que tengo unas ganas.
Y sonrió ofreciendo al mundo sus dientes astillados.
Y nos pusimos en formación ante los minotauros. En un extremo el electricista sonándose los mocos con las mangas de la camiseta, seguido del paleta subiéndose los pantalones. En el centro yo intentando sostener una pesada y muy afilada espada, la nariz rota, escupiendo sangre y con ganas de ir al lavabo. A mi lado el yesero con la cabeza babeando los restos del cerdo y diciendo que él se había críado en la calle y era de colegio público, dando pequeños saltitos que figuraban que eran patadas mortales de kárate kimura. Y a su lado el mimo ofrecía una flor imaginaria a los minotauros.

- ¿Preparados para morir? - pregunto uno de los minotauros mientras crujía los nudillos.
- ¿Quién?
- Vosotros.
- ¿Qué vosotros? Yo veo muchos vosotros por aquí.
Y un bocadillo de fuet, y uno de tortilla con queso, y tres donuts más, y una copa de helado de seis bolas y si me puedes hacer otro batido...
- ¿Qué?
- ¿Qué tú?
- ¡Basta! Preparaos para morir.
- ¿Quién?
- Vosotros, joder.
- ¿Por qué?
- Porque sí.
- ¿Seguro?
- ¿El qué?
- No sé, tú lo decías.
- ¿Pero el qué?
- No lo sé.
- ¡Morid!
Y embistieron contra nosotros. Aplastando cuantos cerdos fuera necesario.
Nosotros hicimos lo que cualquiera, aguantar las lagrimas y cerrar los puños. Yo empuñé la espada. Los minutauros salvaron en dos largas zancadas la distancia que nos separaba. Sentíamos en la cara la baba y su hambre de carne humana.
Y un cochinillo y un trozo de esa tarta de chocolate... sí de esa... un poco más... un poco más... un poco más...
El hedor de la muerte. Mis últimos instantes vivos. Con el rabillo del ojo vi a la pelirroja montada en un precioso caballo negro. Me guiñó un ojo y sus labios formaron las palabras "Nos veremos".
Entonces una poderosa voz retumbó en la piara, inmovilizó a los cerdos y detuvo el mundo.
- ¡No os dije que no entraráis en la posada!
Era Ciocco.
Nos iba a caer una buena.

No, digamos que no era éste el aspecto que ofrecíamos.

4 comentarios:

Leola dijo...

¿Rujar? Por mis pagos no se usa ese término. Pero no te preocupes por describirla que ya me hago una idea.
Siempre me resultan cortas tus crónicas, jo, ¿se te puede sobornar de alguna manera para que la próxima venga pronto?
Eres bueno, chico, eres muy bueno.

Un besico.

Jorge dijo...

Leola: Rujar... bueno, sí, creo que has adivinado su sentido. ¿El soborno? Bueno, haz tu propuesta...

P.S. Me encanta la película donde sale esa frase...

Capitán Chistorra dijo...

La hemos cagao, neng!

Ahora viene Ciocco y destroza la fiesta! Con lo bien que nos lo hubieramos pasado viendo higadillos, muelas voladoras, ojos saltones, bilis babeante, intestinos al aire y muchas cosas mas!
Jodo con este aguafiestas!

Saludos

Mara Oliver dijo...

joder con el paleta, jajaja, me sulivellan los diálogos rápidos, by the way ¿rujar? no lo había oído en mi vida, pero a mí sí me gusta, por lo menos cómo suena :D