sábado, 25 de abril de 2009

Aventuras y desventuras de un librero en Sant Jordi (continuación y final)

El librero se va a comer. Se sienta y nota como todo el cansancio que ha ido acumulando durante las semanas previas al día empieza a repartirse por el cuerpo. Pide una cerveza para empezar. Y una ensalada contundente (con jabugo, foie y varias hojas verdes). Una segunda cerveza y para acabar un carajillo de ron. Un par de cigarrillos y conversación con los compañeros libreros que comparten el descanso sobre el desarrollo de la jornada.

Vuelta a la parada. El sol cae fuerte y sin compasión. El librero empieza a adquirir un tono rojizo en brazos y cara. Y un sutil mareo. Definitivamente es el sol estampando su fuerza en toda la coronilla.

La tarde se desliza tranquila. Algún colegio más que vuelve loco al librero llegando a cobrar a tres personas a la vez y sin equivocarse en los cambios. Se escapa un momento de tranquilidad y se compra un libro en una de las paradas a un euro. Encuentra dos novelas en un volumen de Erskine Caldwell. Feliz y dichoso por el hallazgo. Se suma a los dos álbumes ilustrados que le han regalado dos ángeles y a dos libros traídos de Nueva York por un gran amigo. Cinco libros en un Sant Jordi. No está mal. No se acerca los treinta que compró un año, pero aquel año no era librero. Vuelve a su sitio. Un poco de agua. Llegan los refuerzos de la tarde. Tres se van a la tienda y los demás se quedan en la parada. Mira a su alrededor. Está sólo con seis mujeres.

Le gusta la idea.

Fotografia tomada del diario electrónico Anoiadiari.cat

A partir de las seis de la tarde empieza lo bueno. Ya no hay colegios. La gente empieza a salir de sus trabajos y todos se reúnen en la plaza para conseguir su rosa y su libro. El librero y una de sus compañeras libreras se convierten en los únicos que saben qué libros hay en la parada. Una pregunta tras otra del equipo de apoyo. Tenemos tal, hay pascual, dónde está patatín, se ha acabado patatán, un libro para una persona que no le gusta leer, novela negra, algo así como Los buscadores de conchas pero en Roma, Kafka a la plancha, metafísica para niños, libro de tapas azules pero no sabe nada más, libro de economía donde sale algo rojo, teneís patatín. Y las respuestas, no, sí, aquí, no sé, creo que no, por allá, se ha acabado, mira en las cajas de reposición, hay que ir a la tienda a buscar más, creo que nos han robado un libro, falsa alarma, se ha acabado, te he dicho que se ha acabado. El librero empieza a perder la cabeza. Le llaman cada dos o tres segundos por el nombre. Nunca tantas mujeres le han llamado tanto y le han necesitado.

Empieza el tira y afloja con una de las muchachas de apoyo. Ella se acerca, parpadea y le dice Tengo ganas de ti. Y se ríe. El librero le dice que de acuerdo, cuando haya menos gente. Que se refiera al libro de Moccia es lo de menos. La misma muchacha pide el Catmasutra y tres o cuatro novelas más con la palabra amor o deseo. El librero pasa de ser Jorge a ser calculín o computarín por tener todos los títulos de parada memorizados y poderlos localizar al instante.

El librero intenta cobrar lo menos posible y se dedica a la tarea de reponer existencias, aconsejar, encontrar e intentar ordenar. Menos la sección infantil. A partir de las cinco esa sección vive dominada por manos infernales y personas que han olvidado cualquier vestigio de humanidad y de la sagrada ley de las abuelas, cuando cojas una cosa déjala donde la has encontrado. La seccion infantil se convierte en un pandemonium de libros fuera de sitio, mezclados y remezclados donde si metes la mano para intentar un mínimo orden corres el riesgo de perderla.

Empiezan a llegar clientes que buscan los mismos libros; casualmente los que se han acabado. Eso solo quiere decir que esos libros se han acabado en toda la plaza. Ya tenemos a los ganadores de este año.

Por allí, por allá, aquí, no te ha dicho nada más, quizá, a lo mejor en tienda queda alguno, el que hace olores es éste, no saldrá hasta el 23 de junio, no, le digo que no lo tengo que no ha salido todavía, ya pero no puedo hacer nada, de tres en tres no, tú primero, no me has descontado a mí, mira que eres graciosa, no, libros de astrofísica no tenemos, ¿en latín?, creo que no, me estás buscando y me vas a encontrar, no te rías, sí, estoy bailando salsa, dime, se ha acabado, aquí, creo que dice que es este, no el título no es Radiografía de un momento ni Momento congelado en el instante ni va sobre el 11-M, seguro, hola, gracias, sí, aquí, allí, es éste, se ha acabado, cómo estáis, mira estresado pero muy en el fondo es divertido, sí que es guapa, dónde, aquí, no tengo ni puta idea, seguro, ¿seguro?, cómo odio a ese tipo pelocacerola de los cojones, por qué parece que todas las mujeres que me gustan nacen con novio, se ha acabado, en serio, es éste, de qué estás hablando, lo que yo te diga, si no quieres, no tengo sobre grandes lo siento, lo vendían con un periódico, sabes aquel libro que dije que se había acabado, sí, pues mira que ha aparecido en esta caja. ¡¡¡Es que esta gente no tiene casa!!!

