sábado, 13 de septiembre de 2008

Crónica de una obra

Durante los últimos meses hemos estado de obras en la librería. Supongo que ya lo sabéis porque en alguna entrada he hecho alguna referencia a la presencia de albañiles y paletas (que es lo mismo, pero muy diferente), electricistas y diferentes forma de polvo, algunas desconocidas para mí, que han ido pupulando por allá. El punto álgido de las obras llegó en pleno mes de agosto cuando cerramos la tienda por unas semanas para desmontar estanterías, poner baldosas nuevas en el suelo (en idioma paletiense catalanis rachola) y acabar de una vez por todas con la instalación eléctica (que se ha hecho nueva de arriba a abajo). Lo que no he hecho en estos meses es entrar en detalles. Y lo que ahora me propongo es iniciar una serie de cróncias que se iran desarrollando en las próximas semanas donde haré un relato concreto y veraz de lo que sucedió cuando estuvimos encerrados una semana en la tienda por obras y de las cosas maravillosas que allí vi.

DIA UNO

La culpa de todo lo que sucedió la tuvo una mosca. Nunca llegaremos a entender como pudo una mosca en pleno verano colarse en la tienda y posarse justo en aquella baldosa. Hablando entre los supervivientes hemos llegado a la conclusión de que quizá todo formaba parte de un plan, que lo que ocurrió tenía que pasar.

Según aprendí esos días, cuando se ponen baldosas nuevas en un suelo no se pueden pisar por lo menos en veinticuatros horas bajo riesgo de que acaezcan grandes desgracias. Alrededor de un fuego, los paletas me explicaron increíbles relatos de infortunados a los que se les ocurrió transgredir unas de las normas sagradas de las obras. No pisar bajo ningún concepto las baldosas recién puestas. Como hijo de la ilustración que soy no podía dejar de arquear una ceja ante esa superstición. Por favor, pensaba, éste es el siglo del acelerador de partículas, Futurama y Feist cantando en Barrio Sesamo, no podemos dejarnos llevar por viejos cuentos de paletas. ¡Qué ingenuo que era! En unos pocos minutos iba a descubrir que en el mundo hay más cosas de las que podemos llegar a entender.

Y en cierta manera, soy el responsable de todo lo que sucedió después. Yo vi a la mosca entrar en la tienda. Vi su vuelo errático y curioso, como planeaba por los escombros, por los restos de reses muertas y vi como traspasaba la frontera de la botella de agua (esa era la marca que separaba lo que se podía pisar de lo que no se podía pisar). Y no hice nada. Iba cargado con unos libros de cocina y aunque vi perfectamente como la mosca iniciaba el vuelo de aproximación hacia la baldosa, en ningún momento tiré los libros al suelo y salté para impedir que se posara. Sencillamente esbocé una sonrisa y deseé, sí, deseé que tomará suelo para demostrar a aquellos paletas que todas sus creencias no eran más que cuentos de albañiles. La mosca posó grácil sus patas en la baldosa. Y empezó todo.

El suelo se hundió a sus patas.

Por unos breves instantes la tienda se convirtió en una nube de polvo que llenó gargantas y ojos. Se oyó un estruendo y algo parecido a la risa del diablo emergió del suelo. Cuando el polvo se posó entre los libros y a nuestros pies, la mosca había desaparecido. Donde antes estaba orgullosa sobre la baldosa se abría un agujero, una fosa negra que parecía no tener fondo.

Uno de los obreros se asomó al agujero.

- ¡Hay una puerta! Al fondo hay una puerta.

Nos reunimos al calor de una botella de Vega Sicilia para discutir qué hacer. Habíamos descubierto por accidente un túnel en el subsuelo igualadino. ¿Teníamos que avisar a las autoridades? Esto se desestimó al primer momento. ¿Qué hacer? Podríamos estar ante un descubrimiento arqueológico de primera magnitud. Quizá unos túneles de la guerra civil, un vestigio romano o pruebas de la existencia de la civilización hibórea. Después de mucho discutir se decidió que un grupo de nosotros iniciase una exploración preliminar para determinar el alcance del descubrimiento.

El grupo estaba formado por cinco personas. Un albañil, un electricista, un yesero, un mimo que pasaba por allí y yo, en representación del gremio de libreros. Armados sólo con un par de linternas descendimos al recién descubierto túnel.

Y empezó la mayor aventura de mi vida; una aventura que me permitió conocer el terror, la abominación, el honor, el significado de la palabra sacrificio, el amor verdadero y que me ha transformado en otro, en un hombre diferente que sigue soltero y sin compromiso, con trabajo estable, de buena conversación y aspecto agradable.

Imagen de las obras en la librería en su punto álgido

CONTINUARÁ...

4 comentarios:

La Sra. Dalloway dijo...

Espero impaciente la continuación de esta veraz crónica (en la que espero que el mimo muera). Ay, insensatos, ¡¿a quién se le ocurre violar la ley universal de no pisar las racholas recién puestas...?!

Jordi Vivancos dijo...

¡Es cierto, es cierto! Yo estaba ahí cuando sucedió. Por casualidades de la vida, yo pasaba por la calle Sant Josep (donde se encuentra la librería) canturreando alegremente con mi voz armoniosa y aterciopelada de tenor dramático justo en el momento que el suelo se vino abajo y una nube de polvo cubrió toda la calle (¿no hubo una deflagración, Jorge? Me parece recordar una deflagración). Puesto que tengo la colección completa de "Los jóvenes castores" (aunque no he leído ninguno de los libros, pero sí he observado con suma atención las ilustraciones) pensé que podía ser de utilidad, y me adentré en la tienda raudo y valeroso a ofrecer mi ayuda. Tras comprobar que nadie había sufrido daño alguno a excepción de la mosca, y después del minuto de silencio en señal de duelo por su fallecimiento, pude presenciar la reunión del Consejo Supremo que resolvió qué hacer con el túnel. En un principio yo tenía que engrosar el grupo expedicionario, pero resultó que el mimo había leído un par de volúmenes de "Los jóvenes castores" y se estimó que podía ser de mayor utilidad que yo, de modo que permanecí en la superficie por si podía ser de utilidad más adelante.

Jorge dijo...

Apreciada Sra. Dalloway, las peticiones al blog de Cooper. Esta relato veraz de lo acontencido en la librería no permite garantizar que el mimo muera. Deme tiempo y verá cómo ocurrió todo... a lo mejor el mimo jugaba un papel fundamental en toda esta historia...

Y querido Jordi, espero que no te molestaras por no podernos acompañar en nuestro viaje subterráneo. Sé que sus ironías son muy incisivas, pero en este caso no nos habrían servido de mucho. Sabes que cumpliste con tu papel y que fuiste decisivo... Por favor, no expliques nada de lo que viviste.

Mara Oliver dijo...

2008, pues he buceado veces, pero no conocía esta gesta, voy a deglutirla... a ver que se esconde tras la puerta :D