viernes, 24 de abril de 2009

Aventuras y desventuras de un librero en Sant Jordi

El librero se levanta a las seis y media de la mañana. Bueno, mentira. Diez minutos más tarde porque deja que el despertador de dos avisos. El sueño pegado en la cara y se dirige a una ducha rápida que le quite la modorra de encima. Misión imposible. Sigue con sueño. Ropa cómoda, pero hacendosa. Siendo el muchacho previsor que siempre ha sido, se agencia unos pantalones cómodos. Revisa todo bien para que no se reproduzca el incidente del botón. Una camiseta de manga corta porque prevé el sol. Sale de casa con la sensación de ir al patibulo. Es demasiado temprano y el día acaba de empezar.

Se salta dos bares abiertos pensando en uno que está más cerca de la librería. Entra. No hay camarero. Sólo hay dos borrachos a las siete y diez de la mañana que hablan de la guerra en Irak y la entrada de España en la OTAN. El librero prefiere no desayunar a tener que soportar semejante cúmulo de tópicos, malos argumentos y confusiones espacio temporales. Sale a la calle. Se enciende el primer cigarrillo del día. Mira a los lados y se lanza al camino y a encontrar un bar. Afortunadamente para él, cerca de la plaza de Cal Font encuentra una panadería abierta donde sirven cafés. Un café con leche, por favor. ¡Qué bien sienta la cafeína!

El librero llega a la librería a las siete y media en punto. Es el primero en llegar. Abre la reja, se quita la chaqueta, sale a la calle y se enciende un cigarrillo. Saca unas pocas fotos de los bártulos y trastos que harán surgir una parada de libros en el espacio que el ayuntamiento de Igualada ha asignado. Tiene la impresión de que llevan menos cajas que el año pasado, pero es que el año pasado fue demasiado. Reflexiona sobre el día que se avecina y debe reconocer que no odia el día de Sant Jordi. Que es un exagerado y que le encanta adoptar ese personaje. El día de Sant Jordi es hermoso con tantas flores y libros. El día se anuncia soleado y sabe que estará especialmente ingenioso porque el estrés siempre le agudiza la mente. Odia los preparativos, los largos meses de compra, las decisiones, las cajas. El día en sí, es estupendo.


Llega la furgoneta y con el jefe empieza a llenarla de las mesas, las cajas, los expositores y las cajas. Primero infantil y varios (que incluye los libros de cocina, deportes, economía, etc.). En el segundo viaje se llevará la novela en catalán y castellano. Llega otro de los compañeros. Entre los tres se carga la furgoneta y hacia la plaza de Cal Font. Y al llegar, empezar a montar. Se colocan las mesas, se empiezan a abrir cajas, se coloca la ropa encima de las mesas, la senyera y el librero empieza a colocar los libros. El jefe se larga a hacer el segundo viaje de cajas. Rápido, rápido. La parada tiene que estar montada en una hora como mucho. Llegan los otros compañeros de la librería, llega la segunda entrega de cajas y entre todos se consigue que la parada esté montada antes de las nueve y media. El sol ha aparecido y el librero ya se ha quedado con una camiseta verde que le sienta de maravilla (siempre le han dicho que el verde le favorece). Monta la caja con el cambio, algún bolígrafo, la libreta de incidencias, celo, sobres para regalos, bolsas de plástico y de papel, máquina de etiquetas, etc. Se hacen las primeras ventas. Es temprano y sólo los madrugadores asoman la cabeza. Oye que le llaman y se encuentra con un gran amigo, el primero de muchos, que sonríe, lanza un par de pullas y sigue su camino.

Es un hermoso día de primavera...

Se va a buscar un café con leche al bar. Allí una hermosa muchacha le sorprende por detrás. Hablan y esta muchacha le hace entrega de lo que será su tabla de salvación durante el día; un termo repleto de lo que ella dijo que era café con leche (en verdad, era un termo lleno de trifásico de bayleys por lo que el librero llevaría una marcha durante el resto de la jornada verdaderamente antológica).


Hablan un momento. La amiga del librero está exultante por tener el día libre y poder deambular entre las paradas. En un momento se tiene que encontrar con otra muchacha y entre las dos arrasar. Mientras habla de lejos oye un rumor de voces agudas que crece. Gira lentamente la cabeza y se da cuenta con horror que oficialmente Sant Jordi ha empezado.

Acaban de llegar los colegios...

Centenares de voces infantiles hablando a la vez, tocando los libros, oyendo como la profesora explica un cuento a voz en grito, empezando a desordenar la zona infantil que tanto esfuerzo nos costó dejarla tan preciosa como había quedado. Grupos de dos o tres estudiantes de instituto que repiten las mismas preguntas una y otra vez para hacer un trabajo sobre los libros que se venden, los que no y los que se recomiendan. El librero da siempre respuestas diferentes a cada grupo, bromea con ellos y se sorprende del poco sentido del humor que tienen la mayoría. Adolescentes, piensa, se toman la vida demasiado en serio. Se pregunta si él fue así alguna vez.

La mañana discurre placida entre momento de acumulación de personas. De momento hay de todos los libros, aunque como siempre no todos los libros están en la parada. Es imposible traerlo todo aunque haya personas que crean que a la parada de Sant Jordi se llevan todos los libros que hay en la librería. O todos los libros que en algún momento se han editado. Los planes generales de contabilidad, libros de texto de física cuántica, enorme tratados de arquitectura efímera, biblias ilustradas, libros recomendados por las escuelas, libros de texto, diarios y revistas, novedades de hace treinta años, lo siento pero no tienen cabida en una parada de Sant Jordi. En ellas se encontrará con las últimas novedades, algún clásico y algún capricho del librero de turno

Un cliente le pregunta por un libro de un autor catalán que había salido hablando en la radio y que había escrito un libro sobre algo. Y no, no conoce más pistas. Una chica se enfada con él porque no puede envolverle para regalo un libro; es un falta de respeto. Una mujer busca un libro y se lleva tres. Imposible elegir con los argumentos que el librero le da. Un señor pregunta dónde están los libros sobre tortugas amazónicas.

El día avanza. Hace mucho calor. El librero siente un ligero mareo que no sabe si achacar al trifásico o al sol que le da de pleno en la cabeza. Los pies empieza a doler. Las preguntas de los compañeros se le confunden. Empiezan las bromas y los insultos cariñosos con una chica que ha venido de apoyo a la parada. Lo mejor es tener buen ambiente con los compañeros y tomarlo todo con humor. Si no uno se vuelve loco. Dentro de poco irá a comer. Después la tarde... es cuando empezará lo bueno.

CONTINUARÁ

5 comentarios:

Casteee dijo...

Este finde te lo mereces de relax, por tanto trabajo que tuviste ayer...

Besos

Girl From Lebanon dijo...

Me da envidia esta tradición vuestra...aquí no se ha notado para nada que era el dia del libro...

mucho descanso...que seguro que lo necesitas...

Bss y feliz finde!!

Lali ( La Gralla) dijo...

hola !1
jo encara m'arrossego !!
el millor del dia el bon ambient amb els companys de parada ..ah i el granissat de llimona que em va portar per sorpresa una bona amiga .i el pitjor....mmm... no se si el mal de peus o ...l'nvasió de nens de les escoles !!!!
una abraçda

Jirón dijo...

Ánimo.

kweilan dijo...

Ha de ser un dia dur estar-se tot el dia a la parada...Amb aquest post veiem el Sant Jordi des de l'altre costat.