Imagen de la plaza de Cal Font de Igualada el día de Sant Jordi sobre las siete de la tarde. La foto la he tomado prestada del blog Vols llegir?

A las nueve se empiezan a quitar las etiquetas de los libros y a volver a encajar. Poco a poco la plaza se va quedando vacía y un beatífico silencio cae sobre la noche igualadina. Sólo quedan los últimos rezagados. Los que estaban en parada se reúnen en parejas y tríos y empiezan a comentar las anécdotas del día. Se guardan libros en cajas y a las nueve y media aparece la furgoneta. Los libros se guardan en las cajas sin orden ni concierto, se recogen las senyeras y la tela, se pliegan las mesas, se carga todo en la furgoneta y a las diez y media miras la plaza vacía de compradores. Sólo quedan los libreros de otras paradas recogiendo cada uno lo suyo.

Camino a la librería. Fumarse un cigarrillo y hablar y reír. Lo mejor sin duda del día de Sant Jordi es la gente con la que compartes la parada. El buen clima, las risas y la complicidad que se crea. La furgoneta ya está esperando y se descarga. Al día siguiente toca vaciarlas, contar las existencias, volver a colocarlas en tienda o devolverlas. Pero eso será el día 24.

Este 23 de abril se acaba. La furgoneta está vacía. El librero se despide de la gente hasta el sábado cuando se encuentren para cenar. Enfila su camino hasta la plaza de ayuntamiento donde le esperan unos amigos. Se mete en el cuerpo medio litro de cerveza, un plato combinado y una copa de ron. Charla con los amigos hasta altas horas de la noche venciendo el cansancio, el dolor de cabeza, los pies destrozados, la cara quemada. Los mira en silencio mientras pelean entre ellos y piensa que ha sido una suerte haberlos conocido. Se despiden bailando el stromboli por la calle.

Llega a casa pasadas la una de la madrugada. Está feliz y cansado. Ha sido un buen día. Lo que no sabe es que acabará siendo un gran día. Enciende el ordenador. Hay correo.

6 comentarios:

lali ( La Gralla) dijo...

Uiii Jorge !!!!

jo també vaig acabar morta !!
peró contenta , la cosa va anar foça be .
espero que ja t'hagis recuperat !!
ah , per cert estic amb tu amb lo de la pila de llibres infantils..jo li dic la pila dels mitjons !!

Cesc dijo...

Y que coño dice el correo, de quien es???? Necisto más datos, George...

Leola dijo...

Ya sabía yo que tus quejas pre-Sant Jordi no estaban justificadas en el fondo... La entrada, como siempre, estupenda. Y sí, es increíble como las palabras que leemos, en un blog por ejemplo, pueden ser la guinda de un día bueno y hasta componer uno regular.
Un bico galego.

Y Cesc... ¡qué cotilla! -dos besitos-.

Libélula dijo...

¡Hola Lindo!

Antes de comenzar a leerte, fui a la heladera, busqué una fría cerveza, retiré del freezer un chop. Lo serví lentamente, pues con espuma no me gusta. Y me dispuse a leer al tiempo de encender un cigarrillo… (Esto merecía una íntima celebración)

¡Qué ajetreo, qué mareo, qué ruina! Por ahora, no tengo feeling con los niños y eso hubiese sido para mí: El Infierno.

Recuerdo cuando trabajaba en la librería y en varias oportunidades en exposiciones, eran un caos… Y terminaba exhausta pero feliz de haber podido recomendar algún que otro libro y haber conocido a nuevas personas. Nunca faltan los que desean levantarte, se instalaban en el stand y no se iban nunca ¡Al menos compra uno!

Me alegra que lo hayas pasado bien y con esa sensación de placentero agotamiento. Es sublime…

Besos gigantes y brindo por ti en un día caluroso, atípico de otoño!
Libélula.

Pd: No pierdas las esperanzas, según el dicho “Para todo roto hay un descosido.”
Pd2: ¿De quién el mail? ¿Una hermosa chica deseando tu compañía?

Albert {in itinere} dijo...

Una gran descripció del dia de St. Jordi a la banda de dins de la barrera.

Per cert, se que vaig amb moltíssim retard, però... Felicitats! (pel teu sant)

Annabel M. Z. dijo...

Sin palabras me has dejao. Eres grande ;)